20 de febrero de 2026

La higuera del cura de Aldeavieja

 

Aldeavieja, como todos los pueblos que se precien, tiene su casa parroquial, con una pequeña huerta para solaz y recreo del párroco. Todos sabéis dónde está: en la plaza, es la edificación más cercana a la iglesia. Bien es cierto que ya no hay párroco, párroco que resida en el pueblo se entiende, y que la casa ha sido dividida en dos, una mitad en ruinas y la otra alquilada por el Obispado abulense, en fin, son esas cosas que suceden en este siglo XXI.


Aparte de eso, todos conocéis “la casa del cura”, pues bien, mi tío Julián me contó, en una de esas noches en que el frío hace que nos agrupemos todos alrededor de la chimenea donde chisporrotean los leños de roble y encina, y acercamos las manos heladas a las llamas para calentarnos un poco por delante mientras nuestras espaldas se llevan el frío que entra por todas las rendijas de la casa; me contó, decía, que ya hacía muchos años, cuando él era sólo un pilluelo, el cura párroco, don Bonifacio, era feliz con sus feligreses, con su espléndida casa parroquial, con su pequeña huerta y con los rosarios que, todas las tardes, rezaba desde el púlpito de la iglesia a las beatas del pueblo.

Al cuidado de su huertecilla, situada de espaldas de la plaza, dedicaba las tardes antes del rosario y en ella preparaba sus sermones dominicales cuando la primavera calentaba tibiamente un sillón que a propósito colocaba en la solana o, en verano, refrescaba a la sombra de una hermosa higuera cuyo plantón había mandado traer de Tierra Santa y, ¡oh ventura! empezó a dar unos frutos como jamás hubiera podido soñar.

-Teníais que ver –decía mi tío- como el cura se enorgullecía de los frutos que daba aquella higuera. Propios y extraños se maravillaban con ella y se decía que los higos y las brevas tenían un sabor como de miel de romero.

Una tarde, después de regar el árbol antes de irse para la iglesia, llamó a su ama y la dijo:

-Mañana nos comeremos esos higos, ya verás, sí, ya veras.

Pero a la mañana siguiente, las voces del ama despertaron don Bonifacio:

-¡Señor cura, señor cura! Que nos han robado las brevas…

Saltó el cura de la cama y casi sin vestir se asomó a la puerta que daba al huertecillo y, efectivamente, las ramas de la higuera aparecían desnudas de las apetitosas brevas que la tarde anterior colgaban de ellas.


-Bueno –dijo resignado el buen párroco- qué se la va a hacer, seguramente quien se las llevó las necesitaba más que nosotros, pero, de todas maneras, me gustaría saber quién lo hizo.

Pero ocurrió –seguía mi tío- que cuando llegó la segunda tanda de brevas éstas también desaparecieron y ahí don Bonifacio ya no pudo más; llamó al sacristán y le dijo:

-Mira Sebastián, pase que se hayan llevado dos veces la cosecha de brevas, pero una tercera no me va a apetecer; te pido que, cuando la tercera tanda esté madura intentes averiguar quien nos las roba, porque me gustaría cantarle las cuarenta.

Sebastián, como buen sacristán, fácilmente averiguó quien era el autor de las fechorías; se trataba de Sixto, uno de los más zopencos del pueblo, que se las daba de tonto para cometer todo tipo de fechorías.

-Señor cura, ha sido Sixto, el zopenco, usted verá qué hacemos.

-Traele para acá, que le voy a decir cuatro cosas.

Y allá fue Sebastián con Sixto.

-Sixto –dijo don Bonifacio- no está bien lo que has estado haciendo con mis brevas; si tenían ganas de ellas habérmelo dicho y yo te habría dado unas cuantas; así que, por lo menos, no cojas la próxima tanda que madure, que será en una semana más o menos.

-Lo siento señor cura –respondió Sixto- pero esas ya las tengo apalabradas, no va a poder ser el no cogerlas.

-Pero… ¡serás sinvergüenza! Como cojas esas brevas te va a cantar San Pedro las cuarenta y, entonces… ¡ya verás!

Se fue Sixto tan campante –seguía contando mi tío- pero el sacristán no era tan compasivo como don Bonifacio y viendo que Sixto se iba a ir de rositas planeó una pequeña trampa.

A la semana, cuando las brevas ya estaban a punto se metió el bueno del sacristán en el huertecillo con una escopeta cargada con cartuchos de sal.

-Veremos qué tal le sientan a ese sinvergüenza las brevas esta vez.

Y llegó la noche y Sixto saltó la tapia, y estaba subiéndose a la higuera cuando Sebastián se echó la escopeta a la cara y disparó los dos cañones apuntando a las nalgas del ladronzuelo…

-¡Ay, ay! ¡Socorro, socorro! ¡que me arde el culo!

A los gritos de Sixto, coreados por las carcajadas de Sebastián acudieron los vecinos…

-¿Qué pasa, qué pasa?


-¡Ay, Ay! ¡Que San Pedro me está cantando las cuarenta…!

-Y eso fue todo –acabó mi tío con una sonrisa burlona en los labios- Sixto no volvió a acercarse al huerto del cura en todo lo que le quedó de vida.