9 de febrero de 2016

Aldeavieja: siglo XX. La Guerra Civil II.

          Les están llegando noticias de lo que está pasando en Villacastín, dónde el cura ha huído disfrazado a Ituero y unos soldados que estaban de paso a San Rafael han sido abatidos a tiros. Algunos, los que han ejercido algún cargo en la Casa del Pueblo local o han sido candidatos en las elecciones huyen, tanto de un signo como de otro, los de derechas se van a la capital, a Ávila, que parece un bastión seguro; los de izquierdas cruzan la sierra, emboscados, para llegar a Las Navas o a Peguerinos, aún en posesión de las tropas del Gobierno; los demás se quedan, unos con más miedo que otros, pero piensan que nada tienen que temer; el cura está allí, con ellos, y nadie le ha amenazado; el médico, el alcalde, son de derechas, pero no han sentido temor cuando los milicianos llegaron; nadie preguntó por nadie, ¿miedo de qué, si no son soldados?; a fin de cuentas es la época de la labor y hay que trabajar... la mayoría se queda; la guerra acabará pronto y si no se cosecha hoy no se come mañana.
          Parece que lo de Villacastín ha terminado, los milicianos se han retirado por la carretera de El Espinar de vuelta a sus bases, a Madrid, a reorganizarse para poder volver.
          Pasan unos pocos días, pasa la semana, con sus calores, sus trabajos... las noticias que llegan desde Ávila, de fusilamientos, paseos, cárceles hacen temer a alguno que el quedarse no ha sido tan buena idea; parece ser que bandas de falangistas venidos desde Valladolid pasan por los pueblos preguntando por los izquierdistas y se llevan a todo aquel que es denunciado, con razón y sin ella; nunca llegan a ningún juzgado ni a ninguna cárcel, a los pocos kilómetros del pueblo que sea les hacen bajarse con cualquier excusa y los fusilan en las cunetas para que sirvan de escarmiento... parece ser que andan como locos por vengarse de la muerte de uno de sus dirigentes: Onésimo Redondo, que, liberado de la cárcel de Ávila al sublevarse los militares, se topó, en uno de sus viajes al Puerto del León para animar a los suyos, con una de las partidas desgajadas de la columna Mangada, y en el pueblo de Labajos lo mataron unos anarquistas a los que confundió con gente suya.
          Las cosas pasan alrededor del pueblo, que vive todas estas noticias como algo ajeno, ha sido cerca, pero no ha sido aquí.
          Para el viernes comienzan a aparecer, de nuevo, soldados procedentes de Ávila; Guardia Civil, artillería de montaña... hacen noche en el pueblo; las casas de los más pudientes sirven de acomodo a los oficiales, mientras que los soldados y los números pernoctan en tiendas de campaña o al raso, es verano y el tiempo es benévolo; de todas maneras se está tratando con el párroco y con el alcalde para que se vacíe la ermita de San Cristóbal, que ya no tiene uso litúrgico y sólo sirve para guardar las imágenes de Semana Santa, y se la destine de depósito para la tropa.
          Hacía las diez, cuando la noche acaba de empezar, llega el jefe de aquella tropa variopinta, es el comandante de la Guardia Civil, Doval, amigo personal del general Franco, al que ayudó en la represión de los mineros asturianos hace dos años; su plan es madrugar y sorprender a los milicianos de Mangada en Navalperal de Pinares.
          Ese era su plan, pronto, antes de que amanezca aquel 1 de agosto, los vehículos donde va la tropa salen de la plaza, donde se les ha pasado revista, y enfilan la carretera del campo; pocos son los vecinos que a esa hora les ven marchar, sólo el alcalde, como máxima autoridad, ha salido a despedirles; algún soldado se persigna al pasar junto a la ermita del Cristo de la Luz, situada justo donde empieza la carretera, y algún otro lo hace en la primera curva, junto a la del Cristo de la Agonía:
