8 de abril de 2026

La "Semana Santa"

 

Recuerdo, con toda la nostalgia y el cariño del mundo, aquellas Semanas Santas pasadas en el pueblo durante mi niñez y primera juventud; primero acudíamos a los “Oficios Divinos”, en cuanto oíamos como llamaban los monaguillos con sus carracas trotando por las calles para que acudiesen los feligreses a la iglesia; aquellos “Oficios” en latín de los que te enterabas poco a nada, pero que te dejaban como hipnotizado, esos momentos en que el sacerdote lavaba los pies a un grupo de niños de la escuela, que representaban a los doce apóstoles y aquellos diálogos entre el sacristán y el oficiante, como antes apuntaba en puro latín, con los que representaban el prendimiento de Jesús, su juicio ante Pilatos o ante Caifás, el Sumo Sacerdote hebreo, “et dixit Pilatos”, entonaba el sacristán… y aquel momento grandioso, dramático en que Jesús, clavado en la cruz, se lamentaba en sus últimos momentos y en el punto de su expiración, la iglesia quedaba en un silencio sobrenatural, el sacerdote caído de rodillas… como si el tiempo se hubiera detenido y todos nos arrodillábamos sobrecogidos, ateridos de frío en la helada iglesia, sintiendo en las rodillas las maderas de los bancos clavándose en ellas…

Y después, sin que nadie dijera nada, como en una comedia en la que todos conocían su papel, los hombres se levantaban del fondo de la iglesia donde habían permanecido durante toda la ceremonia y mientras unos abrían las pesadas puertas de par en par, dejando entrar la oscuridad de la noche en el templo, otros se echaban sobre los hombros las andas de los pasos y comenzaban el lento y ceremonioso recorrido por todo el pueblo.

Aquella procesión trascurriendo por las calles, que previamente se habían barrido, pero que continuaban siendo irregulares, con aquellos cantos rodados como pavimento que tantas rodillas de críos han herido; aquellas calles con una farola al principio y otra al final que, además, se apagaban mientras durase la procesión; cada hombre, cada mujer, cada niño iban portando la vela, el candil, el farolillo, mientras en las ventanas de algunas casas se veía el platillo de aceite en el que nadaban aquellas lamparillas pequeñas, como redondas luciérnagas.

Los pasos traqueteando oscilaban de un lado para otro según la marcha y la altura de los que los portaban, de fondo el cura iba entonando  aquello de “…perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo, perdónanos Señor…” y se llegaba a la carretera, recuerdo aquellos primeros años en que la procesión marchaba por la carretera, que aún no estaba iluminada, y los pocos coches que circulaban se paraban, a un lado y a otro del pueblo, mientras que duraba… no había guardias civiles parando el tráfico, éste se paraba solo… la Luna, a veces, iluminaba aquel cortejo blanqueando las caras y las cabezas descubiertas de los hombres, que caminaban con la boina entre las manos.

Aldeavieja tiene la fortuna de poseer imágenes con las que procesionar en Semana Santa; no todos los pueblos pueden presumir de ello; y además la serie completa: la oración en el huerto, el Cristo atado a la columna, la Dolorosa, el Cristo con la cruz a cuestas, el Crucificado y el Cristo yacente en su urna de cristal, así como el Jesús resucitado. Son tallas posiblemente de los siglos XVII al XVIII y no me extrañaría nada que fueran una ofrenda de nuestros antiguos conocidos los García Cerecedo, que tanto hicieron por la parroquia; son de tamaño natural menos el que representa al Cristo atado a la columna, de menor tamaño; son efigies vestideras, tanto la Dolorosa como los Cristos de la Oración en el Huerto y el de La Cruz a Cuestas.

La talla de la Oración en el Huerto es una de las más originales,  representa al Cristo arrodillado ante un árbol, en el que se encuentra un pequeño ángel que le reconforta; el detalle es que, del árbol, no pendían aceitunas sino naranjas; esta antiquísima costumbre, de la que no se tiene noticia de su origen, parece que quiere ser derogada por el actual párroco, lo cual sería una lástima y un pequeño ultraje a la memoria colectiva de todos los habitantes del pueblo, tanto creyentes como laicos. No dicen los Evangelios que Cristo orase ante un olivo, ni ante un naranjo, sólo apunta que lo hizo en Getsemaní, que significa Prensa de Aceite, habría olivos, seguro pero… ¿por qué no un naranjo, tan común en aquellos lugares?. Era costumbre, después de la procesión del Jueves Santo, repartir las naranjas entre la chiquillería.

También el Cristo con la Cruz a Cuestas tiene su historia: en el año 2012 sufrió un incendio, causado por un cortocircuito de su iluminación, convirtiendo la imagen en un tizón; tuvo que ser restaurado y, al año siguiente, pudo salir en procesión con las demás tallas; es algo personal pues fue mi hija, Eva, la que se hizo cargo de la restauración y el remodelado y pintado de casi todas las partes de la imagen, llegando por los pelos a tiempo para la Semana Santa.

El Crucificado que se utiliza es el Cristo de la Serenidad al que se celebra a mediados de septiembre en la Fiesta del Cristo; una buena talla que procede de la ermita de San Cristóbal que era donde se veneraba hasta su traslado a la parroquia.

En fin, si no lo habéis visto nunca o no está entre vuestros recuerdos… venid al año que viene y, a pesar del tiempo transcurrido, aún podréis encontrar alguno de esos momentos  que te hacen añorar el pasado.





 

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