12 de mayo de 2018

Leyendas de Aldeavieja: El baile.


        Eran más de las doce de la noche pasadas, la música surgía de la oscuridad como en un sueño; era un vals…. las notas de los violines desgranaban una melodía suave y sensual y todo era perfecto, tranquilo, ideal… ni una luz se escapaba del edificio, se diría deshabitado si no fuera por la música; las ventanas aparecían tapadas por fuertes contraventanas de madera; de las chimeneas salía una columna de humo fina y blanca y, en la puerta, dos soldados montaban guardia apoyados en la pared, un cigarrillo entre los labios y la mirada perdida y soñadora… no era malo aquel puesto, música, tranquilidad, y el cabo se acercaba de tanto en tanto con una botella de “Tres Cepas” en la mano para que se calentaran un poco por dentro; no era un noviembre demasiado frío, y con el  grueso capote en los hombros y el calorcillo que desprendía la hoguera encendida en un rincón, se pasaba más bien que mal la noche.


          1936, la guerra hacía cuatro meses que había empezado; bueno, aún no se la llamaba así, la guerra, se prefería el eufemismo de Alzamiento o… Rebelión; realmente, nunca se pensó que aquello fuera a durar más de quince o veinte días…., pero ya llevaban cuatro meses; en ese tiempo Aldeavieja había pasado de estar en primera línea de fuego a una tranquila retaguardia, lugar de paso de tropas y acantonamiento de unidades preparadas para entrar en combate o descansar  de la acción; era un pueblo pequeño y había pocas oportunidades de pasar un rato agradable, por eso, los sábados, los oficiales organizaban bailes nocturnos en una de las casas nobles de la localidad, deshabitadas en aquellas fechas, a los que asistían las jóvenes que allí residían o que se encontraban refugiadas o de paso.
          Una pequeña orquesta, formada por integrantes de la banda de música de alguno de los Regimientos que estaban allí concentrados, amenizaba con los ritmos más de moda, o con los clásicos pasodobles y valses, una velada en la que las jóvenes de las familias más sobresalientes o las esposas y novias de los militares alegraban un ambiente en el que el futuro era algo incierto y lo que de verdad importaba era apurar cada momento como si fuera el último.
          Así, en la casa blasonada que está en la calle Cuartel o en la mansión, más moderna, perteneciente a don Juan Moreno, en la calle Segovia, se bailaba al son de violines y trombones o se escuchaba la afinada voz del gran tenor Miguel Fleta en un intento de huir de la realidad o de hacer ésta más llevadera.
          Muchos de aquellos hombres que bailaron al son de la música llevando en los brazos a una joven hermosa o a una dama sonriente, cayeron, poco después, atravesados por una bala o destrozados por el estallido de una granada o bajo las bombas de la aviación… aquellas mujeres, que sintieron en su cintura la mano firme de un capitán de Infantería de fino y cuidado bigote o que giraron al compás que marcaban las botas relucientes de aquel coronel de Caballería de pelo engominado y sonrisa dorada, echaron de menos, quizás demasiado pronto, aquellos momentos de alegría y abandono y, también ellas, cayeron víctimas de un bombardeo inoportuno o de las privaciones de todo tipo que aquella guerra ocasionó en la población civil.
          Pero…. estábamos bailando, en el gran portal, calentado por la gran chimenea de piedra de una habitación vecina, iluminado por ocho o diez bombillas amarillentas que colgaban de cables que atravesaban el techo, seis o siete parejas giraban felices y sonrientes, una mano en una mano y la otra en la cintura de su acompañante; alrededor, varios militares y algunos civiles (las fuerzas vivas de la población) junto a algunas jóvenes bebían en pequeños vasos de vidrio algún aguardiente cuartelero o un anís fuerte y dulzón que les calentaba el cuerpo y el espíritu.
          “Tabaco y cerillas”, “La hija de Juan Simón”, “El día que me quieras”… esas canciones, oídas una y mil veces en la radio en las voces de Carlos Gardel, Celia Gámez o Concha Piquer, salían de los instrumentos de los soldados que, subidos en una tarima en un rincón de la estancia, hacían soñar y, sobre todo, olvidar la suerte que podría depararles el día siguiente cuando subieran a aquellas montañas que protegían la aldea y se enfrentaran a un enemigo que, a pesar de todo lo que dijera la propaganda, no iba a huir en cuanto les vieran llegar.
          Las horas iban pasando y, poco a poco, el gran salón se había ido vaciando; ya la música había cesado y las luces se habían ido apagando una tras otra…. Sólo una pareja seguía en el centro, girando y girando, lentamente, conducidos por una melodía que únicamente sonaba en el interior de sus corazones…
          Aquel teniente de Artillería sabía que, al día siguiente, tendría que marchar, con sus tropas, hacia el Alto del León; también sabía que, en aquellos cuatro meses, los ataques de la aviación gubernamental y los disparos de los obuses de 155, barrían aquel puerto, que era la llave de Madrid; ni ellos avanzaban, ni el enemigo retrocedía; la mortalidad era enorme y los heridos y mutilados incontables; sólo tres o cuatro horas le separaban de la marcha y no podía, y tampoco quería, abandonar a aquella joven que había conocido en esa noche y de la que no se había separado ni un instante en toda la velada.
          Esperanza, pues ese era el nombre de la muchacha, sentía en su corazón algo que jamás había sentido antes; amiga de Juana María, la hija del médico del pueblo, se había acercado desde Ávila aquella semana para visitarla y pasar con ella unos días antes de que llegaran las nieves que cortarían la normal comunicación entre los dos sitios; al saber que el sábado habría baile, rogaron a don Ángel que les permitiese acudir y a él fueron en su compañía; cuando sonaba la segunda pieza que se tocó, “El día que nací yo”, de la inmortal Imperio Argentina, la sacó a bailar aquel teniente de ojos oscuros y sonrisa cautivadora con el que no había dejado de danzar en toda la noche.
          Al fin, pararon exhaustos y felices… sólo entonces se dieron cuenta de que estaban solos, de que no quedaba ya nadie en el salón… sus labios se acercaron a la vez que sus cuerpos se abrazaban en una comunión que hubieran querido eterna…
          -¡Volverás…! ¡Prométemelo!
          -¡Te lo prometo! Y tú…. ¿me esperarás?
          -¡Siempre!
          -¿Aunque tarde?
          -¡Aunque tenga que esperarte toda la eternidad!
          Y, así, abrazados, bailaron un último vals, al compás de una música que solamente sonaba para ellos, dentro de ellos.
……….
          Una noche, iba yo con mi hija hacia casa cuando, al pasar frente a la calle Cuartel, una musiquilla que parecía venir de la casa de los Arpe, nos llamó la atención.
          -¿Oyes?
          -Sí, parece que viene de la casona….
          -Pero no hay nadie, mira las ventanas…. cerradas a cal y canto; no asoma ni una lucecilla por las cortinas.
          -Vamos a acercarnos.
          Y así, sigilosos, después de mirar en rededor, nos acercamos a la puerta de la casa; una vez allí, nos quedamos quietos y silenciosos… escuchando…
          -Sí, se oye algo…. Parece un vals…
          -A ver…. Sí, es verdad, sale una música…. Espera, me mata la curiosidad, voy a llamar.
          Cogí la aldaba y golpeé con ella tres veces….
          Nada.
          Volví a repetir, esta vez más fuerte….
          Nada tampoco.
          -Pues se sigue oyendo la música….
          -No hay duda de que hay alguien dentro…. A menos que se hayan dejado la radio o la tele puestas….
          Empujé la puerta y…. cual fue mi sorpresa cuando ésta se abrió, dejándonos ver la oscuridad del gran portal de la entrada….
          -¿Hay alguien? –grité-
          -¿Hay alguien en casa? –repetí-
          Nada otra vez.
          Con un sí o un no de miedillo empujamos la puerta y entramos; aquello no era normal, que la puerta estuviera abierta y no hubiera nadie en la casa… al pisar el portal oímos más claramente la música…. No era un vals, no, era una vieja copla:

El día que nací yo
qué planeta reinaría….
Por donde quiera que voy
que mala estrella me guía…

          -Suena debajo de nosotros…
          Efectivamente, bajo nuestros pies, según avanzábamos, subían las notas de la canción, desgarradoras, tristes….
          -¿Seguimos?.
          -Sí, hay que ver en qué para esto….
          Y así, animándonos el uno al otro, cruzamos el salón y llegamos al pasillo, a la izquierda una puerta entornada dejaba ver una luz pálida y tenue…
          -Es en la bodega…
          -Sí, es ahí abajo…
          -¿Bajamos?
          -¡Venga!
          Escalón a escalón fuimos bajando hasta que, en el último recodo de la escalera, nos paramos para asomar nuestras cabezas a ver qué había allí…
          Iluminada por una luz espectral, blanca y fría, una pareja danzaba ante nuestros ojos al son de la vieja copla de Imperio Argentina; él iba de uniforme, un uniforme militar antiguo y destrozado, como si la metralla lo hubiera agujereado en una explosión… ella, con un vestido largo azul cielo, raído y polvoriento, alzaba la cabeza mirándole arrobada…
          De pronto, volvieron sus cabezas hacia nosotros y corrimos escalera arriba sin parar hasta que salimos de la casa….
          -¿Quiénes eran?
          -No lo sé.
          -Parecían…. fantasmas; no tenían ojos….
          -No puede ser, nos lo habremos imaginado….
          -Vayamos a ver otra vez….
          -No me atrevo….
          No hizo falta entrar de nuevo, estábamos junto a la puerta, donde nos había llevado nuestra huida, pero…. la puerta estaba cerrada, cerrada a cal y canto y, por más que arrimamos el oído a ella, no volvimos a escuchar música alguna.
          Llamamos con la aldaba de nuevo, una y otra vez…. Pero allí no había nadie…
……….
          Al día siguiente, fuimos a hablar con nuestro amigo Doroteo, que conocía todos los cuentos e historias que corrían por el pueblo, y le contamos lo que nos había ocurrido la noche anterior…
          -¡Ah, sí, el baile! -dijo con una sonrisa-
          -¿Lo sabía?
          -Sí, ya es antiguo…. Por lo visto, en la guerra, los militares hacían bailes en las casas grandes del pueblo para alegrar un poco la dureza y el espanto de las batallas; mi padre me contaba que en la casa de los Arpe, y en la de don Juan, los celebraban por las noches…. Y….¡sí! hay ocasiones en que de sus paredes salen músicas como de baile y cuando te asomas…. apenas puedes entrever a las parejas bailando, son aquellas personas que murieron violentamente durante el conflicto y que, enamoradas, o casadas, o prometidas… habían jurado volverse a ver; y sí, se ven, en unas noches especiales se vuelven a celebrar esos bailes, con aquella música antigua, en los que danzan los espíritus de aquellos que se amaron y se amarán durante toda la eternidad.

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