4 de octubre de 2019

Aldeavieja: rutas y excursiones. IX.


9. Visita al pueblo.

      Esta es la última excursión, o quizás debiera haber sido la primera, tanto da el orden. Sólo se trata de un pequeño paseo por el núcleo urbano, callejear un poco, ver las cosas curiosas que aun se conservan, contemplar los edificios o monumentos que legaron tiempos pasados, en fin, conocer un poco más Aldeavieja.
      A la puerta de nuestro alojamiento (vamos a suponer que nos alojamos en la casa rural “Sexmo de Posaderas”), situado en la calle Angosta, cogeremos el lado izquierdo para salir, en unos pocos pasos, a la calle Rodeo; torceremos a la izquierda y después a la derecha por la calle Domingo Castro Camarena, ésta es la única calle del pueblo con nombre de persona, Domingo fue uno de “los últimos de Filipinas”, de los que seguramente habréis oído hablar; se trataba de uno de aquellos soldados que, sitiados en el pueblo de Baler, aguantaron la presión y las armas de los insurrectos tagalos durante más de un año una vez firmada la paz que acabó con la guerra hispano-yanqui que liquidó el imperio colonial español, allá por el año 1898; Domingo Castro, soldado de segunda, era cantero, y nacido en este pueblo, lo que hizo que su nombre sonara al otro lado del mundo.
      Al acabar la calle, flanqueada por hotelitos de diferente factura, se llega a la verja que encierra la ermita de San Cristóbal. Tomaremos una senda que discurre a la izquierda de la puerta, veremos las cruces que forman la última parte de un Vía Crucis que, años atrás, recorría todo el pueblo; sencillas cruces de granito en cuya base está grabada la explicación del “paso” que representa: caída de Jesús, la Verónica, el Cireneo… y que acaban junto a la puerta de la ermita en un crucero de diferente factura que se recorta contra el cielo; la ermita fue reconstruida en el año 2000, por su propietario de entonces, el músico Manuel Seco de Arpe, hijo del pintor Rafael Seco Humbrías, que había heredado la ermita y una de las casas nobles, que luego veremos, de Manuel de Arpe, restaurador del Museo del Prado y uno de los responsables de la salvación de muchas obras de dicho museo durante la guerra civil.


      La restauración respetó la forma antigua de la ermita, aunque muchos de sus elementos habían sido robados o destruidos, añadiéndole una torre y una casa en su lado norte. La construcción primitiva data del siglo XI ó XII, era la parroquia de uno de los caseríos que dieron lugar, en la Alta Edad Media, a los pueblos de Aldeavieja y Blascoeles, al unirse entre ellos; de la construcción original sólo resta la cabecera: un ábside poligonal de buena piedra berroqueña, reforzada con contrafuertes de granito y coronada por ménsulas u canecillos de piedra caliza: las demás paredes son fruto de reconstrucciones efectuadas en diferentes épocas, sobre todo en los siglos XVI y XVIII y tanto la techumbre, como la torre y la casa adosada son obra de nuestros días, en su última, por ahora, reconstrucción.
      El edificio, actualmente, es propiedad particular, por lo que se nos privará de conocer su interior y gozar con la magnífica vista que, desde su puerta, nos muestra la llanura castellana que se extiende a los pies de la sierra. Durante unos breves años ha servido de museo de la obra pictórica de Rafael Seco y como sala de conciertos; su venta, por motivos económicos, nos ha privado de un magnífico proyecto cultural y de su utilización como lugar público.
      Después de esta visita volveremos sobre nuestros pasos y entraremos de nuevo en el pueblo por la calle Ancha. A poco de entrar en ella, veremos a nuestra izquierda una casona de piedra, antigua, de dos pisos (que se dice fue el hogar de Luis García de Cerecedo, el mecenas que mandó construir la capilla de San José, adosada a la iglesia parroquial y otras obras religiosas en dicha iglesia o en la ermita del Cubillo) y, frente a ella, una calleja (calle del Cuartel) que acaba en una casa señorial, de dos plantas, piedra labrada y coronada por un escudo de armas; es una de las dos casas blasonadas que subsisten en el pueblo; ahora es residencia de los descendientes del pintor Rafael Seco, del que hemos hablado al referirnos a la ermita de San Cristóbal, el nombre de la calle donde se encuentra viene dado a que el edificio sirvió de cuartel de la Guardia Civil en los años de la guerra de 1936-1939.


