10 de febrero de 2025

El buen rey Wenceslao

 

EL BUEN REY WENCESLAO.


     ¿Conocen la historia del Buen Rey Wenceslao? ¿no?, pues es una historia de lo más curioso; verán ustedes, el rey Wenceslao tenía, como todos los reyes que se precien de serlo, tres hijas, la mayor, la mediana y la menor, como corresponde a todo rey; la mayor, como siempre, era la más orgullosa y la más fea; la segunda era coqueta e insoportable; y la tercera era una belleza que atraía a todos por su candidez e inocencia; bordaba, cosía, cocinaba pastelillos, y obedecía en todo a su padre, el Buen rey Wenceslao; el cual la mimaba y la quería por encima de todo. Se me olvidaba decir que, como es natural, el rey éste, además, era viudo. Pero sigamos; mientras las dos hermanas mayores planeaban guateques a espaldas de su padre y enviaban notitas amorosas a sus mil y un enamorados galanes, paseaban por los jardines y no perdían ocasión para demostrar que, a pesar de todo, eran unas reales mozas, las más pequeña tañía dulcemente el laud en sus habitaciones o suspiraba con los ojos tiernos apoyada soñadoramente en la ventana esperando la llegada de algún enamorado y bellísimo galán, (léase príncipe).

     Como en toda historia de este tipo, un día apareció por el palacio un hermosísimo joven que, por lo visto, era un príncipe de un remotísimo país, que venía en viaje de estudios y aprovechaba su paso por allí para informarse de la situación socio-política-económica de la región. Pero la vida regalona de la corte y los innumerables placeres que la vida presenta a todo joven rico pronto le hicieron abandonar su primitivo deseo, muy a despecho de la ira de su viejo y honorable tutor, y dedicarse a frecuentar las tertulias y reuniones que las dos princesas mayores daban por aquel entonces.

     La bella princesita se había enterado también de la presencia de aquel rubio, alto y ojiazuloso príncipe y cada día dormía menos y suspiraba más; como es de lo más natural, el príncipe pronto se cansó de la vaciedad y frivolidad de las dos hermanas  mayores y comenzó a espaciar sus visitas a ambas; a sus oídos había llegado la noticia  de que en aquel palacio había además otra princesita de la que todos se hacían lenguas por su belleza y su sencillez, y el príncipe estaba deseoso de encontrar una ocasión para poder apreciar estas bondades.

     Y he aquí que una noche cuando la luna sumergía en plateados rayos la frondosidad del jardín del palacio, el príncipe y la princesita se encontraron; la idílica escena es para relatarla con todos sus puntos y sus comas:

Príncipe: -¡Oh, princesita!.

Princesita: ¡Ohhhhh!

Príncipe: Adorable criatura.

Princesita: ¡Ahhhhh!

Príncipe: Sois la más bella de lo que imaginé y de lo que dicen.

Princesita: ¡Uhhhhh!

Príncipe: Una mirada vuestra y ya podría morir tranquilo...

Princesita: ¡Ohhhhh!

Príncipe: ¡Oh! ¡Mirad la luna! ¡Ella será testigo de vuestra belleza y de mi amor por vos!

Princesita: ¡Ahhhhh!

Príncipe: ¡Os amo, diosa de la noche! ¡Os amo, estrella más luminosa que el mismo sol!

Princesita: ¡Uhhhhh ¡

Príncipe: ¡Miradme! ¡Mirad como caigo rendido ante vos!

Princesita: ¡Ohhhhh!

Príncipe: Ni mi reino, ni mis riquezas, ni mi gloria, ni nada en este mundo puede compararse con vuestra dulzura.

Princesita: ¡Ahhhhh!

Príncipe: ¡Una palabra! ¡Sólo una palabra, señora de mi corazón!

Princesita: ¡Uhhhhh!

Príncipe: ¡No me hagáis sufrir de esa manera! ¡Mirad cómo os amo! ¡No os vayáis así, sin decirme siquiera que me habéis visto, que habéis reparado en mí!

Princesita: ¡Ohhhhh!

Príncipe: ¡Escupidme! ¡Pisadme! ¡Llamad a la Guardia! ¡Pero dignaos contestar a mi corazón!

Princesita: ¡Ahhhhh!

Príncipe: ¡Oh cruel! ¡Mirad mi corazón desgarrado! ¡Apiadaos de mí!

Princesita: ¡Uhhhhh!

Príncipe: ¡Amor! ¡Amor!

    

     ¿No lo han comprendido todavía? A mi manera de ver, es una estructura social dinámicamente competitiva, por tanto de dominación, con una relación psico-neumática ineludible. Relación que ha de mantenerse a perpetuidad, creándose una dependencia inequívoca, merced a la cual el dialogante pocas veces juega ya sobre seguro con el diálogo del objeto, porque, autoconvertido éste en objeto con valor de cambio, puede hacerse valer frente al dialogante usual, y explotarle a su vez, mediante el juego de la posibilidad de su escapada hacia un mejor postor. Una vez más, la dialéctica del dialogante y del dialogado se pone de manifiesto y ambos conservan su rol respectivo jugando con la necesidad que uno conserva del otro. ¿Lo entienden ya?

     El final de la escena mejor que no se la cuento, pues podría romper el encanto que posee todo idilio, y además, es bonito que a veces la imaginación de cada cual trabaje algo.

     Como habremos podido observar, en toda esta historia lo de menos es el Buen Rey Wenceslao, pero de alguna manera había que empezar.

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