27 de julio de 2020

Aldeavieja: una historia que pudo ser: el chozo IV.

(continuación...)
    
 -Arturo, ven acá.
     -Dígame, mi cabo.
     -Mañana te vas a Maello, coges la mula y te acercas; pregunta si ha llegado un mulero desde Peguerinos y si ha traído una chica con él.
     -…
     -Pues que la Tere, la del Flaco, ha venido hace un rato a contarme que su sobrina tenía que haber llegado con un mulero de Peguerinos y, claro está, no ha llegado.
     -Luego puede ser…
     -Puede ser; así que tú te vas para allá y te enteras; si está allí que te cuente qué pasa con la chica y si no… pues habrá que buscar por otro lado.


…..

     Ha quedado atrás Blascoeles, la mula va bajando la cuesta que lleva al valle por donde discurre el Cardeña; alguna encina acá o allá, y Arturo va pensando en parar junto al arroyo para que beba el animal y él echarse un cigarrillo a la sombra de alguno de los chopos que allí crecen.
     -Malos días para viajar, con este calor de fuego que cae sobre estos campos olvidados de Dios… y del diablo.
     Nunca pasa nada, pero cuando pasa… parece que quiere llenar la falta de todas las atrocidades y animaladas que se nos pueden pasar por la cabeza.
     -Una cría que viene a vivir con su tía y no llega a su destino; se supone que viene con un mulero y si la madre ha dejado que venga en esa compañía es que tiene confianza en él; luego… es difícil que el mulero sea el culpable, pues todo el mundo sabe que la chica viene con él y si la pasa algo… él es el primer sospechoso o el culpable…
    Y Arturo le da vueltas y vueltas en la cabeza mientras, con el tricornio a su lado, se apoya en el tronco de un viejo chopo y suelta nubecillas de humo por la nariz… Allá a la derecha se ven las ruinas de la ermita de San Miguel… frente a él un puentecillo de cal y canto que lleva a una cuesta larga y empinada que se pierde entre cárcavas y encinas en dirección a Maello… la mula bebe en el arroyo y a él le dan ganas de quitarse las alpargatas y refrescar los pies en el agua, que seguro que está bien fresca; pero no, el deber es el deber, y cuanto antes llegue al pueblo, antes se enterará de lo del mulero y antes podrá volver a Aldeavieja e informar al cabo.
…..

     -Entonces… ¿no ha llegado ningún mulero desde Peguerinos esta semana?
     -¡Quiá, ni esta semana, ni la anterior…!
     -Pero… ¿tendría que haber llegado?
     -Pues… puede que sí y puede que no.
     -¿Cómo que puede que sí y que puede que no?
     -Pues eso, que podría haber llegado y podría no haber llegado…
     -…
    -Pues que nunca se sabe cuándo sale de allí y nunca se sabe cuándo llega aquí; entre medias pueden pasar muchas cosas: que se muera, que lo maten, que se emborrache y se pare diez días en un pueblo, que se case… ¡yo qué sé!
     -Claro, claro, todo muy normal; pero, el mulero ese… ¿es de aquí?
     -No, claro que no, es de Tornadizos y a veces pasa por allí, aunque el camino sea más largo y se queda unos días con la familia.
     -¿Sabe cómo se llama?
    -Dionisio, se llama Dionisio, aunque le llaman Dioni.
     -Lógico.
     -Bueno, eso de lógico lo dirá usted; mire, yo me llamo Baldomero y… ¿sabe cómo me llaman?
     -No sé… ¿Mero?, ¿Baldo?
     -Pues no señor, me llaman Dome.
     -Vale, señor Dome, pues gracias y adiós.
     -¡Vaya con Dios, agente, vaya con Dios!
…..
     -No sé si me han querido tomar el pelo o he ido a topar con el alcalde más pirado de la zona, pero en fin; vuelta para casa y sí, ya sé lo que el cabo me va a decir: -pues nada, Arturito, ya sabes, te vas a Tornadizos e indagas sobre el Dioni ese y luego, si allí tampoco saben nada, pues… ya sabes, te tocará acercarte a Peguerinos y ver qué ha pasado con este hombre-, voy a tener unos días un poco movidos, pero, bueno, nunca se sabe, lo mismo está en Tornadizos, tan agustito en su casa, esperando que pasen los calores y… ¡pero no!, ¡eso no! si traía a la chica no se va a haber quedado a pasar unos días en su pueblo; sería de lo más extraño, pero… la gente es muy rara y hace las cosas más impensables; todavía me acuerdo del Manolo, aquel número de la comandancia de Toledo, que llevaba los bolsillos llenos de guijarros porque tenía miedo de que un día de viento se le levantasen los faldones de la guerrera y se le viesen los fondillos de los pantalones, que los llevaba siempre llenos de remiendos; era digno de verse, cada vez que corría un poco le empezaban a sonar las piedrecillas, unas contra otras y nos miraba con la cara toda colorada y con ojos de pocos amigos para que no nos riéramos de él…
     Y Arturo sonrió para sí imaginándose al Manolo trotando por el patio del cuartelillo mientras se sujetaba los faldones para que no sonaran…
     Cuando llegó donde caía el camino hacia el Cardeña se paró, miró a lo lejos, frente a él; la sierra de Ojos Albos, la llamaban, aunque ese pueblo estuviese en un extremo de ella; se debería de llamar de Aldeavieja, que estaba más o menos en su mitad; pero… a él no le habían preguntado cómo quería que se llamase, así que… desde allí distinguía los pedregales y los bosquecillos que bajaban por sus laderas hacia el llano; en uno de ellos encontraron el cuerpo de la chiquilla y allí, en alguno de sus recovecos, al pie de alguna roca, entre los matorrales de piorno, tomillo y jara debía de estar el secreto y la solución de todo aquello.
…..