      Si continuamos la calle que sigue a la izquierda de la casa,  llegaremos al Alto de la Barrera, allí se ha levantado una gran nave que sirve de secadero de jamones (hoy abandonado por la crisis que nos castigó hace unos años) y las antenas de la telefonía móvil; desde allá arriba hay una muy buena vista del pueblo, sus casas, los campos que le rodean, la sierra y al atardecer es un sitio inmejorable para contemplar la puesta sol.
      Bajaremos con la calle del Monte, que desemboca de nuevo en la calle Ancha, justo a nuestra derecha está la otra casa señorial de Aldeavieja; pocos rasgos conserva de su pasado esplendor, excepción hecha del escudo que preside la fachada y de una de las rejas, a la izquierda de la puerta principal; esta fue la casa solariega de don Juan Becerril, hijodalgo, caballero de la Orden de Calatrava y que fue capitán de las Milicias Provinciales de Ávila allá por el año de 1760; el escudo, muy bien labrado, rodeado de armas y banderas, y con la venera de la Orden a la que perteneció, está dividido en cuatro cuarteles: arriba, a la izquierda las armas de los Becerril: un becerro rodeado de ocho estrellas; abajo, en el mismo lado, las de los Alonso: una faja en la boca de dos dragantes, arriba tres estrellas y abajo un león; a la derecha, arriba, las armas de los Esteban: un león y cuatro fajas y abajo las de los González: un castillo con tres torres.


      La calle baja, a la izquierda desemboca en la plaza mayor, en vez de eso torceremos a la derecha, allí se ensancha en una plazoleta en las que hay unas magníficas muestras de arquitectura popular, gozad de esas puertas de madera, partidas, y de los arcos que las cobijan; de esa plazuela sale una calle (la de la Amargura) que acaba en el campo y, a su izquierda la calle de la Randa, calleja más bien, que nos encamina a la calle Real; como es lógico, todas son calles cortas, que nos muestran casas abandonadas, o casas restauradas, muchas de nueva fábrica y unas pocas, muy pocas, que guardan el sabor tradicional. Al acabar la calle, en el centro, está el edificio de las antiguas escuelas, hoy abandonado, junto a una de sus paredes, cerrada con una tapa metálica, hay una antigua fuente de fresca agua; giraremos a la izquierda, rodeando las casas, tomaremos la calle del Barranco, a la derecha vemos una carretera que lleva a Blascoeles.
      Esta calle nos encamina a la plaza mayor, a la izquierda están las puertas traseras de las casas que hemos visto en la calle Real; a la derecha, pasada una huerta a la que está adosada una placita que sirve de tentadero en las fiestas, junto a un transformador de electricidad y la casa de los antiguos lavaderos (hoy convertido en sede de una de las Peñas de las Fiestas) está el Ayuntamiento nuevo (actualmente en desuso para esas funciones y que acoge la consulta médica), un poco más adelante la iglesia parroquial de San Sebastián, del siglo XVI, que sólo podremos visitar si es día festivo. Su torre y sus tejados están llenos de nidos de cigüeñas.
      Subiremos por la calle en la que está el Ayuntamiento y que lleva recta hacia la carretera nacional, poco antes de llegar a ella está el barrio de La Cabezuela, formado por casas nuevas que sólo están habitadas en verano o los fines de semana. Cruzando la carretera veremos, junto a construcciones nuevas, otras de gran sabor tradicional; junto a una fuente, de la que en verano sale un hilillo de agua, parte una calleja en cuyo fondo observamos una construcción original: se trata de una antigua fuente, tipo pozo, construida en el siglo XVII ó XVIII con las piedras de un antiguo campanario; en el centro, una columna divide el ancho hueco por el que antiguamente se sacaba el agua en cubos; hoy una rejilla metálica impide que pueda haber un accidente; esta fuente ha sido restaurada recientemente y es un ejemplar único que, además de estar muy bien conservado, sigue cumpliendo sus funciones, pues el agua de la fuentecilla que vimos antes viene de ella.