          -¡Guárdanos de la muerte, Señor! –susurra alguno.
          Hace calor, es un verano inusualmente seco y cálido; la carretera, polvorienta, es un infierno a partir del segundo camión, y los hombres se tapan boca y ojos con los pañuelos para impedir ahogarse; maldicen en voz baja por no poder fumar, el miedo a lo que vendrá les reconcome, y no pueden ni hablar entre ellos...
          Han llegado al Puerto y ante ellos se abre al ancha llanura del Campo Azálvaro, enfrente el Puerto de las Lanchas, detrás... la gloria o la muerte, comienza a clarear por la izquierda y los picos de Guadarrama, y los de Navacerrada, adquieren un tono dorado; bajan por el Puerto, despacio, las curvas cerradas las sacuden de un lado para otro y ese revoltijo en el estómago no es un buen compañero... al ir más despacio pueden bajarse los pañuelos y echarse al coleto un trago de aguardiente, eso calmará las tripas y ayuda a vencer el miedo, se sonríen nerviosos entre sí y alguno mira con aprensión las alturas que les esperan al otro lado de la llanura; les han asegurado que los milicianos son cobardes y huirán en cuanto oigan el ruido de los motores de los camiones; eso esperan; Lisardo Doval es un jefe respetado, o por lo menos temido; poco se sabe de él excepto la saña que usó con los mineros asturianos hace dos años; es bueno que esté de su lado.
          Cruzan sobre el puente tendido sobre el río Voltoya, apenas un riachuelo en estas fechas de agosto; uno tras otro, los veinte o treinta camiones traquetrean por la estrecha carretera; no saben que justo delante de ellos, sobre la cima del Puerto de las Lanchas, les están observando... la carretera sube con grandes y cerradas curvas, ni un árbol, sólo tomillos y jaras; a la izquierda grandes rocas, como atalayas alzadas por gente antigua, amenazan su marcha; los hombres callan, miran nerviosos para todas partes; el enemigo puede estar en cualquier curva, tras cualquier roca y, efectivamente, cuando ya quedan como trescientos metros para coronar el Puerto, a la salida de una curva cae sobre ellos una lluvia de plomo; artillería apostada al otro lado de la cima vomita fuego y muerte sobre ellos, ametralladoras escondidas en las últimas rocas barren la carretera agujereando vehículos y hombres; los últimos vehículos tratan de dar la vuelta: algunos lo consiguen después de muchas maniobras, otros se atascan en las cunetas, otros arden al alcanzarles las bombas; la artillería enemiga adelanta su fuego y va cubriendo de muerte y sangre toda la columna; es inútil intentar un ataque, resistir, esconderse; hay quien tira fusil y mochila y echa a correr cuesta abajo sin pensárselo dos veces; otros empapan la tierra con su sangre; Doval ha podido dar la vuelta, su coche iba de los últimos y su tamaño, más pequeño que el de los camiones, le ha permitido maniobrar, es cierto que han tenido que empujar una camioneta, que estaba demasiado cerca, por el barranco, impidiendo así la rápida huída de sus ocupantes, pero el jefe es el jefe; su conducta criminal al llevar a sus hombres a una muerte segura sin ningún tipo de cobertura ni de precaución planeó sobre él en forma de consejo de guerra, pero su amistad con el que pronto va a ser elegido Caudillo, le permitirán librarse de la ignominia de verse acusado de cobarde y de inútil.
          Los restos derrotados de la columna van llegando poco a poco a Aldeavieja; alguno morirá por el camino, desangrado, aún sin comprender de dónde le ha llegado la bala mortífera o la metralla candente; las escuelas, vacías de niños, se han convertido en hospital de sangre. Durante semanas estarán llenas de cuerpos dolientes.