     -Osea, que el mulero no ha llegado a Maello ni ha pasado por aquí, lo que quiere decir que se ha perdido en el camino… y te voy a decir otra cosa, no ha pasado tampoco por Tornadizos; cuando te fuiste mandé a Antonio para allá y lo dicho, allí no saben nada de él. Vamos a hacer una cosa, tú te vas a quedar aquí, conmigo, mañana vamos a ir por el camino de Peguerinos a buscar el rastro de ese hombre; en algún lugar del recorrido tiene que haber algo que nos muestre, si lo sabemos ver, la pista de lo que ha sucedido. Mientras, Antonio se va a ir directamente al pueblo ese e investigar todo lo que pueda sobre la chica, su madre y el mulero.
    Y así fue, a la mañana siguiente el cabo, Antonio y yo nos fuimos, pasito a pasito, hasta el chozo donde se encontró el cadáver de la chica.
     Antonio siguió de largo, camino a Peguerinos y nosotros nos apartamos de la senda hasta llegar al chozo.
     Allí todo estaba igual, bueno, aparentemente sólo; la  gente había ido y venido, tocado, pisoteado, roto, meado… en fin, que aquello estaba en unas condiciones deplorables y no íbamos a poder sacar nada nuevo en limpio.
     -Se les dijo que no vinieran por aquí, ¿verdad Arturo?
     Le miré sin contestar, ¿para qué?. Por supuesto que se les había avisado, hasta un pregón se dio y el bueno de Cándido lo había voceado por las calles, pero… ¿quién para la curiosidad o el morbo de las gentes?.
    -Se les dijo, cabo, pero… ¿usted no habría venido si hubiera estado en su lugar?
     -Está claro, Arturo, pero eso no obsta para que en alguna puñetera ocasión nos hagan un poco de caso ¿no crees?; en fin.
     El cabo miró en torno suyo, a la derecha los cerros se elevaban cerrando la vista y detrás la sierra; al norte la vista se perdía hacia las llanuras de Valladolid, hacia el oeste el bosquecillo donde encontré los botones…
     -Entonces… arrastraron el cuerpo hasta aquí desde esos árboles…
     -Eso parece.
    -¿Por qué? ¿no habría sido más fácil dejarlo donde la mató? ¿para qué ocultarlo si lo íbamos a encontrar más tarde o más temprano?
     -Quizás necesitaba algo de tiempo para alejarse antes de que lo encontráramos…
     -Podría ser… pero… ¿por qué? ¿alguien conocido para que no sospecháramos de él?
     -A lo mejor sólo le dio miedo… imagina que la muerte se debió a un accidente y…
     -¿Y hacerle luego esa carnicería al cadáver? ¡no, no es creible! No creo que fuera un accidente.
     -Realmente yo tampoco, pero hay que sopesar todo.
     -¿Quizás para que no reconociéramos a la chica?
     -Eso podría ser.
     -Así, si tardábamos en saber quién era o, con un poco de suerte, no lo descubríamos nunca…
     -Realmente fue un suerte el encontrarla, si tardamos unos días más, las alimañas habrían dado buena cuenta de ella, sólo habrían quedado unos huesos con unos harapos encima.
     -Creo que vamos por buen camino… el asesino confiaba que cuando halláramos los restos no podríamos relacionarlos con la chica de Peguerinos.
     -Bien, entonces vayamos donde encontraste los botones, pues ese era el camino que llevaba nuestro hombre y no éste.
     El cabo me indicó con un gesto que abriera la marcha y allá que fuimos los dos hasta aquel claro del bosquecillo donde había encontrado los botones; el sitio se encontraba en mejores condiciones que el chozo, pues no habíamos dicho nada a nadie sobre lo que hallamos ni sobre nuestras sospechas.
     -Sangre no se aprecia.
    -No, es como si tampoco hubiera sido aquí el crimen.
     -¿Nos va a hacer el malcriado ir de un sitio a otro?
     -Ya lo ha hecho con tanto patear Maello y Tornadizos.
     -En eso te doy la razón, pero había que hacerlo.
     -Eso lo tengo claro.
     -Y… ¿y si sólo hubiera tirado aquí los botones, pero no la hubiese matado en este lugar?
     -Es un posible.
     -Con lo cual tenemos dos preguntas nuevas: ¿para qué le quitó los botones y dónde se ocurrió la muerte?
     -Pues vamos con ellas; lo primero es encontrar el lugar del asesinato, lo otro ya vendrá después.
     Nos miramos y, sin decir ni pío, nos dirigimos al camino que serpenteaba por medio de los árboles y que se dirigía hacia la sierra, no era el camino de Peguerinos propiamente dicho, no, era un ramal que se utilizaba más que el original, que llegaba hasta la ermita del Cubillo, mientras éste iba más directamente al pueblo.
     -Osea, que suponemos que vino por este camino.
     -Es lo lógico.
     -Está claro, pues vamos allá.
     El ancho de un carro, un poco más, ese era el tamaño del camino; tenía las roderas bien marcadas por el continuo paso de vehículos y huellas de mil y un animales adornaban el firme; era el más utilizado para cruzar la sierra de Guadarrama y llegar a los pueblos del otro lado: Santa María de la Alameda, Peguerinos y alguna aldea más; ¿qué queríamos encontrar? No lo sabíamos, ese era el reto, la dificultad, y eso si veíamos algo, que, lo normal sería que llegáramos al final sin haber visto más que polvo, piedras, retamas, algún arroyuelo y ganado suelto…
     Estábamos llegando al cerro de la Avena, cuando oímos un relincho tras una curva; nos miramos y fuimos hacia allá. Una mula ramoneaba junto al arroyo que baja hacia la Virgen, estaba sola, pero llevaba puesto un cabezal, nos acercamos con cuidado para no asustar al animal y la sujetamos para que no huyera…
     -¿Qué te parece esto?
     -Pues… o su amo es muy descuidado o hemos encontrado lo que no esperábamos: uno de los animales del mulero.
     -Sí, los animales no se dejan así, sueltos, sin manea, a menos que se haya escapado…
     -Tiene marcas de que llevaba carga.
     -Sí, fíjate en los surcos que han dejado las cinchas.
     -Hemos tenido suerte…
     -Según lo mires, ¿tú crees que la mula nos va a decir algo?
     -Pues… la verdad, no se la ve muy habladora.
     -Eso me parece a mí también.
     -Si es del mulero… me temo lo peor.
     -Nadie abandona un animal así… a menos que le obliguen a ello.
     -Y nadie ha denunciado que le robaran o le quitaran un animal…
     -Luego…
     -Luego, si buscamos en el lugar adecuado, podemos encontrar otro cadáver.
     -Me estaba temiendo que dijeras eso.
     Diréis que fue suerte o que estábamos muy empanados para no darnos cuenta de lo que pasaba a nuestro alrededor; pero fue una sombra pasajera que nos cruzó de forma rápida y repentina la que nos hizo levantar la mirada, eso y el nerviosismo que comenzó a mostrar la mula; el caso es que, cuando alzamos la cabeza vimos a treinta o cuarenta buitres sobrevolando por encima nuestra.

