Aldeavieja, como todos
los pueblos que se precien, tiene su casa parroquial, con una pequeña huerta
para solaz y recreo del párroco. Todos sabéis dónde está: en la plaza, es la
edificación más cercana a la iglesia. Bien es cierto que ya no hay párroco, párroco
que resida en el pueblo se entiende, y que la casa ha sido dividida en dos, una
mitad en ruinas y la otra alquilada por el Obispado abulense, en fin, son esas
cosas que suceden en este siglo XXI.
Aparte de eso, todos
conocéis “la casa del cura”, pues bien, mi tío Julián me contó, en una de esas
noches en que el frío hace que nos agrupemos todos alrededor de la chimenea
donde chisporrotean los leños de roble y encina, y acercamos las manos heladas
a las llamas para calentarnos un poco por delante mientras nuestras espaldas se
llevan el frío que entra por todas las rendijas de la casa; me contó, decía,
que ya hacía muchos años, cuando él era sólo un pilluelo, el cura párroco, don
Bonifacio, era feliz con sus feligreses, con su espléndida casa parroquial, con
su pequeña huerta y con los rosarios que, todas las tardes, rezaba desde el
púlpito de la iglesia a las beatas del pueblo.
Al cuidado de su
huertecilla, situada de espaldas de la plaza, dedicaba las tardes antes del
rosario y en ella preparaba sus sermones dominicales cuando la primavera
calentaba tibiamente un sillón que a propósito colocaba en la solana o, en
verano, refrescaba a la sombra de una
hermosa higuera cuyo plantón había mandado traer de Tierra Santa y, ¡oh
ventura! empezó a dar unos frutos como jamás hubiera podido soñar.
-Teníais que ver –decía
mi tío- como el cura se enorgullecía de los frutos que daba aquella higuera.
Propios y extraños se maravillaban con ella y se decía que los higos y las
brevas tenían un sabor como de miel de romero.
Una tarde, después de
regar el árbol antes de irse para la iglesia, llamó a su ama y la dijo:
-Mañana nos comeremos
esos higos, ya verás, sí, ya veras.
Pero a la mañana
siguiente, las voces del ama despertaron don Bonifacio:
-¡Señor cura, señor
cura! Que nos han robado las brevas…
Saltó el cura de la
cama y casi sin vestir se asomó a la puerta que daba al huertecillo y,
efectivamente, las ramas de la higuera aparecían desnudas de las apetitosas
brevas que la tarde anterior colgaban de ellas.
-Bueno –dijo resignado
el buen párroco- qué se la va a hacer, seguramente quien se las llevó las
necesitaba más que nosotros, pero, de todas maneras, me gustaría saber quién lo
hizo.
Pero ocurrió –seguía mi
tío- que cuando llegó la segunda tanda de brevas éstas también desaparecieron y
ahí don Bonifacio ya no pudo más; llamó al sacristán y le dijo:
-Mira Sebastián, pase
que se hayan llevado dos veces la cosecha de brevas, pero una tercera no me va
a apetecer; te pido que, cuando la tercera tanda esté madura intentes averiguar
quien nos las roba, porque me gustaría cantarle las cuarenta.
Sebastián, como buen
sacristán, fácilmente averiguó quien era el autor de las fechorías; se trataba
de Sixto, uno de los más zopencos del pueblo, que se las daba de tonto para
cometer todo tipo de fechorías.
-Señor cura, ha sido
Sixto, el zopenco, usted verá qué hacemos.
-Traele para acá, que
le voy a decir cuatro cosas.
Y allá fue Sebastián
con Sixto.
-Sixto –dijo don
Bonifacio- no está bien lo que has estado haciendo con mis brevas; si tenían
ganas de ellas habérmelo dicho y yo te habría dado unas cuantas; así que, por
lo menos, no cojas la próxima tanda que madure, que será en una semana más o
menos.
-Lo siento señor cura
–respondió Sixto- pero esas ya las tengo apalabradas, no va a poder ser el no
cogerlas.
-Pero… ¡serás
sinvergüenza! Como cojas esas brevas te va a cantar San Pedro las cuarenta y,
entonces… ¡ya verás!
Se fue Sixto tan
campante –seguía contando mi tío- pero el sacristán no era tan compasivo como
don Bonifacio y viendo que Sixto se iba a ir de rositas planeó una pequeña
trampa.
A la semana, cuando las
brevas ya estaban a punto se metió el bueno del sacristán en el huertecillo con
una escopeta cargada con cartuchos de sal.
-Veremos qué tal le
sientan a ese sinvergüenza las brevas esta vez.
Y llegó la noche y
Sixto saltó la tapia, y estaba subiéndose a la higuera cuando Sebastián se echó
la escopeta a la cara y disparó los dos cañones apuntando a las nalgas del
ladronzuelo…
-¡Ay, ay! ¡Socorro,
socorro! ¡que me arde el culo!
A los gritos de Sixto,
coreados por las carcajadas de Sebastián acudieron los vecinos…
-¿Qué pasa, qué pasa?
-¡Ay, Ay! ¡Que San
Pedro me está cantando las cuarenta…!
-Y eso fue todo –acabó
mi tío con una sonrisa burlona en los labios- Sixto no volvió a acercarse al
huerto del cura en todo lo que le quedó de vida.


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