      Cruzamos la carretera de nuevo y poco más adelante, en el otro lado vemos un edificio solitario: se trata del antiguo parador; es la posada de tiempos pretéritos; vemos su arquitectura sencilla pero adecuada, con grandes puertas para guardar carruajes en sus amplios patios y una vivienda grande, de dos alturas, con pocas pero sencillas y cómodas habitaciones; funcionó como tal hasta mediados de los años sesenta; a continuación se alza la ermita del Cristo de la Luz, en la que se guardaban imágenes de la Semana Santa y que hoy, restaurada y remozada, está dedicada a San Cristóbal; es de los siglos XVII y XVIII, lo más curioso es la cruz que remata la ermita; si os fijáis bien, en los brazos de la cruz, encontrareis los símbolos de la Pasión; la lanza de Longinos, la corona de espinas, la escalera…


      Enfrente, a nuestra izquierda, el edificio de las escuelas, levantado en los años cuarenta, y las antiguas casas de los maestros. Seguimos por este paseo que bordea la carretera; a ambos lados están las antiguas eras en las que se trillaba, se aventaba, se limpiaba y se ensacaba el cereal; en verano el pueblo vivía aquí; aquí comían, almorzaban y hasta dormían, cuidando y vigilando el fruto de un año de trabajo. A la derecha vemos una cruz de piedra que formaba parte del Vía Crucis que recorría el pueblo; llegamos al final, a la derecha se ve un restaurante: La Aldea, os lo recomendaríamos si estuviera abierto, pero…, pero ahora continuemos: a la izquierda bajan unas escaleras hasta una placita: la Aceiterilla; a la derecha, en la fachada de una de las casas se ven, incrustadas, dos piedras de molino, son muelas pequeñas, de granito que debieron servir en tiempos, para fabricar aceite, de ahí el nombre de la plaza.
      Desde aquí, torceremos a nuestra izquierda, en dirección a la plaza, dejaremos a nuestra izquierda las antiguas eras, reconvertidas la mayoría en aparcamientos de camiones de gran tonelaje o en fincas con su chalet; a la derecha casas más o menos grandes, muy pocas guardan la estructura original, fijaos en la última, ya haciendo esquina con la plaza, tiene una gran puerta de madera y en tiempos un tejadillo emparrado la cubría dando sombra a sus moradores cuando salían a tomar el sol de la tarde, en las jambas tiene grabadas dos cruces, esquemáticas, puestas allí para santificar y salvaguardar la casa.
      Ante nosotros se abre la plaza de la Constitución, su nombre viene de la de 1812 (la Constitución por antonomasia) y ese nombre ha conservado durante toda su historia, bajo todos los regímenes políticos existentes en doscientos años.


      A la izquierda, veremos la fuente de piedra, con sus cuatro caños, donde durante siglos la gente del pueblo iba a llenar sus cántaros y botijos y llevaba a abrevar a las caballerías, hoy tiene instaladas unas mesas y unos asientos de piedra delante para que, durante las fiestas, los vecinos puedan degustar las parrilladas que se hacen a la sombra de los árboles; al fondo las escuelas con su porche abierto y su reloj pintado, ponen una nota de alegría.
      A continuación la iglesia. Grande, de piedra labrada, resaltan en ella el campanario y el pináculo de la capilla de san José, que enmarcan su entrada. Ante la puerta una cruz de piedra, en seguida se nota la discordancia entre la cruz y su peana, la primera nueva, colocada en el 2004 al romperse la anterior y la peana, antigua, del siglo XVI, a poco de construirse la iglesia, con una inscripción que dice:

