El
artículo que hoy os presento, apareció en el semanario segoviano “El Faro de
Castilla”, el sábado 20 de septiembre de 1890, hace la friolera de 136 años,
que se dice pronto. Está firmado por Adelardo López-Sánchez y Avecilla,
periodista que escribió en dicho semanario sobre las fiestas de la provincia y
que, como vamos a ver, empezó por las de Aldeavieja, que conocía bien gracias a
que residía en Villacastín.
El
semanario, que se intitulaba “de intereses morales, materiales y noticias”,
comenzaba dicho artículo de esta manera:
Y
empecemos… por la “Romería del Cubillo”
Esta
fiesta, que tiene siempre lugar el día 8 es la que abre las puertas a la no
corta serie de ellas, que después se encargan de cerrar las clásicas
“Funciones”.
Verdad
es que la Romería del Cubillo no la hacen los de Villacastín, sino los de
Aldeavieja, a cuyo término pertenece la ermita; pero lo cierto es que
Villacastín en masa se traslada al Cubillo el día de la Virgen, y desde que
empecé a darme cuenta de las cosas, tengo como de mi pueblo la Romería.
La
noche de la víspera no cesaron de pasar gentes de los pueblos cercanos, que se
encaminaban a la ermita por esta villa. Yo de nada me apercibí, porque tengo mi
casa al pie casi de la iglesia; pero los vecinos de la plaza y más aún los de
la calle Real, apenas si pudieron pegar los ojos. Dicen que ellos sentían
pisadas y más pisadas: de personas unas; otras, de jacos; y otras de pollinos.
Sentían el rodar de los carros, el murmullo de la gente, y de cuando en cuando,
el canturreo de los mozos que se acompañaban ellos mismos con la guitarra. Y
así toda la noche.
Pero
ya ésta se marcha, y aparece el día; que como no he solido ver muchos del
Cubillo, amaneció espléndido y hermoso.
Por
la mañana ya se sabe, preparativos en todas las casas: los unos, el coche; los
otros, el carro; éstos, los borricos; aquellos, los mulos (y perdóneseme el
naturalismo). Cada familia prepara con la anticipación suficiente el modo como
ha de ir a la Romería.
Los
que van a vender, se constituyen en las inmediaciones de la ermita al anochecer
del día 7, y allí acampan y duermen al raso entre sus mismas mercancías. Los
que van solo de espectadores, pero con ánimo de divertirse de veras y con
deseos de oir la misa y el sermón, ver la procesión, y comer en el campo, se
van por la mañanita del mismo día de la fiesta. Y los que gustan también de
divertirse, pero se conforman con ver misa en su pueblo, y se contentan con
merendar en vez de comer en la Romería, van por la tarde.
De
éstos fuimos nosotros.
Teníamos
preparada nuestra cómoda carreta de bueyes, guarnecida por ambos lados con dos
anchas bandas de madera, sobre las que se levantaban seis estacas a manera de
barras, para sostener dos colchitas que hacían el oficio de toldo.
Allí,
en aquella especie de azotea ambulante, fuéronse metiendo casi todos los
individuos de mi familia. El Juez municipal, mi antiguo amigo, montó en la
trasera del carro, un hermanillo en una acémila y yo en otra ídem.
A
las dos y media se pusieron en movimiento carro y pollinos.
Atravesamos
el pueblo, salimos de él por las eras de Estacio, y tomamos el camino corto
para el Cubillo.
Gente
y más gente pasaban a caballo, ya en caballerías mayores, ya en menores;
algunos caballeros, muchos aldeanos, mujeres del pueblo a cientos… ¡todo el
mundo al Cubillo!
Y
entre vaivén y vaivén, que hacían se ladease algunas veces la carreta, llegamos
ya al lugar de la Romería.
Aquello
sí que alegraba nada más que echarlo la vista encima; y séame dispensada la
frase que de puro natural acaso peque en ordinaria.
Por
aquellas dilatadas praderas y a la sombra de los hermosos árboles que rodean la
ermita, veíanse multitud de personas que formando corros, despachaban con buen
apetito las meriendas que, o llevaban del pueblo, o adquirieron en la Romería.
Allí
se comía lindamente y se bebía que era un gusto.
Puestos
por todas partes: de paños, de hojalatería, de frutas, de muñecos. Tiendas de
campaña haciendo los oficios de tabernas, grupos de carros, de coches, de
caballos y de burros. Todo, todo, se veía allí en agradable confusión y en
amable desorden; y dominando el conjunto, la ermita, que presta devoción a los
fervorosos y sombra a los comilones, y como salsa de tan gustosísimo plato, la
bulla y el murmullo que producen mil conversaciones distintas y cien mil voces
diferentes.
Dos
ruedas de baile hubo ayer en el Cubillo: launa con música de guitarra, y con
música de gaita y de tambor la otra.
En
ambas se bailó que era un gusto.
Cuando
el sol se iba ya marchando, y cuando nuestros cuerpos estaban, a fuerza de
bailar, hechitos unas brevas, fuimos cogiendo cada cual nuestros jacos, o
subiendo cada uno a su carro o a su coche y nos volvimos a nuestro lugar.
Esta
es la “Romería del Cubillo”, en el que se descuelgan todos los pueblos
inmediatos; pero sobre todo éste, que tanto ha disputado a su limítrofe
Aldeavieja la propiedad de la Sagrada ermita, por una de cuyas paredes pasa la
línea divisoria de ambos términos municipales.
Adelardo
López-Sánchez y Avecilla







