9 de marzo de 2019

La Ventana. VIII


     (continuación)     

          Pasó el tiempo… ¿cuánto? no se sabe, el caso es que esta historia se olvidó, que la casa se fue desmoronando de nuevo, que el tejado se caía, la puerta colgaba de sus goznes, las ventanas, apedreadas, eran ojos vacíos hacia la nada y, solamente, de vez en cuando, se veía un gran gato negro, sentado en el alféizar, mirando, tranquilo, el ir y venir de las gentes…


          Por supuesto, nadie se acercaba demasiado a la casa, sólo los muchachos, en esa edad de demostrar que se iban convirtiendo en hombrecillos, como un ritual de adolescencia, se atrevían a dar dos pasos dentro, tirar una piedra, pegar cuatro voces y salir corriendo… cuando se les preguntaba, casi todos te contaban que sentían una presencia, que se notaba una corriente de aire, que un frío helador parecía que te penetraba y, entonces, echaban a correr antes de que la cosa fuera a mayores…
          La historia que contamos sucedió por esta época, ya la casa “maldita” no era más que un recuerdo, cuatro paredes de las que la cal se caía en pedazos dejando ver las piedras con las que estaba hecha, el tejado medio hundido… y sucedió que llegó una familia de “gallegos” para ayudar en las tareas de recolección, era verano y las cuadrillas de gente del norte recorrían los campos castellanos para segar (o lo que saliera) y ganar unas pesetas con las que poder ir tirando durante el invierno; estas gentes de las que hablamos, no teniendo dónde pasar las noches, se cobijaron en las ruinas de la casa y, con un poco de maña, cerraron lo que quedaba en pie con ramas y barro y taponaron los huecos de entretejas con retamas y tomillos; la temperatura era buena y aquello les proporcionó un techo y un refugio mientras duró la temporada.
          Los vecinos, al ver que no les pasaba nada, pensaron que era una tontería no aprovecharse de lo que los “gallegos” habían hecho y así, cuando acabó la siega y marcharon, alguno se acercó y colocó una puerta de verdad en el hueco que había servido de entrada y arregló las ventanas y les puso cristales, reparó el tejado y se presentó en el Ayuntamiento para poner la casa a su nombre y poderla alquilar a alguien que la necesitase.
          Este hombre, al que llamaremos… Juan, enfermó repentinamente de un mal misterioso, el médico del lugar no pudo hacer nada por él y falleció a los pocos días de haberse adueñado de la casa; su viuda, aterrada, marchó del pueblo rompiendo, en un último momento, los papeles que señalaban a su difunto marido como propietario de la casa.
          Y pasó lo que se repite una y otra vez en esta historia, la ruina se fue adueñando de la casa, empezó a desmoronarse, los vecinos del pueblo huían de ella como de la peste y, por fin, como tantas veces, un día, empezó  a salir humo por la chimenea y se rumoreó que en ella habitaba alguien, parecía que una persona mayor a la que nunca se veía más que como una sombra tras la ventana y, en esa misma ventana, un gato enorme, negro como la noche, vigilaba el camino que transcurría frontero con la casa.
