13 de agosto de 2026

La Romería del Cubillo en 1890

 

El artículo que hoy os presento, apareció en el semanario segoviano “El Faro de Castilla”, el sábado 20 de septiembre de 1890, hace la friolera de 136 años, que se dice pronto. Está firmado por Adelardo López-Sánchez y Avecilla, periodista que escribió en dicho semanario sobre las fiestas de la provincia y que, como vamos a ver, empezó por las de Aldeavieja, que conocía bien gracias a que residía en Villacastín.

El semanario, que se intitulaba “de intereses morales, materiales y noticias”, comenzaba dicho artículo de esta manera:

 

Y empecemos… por la “Romería del Cubillo”

Esta fiesta, que tiene siempre lugar el día 8 es la que abre las puertas a la no corta serie de ellas, que después se encargan de cerrar las clásicas “Funciones”.

Verdad es que la Romería del Cubillo no la hacen los de Villacastín, sino los de Aldeavieja, a cuyo término pertenece la ermita; pero lo cierto es que Villacastín en masa se traslada al Cubillo el día de la Virgen, y desde que empecé a darme cuenta de las cosas, tengo como de mi pueblo la Romería.

La noche de la víspera no cesaron de pasar gentes de los pueblos cercanos, que se encaminaban a la ermita por esta villa. Yo de nada me apercibí, porque tengo mi casa al pie casi de la iglesia; pero los vecinos de la plaza y más aún los de la calle Real, apenas si pudieron pegar los ojos. Dicen que ellos sentían pisadas y más pisadas: de personas unas; otras, de jacos; y otras de pollinos. Sentían el rodar de los carros, el murmullo de la gente, y de cuando en cuando, el canturreo de los mozos que se acompañaban ellos mismos con la guitarra. Y así toda la noche.

Pero ya ésta se marcha, y aparece el día; que como no he solido ver muchos del Cubillo, amaneció espléndido y hermoso.

Por la mañana ya se sabe, preparativos en todas las casas: los unos, el coche; los otros, el carro; éstos, los borricos; aquellos, los mulos (y perdóneseme el naturalismo). Cada familia prepara con la anticipación suficiente el modo como ha de ir a la Romería.

Los que van a vender, se constituyen en las inmediaciones de la ermita al anochecer del día 7, y allí acampan y duermen al raso entre sus mismas mercancías. Los que van solo de espectadores, pero con ánimo de divertirse de veras y con deseos de oir la misa y el sermón, ver la procesión, y comer en el campo, se van por la mañanita del mismo día de la fiesta. Y los que gustan también de divertirse, pero se conforman con ver misa en su pueblo, y se contentan con merendar en vez de comer en la Romería, van por la tarde.

De éstos fuimos nosotros.

Teníamos preparada nuestra cómoda carreta de bueyes, guarnecida por ambos lados con dos anchas bandas de madera, sobre las que se levantaban seis estacas a manera de barras, para sostener dos colchitas que hacían el oficio de toldo.

Allí, en aquella especie de azotea ambulante, fuéronse metiendo casi todos los individuos de mi familia. El Juez municipal, mi antiguo amigo, montó en la trasera del carro, un hermanillo en una acémila y yo en otra ídem.

A las dos y media se pusieron en movimiento carro y pollinos.

Atravesamos el pueblo, salimos de él por las eras de Estacio, y tomamos el camino corto para el Cubillo.

Gente y más gente pasaban a caballo, ya en caballerías mayores, ya en menores; algunos caballeros, muchos aldeanos, mujeres del pueblo a cientos… ¡todo el mundo al Cubillo!

Y entre vaivén y vaivén, que hacían se ladease algunas veces la carreta, llegamos ya al lugar de la Romería.

Aquello sí que alegraba nada más que echarlo la vista encima; y séame dispensada la frase que de puro natural acaso peque en ordinaria.

