4 de diciembre de 2015

Aldeavieja: siglo XVIII. 2


          Tres años después de la redacción del Catastro de Ensenada, se produjo un hecho que convulsionó a casi toda la sociedad española de la época: el terremoto que, el 1 de noviembre de 1755, asoló Lisboa y que se sintió en casi toda la península ibérica y en otras zonas de Europa; a consecuencia de ello, el día 8 del mismo mes, el rey Fernando VI ordenó que se realizase una encuesta entre todas las ciudades y municipios de cierta importancia, para que se conociesen los daños que el terremoto había causado en sus posesiones; por supuesto esta encuesta llegó a Aldeavieja; las preguntas de la misma eran las siguientes:
1. ¿Se sintió el terremoto?
2. ¿A qué hora?
3. ¿Qué tiempo duró?
4. ¿Qué movimientos se observaron en los suelos, paredes, edificios, fuentes
y ríos?
5. ¿Qué ruinas o perjuicios se han ocasionado en las fábricas?
6. ¿Han resultado muertes o heridas en personas y animales?
7. ¿Ocurrió otra cosa notable?
8. Antes de él ¿hubo señales que lo anunciasen?

            La primera respuesta que se recoge es la del cura párroco:   
           Respondiendo a lo que se me pregunta en atención a la precedente carta Orden, digo con toda verdad:
           Que el día de todos Santos, primero de este mes, habiendo celebrado misa, y estando sentados en la sacristía de la Iglesia de este lugar con otros sacerdotes y algunos seglares, entre nueve y diez de la mañana, a mi parecer oí un ruido como si pasaran algunos coches, inmediato a la sacristía, que nos pareció tempestad de aire.
           A muy poco tiempo se empezó a mover el asiento, en que estaba sentado, hacia arriba, lentamente, aumentando el movimiento de forma que movía el cuerpo, con cuyo motivo dije a los circunstantes: «la tierra se mueve», asintiendo todos a ello, por experimentar lo mismo, y creció en el discurso de el tiempo que se pueden rezar tres credos, tanto el movimiento hacia arriba, que se movía el cuerpo a la manera que el que siente el que camina en un caballo a trote.
           Sobresaltado, salí a la Iglesia, y vi moverse las laudes y paredes, las unas hacia arriba y las otras a los lados, y mucha gente, que a tropel salía de la Iglesia, por decir que se hundía.
           Fuimos al altar mayor y no sentí más.
           Me parece sería su duración como de el tiempo se tarda en rezar cinco credos, poco más o menos.
           Ha sido Dios servido que en este pueblo no se ha experimentado ruina, ni perjuicio alguno en edificio, ni criatura, que haya llegado a mi noticia.
          No he advertido indicio alguno que pudiese motivar semejante temblor, y sí formo concepto de que es otro aviso que la Majestad Divina nos da de su justo enojo por nuestras culpas, y lo obstinados que estamos en ellas, pues no habiéndonos dado por sentidos al azote de la hambre y miseria de los precedentes años, ni menos al conocido beneficio de la próxima anterior abundantísima cosecha, perentoriamente nos quiere anunciar su Justicia.
           Esto es cuanto he advertido, y experimentado. Por ser verdad lo firmo en Aldeavieja, a diez y ocho de noviembre de mi setecientos cincuenta y cinco.
           J. Manuel Zahonero de Robles y García


  
                                                                                 Interior de la sacristía de la iglesia de San Sebastián.
        
          Después, el alcalde da fe de las explicaciones de uno de los testigos:
           Hecho cargo de las preguntas que contiene la anterior carta, digo:
           Que en el día primero del que rige, como a cosa de entre nueve y diez de la mañana, estando en la Iglesia parroquial de este lugar de Aldeavieja, a la asistencia de los Divinos oficios, en el promedio de ella, senta[do] en uno de los bancos que tiene, observé grandísimo ruido y, al mismo tiempo, el que se levantaban así el nominado banco, como las losas que tiene y que el coro o tribuna se movía y, por consiguiente, sus paredes y postes de dicha Iglesia.
           Y que la gente que estaba tocando la campana se bajó a toda prisa por moverse en la misma conformidad la torre, por cuyo motivo la gente que se hallaba dentro de la Iglesia, con grandísimo tropel se salió, haciendo juicio se arruinaba.
           Y también se observó que el capitel de la capilla de San Joseph, agregado a esta, se torció a un lado y a otro.
           Lo que me parece duraría como cosa de cinco o seis minutos, poco más o menos, y que no ha llegado a mi noticia haya sucedido desgracia alguna en este pueblo, ni en personas ni edificios.
           No advirtió indicio ninguno que motivase semejante temblor.
           Y que no hace juicio qué motivos ni circunstancias ha movido a semejante temblor.
           Y por ser verdad cuanto lleva dicho, y haberlo por sí visto y experimentado, lo firma, junto con el Señor Alcalde en Aldeavieja, y noviembre diez y ocho de mil setecientos y cincuenta y cinco,
           Balthasar Martín Garzía, Manuel Soria Casillas

          Por último, el alcalde hace llamar a otro vecino y transcribe sus impresiones:
           Balthasar Martín García, Alcalde ordinario de este lugar de Aldeavieja, en vista de la carta Orden que motiva las declaraciones antecedentes, hizo comparecer ante sí a Sebastián García Zahonero, vecino de este dicho lugar, y enterado de su contenido, dijo:
          Que estando en su casa, como a cosa de entre nueve y diez de la mañana, observó venir grandísimo ruido y, al mismo tiempo, que los suelos de ella se movían, los techos crujían, las maderas unas con otras, las paredes se movían también de un lado a otro, y, temeroso, así él como parte de su familia, se salieron a la calle, haciendo juicio se arruinaba dicha su casa, y halló que los circunvecinos les había sucedido en las suyas, y que bajando a la Iglesia a la asistencia de los Divinos oficios, oyó decir en común había sucedido en todo el pueblo, y en cada casa en particular, y halló también asustada la gente que había salido de la Iglesia, temerosa de la ruina.
           Que no ha oído decir haya habido desgracia ninguna en personas ni edificios, y que no advirtió cosa alguna antes de el temblor y que su juicio: ser aviso de Dios para que, como tan malos, nos enmendemos de tantas culpas.
           Y por ser así verdad cuanto lleva dado, lo firmo, junto con dicho señor Alcalde, en dicho lugar de Aldeavieja, y noviembre diez y ocho de mil setecientos cincuenta y cinco.
           Balthasar Martín Garzía, Sebastián Garzía Zahonero


          Es un testimonio de cómo sentían las gentes de aquellos tiempos y de cómo señalaban como causa de todos sus males (y de sus bienes) a Dios; como se comprenderá, la educación, en pleno siglo XVIII, no estaba muy extendida, y el párroco era, con toda seguridad, la persona más influyente en las conciencias de la mayoría de la población. Es curioso observar, como la palabra “terremoto” no aparece en ninguna de las opiniones recogidas, sea cual sea el grado de educación que tenga el autor de cada testimonio.

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