          ¿Era el mismo gato que se había visto allí desde hacía muchos años? Unos decían que sí y otros que no; “es imposible” –decían-, “ningún animal puede vivir tantos años…”;  a menos que sea el propio diablo” –decían otros- “y no me extrañaría”.
          Nada ocurrió hasta que, un día, una de las vecinas, movida, tal vez, por la curiosidad, llamó a la puerta de la casa:
          -¿Hay alguien en casa?
          -¿Quién es?
          -Soy Julia, su vecina.
          -¡Ya va, ya va!
          Al abrirse la puerta, Julia se encontró frente a una mujer ya mayor, ¿cuántos años tendría?, era difícil saberlo; sus ropas eran antiguas pero no viejas, las arrugas de la cara casi no dejaban ver unos ojillos inquisitivos e inteligentes, baja de estatura y, a sus pies, el gato negro miraba a la intrusa con la cabeza levantada.
          -Hola, hija, ¿qué deseas?
          Julia permanecía quieta, silenciosa, no estaba segura de que hubiese hecho bien llamando a aquella puerta, pero… ¿qué la podía pasar? No era más que una anciana, ¿qué daño podría hacerla?, ella no creía en todos aquellos cuentos de brujas y desapariciones.
          -Buenos días, yo… ¿no le sobrará un poco de sal?, es que se me ha acabado y estaba haciendo un cocido para comer…
          -Pasa, hija, pasa… vamos a la cocina, allí tendré esa sal que deseas…
……….
          -¡Julia, Julia! ¿dónde andará esta mujer?
          Alejandro buscó y llamó, preguntó a las vecinas… habló con sus suegros…. se plantó una y mil veces ante el fogón de la cocina y contempló el cocido que se estaba haciendo y que se había pegado al estar al fuego más tiempo de lo debido, pero nada le sacó de su extrañeza ni de su estupor; ¿dónde se habría ido su mujer?; nadie se desvanece así como así, y menos estando preparando la comida…
          Se asomó a la ventana y desde ella, vislumbró la casa del camino del Barranco; un gato negro estaba sentado en el alféizar de una de sus ventanas… ¿y si…?
          No tenía nada que perder, se llegó a la casa y llamó a la puerta…
          Nada, no se oía nada…
          -¿Hay alguien?,¡oiga! ¿no hay nadie en casa?
          Empujó la puerta y ésta se abrió.
          -¡Hola! ¿Hay alguien?
          Silencio; Alejandro se adentró en la casa, nada, nadie, las cenizas de la cocina daban fe de que hacía poco que se había apagado el fuego, aún estaban calientes… pero nada más, no había muebles, no había ropas, no había nada, sólo una silla baja junto a la cocina apagada y unas huellas de zapatos en el polvo acumulado del suelo.
……….
          Y así estamos… la casa sigue allí, en ruinas, sólo una de las paredes se mantiene medio en pie ¿por cuánto tiempo? se hundirá del todo… o quizás algún día…


