25 de septiembre de 2026

Colás y Victoria

 Este verano hemos tenido la desgracia de decir adiós a dos de nuestros convecinos más queridos; además se da la circunstancia de que eran hermanos; ya os habréis dado cuenta de que se trata de Colás (Nicolás) y de Victoria, con la diferencia de casi un mes los dos nos han dejado y los dos de una manera inesperada, rápida y, como fue su vida, sin molestar.


Venían de una familia de albañiles, la única que, durante mucho tiempo, existió en el pueblo; su padre, Isaías Moreno del Rey, era hermano de aquella saga en la que reinaba el gran Demetrio y, junto a él, sus hermanos Siro, Segundo, Marcelino, María, Teodomira y Eugenio; Isaías se había casado con Luisa Gómez Vaillo (de Ituero) y, además de Colás y Victoria, tuvieron otros tres hijos: Clemente, Julián y Cecilia.

¿Quién no ha tenido en su casa a Colás arreglándole el tejado, o levantando una nueva pared, o retejando?


¿Quién no le ha visto, alguna vez, subido al tejado, con su inseparable boina y su cigarrillo en la boca, siempre con una sonrisa? Nadie como él conocía las casas del pueblo, cómo estaban construídas, por dónde podían fallar y qué había que hacer para arreglarlas o modernizarlas.

¿Y de Victoria, qué vamos a contar? sus sobrinos fueron para ella como los hijos que no tuvo; siempre echando una mano, siempre vigilante, siempre con amor y con cariño? ¿Recordáis sus rosquillas, esas rosquillas que nunca faltaron en casa de ningún sobrino?


Mi primer recuerdo de ella es de mi infancia en Segovia, cuando vivíamos aún allí, y tengo una foto en la que se la ve cuidando de mis hermanos y de mí, en las cuestas del Pinarillo. ¡Quién me iba a decir que, un día, yo también me convertiría en su sobrino!

¡Cómo no vamos a sentir su ausencia! Menos mal que nos quedan su memoria, sus palabras, y las fotos en las que se la ve siempre tranquila, un paso atrás, pero siempre vigilante.

Como decían los romanos a sus muertos: ¡Que la tierra os sea leve!

16 de septiembre de 2026

Sobre el retablo de la Virgen del Rosario. II

     En octubre de 2020 hice una reseña del retablo de la Virgen del Rosario que se encuentra en la iglesia parroquial de Aldeavieja, en ella hablaba de unos pequeños cuadros instalados en el banco de madera, obra del pintor Matías de Torres (Aguilar de Campoo 1635 - Madrid 1711) y hoy vamos a hacer una referencia detallada de los mismos, así como a enseñároslos, pues seguro que muchos de vosotros no habéis reparado en ellos, como a mí me había pasado hasta que no se retiraron unos grandes floreros que los ocultaban a la vista; Matías era compañero y discípulo de Herrera el Mozo, uno de los pintores favoritos de José García de Cerecedo y del que aprendió mucho de lo que se encuentra en su pintura; especializado en cuadros pequeños para completar retablos, fue el elegido por Herrera y por Cerecedo para hacer los del retablo que nos ocupa. Anteriormente ya había pintado cuadros cerca de Aldeavieja: en la parroquia de Hoyos del Espino y en la de Peñaranda de Bracamonte.


     El cuadro central corresponde a la puerta del sagrario y en él se representa el tema del Pelícano sacrificándose por sus crías, ya comentamos que este tema es uno de los más recurridos por la Iglesia católica que equipara al pelícano con Jesucristo ya que se creía que dicha ave se picaba el pecho hasta hacerse sangre para alimentar a sus crías cuando, realmente, lo que hacía era regurguitar la comida para alimentarlas. El cuadro está resuelto con grandes pinceladas iluminando a la madre que recuerda, vagamente, más a un cisne que a un pelícano, ave que, seguramente, nunca había visto nuestro pintor.


     Los otros dos nos enseñan a la Virgen cosiendo y a San José con el Niño. Matías era un especialista en pintar escenas sobre la Virgen, existen varias obras suyas sobre la vida de María que aparecen en los retablos citados anteriormente.


     En el primero, situado en el lado izquierdo del retablo, se puede ver a la Virgen cosiendo ropa, a sus pies reposa un cestillo en el que se aprecia una prenda y a la derecha un jarrón conteniendo flores que equilibra la escena, al fondo se distingue una pared alta que cierra las figuras. El manto de la Virgen se eleva tras ella como si soplara una ráfaga de viento.