JUAN BASTONES
ESCRIBANO Y CA
TALINA SANCHEZ
SU MUJER AÑO 1571

y en la cara opuesta un escudete con tres clavos, símbolo de la crucifixión.
      A los lados de la cruz observaremos unos asientos de piedra, corridos, de una gran antigüedad y otras piedras; una de ellas es la peana de otra cruz que aún conserva parte de su inscripción: es del año 1666 y fue erigida en memoria de Juan Bastones, cuyo nombre vimos en la otra cruz. Una curiosa piedra acanalada nos hace recordar que este pueblo perteneció a la Tierra de Segovia, formaba parte de la antigua conducción del acueducto segoviano y cuando fue restaurado se regalaron estas piezas a las poblaciones que habían estado bajo su jurisdicción.
      El interior de la iglesia contiene algunas piezas y elementos dignos de verse. El altar mayor se adorna con un retablo barroco en el que resalta la figura de San Sebastián, patrón del pueblo y titular de la parroquia; está sucio y poco cuidado, pero su factura no es mala. La cúpula, gótica, enseña los nervios apuntados adornados con medallones en los cruces; a la izquierda del altar mayor está la capilla de San José, erigida por Luís García Cerecedo, rico hombre que, en el siglo XVI, se encargaba de proveer de caballerías a la Corte; la capilla, lujosamente adornada, tiene pinturas de Herrera el Mozo y de francisco Camilo y su retablo fue construído por uno de los maestros más conocidos de la época: Sebastián de Benavente.


      El templo, de tres naves, tiene otros dos pequeños retablos en la cabecera de cada una de las dos laterales, también barrocos y de buena factura.; en la pared sur hay dos objetos curiosos: uno es un cuadro, grande, barroco, de la Virgen del Cubillo, ante el que se hace la novena que se la dedica en el mes de septiembre; el otro es un cristo crucificado, de los siglos XV ó XVI, al que se tiene gran devoción y cuya festividad, a mediados del mes de septiembre, se celebra con gran afluencia de público; es el “Cristo de los Mozos”, ya que forman (o formaban) su cofradía los jóvenes de la localidad al alcanzar su mayoría de edad, en una suerte de iniciación de paso a la madurez y en la que es típico el lanzamiento de cohetes acompañado por el repique de campanas  mientras se le lleva en procesión por las calles del pueblo, acompañado por la dulzaina y el tamboril a cuyo son se bailan, incesantemente, las jotas segovianas.
      Antes de abandonar la iglesia, echad una mirada a la pila bautismal, colocada al fondo, a la derecha, en un oscuro rincón, y que procede de la iglesia de San Cristóbal, es de talla románica; mirad también la tribuna, realizada en madera, y desde la que tendréis una buena vista de toda la iglesia.
      Volvemos a la plaza; se ha renovado recientemente, haciéndola más amplia y más abierta; antes, por el lado que da a la iglesia, estaba cerrada por unos toriles, ya que en esta plaza se celebraban las corridas de toros en las festividades, y una arboleda. A su alrededor se levantan algunas de las mejores casas del pueblo; frente a la iglesia está el Ayuntamiento antiguo, recientemente restaurado, y a sus lados las casas de los Gordos y de los Morenos que hasta mediados del siglo pasado constituían la “aristocracia” del lugar.
      Retornando sobre nuestros pasos cogemos la calle Segovia, arteria principal del pueblo; a nuestra derecha, haciendo esquina con la primera bocacalle, se ve una casa, grande, pintada de amarillo, casi enfrente, pero al otro lado de la calle, se ve una mansión, enorme, de una sola planta; que fue propiedad de la gente más poderosa de la aldea; en sus salas, muy espaciosas, se jugaba al billar y se organizaban bailes en los meses de verano; después, vacía ya, han servido sus paredes de recuerdo de las quintas habidas en el pueblo, con curiosas pintadas que los actuales propietarios han tapado.
      Poco más adelante, la calle se ensancha y se divide en dos; en la encrucijada hay una cruz de hierro, fechada en 1620, que hoy día es la parada obligada, durante la Fiesta del Cristo, de la procesión que recorre el pueblo, y a su vera se procede al rito de besar los pies de la imagen del crucificado; la calle Segovia sigue por la derecha; allí mismo vemos la casa que alberga el bar “El Molinero”, único que queda de los cinco que hubo en el casco urbano hasta los años sesenta del siglo pasado.


      Acaba la calle, a la derecha vemos el cementerio; torcemos a la izquierda y estamos de nuevo en la calle Angosta, de dónde hemos salido.

14 de septiembre de 2019

Aldeavieja: rutas y excursiones. VIII.