          Esta derrota se va a convertir en un punto de inflexión para el pueblo; va a haber un antes y un después de esta derrota, insignificante desde el punto de vista militar pero importantísimo para los “valientes” que, como Lisardo Doval, tienen que demostrar su pericia militar y su coraje en la retaguardia. El comandante ha llegado a Ávila y para allí de camino a Salamanca; cuenta a quien quiera oirle que ha habido traición, que hay emboscados en los pueblos de la sierra; que hay que hacer una limpieza de elementos indeseables que cuentan cuanto ven a sus camaradas comunistas; él no ha sido derrotado...¡Ha sido traicionado!.

6 de febrero de 2016

Aldeavieja: siglo XX. La guerra Civil I.

Voy a empezar, ahora, un capítulo dividido en varias entregas, relatando lo que fue la guerra civil en nuestro pueblo; los nombres, excepto los de los personajes históricos, son inventados, pero los hechos son reales y más de uno los habrá oído contar de una manera u otra; mi “versión” es un compendio de libros, periódicos y de la tradición oral trasmitida por mi madre y mis tías, que vivieron gran parte de esos años en el pueblo.


          El 21 de julio de 1936,  a los tres días de comenzar la rebelión militar se formó en Ávila capital una pequeña columna de voluntarios que, al mando del teniente coronel Serrador, se dirigió hacia el Puerto del León a fin de ejecutar los planes del general Mola de facilitar el acercamiento de sus tropas a Madrid y cumplimentar su ocupación; la columna pasó rápidamente por Aldeavieja, sin detenerse, era importante el factor sorpresa y no se podía perder tiempo.


                                                              El coronel Mangada en Navalperal.