     En el segundo, a la derecha, San José, de pie, dentro de su taller abierto a la calle, le muestra al Niño unas herramientas de su oficio que reposan sobre una mesa, al fondo una casa de dos pisos sirve de telón. el Niño va vestido con un amplio ropaje rojo mientras San José lo hace con unas vestimentas oscuras que casi se confunden con el interior del taller.


     Es una lástima que estos dos pequeños cuadros no se hayan restaurado, por lo que no se aprecia debidamente el colorido y la fineza de la pincelada que tanto gustan en Matías; quizás, algún día, ésto pueda realizarse y nuestro pueblo pueda sentirse orgulloso de ello como lo está de las pinturas de Herrera el Mozo.



28 de agosto de 2026

La Cruz de Dimas

 Hoy voy a tratar de una de las cruces más escondidas del pueblo; la llamada "Cruz de Dimas"; no la vais a encontrar en nuestras calles, ni en ninguno de los caminos y carreteras que rodean nuestro pueblo; está en el Valle.

Os voy a contar lo poco que sabemos de su origen: allá, a mediados de los años cuarenta del pasado siglo, creemos que exactamente en 1945, a seis años de acabada la guerra civil, había en nuestro municipio muchos rebaños de ovejas y, por consiguiente, muchos pastores; era costumbre que en cada casa se tuvieran dos o tres ovejas que, al amanecer salían cada una de la casa de su dueño e iban agrupándose en un rebaño que salía a los campos a pacer y muchos de ellos lo hacían en el Valle, que no estaba vallado como ahora.


Uno de estos rebaños, llamémoslos "comunales", lo guiaba Dimas, no sabemos su apellido o, por lo menos, nadie lo recuerda; era ya un hombre mayor, tendría alrededor de sesenta años, que ahora no nos parecerá mucho pero, en esa época, sí lo era; bien, pues decíamos que Dimas llevó su rebaño a pastar al Valle como hacía todos los días, era verano, principios del verano, las ovejas iban comiendo seguidas por el pastor y los dos perrillos que le ayudaban; pasó el mediodía, pasó la tarde y el rebaño volvió al pueblo, agrupándose, como todos los días, en el cruce de la calle Segovia con la del Mediodía; sólo había algo inusual, el pastor no iba con ellas.


Los vecinos, alarmados, marcharon hacia el Valle, por los caminos por los que solían volver los rebaños para ver si podían encontrar a Dimas, y lo encontraron, claro que sí; el pobre hombre yacía, muerto, en un altillo desde el que se iniciaba una vaguada que conducía al Camino de Abajo de la Virgen. La noticia voló al pueblo y todos sintieron en lo más profundo la muerte de Dimas, un ataque al corazón fulminante había acabado con su vida, se llevó el cuerpo a las traseras de la ermita de San Cristóbal, donde el médico del pueblo le hizo la autopsia; después fue enterrado cristianamente en el cementerio.

Algunos vecinos, amigos del finado y compañeros de profesión decidieron hacer algo en memoria de Dimas; fueron al lugar donde falleció y llamando en su ayuda a varios chiquillos que andaban por allí, les pidieron que les llevaran piedras de cierta forma y tamaño y, con ellas, hicieron una cruz en el suelo, apretándolas bien para que no se movieran y resistieran el paso del tiempo, de las personas y de los animales; poco después, otro pastor, Lorencillo, hincó un hito de granito en la cabecera para que el lugar pudiese ser reconocido más fácilmente.


El tiempo pasó, el tiempo, los hombres, los animales, la naturaleza en fin, acabaron por tapar aquella cruz y hasta se olvidó su existencia y el motivo por el que fue creada; hoy, los hijos de aquellos que la hicieron la han encontrado, la han limpiado y la han puesto a disposición de todo el pueblo, para que no se olvide a aquel hombre que se llamaba Dimas y a aquellos que quisieron que su memoria no se olvidase.

13 de agosto de 2026

La Romería del Cubillo en 1890

 

El artículo que hoy os presento, apareció en el semanario segoviano “El Faro de Castilla”, el sábado 20 de septiembre de 1890, hace la friolera de 136 años, que se dice pronto. Está firmado por Adelardo López-Sánchez y Avecilla, periodista que escribió en dicho semanario sobre las fiestas de la provincia y que, como vamos a ver, empezó por las de Aldeavieja, que conocía bien gracias a que residía en Villacastín.

El semanario, que se intitulaba “de intereses morales, materiales y noticias”, comenzaba dicho artículo de esta manera:

 

Y empecemos… por la “Romería del Cubillo”

Esta fiesta, que tiene siempre lugar el día 8 es la que abre las puertas a la no corta serie de ellas, que después se encargan de cerrar las clásicas “Funciones”.