Por aquellas dilatadas praderas y a la sombra de los hermosos árboles que rodean la ermita, veíanse multitud de personas que formando corros, despachaban con buen apetito las meriendas que, o llevaban del pueblo, o adquirieron en la Romería.

Allí se comía lindamente y se bebía que era un gusto.

Puestos por todas partes: de paños, de hojalatería, de frutas, de muñecos. Tiendas de campaña haciendo los oficios de tabernas, grupos de carros, de coches, de caballos y de burros. Todo, todo, se veía allí en agradable confusión y en amable desorden; y dominando el conjunto, la ermita, que presta devoción a los fervorosos y sombra a los comilones, y como salsa de tan gustosísimo plato, la bulla y el murmullo que producen mil conversaciones distintas y cien mil voces diferentes.

Dos ruedas de baile hubo ayer en el Cubillo: launa con música de guitarra, y con música de gaita y de tambor la otra.

En ambas se bailó que era un gusto.

Cuando el sol se iba ya marchando, y cuando nuestros cuerpos estaban, a fuerza de bailar, hechitos unas brevas, fuimos cogiendo cada cual nuestros jacos, o subiendo cada uno a su carro o a su coche y nos volvimos a nuestro lugar.

Esta es la “Romería del Cubillo”, en el que se descuelgan todos los pueblos inmediatos; pero sobre todo éste, que tanto ha disputado a su limítrofe Aldeavieja la propiedad de la Sagrada ermita, por una de cuyas paredes pasa la línea divisoria de ambos términos municipales.

Adelardo López-Sánchez y Avecilla

16 de julio de 2026

El verraco del Cardeña.

 

          Hoy voy a hablaros de algo que no sabemos muy bien lo que es; no se encuentra en nuestro municipio, pero sí muy cerca de él, aunque en tiempos (hasta aproximadamente 1962) estaba en los límites con Villacastín; se trata de una roca, con cierta forma de verraco tumbado que, actualmente está instalado junto a la fuente que vierte su agua junto al antiguo bar de “La Estrella”, casi sobre el puente sobre el arroyo Cardeña, en el trozo de la carretera N-110 que está en desuso.



          Es una roca, como ya he dicho, con cierta forma zoomorfa y, claramente, con signos de haber sido trabajada; se hallaba a dos kilómetros al sur del pueblo de Villacastín y servía de mojón entre los dos términos; en su lomo se pueden seguir los rastros de dos grandes letras: una B y una A, la B es, sin lugar a dudas, referente a Villacastín que, en tiempos, era Billacastín y la A, por supuesto, indicaba Aldeavieja (no Ávila, como ha indicado algún autor, pues Aldeavieja perteneció a Segovia hasta 1833). Junto a estas dos iniciales, una fecha: 1744; reinaba por aquel entonces, en España, Felipe V, en su segundo reinado por la prematura muerte de su hijo Luis I. Aparte de estas marcas hay también dos cruces, una en el lomo y otra en la parte trasera y da la impresión de que la parte de la cabeza se ha roto por algún golpe.



          ¿Es un auténtico verraco, de forma inusual?, podría ser y el lugar en que fue encontrado da pistas sobre ello, pues se hallaba en una zona de pastos y dehesas y uno de los motivos por los que eran fabricados se debía a que se les suponía como protectores del ganado; las cruces grabadas, posteriores por supuesto a su creación, son las típicas marcas que se hacían en las piedras para señalar los límites de los municipios durante la Edad Media, marcando además, como hemos visto antes, las iniciales de los lugares a los que servía de mojón, quizás las iniciales fueron grabadas en la fecha indicada, 1744.



          Lástima del abandono en que se encuentra, al cerrarse el bar antes citado y no pasar por allí más que algún despistado o algún conocedor de la zona. Id a verlo si no lo conocéis, merece la pena.