(continuará...)

14 de julio de 2020

Aldeavieja: una historia que pudo ser: el chozo III.


(continuación..)

     -Bien, habéis encontrado los botones, ¿qué más?.

     -Encontramos el rastro de sangre desde los árboles…

     -¿Sí?

     -¿Le parece poco?

     -Vamos a ver, Arturo, tenemos los botones… ¿qué nos dicen?

     -…

     -Nada, no nos dicen nada, que el asesino está un poco tonto o es un maniático y se los cortó antes o después de matarla, ¿dónde nos lleva eso?

     -…

     -A ningún sitio, Arturo, a ningún sitio. Y el rastro de sangre lo mismo, vale, le mataron en el bosquecillo, en aquellas lanchas, pero… ¿quién era el asesino? Un hombre… una mujer… una persona, más… por celos, por dinero, por deseo, por casualidad…

     -Tiene razón, mi cabo, tiene toda la razón; no sabemos nada.

     -Tan poco sabemos, que no sabemos quién era la víctima… si al menos supiéramos eso, tendríamos un punto sobre el que basarnos.

     Los dos hombres se miraron, se conocían desde hacía ya varios años, muchos quizás; habían servido juntos en distintos destinos y se tenían confianza y, sobre todo, amistad y algo que llamaríamos compenetración.

     Se habían hecho fotografías del cadáver, pero en el estado en que se encontraba iba a ser muy difícil que nadie lo reconociera; no tenía verrugas, ni granos, ni cicatrices que pudieran servir de señales y, además, ¿a quién preguntar? Sólo cabía esperar y confiar en que alguien echase de menos a la hija, a la hermana, o la mujer y fuese a denunciar su desaparición, mientras tanto…




…..