Verdad es que la Romería del Cubillo no la hacen los de Villacastín, sino los de Aldeavieja, a cuyo término pertenece la ermita; pero lo cierto es que Villacastín en masa se traslada al Cubillo el día de la Virgen, y desde que empecé a darme cuenta de las cosas, tengo como de mi pueblo la Romería.

La noche de la víspera no cesaron de pasar gentes de los pueblos cercanos, que se encaminaban a la ermita por esta villa. Yo de nada me apercibí, porque tengo mi casa al pie casi de la iglesia; pero los vecinos de la plaza y más aún los de la calle Real, apenas si pudieron pegar los ojos. Dicen que ellos sentían pisadas y más pisadas: de personas unas; otras, de jacos; y otras de pollinos. Sentían el rodar de los carros, el murmullo de la gente, y de cuando en cuando, el canturreo de los mozos que se acompañaban ellos mismos con la guitarra. Y así toda la noche.

Pero ya ésta se marcha, y aparece el día; que como no he solido ver muchos del Cubillo, amaneció espléndido y hermoso.

Por la mañana ya se sabe, preparativos en todas las casas: los unos, el coche; los otros, el carro; éstos, los borricos; aquellos, los mulos (y perdóneseme el naturalismo). Cada familia prepara con la anticipación suficiente el modo como ha de ir a la Romería.

Los que van a vender, se constituyen en las inmediaciones de la ermita al anochecer del día 7, y allí acampan y duermen al raso entre sus mismas mercancías. Los que van solo de espectadores, pero con ánimo de divertirse de veras y con deseos de oir la misa y el sermón, ver la procesión, y comer en el campo, se van por la mañanita del mismo día de la fiesta. Y los que gustan también de divertirse, pero se conforman con ver misa en su pueblo, y se contentan con merendar en vez de comer en la Romería, van por la tarde.

De éstos fuimos nosotros.

Teníamos preparada nuestra cómoda carreta de bueyes, guarnecida por ambos lados con dos anchas bandas de madera, sobre las que se levantaban seis estacas a manera de barras, para sostener dos colchitas que hacían el oficio de toldo.

Allí, en aquella especie de azotea ambulante, fuéronse metiendo casi todos los individuos de mi familia. El Juez municipal, mi antiguo amigo, montó en la trasera del carro, un hermanillo en una acémila y yo en otra ídem.

A las dos y media se pusieron en movimiento carro y pollinos.

Atravesamos el pueblo, salimos de él por las eras de Estacio, y tomamos el camino corto para el Cubillo.

Gente y más gente pasaban a caballo, ya en caballerías mayores, ya en menores; algunos caballeros, muchos aldeanos, mujeres del pueblo a cientos… ¡todo el mundo al Cubillo!

Y entre vaivén y vaivén, que hacían se ladease algunas veces la carreta, llegamos ya al lugar de la Romería.

Aquello sí que alegraba nada más que echarlo la vista encima; y séame dispensada la frase que de puro natural acaso peque en ordinaria.

Por aquellas dilatadas praderas y a la sombra de los hermosos árboles que rodean la ermita, veíanse multitud de personas que formando corros, despachaban con buen apetito las meriendas que, o llevaban del pueblo, o adquirieron en la Romería.

Allí se comía lindamente y se bebía que era un gusto.

Puestos por todas partes: de paños, de hojalatería, de frutas, de muñecos. Tiendas de campaña haciendo los oficios de tabernas, grupos de carros, de coches, de caballos y de burros. Todo, todo, se veía allí en agradable confusión y en amable desorden; y dominando el conjunto, la ermita, que presta devoción a los fervorosos y sombra a los comilones, y como salsa de tan gustosísimo plato, la bulla y el murmullo que producen mil conversaciones distintas y cien mil voces diferentes.

Dos ruedas de baile hubo ayer en el Cubillo: launa con música de guitarra, y con música de gaita y de tambor la otra.

En ambas se bailó que era un gusto.

Cuando el sol se iba ya marchando, y cuando nuestros cuerpos estaban, a fuerza de bailar, hechitos unas brevas, fuimos cogiendo cada cual nuestros jacos, o subiendo cada uno a su carro o a su coche y nos volvimos a nuestro lugar.

Esta es la “Romería del Cubillo”, en el que se descuelgan todos los pueblos inmediatos; pero sobre todo éste, que tanto ha disputado a su limítrofe Aldeavieja la propiedad de la Sagrada ermita, por una de cuyas paredes pasa la línea divisoria de ambos términos municipales.

Adelardo López-Sánchez y Avecilla