26 de febrero de 2020

Aldeavieja. Leyendas: El campanario. IV


     -Con las piedras se hará lo que dijo el señor alcalde –señaló Salvador- era su voluntad y, además, conviene al pueblo; cubriremos dos fuentes, una en la Cabezuela y la otra ahí mismo, al final de la calle Real.
     Los hombres del Concejo se miraron y asintieron en silencio; era  mala fortuna lo que había pasado, pero todos entendían que aquello había que hacerlo. Bien es verdad que algunos creían que lo ocurrido era un castigo por haber utilizado piedras sagradas en el campanario y después quitarlas de allí para hacer algo tan profano como unas fuentes, pero…
     --Y la piedra, la que…
     -Nada, se la quita la señal y se la utiliza, ¿o vais a creer en cuentos de viejas?
     Creer…. Creían, pero no lo iban a reconocer, y menos en público, así que… se acordó seguir con lo proyectado por el difunto don Justo.
…..


     Así, poco a poco, se llevaron todas las piedras del antiguo campanario a los dos sitios en que se pensaba construir las fuentes, bueno, construirlas no, las fuentes ya existían, pero estaban viejas, algunos decían que desde el tiempo de los moros y otros que si desde los romanos; no es que  supieran muy bien cuando había sido eso, pero… sí que estaban allí desde antes de sus abuelos y eso, ya, era mucho tiempo.
     En la de la Cabezuela se aprovecharon las piedras que habían servido en el campanario para formar los huecos de las campanas, y con ellas dieron forma a las dos “ventanas” por las que sacar el agua, separadas por una de las columnillas que fueron adorno en la anterior construcción.
     La de la calle Real fue más pequeña y sencilla, sobre todo por falta de espacio, pues estaba entre las casas y no se podía hacer de otra manera; fue una fuente austera, casi un pozo, eso sí, con bóveda de piedra que sirviera para que el agua que manaba no se ensuciara demasiado.
     La gente estaba muy contenta cuando el nuevo alcalde que, por supuesto, fue Salvador, inauguró junto al cura las dos fuentes; todos se felicitaron por el trabajo bien hecho y la comodidad que les traía; pero… hubo voces… murmullos, palabras en voz baja o comentarios entre vecinos que hablaban, se preguntaban… en cual de las dos fuentes estaría aquella piedra maldita que, manchada de sangre, había matado al bueno de Justo; alguno pensó que no se habría utilizado y hubo quien no iba nunca a la fuente de la Cabezuela, aunque le pillaba peor que la otra, pensando que estaba allí, por haberse hecho aquella con las piedras más altas…
     Pero… ¿quién sabía? Y aquello se fue olvidando poco a poco al ver que nada extraño ocurría… hasta que ocurrió.
…..
     Una mañana, unos gritos desgarradores alarmaron a todo el vecindario de la calle Real, acudieron los vecinos al lugar de donde procedían, que no era otro que la fuente de abajo, allí pudieron ver, inclinado sobre el pretil y con la cabeza machacada, el cuerpo de un chico; la sangre manaba debajo de una piedra  de grandes proporciones… nadie se atrevía a acercar, pensando que hasta allí había llegado la maldición de la losa del antiguo cementerio, hasta que llegaron el alcalde y el cura…
     -¡Apartad, apartad…! ¿qué ha pasado aquí?
     -El pequeño de don Justo, que en paz descanse.
     -¿Alguien ha visto cómo fue?
     Y una chiquilla, toda llorosa, se acercó gimoteando.
     -Yo lo vi, señor, yo lo vi.
     -¿Cómo pasó?
     -Justinín estaba acabando de llenar el cántaro, señor, se agachó para subirlo y entonces… entonces le cayó encima esa piedra…
     Salvador la echó un vistazo y, como temía, allí, en el centro de la misma se veía perfectamente, a pesar de las manchas de sangre, una calavera con dos tibias cruzadas debajo…
     -Es la piedra…. ¡es la misma piedra que mató a su padre!
     Y sí… el alcalde mandó que aquella piedra fuera machacada hasta que no quedase de ella más que pura arena; además, mandó desmontar aquella fuente que allí quedo, ya solo como un oscuro manantial que, con el tiempo, se ocultó bajo las paredes de la casa que  se convertiría en el edificio de las escuelas.


     ¿Fue así? También he oído decir que no, que no se deshizo la piedra, que se llevó al interior de la iglesia de San Sebastián y se puso en el suelo, como una más de las que allí hay.
     Aunque también hay quien dice que se volvió a llevar a San Cristóbal, y que allí permanece, oculta o… quizás no tanto, ¿no se utilizaría cuando la ermita fue restaurada y se convirtió, por unos pocos años, en un museo? Un museo que…. ya no existe.