          Tres días después otra columna, la del republicano teniente coronel Mangada, llega a la localidad, esta vez por la carretera que, cruzando las sierras, viene de Cebreros y Navalperal de Pinares; ha ocupado Las Navas del Marqués y las dos poblaciones anteriores, eliminando la poca resistencia (puestos de la Guardia Civil) que ha ido encontrando; una caravana de sesenta u ochenta vehículos variopintos serpentea despacio por las curvas de la carretera del campo, una carretera polvorienta, sin asfaltar que, desde Aldeavieja, sube al Puerto de la Cruz de Hierro, cruza la llanura del campo Azalvaro, sube el puerto de Las Lanchas y se dirige a Cebreros y Las Navas del Marqués; al acercarse a Aldeavieja, en una curva amplia sobre el depósito de agua del Arca Madre hay un vehículo que está parado en la cuneta, desde donde están han visto bajar la columna y han parado por precaución, la estrechez de la vía hace peligroso el cruce de dos vehículos y hace imposible dar la vuelta; sus ocupantes permanecen en pie a su lado; es rara la circulación de coches por esas carreteras secundarias, hay pocos y esos pocos o son de gente importante o son coches requisados por los militares de uno u otro bando; la columna pasa a su lado levantando nubes de polvo y saludando con gritos  y puños alzados; las banderas tricolores, rojinegras o solamente rojas, ondean encima de los camiones, desde la cuneta les saludan puño en alto mientras se tapan los ojos para evitar el polvo y el sol que comienza a asomar tras la sierra de Guadarrama; el último camión se para, un grupo de milicianos se baja de un salto y se acerca a ellos en actitud recelosa, arma en mano, junto al coche un hombre de unos cincuenta años y un mozalbete esperan; les saluda con la sonrisa en los labios mientras saca la petaca y les ofrece tabaco, el chico les mira asombrado y algo temeroso a la vista de fusiles y correajes:
          -¡Salud, camaradas! ¿A dónde vais?
          -A la finca del marqués de Peñafuente, a levantar a los aparceros contra los rebeldes.
          -¿Dónde está eso?
          -Allá, tras el puerto, lo habréis visto a la izquierda según subíais... ¿Nos acompañáis?, seguro que al veros no dudarían...
          -No podemos, el camarada Mangada nos lleva a la victoria... ¡Vamos a echar a los fascistas del Alto del León!.
          -Pues suerte, camaradas, espero que lo consigáis...
          Los milicianos, satisfechos, se dan la vuelta y se dirigen al camión, suben a la parte trasera y se despiden, puño en alto y la sonrisa en los labios de los compañeros que dejan en la carretera...
          -¡Salud!, -le gritan levantando los puños y enarbolando los fusiles-.
          -¡Salud!, -contesta el hombre, levantando el brazo en el saludo romano, mientras en su boca se dibuja una mueca de triunfo-.
          -Pero...¡señor conde, la mano... la mano! –grita el muchacho viendo la confusión de su compañero, mientras le tira de los faldones de la chaqueta-.
          No ha hecho falta más... los milicianos se ven burlados, engañados por aquel señorito que ha intentado hacerse pasar por uno de ellos, uno se encara el fusil y se oyen dos detonaciones... dos rosas rojas aparecen en el pecho del señor conde de Añover de Tormes mientras cae de espaldas sobre la tierra apisonada de la carretera... otras balas silban y persiguen al chico que, sin pensarlo dos veces, ha salido disparado por la cuesta que, salpicada de árboles, baja hasta el arroyo donde van a lavar la ropa las mujeres del pueblo; una le alcanza en la pierna derecha, pero se ha salvado... la penumbra que aún anida en la hondonada y la prisa de los milicianos por alcanzar a sus compañeros que continuaron hacia el pueblo, le han valido la vida... una cojera de la que se mostrará orgulloso le acompañará durante los largos años que le quedan de vida, otros no fueron tan afortunados.
          Es la primera víctima que la guerra civil se cobra en Aldeavieja, una víctima fortuita, no buscada; don Juan del Alcázar y Roca de Togores, cincuenta y un años casi recién cumplidos, volvía de su finca de Tabladillo al haber recibido un aviso de que sus jornaleros habían intentado hacerse con las tierras; regresaba a su casa de Ávila pasando por otras de sus propiedades, ya en la carretera de El Espinar, cuando la mala suerte se cruzó por su camino.
          Los disparos se han oído en Aldeavieja y también los campesinos de Villacastín, ocupados en la siega de los campos cercanos a la carretera nacional, los oyen; todos se vuelven y miran en dirección a la Cruz de Hierro, ven la polvareda levantada por los coches y camiones de la columna Mangada que bajan por la carretera, todos se preguntan qué pasará...
          Mientras, la cabeza de la columna ha llegado a la nacional 110; allí, en la unión de las dos carreteras los lugareños están en las eras trillando unos, preparando las parvas otros, todos dejan su trabajo y se acercan a las paredes de piedras a ver pasar a los milicianos, apoyados en las horcas saludan cerrando la mano a los que les saludan así desde los camiones...
          -¡Viva la República!.
          -¡Viva!, ¡Viva!.
          Niños y mujeres se acercan desde la plaza y desde la eras del otro lado de la carretera a ver a los soldados; todos sonríen y agitan las manos saludando; el coche que va en cabeza se para:
          -¿Por dónde se va a Villacastín?.
          Decenas de manos señalan la dirección adecuada.
          -¡Por allí!, ¡Por allí!.
          -¡Gracias!, ¡Salud, camaradas!.
          El vehículo arranca y tuerce a la derecha, en dirección al cercano pueblo de Villacastín, pasan uno tras otro los coches y camiones de la columna... banderas al viento, fusiles levantados, risas, saludos; alguno recordará su paso como el de los gitanos del circo (“los húngaros” los llamaban para distinguirlos de los otros, tratantes de ganado, soldadores, etc...).