     Era la comidilla en el horno, en los puestos ambulantes y en el bar; ¡qué cosa tan estupenda había ocurrido: un crimen en el pueblo! Y, lo mejor, no era nadie conocido, nadie se sentía herido, ni triste por aquella muerte, no personalmente, claro, porque lo que sí se sentía, a pesar de todo, era miedo.

     ¿Andaría el criminal vagando por los cerros? ¿se ocultaría en la maraña del bosque o en las riberas de los arroyos?; el término era muy grande y podía estar en cualquier sitio… y, también, el asesino podía estar entre ellos, ser uno de ellos… y se miraban a la cara, cuando se encontraban, como buscando un signo de temor o una mueca de maldad… ¿qué sabían ellos? Uno del pueblo podía tener las manos llenas de sangre y estaba, tan tranquilo, bebiendo y charlando con ellos; eso sí que les tenía un poco en vilo.

     -¡Y no tenía ojos!, era como una fantasma…

     -¡Jesús, Jesús, ¿dónde vamos a ir a parar?!

     -Pues dicen que el pastor se va a meter monje…

     -¡Calla, mujer…! Si sigue yendo todos los días con las ovejas.

     -Pero no ha vuelto por la zona de la Jarrera.

     -Yo tampoco volvería… ¡menudo susto se llevaría!

     -¡Pachasco!

     -La entierran esta tarde.

     -¿Aquí, en el pueblo?

     -Pues yo no sé si eso es bueno.

     -¿No tendrás miedo a los muertos?

     -No, miedo no… pero respeto sí.


…..


     -Mi  cabo, ahí fuera hay una mujer que quiere hablar sobre la chica muerta.

     -Hazla pasar a mi despacho.

     Antonio se dirigió hacia la puerta del cuartelillo, donde esperaba una mujeruca bajita y gordezuela, toda vestida de negro, como era lo normal en el pueblo, cuando se estaba en un luto perpetuo a causa de la muerte de maridos, hijos, padres, primos, abuelos…

     -Venga conmigo, el cabo le espera.

     Cruzaron el vestíbulo, oscuro y fresco, sólo iluminado por la luz tamizada por gruesos cortinajes de las dos ventanas que daban a la calle.

     -Con su permiso, mi cabo, es la Teresa, la viuda del Flaco.

     -Pasa, mujer, pasa.

     -Buenas tardes nos de Dios…

     -Vamos a ver, ¿qué me tienes que decir de la muerta?

     -Pues verá… yo tengo una hermana en Peguerinos, allá en la sierra, ¿sabe?, que también ha quedado viuda hace ná del Floren; el Floren trabajaba en los pinares ¿sabe?, allá hay muy buenos bosques y se coge leña y resina… y, claro, un día cortaban un árbol y éste cayó de mala manera encima del Floren, aquí en un hombro y le pegó también en la cabeza, el caso es que quedó como atontao, que le preguntaban y no sabía ni su nombre, y lo metieron en la cama, pues ya le digo que estaba como lelo y una mañana, mi hermana, mi hermana se llama Paca ¿sabe?, pues mi hermana se levanta y le mira y le ve así como blanco y le mueve y el otro no dice nada, y mi hermana le vuelve a sacudir y va y dice: -se ha muerto-  y sí, se había muerto…

     -Vale, vale, tu hermana es viuda y qué tiene eso que ver…

     -A eso iba, pues que se la murió el marido y se quedó ella sola con seis hijos, cuatro muchachos y dos chicas; el Julián, el Matías, el Florencio, el Carlos y la Julia y la Herminia…

     -Sí, ya seis hijos.

     -Eso, señor cabo, lleva usted muy bien la cuenta.

    -Ya pero, eso qué tiene…

     -A ello voy, pues que yo la dije: -mira Paca, que te has quedao sola con seis hijos y los muchachos te van a ayudar pues son fuertes y seguro que encuentran trabajo en donde el padre, pero las dos chicas sólo te van a dar problemas…-

     -¿Acabas ya?

     -Es que si no le cuento esto no va a entender nada.

    -Vale, venga, sigue con ello.

     -Voy… pues eso, le dije: -con dos chicas en casa sólo vas a tener problemas, pues ya están en edad de enamoriscarse y si no tiés cuidiao te va a venir un día con barriga- eso le dije, sí señor; que una no tiene hijos pero sabe mucho de la vida y se fija en lo que les pasa a los demás; que hay mucha lagarta y también mucho sinvergüenza que en cuanto que ve a una chica sin padre busca la manera de entretenerla y ¡zas!, luego si te he visto no me acuerdo…

     -¿Y eso qué….?