16 de febrero de 2020

Aldeavieja. Leyendas. El campanario. III


     -Esta torre hay que quitarla de aquí.
     -Hombre… así, ¿de repente?
     -¡No, de repente no!, poco a poco, a ver si va a haber una desgracia.
     -Después de tantos años….
     -Aquí no pinta nada; ya tenemos una torre nueva en la iglesia y ésta, lo único que hace es dar sombra.
     Los que así hablan son el alcalde de Aldeavieja, Justo Gordo, y el secretario del Ayuntamiento, Salvador Moreno; ya está acabada la nueva iglesia de San Sebastián y en la torre se han colocado tres grandes campanas, fundidas en el mismo pueblo, y que se oyen desde cualquier punto de la aldea y, si hace viento, hasta a una distancia de más de una legua.
     -¿Cuándo empezamos?
     -Mañana mismo.
     -Habrá que decírselo al señor cura…
     -No hace falta; la torre la levantaron los vecinos y ellos la van a derribar también.
     -Pero… como cortesía…
     -Tanta cortesía como la que él tiene conmigo; que aún estoy esperando que bendiga mi nuevo carro y ha dado tiempo para que se le rompa una rueda. Así que… ¡ya sabes! mañana coges a la cuadrilla y empezáis.
     -Lo que usted diga, don Justo.
     Y allí quedó el señor alcalde, mirando a lo alto del campanario; el sol poniente tocaba en ese momento las últimas piedras de la torre y parecía que quería convertir en oro las viejas piedras.
     -Buenas fuentes voy a hacer contigo; y ya puede decir el señor cura lo que le venga en gana; pero nosotros te hicimos quitando hasta las lápidas de las tumbas de nuestros muertos y nosotros haremos que des frescor a las aguas que alivien nuestras gargantas en verano; nuestras fuisteis y nuestras seguiréis siendo.
     Y con su mano encallecida acarició aquellas piedras gastadas por los años y los vientos.
…..
     -Hay que quitarlas con cuidado, ¡que no se rompan!
     -Pues poned algo debajo, para que cuando caigan no se estrocen…
.     Poned unas maderas, que eso amortigua.
     Y así, bajo la atenta mirada de Salvador, la cuadrilla subió a la torre para empezar a desmontarla; primero subieron al techado y fueron retirando las tejas, una a una, que seguro que servirían para reparar alguna casa; eran buenas tejas, antiguas, de esas que ya no chupan más agua y que resisten todo; después retiraron las maderas que servían de vigas y que sostenían el tejado, y en esas estaban cuando se acercó el señor alcalde para ver cómo iban…
     -No os cunde mucho, ¿eh?.
     -¡Hombre!, hay que ir con cuidado, si se quitan bien pueden servir para remendar algo.
     -Bueno, bueno.
     Alzó la vista y observó cómo los hombres intentaban despegar las piedras que formaban los muros de la torre con lancetas de hierro.
     -¿Están bien unidas, eh?
     -Sí lo están, sí.
     -Echarían un buen mortero para que no se movieran.
     -Pues fijaos bien, que así las quiero cuando las pongamos en las fuentes.
     -¡Cuidado allá abajo! ¡a ver si se nos va a caer alguna esquirla!
     -¡Cuidado tú! ¡a ver si tengo que subir para enseñaros cómo se quita una piedra sin que se caiga!
     En esas estaban cuando, sin verlo ni olerlo, una de las piedras que estaban manejando en lo alto se resbaló de las manos que la intentaban sujetar y cayó…
     Salvador no podía apartar la vista del suelo; con horror se miró las manos y las piernas, salpicadas de gotas de sangre y de trozos inedintificables de carne.
     A sus pies, una gran piedra de caliza tapaba la cabeza de Justo, aplastada y destrozada, no había tenido tiempo de apartarse y ahora miraba y miraba como si quisiera traspasar la piedra y ver la cara del que, hasta ese momento, había sido su alcalde y su amigo.
     -¿Dios! ¿Qué ha pasado?
     Su primera intención fue mover la piedra, se agachó y con las dos manos probó de moverla… y, entonces, lo vio: allí, en una esquina se podía ver una calavera tallada sobre dos huesos, debajo los rastros de lo que habían sido letras o fechas…
     -Es… es una de las losas del cementerio.
     Apartó las manos espantado, no podía creer lo que había pasado y… aquella piedra, precisamente esa, era la que tenía que caerse y matarle… ¿por qué?



