Esta
es una historia antigua, muy antigua, contada al amor de la lumbre una noche de
primavera, cuando los días comienzan a alargarse pero la oscuridad viene,
todavía, demasiado pronto. Mi tío Julián se entretenía en liar un pitillo de
“caldo” y con su media sonrisa, entre irónica y malévola, empezó a contar esta
historia que él decía que era cierta, que su padre fue testigo de ella cuando
era un crío; así que vosotros juzgaréis si eso era verdad o no.
“Don Cosme era un
hombre, como se dice en algunos sitios, hecho a sí mismo o, por lo menos, eso
decía él y lo tenía a mucha honra, claro que eso era mucho decir; don Cosme era
el párroco de Aldeavieja, llevaba muchos años de sacerdote cuando fue destinado
a este pueblo como titular a la muerte del anterior sacerdote; no sabemos si
como premio a toda una vida de sacerdocio o como “castigo” a toda una vida de
sacerdocio. El caso era que, don Cosme era muy suyo, y ahora os contaré lo que
eso significa.
Era la época de la
Semana Santa cuando nuestro hombre llegó al pueblo, había que organizar las
procesiones, el miércoles de ceniza, hablar con el sacristán, comprobar en qué
estado estaba la iglesia, las vestiduras específicas de los oficios, en fin, un
sinnúmero de cosas y, claro, él venía de un pueblo donde las cosas se hacían de
una manera determinada, no sabemos si determinadas por él o por ser la
costumbre del lugar y aquí empezó una curiosa batalla entre don Cosme y todo un
pueblo.
Era Jueves Santo y
había que llamar a los vecinos para que acudiesen a los Oficios, así que don
Cosme dijo a Emilio, el sacristán, : -“Emilio, di a los monaguillos que llamen
a primeras, que vamos a comenzar la Función”-
Así que Emilio les dio
dos carracas a cada uno de los muchachos y los envió a que lo anunciasen a los
feligreses.
Y allá fueron el
Colasillo y Dionisín trotando por las calles, mientras hacían sonar y sonar las
carracas como si no hubiera un mañana; -“¡A los Oficios Divinos!”-, -“¡A los
Oficios Divinos!”- gritaban a todo pulmón en su carrera alocada por el pueblo.
Don Cosme oyó aquel
estruendo y se quedó helado: -“Pero… ¡cómo se atrevían aquellos pilluelos a
formar aquel alboroto en tan santa fecha!” y llamó todo cabreado al sacristán:
-“Emilio, haz callar a
esos chicos… ¿pero están locos? ¿quién les ha dado esas carracas? Hoy es un día
Santo, así con mayúsculas y no para ir dando voces por las calles ¿Qué van a
pensar de nosotros?”.
-“Pero, don Cosme, es
así como se ha hecho siempre, a nadie le parece mal…”
-¡Se acabó!, mañana se
avisará con la carraca grande que hay en la torre, que es lo civilizado y como
se hace en otros sitios, por lo menos en todos los que yo he estado”.
Emilio se encogió de
hombros y no dijo nada, a fin de cuentas él era un mandado y, además, le
convenía estar a bien con el cura, que para algo era su jefe.
Al día siguiente,
Viernes Santo, hicieron sonar aquella carraca enorme que estaba en la torre,
les costó pues estaba casi rota y podrida, llevaba muchos años sin usarse; así
y todo pudieron hacerla funcionar y su sonido, tartamudeante y áspero, se
difundió por todo el pueblo…
Don Cosme permanecía
expectante a la puerta de la sacristía, sólo un par de viejas aparecían
sentadas en sus reclinatorios, estando el resto de la nave de la iglesia vacía
y silenciosa…
“¡Emilio, Emilio!
-llamó en voz baja- ¿qué pasa con la gente, por qué no ha venido nadie?”
-“Pues no sé, don Cosme
-mintió- espere que voy a mandar a uno de los chiquillos, a ver si se entera de
algo…”
Salió el chico y no
tardó en volver, él ya sabía la respuesta…
-“Pos pasa, señor cura,
que mi madre no ha oído avisar pa los oficios… como no hemos pasao por las
calles avisando… y creo que a los demás les pasa lo mesmo…”
Don Cosme arrugó el
entrecejo y murmuró para sus adentros: -“salvajes analfabetos…”- y rojo de ira
dijo: “¡Hala, salid corriendo con las carracas, porque hoy es el día que es…
que si no… se quedaban sin oir los oficios y sin procesión…. Salvajes…”
Y, todo eso, sin contar
con la que se armó el día anterior cuando se estaban preparando los pasos para
la procesión; don Cosme inspeccionaba las tallas, admirándose de que pueblo tan
pequeño tuviera todas las imágenes necesarias para completar los pasos de la
Pasión.
Allí estaba la urna de
cristal con el cuerpo yacente de Cristo, un poco pequeño… pero bueno, se veía
bien la urna con los faroles encendidos en las esquinas…; el crucificado, muy
buena talla, traída de la antigua parroquia de San Cristóbal donde adornaba el
altar mayor; la dolorosa, tan oscura de ropajes; el Cristo con la cruz a
cuestas; el atado a la columna… y la adoración en el Huerto de los Olivos…. los
olivos… pero ¿qué era aquello? si eran naranjas atadas a las ramas del árbol…
¡naranjas!
-¡Eso sí que no, nada
de naranjas!, fuera ahora mismo, ¡qué herejía!
-Pero, don Cosme, es
una tradición, llevamos así desde que el mundo es mundo…
-¡No señor, no en mi
parroquia!, el Evangelio dice el Huerto de los Olivos ¡y se acabó!
Las naranjas fueron
arrancadas del árbol por el mismo don Cosme y entregadas al bueno del
sacristán…
-¡Tome, quítemelas de
la vista!
Se hicieron los oficios
sin más problemas, pero se veían malas caras por todas partes, tanto en los
bancos como en el púlpito; por fin acabaron y fueron preparándose para la
procesión con la que recorrerían las calles del pueblo; fueron saliendo los
pasos por las grandes puertas abiertas del templo y cuando don Cosme alzó la
vista descubrió que en el árbol de la Oración en el Huerto brillaban diez
naranjas grandes, jugosas, que parecían reírse del cura…
-¡Malditos herejes!
-musitó entre los latinajos que acompañaban a la procesión.”
-Hubo
más cosas así, -siguió contando mi tío-, pero a la larga, a los pocos años, las
cosas se hicieron como se habían hecho desde que hubo iglesia en el pueblo, y
de eso hace ya pero que mucho, mucho tiempo.
Y,
guiñándome un ojo, encendió el pitillo con la mecha y exhaló una buena nube de humo un tanto maloliente.

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