Calicanto.

      En dirección a Ávila, a unos 9 kilómetros, y en el mismo desvío que nos conduciría al pueblo de Ojos Albos, vemos, a la derecha de la desviación otra carretera, que es el trazado de la antigua nacional.
      Vamos por ella; pasamos por el antiguo trazado a lomos de su puente del siglo XIX; allá abajo, junto al río (se trata del Voltoya, al que hemos visto antes formando el pantano de Serones, en el Campo Azálvaro)  a 200 metros veremos a la izquierda un antiguo aparcamiento junto a las ruinas de un mesón; dejemos allí el coche.
      Frente a nosotros baja un camino en dirección al río, descendemos por él arrullados por el ruido de los coches que pasan sobre nuestras cabezas. Al llegar abajo torceremos a la derecha, pasando junto a los pilares que sostienen el viaducto de la autopista; una senda se adivina que llega a lo que, indudablemente, son los restos de una calzada romana (se supone que por aquí pasaba una ruta que iba desde Ávila a Segovia, uniendo los diversos poblados celtíberos que hay por la zona), no son más de 50 metros que, recientemente, han sido medio destrozados al instalar un gasoducto. A continuación está el puente.


      Se le ha restaurado, bastante mal, hace pocos años, pero al menos se ha impedido que se desplomase; es de un solo ojo, bajo él discurre el río Voltoya; sus cimientos y parte de sus pilares son romanos, después se le ha ido arreglando, cambiando, sobre todo en la Edad Media; está en un paraje de gran belleza si no fuera por los puentes que cruzan el valle: tenemos éste, el más antiguo; río abajo vemos una pasarela metálica de la Confederación Hidrográfica del Duero, van dos; río arriba vemos el puente por el que hemos venido, del siglo XIX y, además, un poco más adelante hemos cruzado por un pontón que si bordeamos la antigua carretera, veremos, van cuatro; hacia el este vemos  el viaducto por el que pasa la carretera nacional, cinco; y, finalmente, el viaducto que se eleva a nuestro lado, soportando la autopista Villacastín-Ávila: seis.
      Después de esta concentración de puentes, y retornando por el camino que hemos traído podemos acercarnos al pueblo de Ojos Albos; hermoso nombre para un bello paraje; hoy día, de su antiguo encanto, sólo queda la pequeña iglesia y algún rincón del casco viejo que guarda algunas entradas de un sabor añejo y pintoresco.


      Cruzando el pueblo, y ya en sus afueras, sale un camino, un buen camino, que tras dos kilómetros más o menos, nos lleva hasta el refugio de Peña Mingubela. En unas rocas, al pie de los ruinas de un antiguo castro celta, los pastores de hace cinco mil años habilitaron un refugio, desde donde controlaban a su ganado y las posibles incursiones de algún pueblo enemigo y lo cubrieron de pinturas. Era la segunda Edad del Hierro, y con pinturas fabricadas con grasas de animales mezcladas con ocres terrosos, arcillas, madera quemada y sangre, nuestros antepasados plasmaron figuras humanas, animales y huellas de su presencia allí; son las únicas pinturas de esta época que existen en toda la provincia de Ávila.


      Si queremos terminar con otra visita arqueológica, sólo tendremos que volver a la carretera nacional y seguir hasta el pueblo de Mediana de Voltoya; veremos el pueblo a la izquierda; la iglesia, de apariencia poco interesante, guarda una sorpresa en su entrada, pues su puerta esconde una de las mejores muestras del románico de la zona.


      Pasado el pueblo, se abre un camino vecinal que lleva a Urraca Miguel, junto a él se encuentra el Túmulo de los Tiesos; utilizado entre los años 3.500 al 1.000 antes de Cristo, y que consiste en una elevación del terreno, cercada para evitar el paso del ganado, en cuyo interior se encuentra la cámara funeraria, que ya fue saqueada en la Edad Media; fue descubierto en 1997 y restaurado en el 2002.

2 de septiembre de 2019

Aldeavieja: rutas y excursiones. VII.