4 de febrero de 2020

Aldeavieja. Leyendas: El campanario II


     -¿Vas para Maello?
     -Para allá voy.
     -Pues te va a coger toda la calorina…
     -¡Qué remedio!
     -Pues ve con Dios…
     -¡Queda tú con él…!
     Juan se quedó mirando cómo Tomás azuzaba al borriquillo que partió con un trote alegre por el camino, encaramándose hacia las alturas de La Barrera; allí, a la sombra del campanario, Juan pasaba las horas del día en que no estaba ayudando en la era a su hijo; veía pasar a los que iban al campo y a los que regresaban, unos camino del trabajo, otros con el ganado, aquel otro arreando a las ovejas, o algún chamarilero que iba de pueblo en pueblo con su mercancía; el sitio era tranquilo y abierto a los aires y al sol; desde allí contemplaba la sierra y la llanura que, bajando de ella, se extendía cubierta a ratos de encinares y otras de campos de trigo, centeno o cebada… poco más allá se divisaba el caserío de Blascoeles, con sus casas bajas del color de la tierra y detrás, el palacio de los Dávila y aún más allá las cárcavas que señalaban las laderas del Cardeña.


     Llevaba allí ya un buen rato cuando vio que se acercaba Antonio, su vecino y amigo, ambos eran de parecida edad y ambos habían pasado ya el límite de edad que les permitía realizar las faenas del campo con normalidad.
     -¿Qué, aquí con la fresca?
     -Ya ves…
     -Según venía y te veía ahí, sentado contra la pared, pensaba en esas piedras…
     -¿Y qué pensabas?
     -Pues… que no son de aquí.
     -¿Qué no son de aquí?
     -¿Dónde has visto tú piedras como estas en el término?
     -No, la verdad es que en ningún sitio.
     -Pues eso decía.
     -Son como las de la cabecera de la ermita, eso sí.
     -Sí, creo que las llaman piedra-caliza., y son más fáciles de trabajar que la piedra berroqueña que tenemos por aquí.
     -¡Y tanto!, ¡Mira, aquí están todavía nuestros nombres, que marcamos a punta de navaja aquella tarde.
     -¡Es verdad! Ya casi no me acordaba. ¡qué tiempos!
     -Mi abuelo me contó que él vio, de niño, cómo hacían la torre con las piedras que trajeron de la ermita.
     -Sí, del pozo de la nieve; también a mí me lo contaron.
     -Del pozo de la nieve y de algún sitio más…
     -¿De otro sitio?
     -No, de allí mismo, pero del cementerio.
     -¡Ah, mira… eso no lo sabía yo!
     -¡Pachasco lo ibas a saber…! como que me dijo mi abuelo que fue un secreto, que no se lo dijeron a nadie, pero como eran pocas para hacer el campanario, cogieron otras de las tumbas más antiguas, esas que ya nadie sabía a quién guardaban y que nadie cuidaba.
     -Pues nunca me había fijado.
     -Tuvieron cuidado de que lo que pudieran conservar de inscripciones quedara oculto; las pusieron boca abajo o para adentro.
     -Hicieron bien.
     -Arriba, donde está la campana, se puede ver una piedra en la que hay grabada una calavera… digo yo que sería de una tumba.
     -¿De qué si no?
     -Es como las que han puesto en el suelo de la iglesia nueva, que ya sabes de dónde las han traído…
     -¡Ya!, del cementerio de san Cristóbal, pero eso ya lo explicó el cura el otro día; las han puesto dentro por eso de que están bendecidas…
     -Sí, pero cuando hicieron este campanario no se anduvieron con  esos cuidados. Si quieres, subimos y la echas un vistazo.
     -¿Tienes la llave?
     Y, así, los dos amigos subieron con cuidado (y a paso de tortuga) las escaleras que llevaban a lo alto de la torre; cuatro arcos, abiertos a los cuatro puntos cardinales, dejaban pasar el aire, y también el calor o el frío, según la estación. Desde allí la vista era grandiosa; a sus pies se extendía el caserío; las casas de adobe enjalbegadas y los rojizos tejados, las calles empedradas… de fondo la sierra y, al otro lado, las llanuras que llevaban al Cardeña y a Blascoeles.
     -Mira aquí –dijo Juan apuntando con su garrota un sitio determinado cerca de la campana- mira lo que te decía.
     Antonio se acercó, guiñando los ojos para ver mejor.
     Sí, allí, en lo alto, se perfilaba una calavera con sus cuencas vacías y su sonrisa; dos huesos cruzados bajo ella y huellas de lo que parecían letras asomaban bajo ella.
     -Pues… es cierto; nunca me había fijado.
     -Yo la vi de casualidad; un día que estaba cogiendo un nido que estaba en aquella grieta.
     -Nunca me habías dicho nada…
     -La verdad es que lo había olvidado, y ahora, al hablar de ello, me ha venido a la memoria.
     -¿De quién sería?
     -A saber…

(continuará...)