28 de junio de 2018

Leyendas de Aldeavieja: Silla Jineta


          Os habréis preguntado, alguna vez, el por qué del nombre de Silla Jineta, qué dió lugar a que se llamara así ese monte o el por qué de la caprichosa forma que posee; hoy os voy a relatar uno de los innumerables cuentos que se relatan en el pueblo sobre cual fue la causa de ese nombre o qué ocasionó que tenga dicha forma.


          Hace ya muchos años, muchos más de los que podáis imaginar, vivía en el pueblo la moza más bella y agraciada de la que se tiene noticia, se llamaba, o creemos que se llamaba, Úrsula; todos los días, al caer la tarde, aparecía en el barrio de la Aceiterilla con el cántaro apoyado en la cadera, camino del caño para llenarlo; si era verano, los hombres que trajinaban en las eras se paraban y se volvían a mirarla; era tal su hermosura y levantaba tal admiración que ninguno se atrevía a dirigirla la palabra, pero una gran sonrisa aparecía en todos los rostros de tal manera que si no era así, era como si el día se hubiera dado por perdido.
          Úrsula devolvía la sonrisa y era como si el sol no se hubiera puesto, emanaba de ella tal gracia que parecía que el astro rey la siguiera iluminando aunque fuera de noche.
          Cuando llegaba al caño, esperaba pacientemente su turno y hasta sus mismas compañeras dejaban de hablar entre ellas para mirarla y sonreírla; era como una bendición para todo el mundo, que ni despertaba envidias ni daba lugar a habladurías.
          Úrsula era la hija más pequeña de una de las familias más pobres de la aldea; eran seis hermanos entre chicos y chicas y esos brazos eran de una gran ayuda para sus padres, que ya se acercaban a la edad de la vejez pero, como ocurre en los pueblos, no por ello habían dejado de trabajar ni un solo día, como no fuera el de la fiesta de la Virgen.
           A ese día, precisamente, es al que nos vamos a referir, pues en aquella jornada fue en la que ocurrieron los sucesos que dieron lugar a esta historia; comencemos, apenas había amanecido cuando ya, en la casa, todos estaban levantados trajinando en las distintas tareas que cada uno tenía encomendadas: aquel limpiaba los dos burros para que estuviesen galanos para la romería y lucieran tirando del carro al que les iban a uncir; el otro aseaba el dicho carro y daba grasa al cuero de las riendas y miraba que los cabezales y demás estuvieran en orden; una de las chicas mayores ayudaba a la madre en terminar las viandas que iban a servirles de refrigerio cuando acamparan junto al santuario, Otra guardaba en cestas el pan, los cuchillos y las botas llenas de vino fresco y sacaba de un baúl tres sandías y otros tres melones que los ayudarían a pasar la sed de la mejor manera posible.
          Úrsula y otra de las hermanas sacaban las ropas que todos iban a ponerse, mirando si faltaba algún botón o si había que zurcir alguna rasgadura o remendar algún siete.
          Y así, todos ocupados entonando alguna de las canciones que luego iban a bailar en la pradera al son de la dulzaina y del tamboril o soñando con la mirada de Julián o de Andrés o la sonrisa de Paula o de Margarita llenaban la casa con sus bromas, sus correteos y su alegría.
          Por fin, llegó el momento en que todo estuvo preparado y todos luciendo sus mejores galas, los burros uncidos, los víveres en cestos dentro del carro, entonces el padre se santiguó, echó la llave al portalón de las traseras de la casa y subiendo al carro invitó, con un pequeño gesto, a que ayudaran a la madre a subirse al mismo y que los demás iniciaran la marcha hacia el Egido.
          Ya la fila de carros que se dirigían al santuario era grande, tuvieron que dejar pasar a dos o tres antes de poderse poner en marcha; delante de ellos una nube de polvo, alta como un monte, señalaba la situación del camino; romeros a pie o cabalgando sobre yeguas y mulos les acompañaban cubriendo la totalidad de la marcha, enseguida se pusieron los pañuelos tapando las bocas y las narices para poder respirar a través de la gran cantidad de polvillo que se cernía en el aire, pero no importaba, era el día de la Virgen y todo fuera por ella y por lo bien que se lo pasarían cuando llegasen.