                              Milicianos en la carretera de Ávila, junto a la ermita del Cristo de la Luz

          El último camión, el que se quedó rezagado en una curva tras el cerro del Calvario, pasa también, sus ocupantes también saludan, también levantan los puños, pero su sonrisa no es tan franca como la de los que los preceden; detrás dejan un muerto...
          Ninguno sospecha que han sido observados, vigilados desde el alto donde está la fuente de Meamulos, en la separación de los términos de Aldeavieja y Blascoeles; una pequeña fuerza de voluntarios que había salido de Ávila, compuesta de alumnos del Colegio Preparatorio Militar y Guardias Civiles, se ha detenido al ver los vehículos que bajan desde la Cruz de Hierro, les han visto pararse en Aldeavieja, han oído los disparos, oyen cómo se aleja el ruido de los motores, pero ignoran si han dejado centinelas, lo ignoran todo y no quieren arriesgarse, su tentativa de marchar hacia San Rafael ha quedado truncada; el temor a lo desconocido les hace regresar; ellos darán el primer aviso de que una numerosa columna enemiga se ha internado tras sus líneas.
          Entretanto, los vecinos de Aldeavieja que han oído los disparos, una vez que se han asegurado que ha pasado el último camión, marchan carretera arriba a ver qué ha ocurrido; alguno lo presiente, no hacía ni media hora que el dueño de la finca de Tabladillo había pasado en su coche, acompañado por el hijo de uno de sus administradores, en dirección a la finca de El Alamillo; se temen lo peor.
          También en ese momento, desde la casa en que está instalado el único teléfono del pueblo, se llama con urgencia al teléfono que hay en Villacastín, en una pastelería instalada en una de las calles que desembocan en la Plaza Mayor.
          -¡Cuidado!, soldados del Gobierno van para allá.
          Sorprendentemente, y dado que en el pueblo hay, en ese momento, soldados rebeldes, no se da la voz de alarma; sólo unos pocos se enterarán de que una columna de milicianos se dirige hacia ellos; alguno manda a su mujer e hijos hacia la ermita de la Virgen del Cubillo para que se refugien allí hasta que pase lo peor; el miedo hace presa de otros que se marchan a esconder a la cercana Fresneda.
          Mientras, los vecinos de Aldeavieja han llegado al punto de la carretera donde se encuentra el cadáver del conde de Añover junto a su coche, lo cargan encima de una de las caballerías que han traído y dan la vuelta de nuevo hacia el pueblo, otros buscan por los alrededores y llaman a gritos al muchacho que saben que iba en el coche.
          -¡Zagal!, ¡Zagal!
          -¡Chico! ¿Dónde estás?
          El muchacho les oye y sale de detrás de un árbol, la pierna le duele y le sangra.
          -¡Aquí, ayuda, estoy aquí, junto al arroyo…!
          Bajan corriendo y le encuentran apoyado en un tronco, está pálido, asustado… ha visto la muerte y no olvidará nunca su rostro; pero al ver a los campesinos, al sentirse entre los suyos, sonríe y se deja vencer por la tensión, pierde el sentido y es llevado entre dos hombres hasta el pueblo.
          A nadie en el pueblo le gusta lo que ha pasado; hay socialistas y conservadores; retrógrados y exaltados, pero todos sienten la muerte del conde; unos porque cualquier muerte violenta les parece mal, otros por miedo de ser culpados de ella, porque una cosa es gritar contra los señores y otra pegarlos un tiro; otros por amistad. En la casa del médico se hace la cura del chico: una bala le ha partido limpiamente el hueso de la pierna, sólo necesita que se la entablillen y podrá volver a andar; lo del otro no tiene arreglo, el cura le administra las sacramentos a la vez que se llama a Ávila, a la casa del administrador del conde, para comunicar la noticia.

          Este primer contacto de los vecinos con la guerra marca las posiciones y la conducta de casi todos.

3 de febrero de 2016

Aldeavieja: siglo XX. 7.

          En 1928 se construyen las nuevas escuelas, junto a la carretera nacional; estas se crean con un legado que hizo José López Gordo, uno de los últimos patronos que administraron los legados que dejó para el pueblo Luis García Cerecedo, aquel que en el siglo XVII mandó construir la capilla de san José; las mandó edificar el obispado de Segovia, entregándolas al Estado con una sola condición: que sea de su propiedad en tanto que el Estado mantenga la enseñanza de la religión católica, apostólica, romana en la Escuela; por lo que si en algún momento por el mismo Estado se declarase la neutralidad de la Escuela en materia religiosa o se estableciese la enseñanza de otra religión distinta a la católica, revertirá al Obispado.



