13 de junio de 2019

Aldeavieja: rutas y excursiones. II.


1. Subida al cerro Calvario.     


      Nuestra primera excursión es un simple paseo, para abrir boca y familiarizarnos con el entorno; no hay que esperar nada grandioso, o sí, todo depende un poco de la suerte. Llevaremos un calzado cómodo y fuerte a la vez, unos playeros o unas botas de lona; recomiendo pantalones largos, ya que las retamas, tomillares, etc... nos rasparían las piernas; gorras ó sombreros para el sol, una cantimplora con agua y unos prismáticos completarán el equipaje. Mejor salir mediada la tarde para hacer coincidir el final de la excursión con la puesta de sol.


     Desde la Plaza Mayor (Plaza de la Constitución) nos dirigimos, por una calle a la izquierda de la iglesia, en dirección hacia la carretera N-110, al llegar a la altura de las escuelas paramos, frente a nosotros comienza la carretera que se dirige a Navalperal de Pinares, en el pueblo se la conoce como la carretera del campo; en otras excursiones haremos también uso de ella; cruzamos la carretera, a la derecha vemos una pequeña ermita muy bien restaurada y dedicada a San Cristóbal, si nos acercamos a ella, y miramos por la verja, veremos una imagen del santo (moderna y dicharachera) que en su festividad sacan en procesión, transportándola en un remolque hasta la ermita de la Virgen del Cubillo, donde se celebra una pequeña romería en la que se bendice a los vehículos para dar paso, después, a una comida en los aledaños de la ermita si el tiempo lo permite; pero sigamos, esta ermita se nombraba del Cristo de la Luz, y albergaba una imagen de Cristo yacente en una urna que hoy día se saca en procesión durante la Semana Santa; recuerdo de esa época, y tal vez lo más valioso de la ermita, sea la cruz que remata su tejado, que sostiene en sus brazos los símbolos de la Pasión: una escalera, la corona de espinas, una lanza...
     A la izquierda se extienden las antiguas eras del pueblo donde, durante el verano, se realizaban las tareas de la trilla, la limpia y el ensacado del cereal una vez separado de la paja; a la derecha, al borde de la carretera nacional, hay un edificio grande y hermoso que, hasta hace unos cincuenta años, desempeñaba las funciones de parador (fonda de viajeros) del pueblo y tenía el único teléfono del mismo. La carretera curva, enseguida, a la derecha, dejando a ese lado una calleja llena de zarzas que conduce a los depósitos de agua de la población y en el lado opuesto otra que lleva, entre dos arboledas que conocieron mejores épocas, a un antiguo pozo y al barrio de la Cabezuela.
     Al entrar en la siguiente curva nos topamos con las ruinas de otra pequeña ermita, de la misma fábrica que la que vimos al comenzar; ya sólo quedan de ella dos paredes y las zarzas y los hierbajos se enseñorean de ella; delante se yergue una cruz, todavía en pie, con una leyenda en su base:
LA + PUSO I
SABEL GORDO
VIUDA DE AN
DRES D NA
BAS FUNDA
DA AÑO 1730
(La cruz puso Isabel Gordo, viuda de Andrés de Nabas, fundada año 1730)

     Es la ermita del Cristo de la Agonía; sobre la puerta, grabadas sobre una gran losa de granito, se podía leer:

     Esta ermita del Cristo de la Agonía hicieron a su costa Andrés de Nabas del Nogal e Isabel Gordo su muger, año de 1730

     La losa está allí, a un lado de la ermita, boca abajo, esperando tiempos mejores. Este Andrés de Nabas fue, en esos años, alcalde de Aldeavieja, y además de la edificación de esta ermita también donó el púlpito del santuario de la Virgen del Cubillo.

