1 de julio de 2026

Don Cosme

 

Esta es una historia antigua, muy antigua, contada al amor de la lumbre una noche de primavera, cuando los días comienzan a alargarse pero la oscuridad viene, todavía, demasiado pronto. Mi tío Julián se entretenía en liar un pitillo de “caldo” y con su media sonrisa, entre irónica y malévola, empezó a contar esta historia que él decía que era cierta, que su padre fue testigo de ella cuando era un crío; así que vosotros juzgaréis si eso era verdad o no.

“Don Cosme era un hombre, como se dice en algunos sitios, hecho a sí mismo o, por lo menos, eso decía él y lo tenía a mucha honra, claro que eso era mucho decir; don Cosme era el párroco de Aldeavieja, llevaba muchos años de sacerdote cuando fue destinado a este pueblo como titular a la muerte del anterior sacerdote; no sabemos si como premio a toda una vida de sacerdocio o como “castigo” a toda una vida de sacerdocio. El caso era que, don Cosme era muy suyo, y ahora os contaré lo que eso significa.

Era la época de la Semana Santa cuando nuestro hombre llegó al pueblo, había que organizar las procesiones, el miércoles de ceniza, hablar con el sacristán, comprobar en qué estado estaba la iglesia, las vestiduras específicas de los oficios, en fin, un sinnúmero de cosas y, claro, él venía de un pueblo donde las cosas se hacían de una manera determinada, no sabemos si determinadas por él o por ser la costumbre del lugar y aquí empezó una curiosa batalla entre don Cosme y todo un pueblo.

Era Jueves Santo y había que llamar a los vecinos para que acudiesen a los Oficios, así que don Cosme dijo a Emilio, el sacristán, : -“Emilio, di a los monaguillos que llamen a primeras, que vamos a comenzar la Función”-

Así que Emilio les dio dos carracas a cada uno de los muchachos y los envió a que lo anunciasen a los feligreses.

Y allá fueron el Colasillo y Dionisín trotando por las calles, mientras hacían sonar y sonar las carracas como si no hubiera un mañana; -“¡A los Oficios Divinos!”-, -“¡A los Oficios Divinos!”- gritaban a todo pulmón en su carrera alocada por el pueblo.

Don Cosme oyó aquel estruendo y se quedó helado: -“Pero… ¡cómo se atrevían aquellos pilluelos a formar aquel alboroto en tan santa fecha!” y llamó todo cabreado al sacristán:

-“Emilio, haz callar a esos chicos… ¿pero están locos? ¿quién les ha dado esas carracas? Hoy es un día Santo, así con mayúsculas y no para ir dando voces por las calles ¿Qué van a pensar de nosotros?”.

-“Pero, don Cosme, es así como se ha hecho siempre, a nadie le parece mal…”

-¡Se acabó!, mañana se avisará con la carraca grande que hay en la torre, que es lo civilizado y como se hace en otros sitios, por lo menos en todos los que yo he estado”.

Emilio se encogió de hombros y no dijo nada, a fin de cuentas él era un mandado y, además, le convenía estar a bien con el cura, que para algo era su jefe.

Al día siguiente, Viernes Santo, hicieron sonar aquella carraca enorme que estaba en la torre, les costó pues estaba casi rota y podrida, llevaba muchos años sin usarse; así y todo pudieron hacerla funcionar y su sonido, tartamudeante y áspero, se difundió por todo el pueblo…

Don Cosme permanecía expectante a la puerta de la sacristía, sólo un par de viejas aparecían sentadas en sus reclinatorios, estando el resto de la nave de la iglesia vacía y silenciosa…

“¡Emilio, Emilio! -llamó en voz baja- ¿qué pasa con la gente, por qué no ha venido nadie?”