1 de julio de 2026

Don Cosme

 

Esta es una historia antigua, muy antigua, contada al amor de la lumbre una noche de primavera, cuando los días comienzan a alargarse pero la oscuridad viene, todavía, demasiado pronto. Mi tío Julián se entretenía en liar un pitillo de “caldo” y con su media sonrisa, entre irónica y malévola, empezó a contar esta historia que él decía que era cierta, que su padre fue testigo de ella cuando era un crío; así que vosotros juzgaréis si eso era verdad o no.

“Don Cosme era un hombre, como se dice en algunos sitios, hecho a sí mismo o, por lo menos, eso decía él y lo tenía a mucha honra, claro que eso era mucho decir; don Cosme era el párroco de Aldeavieja, llevaba muchos años de sacerdote cuando fue destinado a este pueblo como titular a la muerte del anterior sacerdote; no sabemos si como premio a toda una vida de sacerdocio o como “castigo” a toda una vida de sacerdocio. El caso era que, don Cosme era muy suyo, y ahora os contaré lo que eso significa.

Era la época de la Semana Santa cuando nuestro hombre llegó al pueblo, había que organizar las procesiones, el miércoles de ceniza, hablar con el sacristán, comprobar en qué estado estaba la iglesia, las vestiduras específicas de los oficios, en fin, un sinnúmero de cosas y, claro, él venía de un pueblo donde las cosas se hacían de una manera determinada, no sabemos si determinadas por él o por ser la costumbre del lugar y aquí empezó una curiosa batalla entre don Cosme y todo un pueblo.

Era Jueves Santo y había que llamar a los vecinos para que acudiesen a los Oficios, así que don Cosme dijo a Emilio, el sacristán, : -“Emilio, di a los monaguillos que llamen a primeras, que vamos a comenzar la Función”-

Así que Emilio les dio dos carracas a cada uno de los muchachos y los envió a que lo anunciasen a los feligreses.

Y allá fueron el Colasillo y Dionisín trotando por las calles, mientras hacían sonar y sonar las carracas como si no hubiera un mañana; -“¡A los Oficios Divinos!”-, -“¡A los Oficios Divinos!”- gritaban a todo pulmón en su carrera alocada por el pueblo.

Don Cosme oyó aquel estruendo y se quedó helado: -“Pero… ¡cómo se atrevían aquellos pilluelos a formar aquel alboroto en tan santa fecha!” y llamó todo cabreado al sacristán:

-“Emilio, haz callar a esos chicos… ¿pero están locos? ¿quién les ha dado esas carracas? Hoy es un día Santo, así con mayúsculas y no para ir dando voces por las calles ¿Qué van a pensar de nosotros?”.

-“Pero, don Cosme, es así como se ha hecho siempre, a nadie le parece mal…”

-¡Se acabó!, mañana se avisará con la carraca grande que hay en la torre, que es lo civilizado y como se hace en otros sitios, por lo menos en todos los que yo he estado”.

Emilio se encogió de hombros y no dijo nada, a fin de cuentas él era un mandado y, además, le convenía estar a bien con el cura, que para algo era su jefe.

Al día siguiente, Viernes Santo, hicieron sonar aquella carraca enorme que estaba en la torre, les costó pues estaba casi rota y podrida, llevaba muchos años sin usarse; así y todo pudieron hacerla funcionar y su sonido, tartamudeante y áspero, se difundió por todo el pueblo…

Don Cosme permanecía expectante a la puerta de la sacristía, sólo un par de viejas aparecían sentadas en sus reclinatorios, estando el resto de la nave de la iglesia vacía y silenciosa…

“¡Emilio, Emilio! -llamó en voz baja- ¿qué pasa con la gente, por qué no ha venido nadie?”