     Continuando por la carretera vemos alzarse a la derecha el cerro del Calvario, cuya cumbre es la meta de nuestro paseo, profundas cárcavas de tierra roja nos muestran sus entrañas; ese barro se utilizó para la fabricación de adobes y pucheros de cerámica, ya que contiene una alta proporción de arcillas; a la izquierda, iremos descubriendo los desmontes, roturaciones y demás de la cantera; para este paseo es mejor un fin de semana si no queremos ver la cantera en su salsa: ruidos, polvo, polución... según avanzamos por la carretera vislumbramos, al fondo, la sierra coronada por los molinos de viento.
     Ya en la ladera sur, volveremos la espalda a la destrucción del paisaje causado por la cantera y ascenderemos, campo a través,  por la suave ladera del cerro; torrenteras de tierra rojiza, cavadas por las lluvias, dejan al descubierto pequeños diamantes que brillan al sol: a poco que nos agachemos encontraremos ejemplares de cristal de roca de una pureza exquisita; cristalizados en su forma original se pueden recoger y con un pequeño desembolso llevar a una joyería donde nos lo podrán engarzar en un colgante, un broche o un anillo. Pasada esa zona caminaremos entre matas de oloroso tomillo, mejorana y cantueso, esa variedad silvestre de la lavanda; ya veréis, si dejáis esta noche las botas en el dormitorio, cómo os lo perfumará con esos aromas campestres.
      Ya estamos arriba, 1305 metros, unas rocas de granito nos servirán de descanso y de atalaya para disfrutar del paisaje: a nuestros pies se extiende, como la maqueta de un belén, el pueblo: enfrente, en el alto de la Barrera, el secadero de jamones; a la derecha, en el límite de las casas, la ermita de San Cristóbal; en el centro, la plaza mayor y la iglesia de San Sebastián, parroquia del lugar; vemos su curiosa forma, alargada; el pueblo no creció alrededor de la plaza, como es común en otros lugares castellanos; sino que ésta se construyó en lo que, en un momento determinado, era el centro de pueblo. A nuestros pies corre la cinta gris de la carretera nacional, a la izquierda, que nos llevaría a Ávila, nuestra vista acaba con la mole curiosa de Silla Jineta, llamada así por la forma que le dan sus dos jorobas; un poco más a la derecha se distinguen las casas de Blascoeles, el otro pueblo que, junto con Aldeavieja, forman el Ayuntamiento de Santa María del Cubillo, así como el caserío de Tabladillo, conjunto de edificios (palacio, capilla y dependencias agropecuarias) del siglo XVII-XVIII y que pertenecen al conde de Añover de Tormes; a la derecha hacia Segovia; si el día es claro veremos la aguja de la catedral señalando, como un dedo dorado, el cielo; sólo hay que localizar la cercana iglesia de Villacastín, una vez pasados los manchones verdes de La Fresneda y de El Valle, siguiendo en línea recta la dirección de la carretera, y una vez encontrada levantar lentamente la vista y tropezaremos con la “dama de las catedrales”; con un poco de suerte y, si sabemos más o menos su situación, también podríamos ver el macizo edificio del palacio de Riofrío; a fin de cuentas las distancias son cortas: Segovia se encuentra a unos treinta y seis kilómetros, Riofrío a treinta, Villacastín a seis.
     Al fondo, por encima del pueblo se extiende Castilla, la estepa castellana; por esta zona no tan agreste y desértica, se distinguen bosques de encinas, pinares, profundas cortaduras que nos indican la existencia de un río; la carretera N-VI nos regala destellos cuando el sol se refleja en los cristales de los vehículos que circulan por ella.
     En la cima del cerro y al pie de las rocas, mirando al norte, se encuentran los restos de un puesto de caza: un amontonamiento de piedras invadido ya por la maleza; esas piedras estaban levantadas formando una pared que protegía el agujero cavado en el suelo, detrás la roca viva; normalmente este puesto se utilizaba para la caza de la perdiz con reclamo: se ponía una jaula con una perdiz macho en un claro a una distancia de seis a siete metros del puesto; cuando el sol salía, el macho comenzaba a cantar llamando a las hembras en celo, según cuentan los lugareños la emoción de la caza consistía el ver (más bien oir) como la hembra encelada se iba acercando, como su canto se oía cada vez más cerca a medida que el macho se percataba de su cercanía y la iba animando a pararse junto a él; cuando la hembra, o las hembras, o un macho que, enfadado, iba a disputarle el territorio, se posaba en el claro, el cazador, acurrucado en el puesto, bien tapado con una manta, asomaba apenas la escopeta (de cañones recortados), disparaba sobre las desprevenidas perdices y... al morral.
     Bajamos por la ladera oeste hasta el camino que nos llevará, de nuevo, a la ermita en ruinas; la pendiente es suave y el terreno no es demasiado accidentado; en línea recta llegaremos a un camino amplio de tierra roja (recientemente abierto para los trabajos de concentración parcelaria) y que sustituye una senda alfombrada de hierba algo crecida (poca gente pasea por el campo) que estaba en su lugar, vamos rodeando el cerro hasta llegar, de nuevo, a las ruinas de la ermita del Cristo de la Agonía, el sol ya está muy cerca del horizonte; sentémonos en la hierba, relajados, mirando la roja bola que se va hundiendo poco a poco, pintando de oro y sangre el cielo de Castilla, si no es una de las más bellas que se pueden contemplar en Castilla, podéis llamarme mentiroso.

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