          He aquí otra noticia del año siguiente, 1929; el 8  de agosto, el periódico La Libertad publica: En Aldeavieja tienen Teléfono.
Aldeavieja, 7. Con motivo de la inauguración del Centro telefónico reina gran entusiasmo en este pueblo.
          El teléfono se instaló, primero, dentro del pueblo; más tarde, ya en los años cuarenta, en el edificio del Parador, a pie de carretera, junto a los postes que comunicaban con la capital de la provincia; y allí han subido los vecinos para poder hablar con sus seres queridos, para dar noticias, o para lo que fuera, hasta bien entrados los años sesenta en los que, al cerrar como tal parador, se instaló en otros edificios.

          Llega la República, en estos pueblos castellanos el tiempo pasa despacio y los cambios políticos apenas tienen reflejo en su vida cotidiana; no hay más que pensar en la placa que mostraba el nombre de la plaza mayor del pueblo (placa de azulejo hoy desaparecida en aras del progreso): Plaza de la Constitución, pero de la Constitución de 1812; pasan los gobiernos, los sistemas políticos, dictaduras, repúblicas, reyes de uno u otro color, pero el nombre sigue ahí; en 1931 se proclama la II República, ¿qué nos trae de nuevo? Quizás algo tan sencillo, y tan importante a la vez, como un interés generalizado por bucear y buscar en el acerbo popular para que no se pierdan ni las costumbres ni las canciones de otras épocas, o de esa misma época. En 1932, Agapito Marazuela Albornos, dulzainero y maestro de dulzaineros, recorre las tierras que fueron de Segovia y de las zonas limítrofes, recopilando de boca de los mismos lugareños, aquellas canciones y aquellas músicas con las que bailaron y se alegraron sus padres y sus abuelos; uno de los lugares en el que estuvo fue Aldeavieja, y en su libro “Cancionero de Castilla”, da cuenta de las siguientes canciones propias de nuestras gentes; en dicho libro señala cuales fueron sus fuentes: el”Tío Simón, tamboritero, y una hija del «Tío Gallardo».

Los Sacramentos
(del Tío Simón, tamboritero de Aldeavieja)
Pandero y almirez

A tu puerta hemos llegado
debajo de los portales
por ver si puedo sacar
los sacramentos cabales,
los sacramentos cabales.
A tu puerta hemos llegado
debajo de los portales.

Romance que se canta en las bodas de esta región
(de Aldeavieja, Ávila)
Dulzaina

Comienzo en nombre de Dios
y de la Virgen María
y del Santo Sacramento
que la misa se decía:

Corrió un hombre y puso luego,
a sus labios celestiales,
en una caña una esponja
toda llena de hiel y vinagre.


El laurel
(Seguidillas, del Tío Simón, de Aldeavieja)
Tejoletas

Que no haga arrugas,
préndete ese pañuelo.
El laurel, clavel y rosa.
Préndete ese pañuelo,
que no haga arrugas,
que ya vienen al baile
las que murmuran.

Con su rebaño
un pastorcillo madre.
El laurel, clavel y rosa.
Un pastorcillo madre,
con su rebaño,
llora con honda pena.
El laurel, clavel y rosa.
Llora con honda pena
su desengaño.


Al salir el sol
(del Tío Simón, de Aldeavieja)
Pandereta

Por salí llo de la iglesia
cuántas ligas habrás visto,
cuántos pecados mortales
habrás cometido a Cristo.

Al salir el sol te quisiera ver,
ramito de olivo y hoja de laurel,
y hoja de laurel y hoja de laurel,
y al salir el sol te quisiera ver.



          Esta búsqueda de la cultura popular, con su afán divulgativo, a la vez de rescatador, va acompañado de un interés en que esos mismos aldeanos que nos comunican su cultura, reciban, a su vez, la otra cultura que se va gestando en las ciudades y a la que ellos raramente tienen acceso. El Patronato de Misiones Pedagógicas, actuó por toda España desde  septiembre de 1931 hasta diciembre de 1933; efectuando proyecciones cinematográficas, representando obras de teatro, efectuando lecturas públicas de poesía y llevando un Museo Circulante, en el que con fotografías o reproducciones, acercaban a la población rural las obras más importantes de la pintura, la escultura o la arquitectura. En Aldeavieja, del 3 al 9 de abril de 1933, actuaron estas Misiones Pedagógicas, a la vez que en Blascoeles y Ojos Albos, con la colaboración de los maestros de Cenicientos, Villamanta y San Martín de Valdeiglesias; efectuándose proyecciones cinematográficas  los días 3 y 4, pasándose siete películas que, suponemos, llenarían las cabezas de grandes y chicos de imágenes que nunca habrían podido disfrutar de otro modo.

