28 de agosto de 2026

La Cruz de Dimas

 Hoy voy a tratar de una de las cruces más escondidas del pueblo; la llamada "Cruz de Dimas"; no la vais a encontrar en nuestras calles, ni en ninguno de los caminos y carreteras que rodean nuestro pueblo; está en el Valle.

Os voy a contar lo poco que sabemos de su origen: allá, a mediados de los años cuarenta del pasado siglo, creemos que exactamente en 1945, a seis años de acabada la guerra civil, había en nuestro municipio muchos rebaños de ovejas y, por consiguiente, muchos pastores; era costumbre que en cada casa se tuvieran dos o tres ovejas que, al amanecer salían cada una de la casa de su dueño e iban agrupándose en un rebaño que salía a los campos a pacer y muchos de ellos lo hacían en el Valle, que no estaba vallado como ahora.


Uno de estos rebaños, llamémoslos "comunales", lo guiaba Dimas, no sabemos su apellido o, por lo menos, nadie lo recuerda; era ya un hombre mayor, tendría alrededor de sesenta años, que ahora no nos parecerá mucho pero, en esa época, sí lo era; bien, pues decíamos que Dimas llevó su rebaño a pastar al Valle como hacía todos los días, era verano, principios del verano, las ovejas iban comiendo seguidas por el pastor y los dos perrillos que le ayudaban; pasó el mediodía, pasó la tarde y el rebaño volvió al pueblo, agrupándose, como todos los días, en el cruce de la calle Segovia con la del Mediodía; sólo había algo inusual, el pastor no iba con ellas.


Los vecinos, alarmados, marcharon hacia el Valle, por los caminos por los que solían volver los rebaños para ver si podían encontrar a Dimas, y lo encontraron, claro que sí; el pobre hombre yacía, muerto, en un altillo desde el que se iniciaba una vaguada que conducía al Camino de Abajo de la Virgen. La noticia voló al pueblo y todos sintieron en lo más profundo la muerte de Dimas, un ataque al corazón fulminante había acabado con su vida, se llevó el cuerpo a las traseras de la ermita de San Cristóbal, donde el médico del pueblo le hizo la autopsia; después fue enterrado cristianamente en el cementerio.

Algunos vecinos, amigos del finado y compañeros de profesión decidieron hacer algo en memoria de Dimas; fueron al lugar donde falleció y llamando en su ayuda a varios chiquillos que andaban por allí, les pidieron que les llevaran piedras de cierta forma y tamaño y, con ellas, hicieron una cruz en el suelo, apretándolas bien para que no se movieran y resistieran el paso del tiempo, de las personas y de los animales; poco después, otro pastor, Lorencillo, hincó un hito de granito en la cabecera para que el lugar pudiese ser reconocido más fácilmente.


El tiempo pasó, el tiempo, los hombres, los animales, la naturaleza en fin, acabaron por tapar aquella cruz y hasta se olvidó su existencia y el motivo por el que fue creada; hoy, los hijos de aquellos que la hicieron la han encontrado, la han limpiado y la han puesto a disposición de todo el pueblo, para que no se olvide a aquel hombre que se llamaba Dimas y a aquellos que quisieron que su memoria no se olvidase.

13 de agosto de 2026

La Romería del Cubillo en 1890

 

El artículo que hoy os presento, apareció en el semanario segoviano “El Faro de Castilla”, el sábado 20 de septiembre de 1890, hace la friolera de 136 años, que se dice pronto. Está firmado por Adelardo López-Sánchez y Avecilla, periodista que escribió en dicho semanario sobre las fiestas de la provincia y que, como vamos a ver, empezó por las de Aldeavieja, que conocía bien gracias a que residía en Villacastín.

El semanario, que se intitulaba “de intereses morales, materiales y noticias”, comenzaba dicho artículo de esta manera:

 

Y empecemos… por la “Romería del Cubillo”

Esta fiesta, que tiene siempre lugar el día 8 es la que abre las puertas a la no corta serie de ellas, que después se encargan de cerrar las clásicas “Funciones”.

Verdad es que la Romería del Cubillo no la hacen los de Villacastín, sino los de Aldeavieja, a cuyo término pertenece la ermita; pero lo cierto es que Villacastín en masa se traslada al Cubillo el día de la Virgen, y desde que empecé a darme cuenta de las cosas, tengo como de mi pueblo la Romería.