7. San Miguel de Cardeña.

           Desde la plaza del pueblo sale una estrecha carretera que nos lleva a Blascoeles; poco antes de llegar a este pueblo, llegamos a un cruce con otra carretera asfaltada (la primera) que tomaremos por la derecha; siguiendo por ella, y a unos dos kilómetros, llegaremos a un punto en que se nos ofrece una bajada que luego, tras cruzar el río Cardeña, se empina y nos llevaría hasta el pueblo de Maello.
           Antes de cruzar el río hay una desviación a la derecha que nos lleva a una zona que fue preparada como área de recreo, con una o dos barbacoas, unas mesas de piedra y una fuente; sólo hay ruinas, la dejadez, el salvajismo y una mala interpretación de los peligros de incendio han llevado un lugar curioso a convertirse en algo parecido a un basurero. Pero dejemos las lamentaciones; allí podremos aparcar el coche y seguir un camino, a veces no es más que una senda, que discurre paralelo al río; según la época del año, tendrá o no tendrá caudal; lo normal es que veamos alguna charca, algún hilillo de agua discurriendo perezoso… pues sufre un sobreaprovechamiento para riego de huertos que impide que lleve agua excepto en invierno y primavera.


           Seguiremos por esta senda aproximadamente durante un kilómetro; a nuestro paso veremos prados, cercados, antiguos huertos abandonados, algún ejemplo de las cabañas que se hacían para guardar los aperos…y, a la izquierda, rojas cárcavas, que nos enseñan sus entrañas rojizas coronadas por encinas… según avanzamos, y al pie de una de estas cárcavas, veremos unas ruinas, unas paredes se levantan desde hace casi mil años; es lo que queda de San Miguel de Cardeña, la iglesia más antigua de la zona, cabeza y origen de los pueblos de Blascoeles y Aldeavieja, que se instalaron aquí a raíz de la reconquista de estos terrenos en el siglo XI, levantaron sus primeras casas por la cercanía del río y del resguardo que ofrecía a los vientos del norte la ladera cercana.


           La iglesia, convertida en ermita cuando la población se agrupó, un siglo después, en las nuevas poblaciones, estuvo en pie hasta mediados del siglo XIX en que, debido a su soledad y lejanía, fue deteriorándose y se vació por robos y traslado de su mobiliario, retablos e imágenes. Hay una curiosa orden, recogida en un libro de 1832, en que se dan Reales Cédulas para la búsqueda de tesoros, de los que se tienen noticia, junto a la ermita de San Miguel de Cardeña y San Juan del Berrocal; seguramente esos tesoros serían las pocas cosas que quedaban de los ornamentos de esas iglesias, ya abandonadas; San Juan del Berrocal, es otra ermita, de la misma época que ésta que visitamos, de la que quedan aún menos restos y que se encuentra aguas debajo de este río Cardeña.
           Bien, lo que hoy vemos es una parte del ábside y parte del lienzo norte; alrededor piedras y piedras que formaron parte de los muros; lo que se conserva nos da la idea de que se trataba de una iglesia pequeña, apta para la poca población de la época en que se levantó y construida con materiales poco resistentes; piedras de río y adobes hechos con el mismo barro de las laderas que la protegen del viento del norte.

           Esto es Castilla: amplia, dura, árida, pobre, pero de una belleza excepcional.

          Hay otro camino, para andarines, desde el alto de la Barrera cogeremos el camino que va a San Miguel (preguntad a cualquier vecino y él os lo dirá); un paseo de entre tres a cuatro kilómetros os llevará hasta allí; también merece la pena.

1 de agosto de 2019

Aldeavieja: rutas y excursiones. VI.


Paseo al pantano, puentes, dólmenes, aves.