     -Espere… yo la dije: -mira Paca, yo me llevo a mi pueblo a la Herminia, y allí la tengo como a una hija, pues como yo también estoy sola la voy a vigilar bien; y cuando se la pasen las calenturas de la mocedad te la devuelvo hecha una mujer bien casada o bien aprendida para que te cuide a ti-.

     -Voy entendiendo…

     -No, espere, que aún hay más; y ella me dijo: -pues vale, yo te mando a la Herminia en unos días, en cuanto que enterremos bien al padre y le lloremos y tú me la cuidas- y yo me vine y hace una semana vino el chatarrero ¿se acuerda usted que vino un chatarrero que vendía cubos y lámparas?

     -Sí, me acuerdo.

     -Pues venía de Peguerinos y preguntó por mí, por la Tere la del Flaco, y salí yo y le dije: -¿qué quieres? Y me dijo: -¿Tú eres la Tere la del Flaco?- y yo le dije: -Sí, esa soy yo; ¿qué quieres?- y me contestó: -¿tienes una hermana que se llama Paca?- y yo le dije:- Pues sí- y me contestó: -pues que dice tu hermana que esta semana te manda a la Herminia con un mulero que va hacia Maello y que, como le pilla de paso tu pueblo pues que viene con él para que la tengas en tu casa- y yo le dije:-pues bueno, ¿quieres un vaso de vino?- y él me dijo: -pues ahora no, gracias- y yo le dije…

     -¿Importa lo que le dijiste?

     -No, pero era por contarle las cosas como fueron…

     -Abrevia, anda.

     -Bueno, pues es el caso que ni el mulero ha pasado por aquí, ni mi sobrina tampoco.

(continuará...)

30 de junio de 2020

Aldeavieja: una historia que pudo ser: el chozo II


( continuación)

El sol pegaba de plano cuando los dos guardias civiles cogieron el camino de la ermita en dirección a la Jarrera.

El tricornio no ayudaba precisamente a estar más fresco, quizás si tuviera visera mejoraría algo, pero… la Ordenanza no decía nada de viseras.

A Arturo no le hacía maldita la gracia el volver a la “escena del crimen”, y menos con aquel remolón de Antonio; no era mal compañero, no, ayudaba en cuanto podía y sacaba el tabaco sin rechistar, pero… no era muy listo que digamos; para él lo que no estaba en las Ordenanzas no existía, así que… era fácil imaginar cuántas cosas no tenían ninguna importancia, ni interés, para él.

-Pero, en fin, el servicio es el servicio- , pensó, y más valía ir con Antonio que ir solo, y más a estos quehaceres tan poco agradables.

Le vino a la mente el momento en que aquel pastor, Claudio se llamaba… o algo así, entró en el cuartelillo como alma que lleva el diablo y empezó a farfullar sobre un muerto, un chozo y unas ovejas; se hacía tal lío que no estaba claro si una oveja había asesinado a un perro o si el chozo se había caído y matado a un pastor que había dentro; sonrió para sí, esa era una de las cosas que Antonio no entendía, ni entendería nunca, para él las cosas eran como una cartilla: primero la A, luego la B y después la C; pero si cambiabas el orden ya aquello le sobrepasaba y no daba pie con bola; así que, hasta que no llegaron el cabo y él, que estaban en el corral arreglando unos arbolillos, atraídos por las voces de ambos, no se llegó a poner en claro las cosas.

Llovía..., ¡sí, recordó la tormenta y cómo corrieron a refugiarse  para no empaparse hasta los huesos!, duró poco, o no demasiado… el muchacho contó que se metió en el chozo para refugiarse de la tormenta, lógico, aquello estaba oscuro y no vio nada anormal hasta que, sin querer, toco algo que le puso los pelos de punta… -algo viscoso y blando- dijo, cuando encendió un poco de lumbre para ver… vio lo que vio; no debió de ser agradable; él no había visto demasiados cadáveres, pero sí los suficientes para acordarse del primero: aquella impresión de incredulidad… un ser como tú, pero muerto, no dormido, no se mueve el pecho al ritmo de la respiración, aquel color pálido, ceniciento, de carne sin vida, peor aún que cuando matas un cerdo, porque… ¡claro, un cerdo es un animal…! Y el otro… “era” hasta hacía un momento, un hombre, o una mujer… y aún así, no sólo recordaba a ese primero, tenía en la mente todos y cada uno de los que había visto, como si hubiera sido un momento antes… nada agradable, por supuesto. Pero el de hoy… una mujer, se adivinaba por la ropa y poco más, debía de ser muy joven y no la abultaban los pechos, y aquella cara… sin ojos… no los tenía pero, a la vez, parecía que aquellos dos pozos oscuros le querían penetrar…

-¡Hace un cigarro, Arturo?.

-¡Eh!, ¡Ah! sí, gracias Antonio… estaba distraído…

-¿Pensando en la muchacha?

-Pues sí, me has pillado…

-No le des vueltas, yo nunca lo hago, lo que ha sido… ha sido; y lo que sea… será y no hay más carrete.