-“Pues no sé, don Cosme -mintió- espere que voy a mandar a uno de los chiquillos, a ver si se entera de algo…”

Salió el chico y no tardó en volver, él ya sabía la respuesta…

-“Pos pasa, señor cura, que mi madre no ha oído avisar pa los oficios… como no hemos pasao por las calles avisando… y creo que a los demás les pasa lo mesmo…”

Don Cosme arrugó el entrecejo y murmuró para sus adentros: -“salvajes analfabetos…”- y rojo de ira dijo: “¡Hala, salid corriendo con las carracas, porque hoy es el día que es… que si no… se quedaban sin oir los oficios y sin procesión…. Salvajes…”

Y, todo eso, sin contar con la que se armó el día anterior cuando se estaban preparando los pasos para la procesión; don Cosme inspeccionaba las tallas, admirándose de que pueblo tan pequeño tuviera todas las imágenes necesarias para completar los pasos de la Pasión.

Allí estaba la urna de cristal con el cuerpo yacente de Cristo, un poco pequeño… pero bueno, se veía bien la urna con los faroles encendidos en las esquinas…; el crucificado, muy buena talla, traída de la antigua parroquia de San Cristóbal donde adornaba el altar mayor; la dolorosa, tan oscura de ropajes; el Cristo con la cruz a cuestas; el atado a la columna… y la adoración en el Huerto de los Olivos…. los olivos… pero ¿qué era aquello? si eran naranjas atadas a las ramas del árbol… ¡naranjas!

-¡Eso sí que no, nada de naranjas!, fuera ahora mismo, ¡qué herejía!

-Pero, don Cosme, es una tradición, llevamos así desde que el mundo es mundo…

-¡No señor, no en mi parroquia!, el Evangelio dice el Huerto de los Olivos ¡y se acabó!

Las naranjas fueron arrancadas del árbol por el mismo don Cosme y entregadas al bueno del sacristán…

-¡Tome, quítemelas de la vista!

Se hicieron los oficios sin más problemas, pero se veían malas caras por todas partes, tanto en los bancos como en el púlpito; por fin acabaron y fueron preparándose para la procesión con la que recorrerían las calles del pueblo; fueron saliendo los pasos por las grandes puertas abiertas del templo y cuando don Cosme alzó la vista descubrió que en el árbol de la Oración en el Huerto brillaban diez naranjas grandes, jugosas, que parecían reírse del cura…

-¡Malditos herejes! -musitó entre los latinajos que acompañaban a la procesión.”

-Hubo más cosas así, -siguió contando mi tío-, pero a la larga, a los pocos años, las cosas se hicieron como se habían hecho desde que hubo iglesia en el pueblo, y de eso hace ya pero que mucho, mucho tiempo.

Y, guiñándome un ojo, encendió el pitillo con la mecha y exhaló  una buena nube de humo un tanto maloliente.

8 de abril de 2026

La "Semana Santa"

 

Recuerdo, con toda la nostalgia y el cariño del mundo, aquellas Semanas Santas pasadas en el pueblo durante mi niñez y primera juventud; primero acudíamos a los “Oficios Divinos”, en cuanto oíamos como llamaban los monaguillos con sus carracas trotando por las calles para que acudiesen los feligreses a la iglesia; aquellos “Oficios” en latín de los que te enterabas poco a nada, pero que te dejaban como hipnotizado, esos momentos en que el sacerdote lavaba los pies a un grupo de niños de la escuela, que representaban a los doce apóstoles y aquellos diálogos entre el sacristán y el oficiante, como antes apuntaba en puro latín, con los que representaban el prendimiento de Jesús, su juicio ante Pilatos o ante Caifás, el Sumo Sacerdote hebreo, “et dixit Pilatos”, entonaba el sacristán… y aquel momento grandioso, dramático en que Jesús, clavado en la cruz, se lamentaba en sus últimos momentos y en el punto de su expiración, la iglesia quedaba en un silencio sobrenatural, el sacerdote caído de rodillas… como si el tiempo se hubiera detenido y todos nos arrodillábamos sobrecogidos, ateridos de frío en la helada iglesia, sintiendo en las rodillas las maderas de los bancos clavándose en ellas…

Y después, sin que nadie dijera nada, como en una comedia en la que todos conocían su papel, los hombres se levantaban del fondo de la iglesia donde habían permanecido durante toda la ceremonia y mientras unos abrían las pesadas puertas de par en par, dejando entrar la oscuridad de la noche en el templo, otros se echaban sobre los hombros las andas de los pasos y comenzaban el lento y ceremonioso recorrido por todo el pueblo.