          Estaba toda la explanada frente a la ermita llena de gentío, carros, puestos de mercaderes y cabalgaduras; en un rincón se bailaba la jota al son de bandurrias  y guitarras; en otro se vendían botijos de barro rojo o blanco; siempre se decía que los rojos hacían el agua más fresca; más allá un carro lleno de melones y sandías anunciaba su mercancía a grandes voces…
          Úrsula y su familia llevaron el carro a uno de los prados que rodeaban el lugar; allí, a la sombra de unos árboles, desengancharon a los burros, a los que pusieron la manea para que no se fueran muy lejos y mientras dos de los chicos se quedaban vigilando sus pertenencias, los demás se acercaron a la romería.
          Ya estaba cercano el momento en que sacarían a la Virgen en las andas y se haría la procesión alrededor del santuario; dentro de la iglesia un cura decía la misa y no se podía dar un paso; el olor a las velas encendidas, la cera derritiéndose y el olor al sudor de tanta gente apretujada no invitaba precisamente a entrar…
          Las chicas, riendo y cogidas del brazo fueron a visitar los puestos de cintas y pañuelos de hierbas mientras sonreían ante los requiebros de los mozos y saludaban a los vecinos del pueblo como si hiciera años que no se veían; era como un gozo, una novedad, ver una cara conocida entre tanto personal que había acudido de todos los pueblos de los alrededores; hasta gente de la capital, a la que se conocía por el color blancuzco de su piel y aquellas sombrillas que ni quitaban el sol ni nada, de finas que eran, pero, a la vez, que elegantes con su ropa limpia y adornada con mil encajes y perifollos…
          Y, entonces, ocurrió, caballero en una jaca blanca, caracoleaba entre la multitud un joven que no apartaba los ojos de Úrsula; ella, al principio, no le hizo caso; pero, a la postre, le hizo gracia aquel seguimiento y a ratos se giraba disimuladamente para comprobar si la seguía y cuando paraba con su hermana ante algún vendedor, levantaba un poco la miraba para ver si los ojos del joven mantenían la mirada en ella.
          ¿Quién sería el galán que tanto empeño ponía en no perderla de vista?, no le conocía de nada, del pueblo no era, y tampoco de los alrededores pues, más o menos, todos los mozos y mozas de los alrededores se conocían, aunque sólo fuera de vista, al acudir a las fiestas patronales de las vecinas localidades.
          Iba bien vestido, de eso no cabía la menor duda, el sombrero de ala ancha, ladeado, daba sombra a unos ojos azules como el cielo, el cabello se adivinaba rubio como el color del trigo y sus dientes daban a su sonrisa una blancura poco vista en los hombres de la zona; Úrsula se sintió deseada y complacida por ese deseo, pues ella también encontraba algo que no sabía explicar bien en la figura y los ademanes del mozo.
          En eso, que las campanas comenzaron a repicar y la multitud que llenaba la pradera se congregó a las puertas del santuario para ver salir a la Virgen; Úrsula y su hermana corrieron hacia allá; no podían perderse el que se consideraba el momento más importante de la romería: la salida de la imagen venerada a hombros de sus devotos y llevada en procesión alrededor de su ermita.
          Salía la Virgen por la puerta grande, abierta de par en par para la ocasión, los vivas y la gritería entusiasta se sucedían, Úrsula miró en derredor suyo, no se veía al galán… quizás, había ido a dejar la montura para así poder ver mejor la imagen santa; pero, por más que miró y remiró, en todo el tiempo que duró la procesión y hasta que fue metida la imagen, de nuevo, en su santuario, no pudo vislumbrarle.