La noche de la víspera no cesaron de pasar gentes de los pueblos cercanos, que se encaminaban a la ermita por esta villa. Yo de nada me apercibí, porque tengo mi casa al pie casi de la iglesia; pero los vecinos de la plaza y más aún los de la calle Real, apenas si pudieron pegar los ojos. Dicen que ellos sentían pisadas y más pisadas: de personas unas; otras, de jacos; y otras de pollinos. Sentían el rodar de los carros, el murmullo de la gente, y de cuando en cuando, el canturreo de los mozos que se acompañaban ellos mismos con la guitarra. Y así toda la noche.

Pero ya ésta se marcha, y aparece el día; que como no he solido ver muchos del Cubillo, amaneció espléndido y hermoso.

Por la mañana ya se sabe, preparativos en todas las casas: los unos, el coche; los otros, el carro; éstos, los borricos; aquellos, los mulos (y perdóneseme el naturalismo). Cada familia prepara con la anticipación suficiente el modo como ha de ir a la Romería.

Los que van a vender, se constituyen en las inmediaciones de la ermita al anochecer del día 7, y allí acampan y duermen al raso entre sus mismas mercancías. Los que van solo de espectadores, pero con ánimo de divertirse de veras y con deseos de oir la misa y el sermón, ver la procesión, y comer en el campo, se van por la mañanita del mismo día de la fiesta. Y los que gustan también de divertirse, pero se conforman con ver misa en su pueblo, y se contentan con merendar en vez de comer en la Romería, van por la tarde.

De éstos fuimos nosotros.

Teníamos preparada nuestra cómoda carreta de bueyes, guarnecida por ambos lados con dos anchas bandas de madera, sobre las que se levantaban seis estacas a manera de barras, para sostener dos colchitas que hacían el oficio de toldo.

Allí, en aquella especie de azotea ambulante, fuéronse metiendo casi todos los individuos de mi familia. El Juez municipal, mi antiguo amigo, montó en la trasera del carro, un hermanillo en una acémila y yo en otra ídem.

A las dos y media se pusieron en movimiento carro y pollinos.

Atravesamos el pueblo, salimos de él por las eras de Estacio, y tomamos el camino corto para el Cubillo.

Gente y más gente pasaban a caballo, ya en caballerías mayores, ya en menores; algunos caballeros, muchos aldeanos, mujeres del pueblo a cientos… ¡todo el mundo al Cubillo!

Y entre vaivén y vaivén, que hacían se ladease algunas veces la carreta, llegamos ya al lugar de la Romería.

Aquello sí que alegraba nada más que echarlo la vista encima; y séame dispensada la frase que de puro natural acaso peque en ordinaria.

Por aquellas dilatadas praderas y a la sombra de los hermosos árboles que rodean la ermita, veíanse multitud de personas que formando corros, despachaban con buen apetito las meriendas que, o llevaban del pueblo, o adquirieron en la Romería.

Allí se comía lindamente y se bebía que era un gusto.

Puestos por todas partes: de paños, de hojalatería, de frutas, de muñecos. Tiendas de campaña haciendo los oficios de tabernas, grupos de carros, de coches, de caballos y de burros. Todo, todo, se veía allí en agradable confusión y en amable desorden; y dominando el conjunto, la ermita, que presta devoción a los fervorosos y sombra a los comilones, y como salsa de tan gustosísimo plato, la bulla y el murmullo que producen mil conversaciones distintas y cien mil voces diferentes.

Dos ruedas de baile hubo ayer en el Cubillo: launa con música de guitarra, y con música de gaita y de tambor la otra.

En ambas se bailó que era un gusto.

Cuando el sol se iba ya marchando, y cuando nuestros cuerpos estaban, a fuerza de bailar, hechitos unas brevas, fuimos cogiendo cada cual nuestros jacos, o subiendo cada uno a su carro o a su coche y nos volvimos a nuestro lugar.

Esta es la “Romería del Cubillo”, en el que se descuelgan todos los pueblos inmediatos; pero sobre todo éste, que tanto ha disputado a su limítrofe Aldeavieja la propiedad de la Sagrada ermita, por una de cuyas paredes pasa la línea divisoria de ambos términos municipales.

Adelardo López-Sánchez y Avecilla