Aquella procesión trascurriendo por las calles, que previamente se habían barrido, pero que continuaban siendo irregulares, con aquellos cantos rodados como pavimento que tantas rodillas de críos han herido; aquellas calles con una farola al principio y otra al final que, además, se apagaban mientras durase la procesión; cada hombre, cada mujer, cada niño iban portando la vela, el candil, el farolillo, mientras en las ventanas de algunas casas se veía el platillo de aceite en el que nadaban aquellas lamparillas pequeñas, como redondas luciérnagas.

Los pasos traqueteando oscilaban de un lado para otro según la marcha y la altura de los que los portaban, de fondo el cura iba entonando  aquello de “…perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo, perdónanos Señor…” y se llegaba a la carretera, recuerdo aquellos primeros años en que la procesión marchaba por la carretera, que aún no estaba iluminada, y los pocos coches que circulaban se paraban, a un lado y a otro del pueblo, mientras que duraba… no había guardias civiles parando el tráfico, éste se paraba solo… la Luna, a veces, iluminaba aquel cortejo blanqueando las caras y las cabezas descubiertas de los hombres, que caminaban con la boina entre las manos.

Aldeavieja tiene la fortuna de poseer imágenes con las que procesionar en Semana Santa; no todos los pueblos pueden presumir de ello; y además la serie completa: la oración en el huerto, el Cristo atado a la columna, la Dolorosa, el Cristo con la cruz a cuestas, el Crucificado y el Cristo yacente en su urna de cristal, así como el Jesús resucitado. Son tallas posiblemente de los siglos XVII al XVIII y no me extrañaría nada que fueran una ofrenda de nuestros antiguos conocidos los García Cerecedo, que tanto hicieron por la parroquia; son de tamaño natural menos el que representa al Cristo atado a la columna, de menor tamaño; son efigies vestideras, tanto la Dolorosa como los Cristos de la Oración en el Huerto y el de La Cruz a Cuestas.

La talla de la Oración en el Huerto es una de las más originales,  representa al Cristo arrodillado ante un árbol, en el que se encuentra un pequeño ángel que le reconforta; el detalle es que, del árbol, no pendían aceitunas sino naranjas; esta antiquísima costumbre, de la que no se tiene noticia de su origen, parece que quiere ser derogada por el actual párroco, lo cual sería una lástima y un pequeño ultraje a la memoria colectiva de todos los habitantes del pueblo, tanto creyentes como laicos. No dicen los Evangelios que Cristo orase ante un olivo, ni ante un naranjo, sólo apunta que lo hizo en Getsemaní, que significa Prensa de Aceite, habría olivos, seguro pero… ¿por qué no un naranjo, tan común en aquellos lugares?. Era costumbre, después de la procesión del Jueves Santo, repartir las naranjas entre la chiquillería.

También el Cristo con la Cruz a Cuestas tiene su historia: en el año 2012 sufrió un incendio, causado por un cortocircuito de su iluminación, convirtiendo la imagen en un tizón; tuvo que ser restaurado y, al año siguiente, pudo salir en procesión con las demás tallas; es algo personal pues fue mi hija, Eva, la que se hizo cargo de la restauración y el remodelado y pintado de casi todas las partes de la imagen, llegando por los pelos a tiempo para la Semana Santa.

El Crucificado que se utiliza es el Cristo de la Serenidad al que se celebra a mediados de septiembre en la Fiesta del Cristo; una buena talla que procede de la ermita de San Cristóbal que era donde se veneraba hasta su traslado a la parroquia.

En fin, si no lo habéis visto nunca o no está entre vuestros recuerdos… venid al año que viene y, a pesar del tiempo transcurrido, aún podréis encontrar alguno de esos momentos  que te hacen añorar el pasado.