      Este paseo comienza como el anterior, sólo que al llegar a la cima de la Cruz de Hierro, en vez de parar bajaremos por la carretera; al fondo divisamos la llanura del Campo Azálvaro, con el pantano de Serones y allá y acá caseríos dispersos; enfrente el puerto de Las Lanchas que nos llevaría a Navalperal y a Cebreros.
      La carretera desciende entre curvas, dejándonos ver a los lados el ganado perteneciente a ganaderías de toros bravos, así como sus encerraderos y fincas. Mientras bajamos tendremos siempre a la vista el caserío de El Alamillo, pudiendo contemplar los diversos edificios que lo componen: la casa señorial, la capilla, las casas de los sirvientes, las cuadras, los almacenes, la placita de tientas…
      Al llegar abajo, nuestra carretera se cruza con la que va desde El Espinar hasta Ávila, la AV-500, torcemos a la izquierda, en dirección al pueblo segoviano, vamos a ver el Puente de las Merinas, levantado sobre las aguas del río Voltoya en el curso de la Cañada Real Soriana Occidental.
      A unos 500 metros a la derecha vemos la puerta de un prado por el que se adivina un camino, esa es la cañada, se puede abrir la puerta y vemos, enfrente, el puente, las cercas que abrimos y cerramos están para evitar que el ganado escape; recorreremos esa senda y a los doscientos o trescientos metros llegaremos al puente; se trata de una construcción en piedra, medieval, de dos arcos (u ojos) desiguales, de lomo de asno, por el que pasaban los rebaños cruzando el río Voltoya y se contaban las cabezas para que pagasen el impuesto de cruce. Parte del puente está arruinado, pero no ha perdido ni un ápice de su elegancia, y su figura, en medio de la llanura, nos hace recordar tiempos más prósperos.


      Al salir de nuevo a la carretera, nos dirigiremos en dirección a Ávila; cruzaremos primero la carretera por la que hemos venido de Aldeavieja y enfilaremos una larga recta, a ambos lados veremos grupos de ganado vacuno, son ganaderías de reses bravas, a la derecha, un arco de ladrillo nos indica la entrada a una de estas fincas: El Alamillo; a unos quinientos metros y ya a la vista del pantano de Serones, cogeremos un camino asfaltado (es la antigua carretera) que se abre a la derecha y que nos lleva a una valla que circunda la superficie del pantano, allí dejaremos el vehículo.
      Una carretera en muy mal estado, pues tiene un uso casi nulo, nos lleva por el borde del pantano, en él, según las épocas, podemos observar gran cantidad de aves acuáticas, chapoteando, pescando o simplemente deslizándose… también es muy frecuente ver a los peces, de bastante tamaño, saltar del agua; en la parte más alejada de la carretera, al otro lado del pantano, en primavera, el número de palmípedas y zancudas es muy numeroso; se puede observar, con suerte, a la cigüeña negra, y la variedad de patos y ánades es grande. La carretera acaba en el cierre del pantano, que nos puede sorprender por su pequeña altura (relativa); estas aguas sirven para el abastecimiento de la ciudad de Ávila. Este paseo es muy grato, un silencio casi religioso nos envuelve y las vistas de la sierra y de la llanura del Campo Azálvaro tienen un algo de místico o sobrenatural.


      Volvemos a nuestro vehículo y seguimos en dirección a Ávila; a cinco kilómetros pasamos por el pueblecito de Urraca Miguel, del que vemos su iglesia de san Miguel Arcángel, y a casi 7 kilómetros llegamos al pueblo de Bernuy-Salinero, queda a la izquierda de la carretera, desde la que se vislumbra la iglesia de San Pedro Apóstol, parroquia del pueblo, con restos románico-mudéjares y su torre, aprovechando una antigua atalaya de vigilancia; y, a la derecha, veremos un cartel que nos indica la situación de un dolmen. Un camino de tierra, 500 metros, apto para vehículos nos lleva al Prado de las Cruces, donde se encuentra nuestro objetivo. Se trata de un dolmen con corredor, el más antiguo de la provincia de Ávila, datado en el IV milenio antes de Cristo; fue utilizado como lugar de enterramientos, está orientado hacia el sol naciente y quedan suficientes restos como para que merezca la pena su visita y conservación. A su alrededor hay otros trece dólmenes sin excavar; si nos fijamos bien, veremos las pequeñas elevaciones del terreno que los ocultan.


      Hemos acabado otra excursión, si hay ganas podemos seguir por la carretera y llegar hasta Ávila (se encuentra a sólo 7 kilómetros), donde podremos reponer fuerzas en cualquiera de sus magníficos establecimientos y regresar por la carretera nacional N-110; si no, siempre podemos volver sobre nuestros pasos.