FIN

3 de marzo de 2019

La Ventana. VII


     (continuación)     

          Fue una noche singular, estaban en julio, en pleno verano, pero los vecinos se metieron pronto en sus casas, una brisa, que pronto se convirtió en fuerte viento, frío, extraño, se apoderó de las calles y no permitió que las naturales tertulias que se formaban en las puertas de las viviendas en aquella época del año se produjeran esta vez. Dentro de las casas se oía el ulular del viento, que silbaba por las chimeneas y que recordaba a las más frías noches del invierno; los perros aullaban a una luna que no brillaba en el cielo y los gatos huyeron, bufando despavoridos, a los altillos y desvanes; nada ni nadie se atrevió a salir, esperando que aquello pasara y les devolviera la normalidad.


          Germán se despertó temprano, como era su costumbre; le había costado coger el sueño, pues el viento silbaba por todas las rendijas del tejado y parecía que se metía por todas partes, moviendo puertas y ventanas aunque estuvieran encajadas; había oído al “Negro” gemir y aullar en la cuadra hasta que, por fin, el sueño  le venció y ahora, al levantarse se quedó sentado un rato en la cama, aguzando el oído, por ver si seguía aquel mal tiempo… pero no, no se oía nada… bueno, sí, sí se oía… los gorriones piaban en los árboles, como todos los días y por una rendija de la ventana, mal cerrada, se metía un rayo de sol.
          -A ver si es verdad que hoy tenemos un buen día… pues lo que es la noche…
          Y con este pensamiento se puso en pie, abrió de par en par la ventana y el brillo de la luz le hizo cerrar los ojos.
          -Sí que es un buen día, sí que lo es.
          Como todos los días se desayunó un buen tazón de café con leche al que fue echando sopas de pan hasta que pareció algo casi sólido, luego la copita de aguardiente para matar el gusanillo y después, calándose la boina salió a la calle rumbo al Ayuntamiento.
          En la puerta se encontró al alcalde…
          -¡Hombre, cuanto bueno por aquí!
          -Buenos días nos dé Dios…
          -¡Vaya noche, eh!
          -Movidita, señor alcalde, movidita.
          -Anda, acércate a la casa de… bueno, ya sabes dónde, y le preguntas a ese tal Julián que qué pasó ayer.
          -Como usted diga.
          -Y si hace falta te lo traes del brazo.
          -¿Y si no se deja?
          -Hoy va el Edmundo contigo, a ver si entre los dos…
          -Bueno, si vamos los dos…
          -¡Pues venga! ¡Edmundo, baja!
          Y Germán y el Edmundo se fueron, pasito a pasito en dirección al Barranco, a la casa de… Julián.
          -Hoy no sale humo por la chimenea –dijo Germán por lo bajo- ya es raro…
          -No tendrá frío… -rió el Edmundo-.
          -Tú que sabrás… me da mala espina.
          Llegaron, pues a la puerta de la casa; Germán asió la aldaba y llamó dos veces… los golpes sonaron fuertes, con eco, como si la casa estuviera vacía…
          -¿No hay nadie? ¡Eh, Julián, soy Germán, el del Ayuntamiento! ¡Nos manda el señor alcalde…!
          La puerta chirrió sobre sus goznes y se entreabrió, dejando pasar como un hálito de frío por la rendija…
          -¿No hay nadie? –voceó Germán-.
          Se oyó un maullido y, entre sus piernas, pasó un gato negro, grande, con la cola levantada, que se alejó en dirección de las huertas vecinas.
          -Donde hay un gato… hay gente –dijo el Edmundo-.
          -Pues vamos dentro –terció Germán-.
          Y, con un poco de temor, los dos pasaron dentro de la casa… estaba vacía, sólo un taburete junto a la chimenea, fría, sin rescoldos y una mesa baja,  desvencijada, con un mendrugo de pan duro. Nadie.
          -Pues ayer vivía aquí gente.
          -Pues hoy… no hay nadie… a ver si…
          -Te juro que ayer hablé con un hombre en la misma puerta de la casa, un tío que se llamaba Julián.
          -¿Julián del Mono o Julián de las Cadenas? –se burló Edmundo haciendo referencia a dos conocidas marcas de anís.
          -¡Calla majadero! Julián de… las narices… ¡Aquí hay gato encerrado!
          -Ya no –cacareó Edmundo- que ha salido por la puerta…
          -¡Como te rías te atizo… ¡bobo, más que bobo!
          -A ver qué le dices ahora al señor alcalde…
……….
          -Pues… le juro que ayer hablé con ese hombre… todos hemos visto cómo salía humo por la chimenea… ¡todos hemos visto cómo se arreglaba la casa! Pero hoy, señor alcalde, ¡no había nadie! ¡nadie! Esto es cosa de brujas…

(continuará...)

24 de febrero de 2019

La Ventana. VI


 (continuación)        

          Por fin, superando el temor, Germán alzó la mano, cogió la aldaba y llamó una vez y, luego de un breve intervalo, dio un golpe más.
          El sonido se extendió como una onda sobre un charco; parecía que sonaba en una casa vacía; así de profundo sonó.
            A poco, se oyeron pasos que se acercaban…
          -¡Ya va, ya va!