 

20 de marzo de 2026

Fray Miguel de Santa María

 

Hoy vamos a echar una mirada al pasado; quizás habréis visto en la Wikipedia de Aldeavieja que, entre los hijos ilustres del pueblo, se nombra a un tal “Fray Miguel de Santa María” y mi curiosidad me llevó a rebuscar entre papeles y libros para ver qué encontraba de este personaje y sí, en un viejo mamotreto titulado “Biografía Eclesiástica Completa”, del año 1849 lo encontré, el subtítulo del libro era: “Vidas de los personajes del antiguo y nuevo testamento, de todos los santos que venera la Iglesia, papas y eclesiásticos célebres por sus virtudes y talentos” y allí, en un artículo firmado por un tal Antonio López, aparecía nuestro personaje; en fin, aquí os dejo el susodicho artículo para que disfrutéis con él:

Religioso jerónimo en el monasterio de San Blas de Villaviciosa. Era natural de Aldea Vieja, en la abadía de Párraces, y dejó en aquella comunidad memorable fama de su virtud y ejemplo. Vino a tomar el hábito desde el seminario de S. Lorenzo, donde estudió la gramática, y después le hicieron colegial también del Real colegio de aquel monasterio,  y salió lucido estudiante, buen predicador, de grande y fervoroso espíritu. Le nombraron maestro de novicios luego que volvió del colegio y a poco tiempo vicario y luego prior y del mismo modo, sin que se alargasen los espacios, lo fue en muchos monasterios de la Orden y visitador general de Castilla, de Aragón, de Andalucía y definidor, desempeñando otros cargos honrosos en los cuales nunca se le observó como violentado, sino como en su centro, por su conocida observancia y gran capacidad.

Tuvo también diversas veces voz de general y lo fuera si le ayudaran los lados, achaque común de religiosas y lucidas prendas. Entraba el varón santo en estas dignidades por la puerta de la virtud y merecimiento, y sabíase que al dejarlas, conservaba la misma veneración de todos. Siempre le hallaban respetable al mismo tiempo que amable, en tanto grado, que ninguno en su presencia osaba descomponerse ni salir del orden debido en acciones y palabras. Mostró lo inalterable y firme de su paciencia y sufrimiento, pues jamás le vieron enojado ni alterado su ánimo, y si alguno trataba de congraciarse con el siervo de Dios, manifestándole la mala voluntad de sus émulos y descontentos, estaba tan lejos de sentirlo, y de salir de sí, que antes con el semblante quitaba al relator la gana de volver con cuentecillos.

Nunca se le oyó palabra en contra de sus hermanos aunque fuese provocado, señal cierta de bondad, caridad y humildad de su corazón. Decía la Misa con grande sentimiento y ternura; rezaba todos los días el oficio de difuntos, el de nuestra Señora y otros muchos que aún no satisfacían su gran devoción. Leía muy a menudo libros espirituales, prefiriendo en su particular afición al gran padre espiritual Tomás de Kempis, por lo excelente de su Teología mística. Constantemente estaba en esta ocupación y en otras de la observancia, en cuya puntualidad igualó a los más célebres.

En su vejez, afectado de la gota, que le dio mucho en que merecer, no podía asistir al coro y hacía el coro de la celda, sin cesar en sus divinas alabanzas y oraciones, con las que levantado el espíritu a Dios, templaba los dolores del cuerpo. Se le aumentaron de tal modo, que le tuvieron preso en cama mucho tiempo; purgatorio que le dio el Señor para salir sin contratiempo de esta vida y trocar la gota, que pasó con tan extremada tolerancia, en bienes permanentes de gloria. Cuyo fin consiguió muriendo santamente el 16 de Abril del año 1641, con general sentimiento de sus hermanos y de los que le trataron, pues a todos tocó la pérdida de varón tan estimable.

Siendo prior en su casa, sucedió un caso que se tuvo por milagroso. Estaba el refectorio ruinoso y con muchas quiebras, y se trató de repararle, apuntalándole por dentro, entrando la comunidad a la hora de comer y cenar, juzgándolo seguro; pero el día que se celebraba el Ángel de la Guarda, estando recogida la comunidad, entre ocho y nueve de la noche, se hundió, sin producir más daño que quebrar la vajilla de las mesas, de suerte que las tablas se pudieron aprovechar; y fue admirable, que los religiosos que habitaban las celdas sobre el refectorio, el día antes movidos de celestial inspiración, se pasaron a otras de la enfermería, y únicamente dos que dormían en un extremo, quedaron en pie los dormitorios, y ellos libres en sus camas.