          Después, ya con sus padres, se encaminaron al carro para hacer la comida; Úrsula estaba como ida, ¿no le volvería a ver?, ¿se habría marchado de la romería? ¿podría vivir sin ver, otra vez, aquellos ojos y aquella sonrisa?, lo cierto es que la moza estaba enamorada y no veía el momento en que acabase el refrigerio y poder volver a la explanada y comprobar si su naciente amor seguía allí. Por fin, acabado el condumio, sus padres se echaron la siesta a la sombra del carro, dos de sus hermanos fueron a dar agua a los burros al arroyo cercano y ella aprovechó aquel momento de tranquilidad para sincerarse con su hermana Julia y conseguir de ella que luego, cuando empezase la rueda del baile, irían las dos para ver de encontrar de nuevo a su galán.
          Mediaba la tarde cuando Úrsula y Julia acudieron a la explanada atraídas por el sonido de la dulzaina y del tamboril que llamaban, cual invitadoras sirenas, a la gente joven para empezar la rueda del baile a base de jotas y otros aires de la tierra; a Úrsula se le iban los ojos mirando a todas partes, buscando, suplicando, rezando a la Virgen en su interior, pidiéndole el volver a ver al objeto de sus ensueños.
          Allí estaba, sonriéndola, al otro lado del círculo que formaba la juventud antes de iniciarse el baile; aquella espiguilla asomándole entre los labios, los ojos alegres, divertidos, se diría que contentos de volverla a ver o, quizás, seguros de que ella iba a aparecer en la pradera; le sonrió a su vez y ya, sin rubor alguno, dejando a su hermana, se dirigió hacia el lugar donde estaba el joven.
          ¿Qué decir de lo que pasó en la tarde? ¿de las vueltas y revueltas que dieron uno junto al otro en aquellas danzas inmemoriales? ¿cómo explicar las miradas, los roces, las pocas palabras que se cruzaron?. Les bastaba con mirarse, con sentirse cerca, con palpar, apenas, la textura de una mano o la levedad de una caricia; el día acababa cuando se separaron con la promesa de verse en la noche, en la velada, en la plaza del pueblo…
          La vuelta a casa representó, para Úrsula, un sinfín de esperanzas y de temores; su madre le preguntaba que “qué le pasaba” y ella le echaba la culpa al polvo que levantaban los carros y al calor que habían pasado en la romería; la madre sospechaba… “ella también había sido joven”; la hermana cuchicheaba a su lado intentando sacar algo más al consabido “luego te cuento”… y así, paso a paso, fueron llegando de regreso a la aldea; aún les quedaban faenas por hacer antes de poder ir a la velada; y allí, “Dios diría que iba a pasar allí”.
          Una gran luna llena se erguía por encima de la sierra como un gran ojo naranja que todo lo veía.
          Allí estaba, esperando junto a otros mozos, junto a un puesto de bebidas que se había instalado a un lado de la plaza; en cuanto puse un pie en ella se volvió, fue como si algo le hubiera dicho que yo acababa de llegar…. se volvió y su cara tenía una sonrisa tan grande…. sus ojos brillaban de aquella manera tan especial…. que, a poco, no caigo allí mismo de la emoción que llenó mi alma….
          ¿Cómo poder contaros lo que sentí esa noche?, es imposible… sólo tenía ojos y oídos para él; estaba tan pendiente de sus labios que ni oía la música que se tocaba; mis pies y mis brazos se movían al ritmo que él señalaba y me daba igual que fuera una jota que una rueda…
          -¡Vente conmigo!
          -¿Dónde?
          -A mi pueblo, allí nos casaremos y tú serás la reina de mi finca…
          -¿De dónde eres?
          -¡Que más da….! Soy del lugar donde estemos juntos…
          -¡Me gusta ese lugar… pero…!
          -¿Tienes peros?
          -Mis padres….
          -Tus padres se pondrán la mar de contentos cuando se enteren que te has casado conmigo… nada te faltará… ni les faltará a ellos; pero tienes que venirte conmigo, ¡ya!