-“Pues no sé, don Cosme -mintió- espere que voy a mandar a uno de los chiquillos, a ver si se entera de algo…”

Salió el chico y no tardó en volver, él ya sabía la respuesta…

-“Pos pasa, señor cura, que mi madre no ha oído avisar pa los oficios… como no hemos pasao por las calles avisando… y creo que a los demás les pasa lo mesmo…”

Don Cosme arrugó el entrecejo y murmuró para sus adentros: -“salvajes analfabetos…”- y rojo de ira dijo: “¡Hala, salid corriendo con las carracas, porque hoy es el día que es… que si no… se quedaban sin oir los oficios y sin procesión…. Salvajes…”

Y, todo eso, sin contar con la que se armó el día anterior cuando se estaban preparando los pasos para la procesión; don Cosme inspeccionaba las tallas, admirándose de que pueblo tan pequeño tuviera todas las imágenes necesarias para completar los pasos de la Pasión.

Allí estaba la urna de cristal con el cuerpo yacente de Cristo, un poco pequeño… pero bueno, se veía bien la urna con los faroles encendidos en las esquinas…; el crucificado, muy buena talla, traída de la antigua parroquia de San Cristóbal donde adornaba el altar mayor; la dolorosa, tan oscura de ropajes; el Cristo con la cruz a cuestas; el atado a la columna… y la adoración en el Huerto de los Olivos…. los olivos… pero ¿qué era aquello? si eran naranjas atadas a las ramas del árbol… ¡naranjas!

-¡Eso sí que no, nada de naranjas!, fuera ahora mismo, ¡qué herejía!

-Pero, don Cosme, es una tradición, llevamos así desde que el mundo es mundo…

-¡No señor, no en mi parroquia!, el Evangelio dice el Huerto de los Olivos ¡y se acabó!

Las naranjas fueron arrancadas del árbol por el mismo don Cosme y entregadas al bueno del sacristán…

-¡Tome, quítemelas de la vista!

Se hicieron los oficios sin más problemas, pero se veían malas caras por todas partes, tanto en los bancos como en el púlpito; por fin acabaron y fueron preparándose para la procesión con la que recorrerían las calles del pueblo; fueron saliendo los pasos por las grandes puertas abiertas del templo y cuando don Cosme alzó la vista descubrió que en el árbol de la Oración en el Huerto brillaban diez naranjas grandes, jugosas, que parecían reírse del cura…

-¡Malditos herejes! -musitó entre los latinajos que acompañaban a la procesión.”

-Hubo más cosas así, -siguió contando mi tío-, pero a la larga, a los pocos años, las cosas se hicieron como se habían hecho desde que hubo iglesia en el pueblo, y de eso hace ya pero que mucho, mucho tiempo.

Y, guiñándome un ojo, encendió el pitillo con la mecha y exhaló  una buena nube de humo un tanto maloliente.

8 de abril de 2026

La "Semana Santa"

 

Recuerdo, con toda la nostalgia y el cariño del mundo, aquellas Semanas Santas pasadas en el pueblo durante mi niñez y primera juventud; primero acudíamos a los “Oficios Divinos”, en cuanto oíamos como llamaban los monaguillos con sus carracas trotando por las calles para que acudiesen los feligreses a la iglesia; aquellos “Oficios” en latín de los que te enterabas poco a nada, pero que te dejaban como hipnotizado, esos momentos en que el sacerdote lavaba los pies a un grupo de niños de la escuela, que representaban a los doce apóstoles y aquellos diálogos entre el sacristán y el oficiante, como antes apuntaba en puro latín, con los que representaban el prendimiento de Jesús, su juicio ante Pilatos o ante Caifás, el Sumo Sacerdote hebreo, “et dixit Pilatos”, entonaba el sacristán… y aquel momento grandioso, dramático en que Jesús, clavado en la cruz, se lamentaba en sus últimos momentos y en el punto de su expiración, la iglesia quedaba en un silencio sobrenatural, el sacerdote caído de rodillas… como si el tiempo se hubiera detenido y todos nos arrodillábamos sobrecogidos, ateridos de frío en la helada iglesia, sintiendo en las rodillas las maderas de los bancos clavándose en ellas…

Y después, sin que nadie dijera nada, como en una comedia en la que todos conocían su papel, los hombres se levantaban del fondo de la iglesia donde habían permanecido durante toda la ceremonia y mientras unos abrían las pesadas puertas de par en par, dejando entrar la oscuridad de la noche en el templo, otros se echaban sobre los hombros las andas de los pasos y comenzaban el lento y ceremonioso recorrido por todo el pueblo.