No paró aquí la maravilla, pues un donado que se llamaba Marcos de Heba, cocinero, hombre virtuoso y de mucho provecho en la casa, habiéndose recogido muy de propósito para madrugar, se levantó una hora después que se había acostado, juzgando que se había dormido, y que ya había salido el alba, y pasando a llamar al criado que tenía en la cocina, volvió los ojos y vio caer el refectorio, y seguramente si no se hubiera levantado era preciso que hubiera quedado sepultado en las ruinas, como lo quedaron las alhajas y trastos de su celda. Fue gran maravilla no haber perecido nadie en este fracaso, y no se espantaron fuese tan grande atendiendo a haber concurrido a obrarla Dios, por medio de dos ángeles de guarda: el que se celebraba aquel día a 1º de marzo, y el prior que gobernaba la casa.

Todos dieron muchas gracias al Señor por la misericordia que había usado con ellos; y el Santo prelado volvió en su tiempo a levantar la fábrica de piedra de sillería, y además se construyeron doce celdas de muy buena disposición. Conservó también y aumentó las haciendas de la comunidad y los ganados; alhajó la iglesia y sacristía con diversas joyas y relicarios de valor, como lo verificó en las varias veces que gobernó el monasterio, mostrando la grandeza de su ánimo, y lo poco que le acobardaban los malos temporales, para dejar de obrar en beneficio de su casa lo mucho que le correspondía Dios a la confianza que tenía puesta en su clemencia, y a quien dieron por sus grandes merecimientos el título de bienhechor del monasterio.- A. L.

(Las fotografías son del estado actual del Monasterio de San Blas, del que Fray Miguel fue prior; se encuentra en el pueblo de Villaviciosa de Tajuña, en la provincia de Guadalajara)

26 de febrero de 2026

Las "mandas"

 

          Cuando vamos al santuario de la Virgen del Cubillo, muchas veces subimos al segundo piso de la hospedería a ver el “cuarto de las ofrendas”;  ya sabéis, el cuarto donde se han ido colocando los “exvotos” o las “mandas” de todos aquellos fieles que han querido dejar un objeto como señal de agradecimiento por algún favor pedido y recibido de la Virgen.      


           Recuerdo, cuando era pequeño, que estos “exvotos” colgaban de las paredes de la iglesia  y de la misma hospedería,  en aquella época se llevaba mucho el traer cabezas, manos, pies, brazos y piernas de cera, representando la parte del cuerpo que había sanado después de una enfermedad o accidente, costumbre que ya ha caído, creo que por fortuna; daba un poco de miedo ver aquellos trozos de cuerpo que te observaban desde lo alto de las paredes mezclados con trajes de primera comunión, vendas, muletas, trenzas de pelo, escayolas…

          Después se habilitó una de las habitaciones del piso alto, y allí se fueron colocando todas aquellas ofrendas; de siempre han permanecido dos: recordaréis esas dos vitrinas que representan una un naufragio en un lago o río alborotado y otra con un carro o carricoche accidentado; hechas con telas y figuras pintadas de cera, al estilo italiano, y que seguramente fueron realizadas en el siglo XVIII.


          ¿No os habéis preguntado nunca qué se hace cuando ya no caben más, o cuando se rompen o estropean?; yo sí y repasando la prensa histórica he satisfecho mi curiosidad con respecto a uno de los objetos más comunes: los trajes de novia.

          Ya en 1974, un artículo sobre el santuario, aparecido en el “Diario de Ávila”, decía: “En el camarín de la Virgen hemos visto numerosos exvotos, entre los que destacan más de medio centenar de trajes de novia, costumbre tradicional que se denomina “manda” y que hacen muchas novias después de su boda”.


          Pues bien, a finales del siglo pasado, en el año 2000, los trajes pasaban del centenar y el párroco de Aldeavieja, don Fabián, de acuerdo con las Obras Misionales Pontificias de Ávila, remitieron al Perú, 125 trajes de novia, distribuidos por diferentes localidades para entregar a aquellas muchachas que por falta de medios económicos no podían costearse el ir a su boda vestidas de blanco.

          Me imagino que con otros varios objetos, como muletas, calzados, etc…, pasados unos años prudenciales, se habrá hecho algo parecido.