          La puerta se abrió, pero Germán no escuchó el esperado chirrido de la puerta al girar sobre sus goznes; no, aquella puerta estaba bien engrasada y, ante sus ojos, apareció la cara simpática y noble de un hombre de unos cuarenta años.
          -¡Buenos días! ¿qué se le ofrece?
      -Buenas… vengo de parte del señor alcalde, que me ha dicho que tiene que ir usted al Ayuntamiento por un asunto de habilita… habitalibi… bueno, algo así.
          El “Negro” gimió mientras se movía inquieto, como si olfatease en el aire algo que no le gustaba.
             El hombre miró al perro, luego a Germán y dijo:
          -Vale, dile al señor alcalde que luego me acercaré por allí, en cuanto acabe con lo que tengo que hacer en la casa; es que mi madre no se encuentra demasiado bien, ¿sabe?.
          -¡Ah! ¿su madre vive con usted?
          -Pues sí, ya ve, está ya muy mayor…
          -¿Cómo se llama?
          -¿Quién?
          -Pues… ¡usted!
          -¿Yo? Julián.
          -¿Y su madre?
          -¿Ella? pues Eulalia.
          Y Germán, se quedó allí plantado, delante de la puerta, mirando sin ver, con los ojos fijos en un punto detrás de Julián y pensando:
          -Julián, Julián… ¿dónde he oído yo ese nombre? Julián…
          -¿Quiere algo más?
          -¡Eh! ¡Ah!, ¡no!, no, no… no deje de pasar por el Ayuntamiento.
          Y se dio la vuelta sin dejar de murmurar para si:
          -Julián, Julián… ese nombre…
          Echó a andar hacia el Ayuntamiento mientras el “Negro” gemía lastimero a su lado.
          -¿Qué pasa, “Negro”?; ¿qué habrás olido tú en esa casa?; cómo me gustaría que pudieras hablar para que me lo dijeras… ¡claro! Julián era el hombre aquel que desapareció en tiempos de mi abuela; que desapareció en esa casa… ¿será este Julián aquel Julián?, ¡no, claro que no! ¡tendría que ser viejísimo y éste… no llega a la cincuentena… ¡también es casualidad que se llamen igual!, porque… tiene que ser una casualidad… porque lo otro… no, lo otro no puede ser…
          Y en estas cavilaciones llegó Germán a la puerta del Ayuntamiento, en la plaza, y se quedó un rato en los soportales mientras se liaba un cigarrillo en la palma de la mano; el “Negro” se sentó a su lado y, levantando la cabeza, ladró bajito, como si le preguntase alguna cosa.
          -Eso mismo digo yo, “Negro”, todo esto es muy raro y, ya se sabe, cuando hay algo raro allá va el Germán a ver qué es, no, ¡que va!, el señorito Edmundo no puede ir, tiene que quedarse aquí por si el señor alcalde le necesita y…¿quién se mete en todos los fregaos? ¡el Germán!, ¡el Germán y el “Negro”! y es que, amigo, a los dos nos tratan como a perros y ¡hombre! ¡ya se cansa uno de tanto ir y venir!.
          -¡Germán, Germán, sube ya, que te estoy oyendo murmurar desde aquí arriba!
          -¡Ya voy, señor alcalde, ya voy! (¡joer, ni que fuera tísico, qué oído!)
          Las viejas escaleras de madera crujieron bajo el peso de Germán; allí, repantingado en un sillón, de cara al balcón abierto, se encontraba el alcalde con un grueso “farias” en la mano…
          -¿Y bien?, ¿cómo ha ido todo?
          -Bien, señor alcalde, bien; me ha dicho que en cuanto pueda se acercará.
          -¿Cómo es?
          -Pues… normal, medio bajo, poco pelo, unos cuarenta años, vive con su madre y… se llama Julián…
            -¿Cómo has dicho?
            -Julián, con su permiso.
            -Julián eh…
            -Eso es, señor alcalde.
          Pasó la mañana, y la tarde… el nuevo vecino no asomó por el edificio; desde el balcón, Germán comprobó que seguía saliendo humo por la chimenea de la casa, que se vislumbraba allí, tras los árboles de las huertas.
          -¿Se le habrá olvidado?
         -Se le habrá olvidado –oyó como respondiendo a su pregunta- mañana por la mañana, a primera hora, bajarás otra vez y le conminarás a que venga si no quiere que le pongamos una multa por desobediencia a la autoridad… ¿comprendido?
           -Comprendido, señor alcalde.

(continuará...)

16 de febrero de 2019

La Ventana. V


      (continuación)    

          Nunca más se supo de Julián; su cuerpo no apareció por ningún lado; se habló de que Cipriano y Matías se habían tomado unas copas de más antes de salir a buscarle y que el alcohol, mal digerido, les hizo ver cosas que no existían.
          Se contó que Julián no se llevaba bien con la Remedios y que se inventó la excusa de las vacas para irse del pueblo a empezar una nueva vida en la ciudad; hasta se dijo que alguien le había visto en Barcelona; otros decían que había marchado para las Américas.
          Cipriano y Matías juraron y perjuraron que ellos no habían ni olido el vino aquella mañana, quizás sólo una copa de aguardiente para que el “helazo” no les mordiera; pero que eso lo hacían todos los días de su vida y nunca habían visto “cosas”.