          -¡No, así no puedo! ¡tengo que decirles…!
          -Es ahora…. o es nunca… ¡tú verás! . Tengo mi montura atada detrás del humilladero, voy para allá…. esperaré dos bailes más, cuando acaben…. me iré…. ¡para siempre!, contigo o… solo.
          El mozo partió, Úrsula quedó quieta un instante, luego le siguió con la vista… ¿iba a acabar todo así, sin más?; buscó con la mirada a su hermana, necesitaba consejo, ¡era tanto lo que se jugaba…!
          -No seas tonta, ¡ve con él! ¿Cuándo vas a encontrar a alguien así en este pueblo? Se nota que tiene dineros… su ropa, su caballo… padres lo entenderán… al principio a lo mejor se enfadan…. pero luego, cuando te vean hecha toda una señora…. ¡no seas tonta, aprovecha…. ve con él!
          No necesitó oir nada más Úrsula, le dio a su hermana un beso en la mejilla y apresuró el paso, cruzando la plaza, para acercarse al humilladero, junto al camino real…
          Allí estaba, junto a la yegüa blanca, la estaba esperando, tenía en la cara esa mirada de la seguridad, de la confianza, de saber que no esperaba en vano, que ella iba a venir, que iba a ir con él… ¿quién era, realmente?; no sabía ni su nombre, pero… ¿eso importaba?, no, en ese momento sabía que nada de eso importaba.
          Sin perder esa sonrisa se subió a la jaca y, desde allí, le tendió la mano y la alzó para que se sentase en la grupa, tras él; el animal giró sobre si mismo, con gracia, y enfilaron en dirección a Ávila…
          -Ya verás, vamos a ser muy felices… no te arrepentirás nunca de haber elegido venir…
          -Eso espero.
          -¡Vamos, no te preocupes, ahora te parecerá difícil pero, ya verás, enseguida te convencerás que es lo mejor que podías hacer….!
          -No, si es por las prisas….
          -Hay que ser valiente…
          -No me has dicho tu nombre.
          -Da igual el nombre, puedes llamarme como quieras, como más te guste, yo… soy todos los nombres.
          -Pero…. tendrás uno; uno por el que te llaman tus padres….
          -Yo no tengo padres.
          -Pues…. cuando eras pequeño, cuando niño, te llamarían de alguna manera….
          -Nunca he sido niño.
          El trote con el que habían empezado se estaba convirtiendo en un galope desenfrenado; Úrsula veía pasar los bultos oscuros de los árboles, de las rocas, iluminados brillantemente por la luna; cada vez más rápidos, más rápidos….
          -Tu madre….
          -No he tenido madre.
          -¿Quién eres?
          -Soy…. el sin nombre, aunque vosotros me conocéis como…
          En ese momento un trueno sonó encima de ellos ahogando toda respuesta, Úrsula empezó a temblar de miedo, de espanto, sentía como la piel se le erizaba y esa confianza que hasta entonces había tenido, había desaparecido; se acordó de su madre, de su padre… de sus hermanos y la jaca corría más y más, volaba más que corría y parecía que de sus ollares salía como un fuego que iba devorando la noche…
          -¡Para, por favor, para y déjame volver!
          -Nunca.
          -¡Virgen santa, Virgen santa…. Ayúdame!
          Y después de aquel grito agónico se tiró de la montura, se sintió rodar, golpearse con las piedras, arañarse con zarzas y matojos hasta que quedó quieta en el suelo… y perdió el sentido.
……….
          Cuando, al día siguiente, despertó el pueblo, lo primero que vieron los más madrugadores fue aquella montaña extraña que el día anterior no estaba allí; tenía la forma de una silla de montar; por supuesto fueron a mirar, a tocar, aquella maravilla y al llegar a sus pies, encontraron a Úrsula tendida en el suelo, arañada y con las ropas desgarradas pero viva; su mano derecha reposaba en el pomo de una silla jineta.