-Tal vez tengas razón.

-Pues claro.

Sonrió para sí mientras le daba una larga chupada al tagarnillo; el estar con Antonio tenía sus ventajas: no liaba las cosas, te dejaba hacer y no protestaba mientras no le hicieras ir contra las Ordenanzas o contra las órdenes; era concienzudo si le sabías manejar y no soltaría un rastro si lo encontraba y había algo a su término.

Llegaban ya a las Majadas, las Majás decían en el pueblo, y siguió pensando en la declaración de Claudio… ¿Se llamaba Claudio?, el caso es que le parecía que no, le había puesto ese nombre por personalizarlo, pero puede que se llamara Mauro, ese u otro nombre parecido; el caso es que al ver el cadáver salió escopetado del chozo; contaba que el perro no había querido entrar con él, que se quedó fuera, gimiendo y aullando, como si supiera lo que había dentro, que cuando él salió se le vino encima y le lamió la mano, como si quisiera consolarlo o algo así… raro pero lógico, los animales, a veces, tienen más conciencia que las personas y aquellos perros pastores tenían como un sexto sentido, no había más que verles cuando juntaban al rebaño o lo llevaban donde el pastor quería, era una maravilla; recordó cuando era niño, allá en su pueblo de Ciudad Real y acompañaba a su padre al campo y veía los rebaños pastando por los rastrojos y, entonces, le vino, también, a la cabeza, la cara de su madre, siempre tan viejita, con su pañolón negro y el cántaro apoyado en la cadera…

La cara de María se le vino a la mente, María, tan joven, tan guapa… tan simpática, era su mujer, pero él la veía como aquella vez que se encontraron en el baile del pueblo, su sonrisa, la forma de moverse y de girar al compás de la música…

-¡Arturo, eh, Arturo!, que ya hemos llegado.

Efectivamente, ante ellos estaba el chozo, tal y como lo habían dejado el día anterior. Dejaron los mosquetones apoyados en la piedra que servía de pared y, quitándose el tricornio, entró a gatas en el refugio; llevaba la linterna sorda encendida y paseó el haz de luz por la estancia.

En el suelo se apreciaban las manchas de sangre donde había estado el cadáver, bastante sangre, se podría decir que había acabado de desangrarse allí, o tal vez no, tal vez habían sido las alimañas las que lo habían dejado así al mordisquear el cuerpo… sólo de imaginárselo se sintió mal…

Miró más detenidamente, nada de botones, algún jirón de tela desgarrado por los bichos al comer… volvió a sentirse mal… sería la falta de aire o la peste que aún se notaba allí dentro.

Salió, al ponerse en pie respiró hondo, sabía que Antonio le estaba observando y que habría notado la palidez que cubría su rostro, pero no diría nada; no era amigo de burlarse de nadie, y menos de un compañero; se lo agradeció con una mirada.

-¿Y bien?

-Nada, ahí no hay nada; vamos a mirar por las cercanías; según el doctor habrían arrastrado a la muerta hasta aquí, tendrían que haber dejado un rastro…

-Ya pero… cayó una tormenta de aúpa, ¿crees que no lo habrá borrado todo?

-Posiblemente, pero… echemos un vistazo.

Se echó el arma al hombro y miró en rededor; ¿desde dónde habría podido venir?; miró al suelo, como esperaba, además de las huellas de sus botas, la de su compañero, las del médico y de un montón  de vecinos que habían venido a fisgar y a ayudar… nada, polvo removido y poco más.

-Vamos a separarnos un poco, tú por ese lado y yo por este otro, a ver si vemos algo… ¿te parece?

-Vamos.

Arturo fue por la parte trasera del chozo, hacia un bosquecillo que parecía ofrecer una sombra refrescante; iba despacio, mirando al suelo atentamente, la hierba estaba acamada, como ya se imaginaba, pero era lo normal, después de todos los que habían pasado por allí… enseguida encontró una valla de piedras que separaba la praderilla donde se encontraba el chozo de la tierra donde estaban los árboles; era una buena valla, Arturo pensó en la habilidad de los campesinos en colocar aquellas piedras, buscando la que emparejaba bien con la de abajo para que no se cayese y luego poner otra fila y otra… y…-vale- se dijo, no estaba allí para admirar las cercas; la siguió un trecho hasta que encontró un lugar en que estaba caída, examinó las piedras… -eso parecía sangre, quizás…-

-¡Antonio, ven para acá, a ver qué te parece esto!

Se agachó mientras esperaba al compañero y tocó aquellas manchas rojizas –podía ser sangre, podía-.

-¿Qué has visto?

-Mira.

Antonio se acuclilló junto a él y miro los restos.

-Podría ser, y estas piedras están removidas, como si hubieran pasado por encima de ellas con algo pesado.

-Cogeré un par de ellas para que las vea el médico.

-Bien.