Aquella procesión trascurriendo por las calles, que previamente se habían barrido, pero que continuaban siendo irregulares, con aquellos cantos rodados como pavimento que tantas rodillas de críos han herido; aquellas calles con una farola al principio y otra al final que, además, se apagaban mientras durase la procesión; cada hombre, cada mujer, cada niño iban portando la vela, el candil, el farolillo, mientras en las ventanas de algunas casas se veía el platillo de aceite en el que nadaban aquellas lamparillas pequeñas, como redondas luciérnagas.

Los pasos traqueteando oscilaban de un lado para otro según la marcha y la altura de los que los portaban, de fondo el cura iba entonando  aquello de “…perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo, perdónanos Señor…” y se llegaba a la carretera, recuerdo aquellos primeros años en que la procesión marchaba por la carretera, que aún no estaba iluminada, y los pocos coches que circulaban se paraban, a un lado y a otro del pueblo, mientras que duraba… no había guardias civiles parando el tráfico, éste se paraba solo… la Luna, a veces, iluminaba aquel cortejo blanqueando las caras y las cabezas descubiertas de los hombres, que caminaban con la boina entre las manos.

Aldeavieja tiene la fortuna de poseer imágenes con las que procesionar en Semana Santa; no todos los pueblos pueden presumir de ello; y además la serie completa: la oración en el huerto, el Cristo atado a la columna, la Dolorosa, el Cristo con la cruz a cuestas, el Crucificado y el Cristo yacente en su urna de cristal, así como el Jesús resucitado. Son tallas posiblemente de los siglos XVII al XVIII y no me extrañaría nada que fueran una ofrenda de nuestros antiguos conocidos los García Cerecedo, que tanto hicieron por la parroquia; son de tamaño natural menos el que representa al Cristo atado a la columna, de menor tamaño; son efigies vestideras, tanto la Dolorosa como los Cristos de la Oración en el Huerto y el de La Cruz a Cuestas.

La talla de la Oración en el Huerto es una de las más originales,  representa al Cristo arrodillado ante un árbol, en el que se encuentra un pequeño ángel que le reconforta; el detalle es que, del árbol, no pendían aceitunas sino naranjas; esta antiquísima costumbre, de la que no se tiene noticia de su origen, parece que quiere ser derogada por el actual párroco, lo cual sería una lástima y un pequeño ultraje a la memoria colectiva de todos los habitantes del pueblo, tanto creyentes como laicos. No dicen los Evangelios que Cristo orase ante un olivo, ni ante un naranjo, sólo apunta que lo hizo en Getsemaní, que significa Prensa de Aceite, habría olivos, seguro pero… ¿por qué no un naranjo, tan común en aquellos lugares?. Era costumbre, después de la procesión del Jueves Santo, repartir las naranjas entre la chiquillería.

También el Cristo con la Cruz a Cuestas tiene su historia: en el año 2012 sufrió un incendio, causado por un cortocircuito de su iluminación, convirtiendo la imagen en un tizón; tuvo que ser restaurado y, al año siguiente, pudo salir en procesión con las demás tallas; es algo personal pues fue mi hija, Eva, la que se hizo cargo de la restauración y el remodelado y pintado de casi todas las partes de la imagen, llegando por los pelos a tiempo para la Semana Santa.

El Crucificado que se utiliza es el Cristo de la Serenidad al que se celebra a mediados de septiembre en la Fiesta del Cristo; una buena talla que procede de la ermita de San Cristóbal que era donde se veneraba hasta su traslado a la parroquia.

En fin, si no lo habéis visto nunca o no está entre vuestros recuerdos… venid al año que viene y, a pesar del tiempo transcurrido, aún podréis encontrar alguno de esos momentos  que te hacen añorar el pasado.