Recuerdo, con toda la
nostalgia y el cariño del mundo, aquellas Semanas Santas pasadas en el pueblo
durante mi niñez y primera juventud; primero acudíamos a los “Oficios Divinos”, en cuanto oíamos como
llamaban los monaguillos con sus carracas trotando por las calles para que
acudiesen los feligreses a la iglesia; aquellos “Oficios” en latín de los que
te enterabas poco a nada, pero que te dejaban como hipnotizado, esos momentos
en que el sacerdote lavaba los pies a un grupo de niños de la escuela, que representaban
a los doce apóstoles y aquellos diálogos entre el sacristán y el oficiante,
como antes apuntaba en puro latín, con los que representaban el prendimiento de
Jesús, su juicio ante Pilatos o ante Caifás, el Sumo Sacerdote hebreo, “et dixit Pilatos”, entonaba el
sacristán… y aquel momento grandioso, dramático en que Jesús, clavado en la
cruz, se lamentaba en sus últimos momentos y en el punto de su expiración, la
iglesia quedaba en un silencio sobrenatural, el sacerdote caído de rodillas…
como si el tiempo se hubiera detenido y todos nos arrodillábamos sobrecogidos,
ateridos de frío en la helada iglesia, sintiendo en las rodillas las maderas de
los bancos clavándose en ellas…
Y después, sin que nadie dijera nada, como en una comedia en la que todos conocían su papel, los hombres se levantaban del fondo de la iglesia donde habían permanecido durante toda la ceremonia y mientras unos abrían las pesadas puertas de par en par, dejando entrar la oscuridad de la noche en el templo, otros se echaban sobre los hombros las andas de los pasos y comenzaban el lento y ceremonioso recorrido por todo el pueblo.
Aquella procesión
trascurriendo por las calles, que previamente se habían barrido, pero que
continuaban siendo irregulares, con aquellos cantos rodados como pavimento que
tantas rodillas de críos han herido; aquellas calles con una farola al
principio y otra al final que, además, se apagaban mientras durase la
procesión; cada hombre, cada mujer, cada niño iban portando la vela, el candil,
el farolillo, mientras en las ventanas de algunas casas se veía el platillo de
aceite en el que nadaban aquellas lamparillas pequeñas, como redondas
luciérnagas.
Los pasos traqueteando
oscilaban de un lado para otro según la marcha y la altura de los que los
portaban, de fondo el cura iba entonando
aquello de “…perdona a tu pueblo,
Señor, perdona a tu pueblo, perdónanos Señor…” y se llegaba a la carretera,
recuerdo aquellos primeros años en que la procesión marchaba por la carretera,
que aún no estaba iluminada, y los pocos coches que circulaban se paraban, a un
lado y a otro del pueblo, mientras que duraba… no había guardias civiles
parando el tráfico, éste se paraba solo… la Luna, a veces, iluminaba aquel
cortejo blanqueando las caras y las cabezas descubiertas de los hombres, que
caminaban con la boina entre las manos.
Aldeavieja tiene la
fortuna de poseer imágenes con las que procesionar en Semana Santa; no todos
los pueblos pueden presumir de ello; y además la serie completa: la oración en
el huerto, el Cristo atado a la columna, la Dolorosa, el Cristo con la cruz a
cuestas, el Crucificado y el Cristo yacente en su urna de cristal, así como el
Jesús resucitado. Son tallas posiblemente de los siglos XVII al XVIII y no me
extrañaría nada que fueran una ofrenda de nuestros antiguos conocidos los
García Cerecedo, que tanto hicieron por la parroquia; son de tamaño natural
menos el que representa al Cristo atado a la columna, de menor tamaño; son
efigies vestideras, tanto la Dolorosa como los Cristos de la Oración en el
Huerto y el de La Cruz a Cuestas.
La talla de la Oración
en el Huerto es una de las más originales,
representa al Cristo arrodillado ante un árbol, en el que se encuentra
un pequeño ángel que le reconforta; el detalle es que, del árbol, no pendían aceitunas
sino naranjas; esta antiquísima costumbre, de la que no se tiene noticia de su
origen, parece que quiere ser derogada por el actual párroco, lo cual sería una
lástima y un pequeño ultraje a la memoria colectiva de todos los habitantes del
pueblo, tanto creyentes como laicos. No dicen los Evangelios que Cristo orase
ante un olivo, ni ante un naranjo, sólo apunta que lo hizo en Getsemaní, que
significa Prensa de Aceite, habría olivos, seguro pero… ¿por qué no un naranjo,
tan común en aquellos lugares?. Era costumbre, después de la procesión del
Jueves Santo, repartir las naranjas entre la chiquillería.
También el Cristo con
la Cruz a Cuestas tiene su historia: en el año 2012 sufrió un incendio, causado
por un cortocircuito de su iluminación, convirtiendo la imagen en un tizón;
tuvo que ser restaurado y, al año siguiente, pudo salir en procesión con las
demás tallas; es algo personal pues fue mi hija, Eva, la que se hizo cargo de
la restauración y el remodelado y pintado de casi todas las partes de la
imagen, llegando por los pelos a tiempo para la Semana Santa.
El Crucificado que se
utiliza es el Cristo de la Serenidad al que se celebra a mediados de septiembre
en la Fiesta del Cristo; una buena talla que procede de la ermita de San
Cristóbal que era donde se veneraba hasta su traslado a la parroquia.
En fin, si no lo habéis visto nunca o no está entre vuestros recuerdos… venid al año que viene y, a pesar del tiempo transcurrido, aún podréis encontrar alguno de esos momentos que te hacen añorar el pasado.



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