          Lo que nadie pudo explicar, nunca, fue lo sucedido en la casa de la tía Peñalejas; estaba todo el pueblo convencido de que allí, en la casa, vivía la anciana; pero cuándo se preguntaban cuándo era la última vez que la habían visto, todos se miraban y no sabían a ciencia cierta qué contestar: que si un año, que si dos, que si tres meses, que si esa no era ella, que si sí…, en fin, que fue imposible ponerse de acuerdo; y todo siguió así, en un tira y afloja que no explicó nada, excepto la extraña desaparición del Julián y la comprobación de que la casa de la tía Peñalejas estaba vacía, ¿desde cuándo? eso ya era otro misterio y del mismo se siguió hablando durante mucho tiempo; a nadie se le ocurrió volver a poner los pies en ella; parecía que su destino era arruinarse y caerse a fuerza de tormentas y nevadas.
          Pasaron los años y cuando la casa ya no era más que un montón de piedras que se sostenían de puro milagro y el tejado estaba a punto de hundirse y de sus ventanas y de su puerta no quedaban más que maderas podridas y a punto de desaparecer… ¡sucedió!
          Una buena mañana los vecinos que madrugaron para hacer su labor de cada día vieron, con estupefacción, que de la chimenea salía un hilo de humo que pronto se volvió una auténtica columna, que las ventanas y la puerta eran nuevas y estaban cerradas y que el tejado daba la impresión de que acababa de retejarse al completo.
          Aquello causó sorpresa y algo de temor en los habitantes del pueblo; pocos se acordaban ya de las historias de la tía Peñalejas y del pobre Julián, pero alguno, ya más mayor, empezó a recordar aquellos tiempos, quizás por alguna conseja relatada por alguna abuela o abuelo con buena memoria y la historia, un tanto transfigurada, corrió de boca en boca y aunque todos la miraban con recelo, ninguno se atrevía a llamar a la puerta y descifrar aquel misterio que a todos intrigaba.
          Y así estaban: la gente pasaba cerca de la casa, siempre cerrada, siempre humeando y sólo aquella ventana, en la que de vez en cuando se veía un gato negro asomado, con las contraventanas abiertas, como un gran ojo, velado por una cortinilla, que te observaba y te vigilaba.
           ¿Quién vivía en ella? ¿la tía Peñalejas?, sólo de pensarlo a más de uno se le erizaban los cabellos y al que no…es que no pensaba. Hubo, al fin, una reunión en el Ayuntamiento en la que se decidió que un alguacilillo se acercase a la casa, llamara y se interesara por quién vivía allí, con el pretexto de alguna cédula o cualquier impuesto; y así se hizo.
          Germán se acercó, con más miedo que vergüenza, a la casa misteriosa; esa mañana había amanecido clara y limpia, ni una nube en el cielo, un aire de primavera recorría las calles del pueblo y los vecinos parecía que sonreían al notar que el buen tiempo se acercaba; sonreían hasta que veían a Germán, y más de uno se persignó y se volvió a casa, la cabeza gacha y murmurando algún latiguillo contra el mal de ojo.
          Ya estaba frente a la puerta, a pesar del fresquito a Germán le sudaban las manos; pero no había remedio, el alcalde era el alcalde y se lo había ordenado:
          -Germán, te acercas allí, a la casa de la tía… bueno, ya sabes a que casa; llamas y dices que ha dicho el alcalde… no, el alcalde no, mejor dices: que ha dicho el Ayuntamiento que se tiene que presentar aquí para tomar su filiación para que se le cobre el impuesto de habitabilidad; sí eso, de habitabilidad… y le preguntas el nombre y la edad… y que cuántos son en la casa. ¿Enterado?
          -Sí señor alcalde… pero… ¿no iré solo, no?
          -¿Con quién vas a ir, si no?
          -No sé, el Edmundo podría venir conmigo.
          -No, ni pensarlo, el Edmundo tiene que quedarse aquí, por si le necesito; llévate al perro, si quieres…
          Y allí estaban, Germán y el “Negro”, mirando la puerta.


(continuará...)