1 de febrero de 2016

Aldeavieja: siglo XX: José Zahonero. 6.

          Es el momento de acordarnos de otro de los hijos del pueblo que llevaron el nombre de Aldeavieja por todos los rincones de España; se trata de José Zahonero de Robles Díaz; aunque nacido en Ávila, en 1853, sus padres, abuelos, bisabuelos eran de Aldeavieja y así está escrito en los libros parroquiales; estudió Medicina y Derecho en las universidades de Granada y Valladolid; de ideas republicanas y anticlerical, se exilió a Francia cuando se produjo la restauración en el trono de Alfonso XII, en 1874; a su regreso a España fue redactor de varios periódicos y comenzó a escribir novelas y cuentos de claro contenido naturalista; a finales del siglo XIX se reconvierte al catolicismo, mostrándose como un apasionado practicante y público defensor de la religión católica y es entonces, en los cuentos que escribió desde ese momento, y que se publicaban en casi todos los periódicos católicos del país, cuando sus numerosísimas alusiones a la Virgen del Cubillo y al pueblo de Aldeavieja, llevaron estos nombres a todos los rincones de habla hispana.

          El más representativo quizás sea “El santero de la Virgen del Cubillo”, publicado en “La Lectura Dominical” en junio de 1907; la historia, más o menos, es la siguiente:
          Una familia, en Segovia, recibe una visita inesperada…

          Era un viejo, muy viejo, con la cabeza y las barbas blancas como la nieve.
          -Siéntese, hermano, siéntese- dijo mi mujer.
          Los niños cercaron al abuelo para mirarle y remirarle y mirar sus rosarios añosos y el altarcillo o urna portátil hecha de hoja de lata… dentro de la que, y bajo un cristal, veíase, aunque ya borrosa, la imagen de Nuestra Señora del Cubillo, la Virgen de los pastores.
          -Salí esta mañana mesma de la losa – dijo el anciano- y poney que sólo hace dos días que salí del Cubillo… y de Aldivieja. He andao, como aquel que dice, al retortero por toda esa parte del Espinar… y me he cansado un poco de andar; como que ati cuenta que llevo encima sobre mis ochenta años y cuarenta riales, y drentro de na pus haré, Dios mediante, ochentitrés… Para la Virgen de Agosto los haré.
          Ya no tengo las piernas como en denantes… porque hasta cuasi hogaño he segao en toas las siegas… y he venio trabejando lo mesmo en la criadera que en los esquileos, y eso desde que vine de servir al rey… -¡ya ha llovio!- hasta hoy… día de la fecha. He sio pastor, corriendo pa arriba y pa abajo la tierra toa, y como nenguno la conozgo. Ahora ya está uno algo sordo y no puedo dir a la guarda del apacento del ganao, que no oigo la esquila en cuanto que se desaparta un poco de mi la res…¡Cuánto pasé allá en la guerra!... ¿Y de qué me valió?... Antes si salí con vida, a la santa Virgen se lo debo, que siempre me encomendé a Ella… ¡Cuánto he pasao después en esas tierras!... Tantos años al cuido de las ovejas, hasta que no he podío más… Mi mujer tie ya setenta y ocho años, está la probe hecha una carraca… y nos creíamos ella y yo mesmo cuasi a perecer… y si no hubiera sido por la santa Virgen no lo contábamos; pero el señor Capellán reunió la asamblea de pastores hogaño, y como había muerto el probe tío Cirilo, que había quedao de santero, me dieron a mí el empleo… que esto siempre se hace, ¡quien sabe cuántos años! a los pastores viejos cuando están ya inutilizaos pa el trabajo y no encuentran amo que les dé a guardar ni una mala oveja
           A esto de pedir pa la Virgen le decimos aquí quedarse pa la ofrenda. La tuvo tío Melito, bien me acuerdo de él, que yo era chico entonces; después pasó a tío Martín; aluego a Santiago, el de Tejadilla, y a Canuto, y al fin a tío Cirilo, y de este a mis manos. Dios les haya perdonao a toos… como yo les rezo. Soy el pastor más viejo y quié decirse que el más probe de toa la sierra. ¿Qué si saco? Muy dinamente alguna coseja de toas partes… Aldivieja, Brascoelo, Villacastín, Espinar, Balsaín, La Granja y en la mesma ciudá… ¡ahí viene el santero de la ofrenda de la Virgen del Cubillo!... dicen; rezan una salve a Nuestra Señora, echan en el cepillo pa alumbrarle, me dan limosna, me llenan de cuscurros y me regalan con alguna tajadilla y un trago, y Dios nos bendiga a todos…
           Dimos ración y traguejos al santero, estuvo con nosotros hasta el toque de oraciones, y al sonar el Ave María, rezamos ante la santa imagen… y luego el valeroso anciano, recio y lleno de ánimo por la mucha fe que animaba su alma, emprendió de nuevo su camino…
           Los niños despidieron al viejo mandándole besos con sus manos; nosotros, agitando los pañuelos.
           Dejándome profundamente conmovido y preocupado… ¡cuánto aprendí!... Aprendí que nos es muy necesario estudiar las costumbres populares que aún subsisten y que son recuerdos de tiempos mejores… de los tiempos en que la santa Virgen del Cubillo tenía en torno suyo a todos los pastores de la sierra, y en la Virgen ponían su fe, sus amores, sus esperanzas, y de ella esperaban el amparo para la vejez… y la gloria eterna en la vida verdadera.