-Si han pasado por aquí es que venían del bosquecillo.

-Seguramente.

-Echemos un vistazo.

Se metió un par de piedras en el bolsillo y se acercaron a la parte arbolada. No esperaba encontrar nada pero, quizás, si vieran más manchas de sangre, podrían saber dónde se había cometido el crimen.

Poco más adelante había un claro con unas lanchas bajas en medio, Arturo pensó que era un agradable sitio para sentarse y descansar del calor, charlar de mil cosas y beber un trago y, también, era un buen sitio para estar con tu pareja, con María, por ejemplo… y mirarla a los ojos y decirle lo guapa que estaba y besarla en los labios… -¡que bien besaba María!-,

-¡Quieto que los pisas!

Arturo miró hacia abajo y allí, delante de sus pies, había un montoncito con seis o siete botoncillos negros, aún tenían, algunos de ellos, parte de los hilos que los habían sujetado a la ropa.

-¿Serán éstos los de la chica?

-¿De quién si no?, la gente no va dejando los botones por el campo.

-Pues está claro que han estado aquí, pero… ¿la mataría aquí? ¿en este sitio?.

Y Arturo sintió como una congoja en el pecho pensando que se había profanado aquel lugar maravilloso
(continuará...)

18 de junio de 2020

Aldeavieja: una historia que pudo ser. El chozo I.


EL CRIMEN

El cielo se estaba encapotando muy deprisa, las nubes llegaban y no seguían, parecía como si se fueran amontonando por encima de los montes impidiendo que la luz del sol se filtrara a través de ellas; un viento que, al principio, no era más que una fresca brisa se iba fortaleciendo y ya silbaba en las copas de los chopos, entonando esa melodía que te trae a la memoria los días de lluvia y frío que pasabas en la niñez, acurrucado entre las mantas  y sintiendo que se colaba por todas las aberturas y ventanas mal cerradas de la casa.


Miró en torno suyo, las ovejas se agrupaban buscando el calor y la protección del rebaño, el “Moro”, a su lado, levantaba la cabeza y le observaba como esperando una señal para ir, o venir, o lo que fuera, aunque malditas las ganas que tenía de corretear en pos de aquellos bichos lanudos.
Comenzó a chispear, enseguida unas gotas gordas como aceitunas empezaron a caer levantando nubecillas de polvo sobre la tierra reseca, -una maldita tormenta de verano- pensó -y no sé dónde cobijarme, aunque…- sí, al pronto recordó aquel chozo de piedra que estaba un poco más allá; en él se había resguardado en otras ocasiones, cuando acompañaba a su padre en las largas jornadas de pastoreo.
Levantó la vista y la lluvia le mojó la cara –si no me doy prisa, no tardaré en estar empapado, calado hasta los huesos- cogiendo un canto lo tiró hacía el borde derecho del rebaño, el “Moro” corrió hacia allá y empujó, a fuerza de ladridos, a las ovejas en la dirección marcada por el amo.
-Hay que darse prisa- a lo lejos se oía el retumbar del trueno y pronto aquellas nubes negras comenzaban a iluminarse con los relámpagos que les sucedían.
Parecía de noche y no eran más de las tres o las cuatro de la tarde; -vamos “Moro”, vamos, lleva a las ovejas al resguardo de aquellas piedras y luego ven conmigo, que ya veo desde aquí el bulto del chozo-
En efecto, a poco más de cincuenta pasos se mal veía una pequeña elevación techada con una gran laja de piedra y cubierta de musgos y líquenes; hacia allí se dirigió nuestro hombre mientras silbaba al “Moro” para que se le juntase.
Tuvo que arrodillarse para entrar a gatas por aquella abertura entre las piedras, dentro estaba oscuro, pero estaba seco, palpó la tierra con las manos y se volvió hacia la puerta para llamar al “Moro”, -qué extraño que el animal no hubiese entrado con él; es más… ¡antes que él!, con lo poco que le gustaba mojarse-; miró hacia afuera, el rebaño al resguardo de las peñas y entre las ovejas y él estaba el perro, quieto en medio de la tormenta, aullando y girando sobre sí mismo, como si no supiera a donde dirigirse…


