Han quedado atrás los cerros del
Caloco y sigo la cinta gris de la carretera; a tres mil pies de altura los
pocos coches que, a esa hora, circulan por la N-VI parecen diminutos insectos
correteando por el campo; enseguida asoma tras un cerrete la mole de la iglesia
de Villacastín, rodeada por el caserío y los campos que, en esta estación del
año, amarillean desde el color oro al tostado; ya falta poco.
Enfilo las ruinas de la ermita de San
Cristóbal y voy descendiendo poco a poco hasta los mil pies, aproximadamente, unos
trescientos metros; ante mí se despliegan las casas del pueblo, a la derecha la
calle Ancha, paralela a la carretera la de Segovia; luego la plaza y la iglesia
y de fondo Cabeza Gonzalo y Silla Jineta; los 600 caballos de fuerza rugen al
pasar sobre los tejados, las gentes, los animales, si me diera tiempo
reconocería a éste o a aquel; miro hacia mi casa, allí estarán ahora, en el
patio, tomando el sol…
Al llegar cerca de la sierra muevo
los pedales para girar mientras inclino, levemente, la barra; bajo el morro del
avión un poco más; pasaré sobre la vertical de las eras, lo más bajo posible,
atento a la torre de la iglesia…
A 330 kilómetros por hora les veo
quitarse el sombrero de paja y saludar, alguno sujeta los mulos para que no se
espanten, mientras la chiquillería que hace un rato jugueteaba por la plaza
corre en mi dirección agitando los brazos frenéticamente; balanceo las alas a
modo de saludo y me preparo para hacer otra pasada…
..........
-Mira, un avión.
-Que bajo va.
-¡Y tanto…!
-Nos va a pasar por encima…
-¡Que grande es!
-Es plateado…
-Menudo ruido hace.
-Mira…. ¡está dando la vuelta!
-Viene de nuevo…. ¡y más bajo!
-¡Tate!, ¡ese es el chico de la
Adela! ¡el aviador!
-¡Chico, agarra los mulos, que se nos
espantan!
-¡Ten cuidado, muchacho… que te vas a
llevar los tejados de la iglesia!
……….
8 de septiembre, la explanada delante
del santuario está repleta de gentes y de puestos; hay una alegría y un
alborozo colectivos; se bebe, se canta, se compra, se ríe… todos están
esperando el momento en que la Virgen salga por el gran portón de su ermita y
las campanas repiquen y suenen en el aire las notas del himno nacional,
acompañado del estallido de los cohetes, dando lugar a uno de los momentos
mágicos de la romería.
En ese instante dos puntos negros se
dejan ver hacia el este, más allá de los montes, enseguida esos dos puntos se
convierten en dos aviones, volando en formación que sobrevuelan, a todo el gas
que dan sus motores, con un rugido que tapa todos los ruidos, por encima de los
aturdidos y maravillados romeros.
Al llegar a la vertical del Valle giran,
muy juntos, y en vuelo casi rasante pasan de nuevo por encima de la multitud
moviendo sus alas al alejarse en un mudo saludo.
-Es Pepe, el de la Adela.
-Sí, ¡el aviador!
-¡Que regalo tan bonito nos ha
traído!
-Un día se va a llevar los tejados de
la ermita….
-¡No seas exagerada, mujer…!
……….
Llegó un momento en que todo avión
que pasaba un poco bajo por encima del pueblo era el del chico de la Adela que
había venido a ver el pueblo y a saludarles
a su manera; hasta nosotros mismos, su familia, nos asomábamos ante cualquier
ruido de motor y mirábamos al cielo intentando descubrir al hermano, al hijo,
al primo… y aunque supiéramos que no era él, daba igual, alzábamos los brazos
saludando a aquel piloto desconocido que ¡cómo no! era siempre el chico de la Adela, el aviador.