          Otro de sus relatos, el  titulado “Ciencia profunda de Martica, la Tonta”, también publicado en la misma revista, en 1928, es como sigue:
          En el pueblo de Aldemora (trasunto de Aldeavieja, como veremos más adelante) vive una viuda con sus hijos, que son la alegría de su vida, un día reciben carta de Estrella, una señorita de Madrid, antigua conocida, que se aburre de una vida llena de lujos sin sentido, aturdida con los bailes, las comedias, el visiteo y la loca baraunda de la ciudad. Les anuncia su visita para pasar una temporada con ellos.
          Un día aparece Estrella en su automóvil, siendo alegremente recibida por la familia. A los pocos días decide salir de excursión con los hijos pequeños de la viuda -¿Iremos a la fuentecilla? –preguntó Felipejo-, ¿A Silla Gineta? ¿O a la Boscada?. –A la Boscada, a la Boscada –dijeron.
          Después de reposar entre los árboles, preguntó Estrella -¿A dónde vamos ahora?.
          -Vamos a la ermita de la Virgen –replicó Martica-, que no está muy lejos de aquí, y en esa ermita siempre las muchachas aprendemos algo.
          -Martica –dijo Estrella- yo ya no puedo aprender cosa alguna…
          -Ahora lo aprenderá cuando se lo pida con devoción a la Virgen del Cubillo.

          Entraron en la ermita, y Estrella quedóse admirada al ver la imagen de la Virgen, bellísima como Divina Pastora.
          Su oración y los consejos de los niños serenaron el corazón de la joven Estrella, que comprende cuan vacía ha estado su vida hasta que se ha puesto a los pies de la Virgen del Cubillo, de la Virgen de los pastores, la que hace alegre e inteligente en su sencillez a Martica la tontica.


          José Zahonero murió en Madrid en 1931, dejando otros muchos títulos en los que presentaba al pueblo de sus mayores como escenario o protagonista de muchas otras historias; “Los saltimbanquis”, 1910; “Picuchín o las tres grandezas”, de 1907; “El Acorzonado”,  “El borriquito de Mingorría”, etc…son buena prueba de ello.