-¡”Moro”, ven acá!, ¡ven acá te digo!, estúpido animal…-;  iba a sacar la cabeza para gritar al perro cuando su mano se apoyó sobre algo blando y viscoso… la retiró asqueado y, entonces, se dio cuenta del olor… una peste a bicho muerto llenaba el ambiente; ¿cómo no se había dado cuenta al entrar?, pero ¡claro! entró deprisa para no calarse más.
Se limpió la mano en la pernera del pantalón y sacó la yesca y el pedernal, las golpeó sobre unas hierbas secas que había encontrado junto a la entrada y, cuando se encendieron,  miró a su alrededor.
A la luz de las llamas vio un cuerpo en descomposición, entonces sintió enteramente el hedor de la muerte, aquel olor dulzón y penetrante que parecía querer adueñarse de él, llenándolo todo… no pudo más y arrojando las ascuas salió a la lluvia y, arrimándose a un árbol cercano, se apoyó en el tronco y devolvió todo lo que su estómago contenía, sintió en la otra mano la cabeza caliente y húmeda del perro que, al ver salir a su amo, había corrido hacia él, como buscando protección.
-Buen chico, quieto “Moro”, quieto- . El perro elevó la cabeza hacia él, la mirada inteligente como preguntando ¿qué pasaba?, y una punta de miedo en lo más profundo de los ojos.
Estaba dejando de llover, tal y como habían llegado, las nubes se deshacían en flecos que el viento, que ya sólo soplaba en las alturas, se encargaba de desperdigar y desvanecer. Estaba con la espalda apoyada en el tronco del árbol mirando fijamente la boca del chozo, dentro había un cadáver, no sabría decir si de hombre o de mujer, apestaba… debía llevar varios días muerto… ¿de quién sería?.
Lo primero las ovejas, tenía que dejarlas en lugar seguro, había varios prados cercados por los alrededores, las dejaría allí al cuidado del “Moro” y marcharía al pueblo a dar la noticia; -sí, eso haría… pero… ¿quién sería?, ¿alguien del pueblo? ¿algún forastero o alguien de paso?-.
¿Sería buena idea dejar el cuerpo allí, solo? ¿y si venía alguna alimaña y lo destrozaba?, sólo de pensarlo le tiritaba el cuerpo y le volvían las bascas, pero… ¿qué hacer si no?, meneando la cabeza apretó el zurrón contra el cuerpo y silbando al “Moro” se dispuso a conducir a las ovejas a seguro.
…..
-Es una mujer- aseguró el médico ante la mirada interrogativa del cabo.
Sobre la mesa yacía el cuerpo putrefacto de la víctima; el médico y los que le acompañaban se tapaban la boca y las narices con pañuelos o mascarillas; miraban con ojos extraviados, el cuerpo a un paso del desvanecimiento, aquellos restos humanos.
-Es seguro que la mataron con un arma blanca- continuó el doctor señalando una gran herida en un costado que asemejaba una gran boca abierta.
-Está claro que fue asesinada hace seis o siete días, con el calor los cuerpos se estropean más rápidamente-
Algunos de los presentes salieron de la sala donde se procedía a la autopsia, mareados por el calor y el olor.
-Las alimañas habían  comenzado ya su trabajo, primero los ojos… luego las partes blandas… - los dedos de don Arturo iban señalando aquí y allá.
-¿Se sabe quién puede ser?.
El gesto negativo del cabo hizo que asintiese varias veces con la cabeza –Normal, ¿han rebuscado ya entre sus pertenencias?-.
-Están en ello, doctor, aunque aparte de las ropas no se ha encontrado nada-.
-Poco más  le voy a poder decir; la golpearon con algo duro, seguramente una piedra, en la cabeza; mire esta herida. Después la atacaron con un cuchillo o una navaja grande buscando el corazón, pero o no sabía dónde estaba o no acertó, pues parece que la mujer se defendió, el caso es que la abrió por la zona del estómago, una herida muy dolorosa que acaba fatalmente y eso fue todo; la arrastraría luego al chozo para que su cadáver no fuera descubierto pronto y… nada más.-
-¿Era joven?
-Sí, bastante, dieciséis o algo así.
-Un crimen pasional…
-No parece, no ha sido violada, creo, los animales han destrozado esa zona pero, de ser así, tendría marcas de dedos o de manos en los hombros o en las piernas.
-Habrá que investigar más.
-Sí, tendrán que hacerlo.
…..
-¿Algo nuevo, Arturo?
-La ropa estaba destrozada, mi cabo, los bichos la deben de haber desgarrado y medio comido para poder llegar a la carne.
-¿Nada, entonces?
-Nada… aunque…
-¿Qué es ello?
-La ropa no tenía botones, es raro… se notaba que los habían cortado.
-¿Revisasteis bien el chozo y los alrededores?.
-…la verdad es que no miramos mucho, aquello estaba asqueroso, olía muy mal… estábamos deseando irnos de allí.
-Pues… ya sabes; coges a Antonio y volvéis para allá; me lo miráis todo, despacito; si huele mal lleváis colonia o cogéis tomillo, pero no dejéis ni una piedra sin remover, ¿entendido?. ¡Ah!, ¡y otra cosa! El doctor dice que seguramente no la mataron allí, así que… ya sabes, miráis y remiráis todo rastro de sangre, lo seguís si lo encontráis, que lo encontrareis, faltaría más y no vuelvas sin traerme una buena explicación de todo lo sucedido.
-¡A la orden de usted, mi cabo!
-¡Venga!, ¡marchando, que ya es tarde!

(continuará...)