11 de noviembre de 2016

Aldeavieja: un cuento de José Zahonero

     Hoy voy a enseñaros un cuento de un escritor abulense de hace ya más de cien años, José Zahonero, (como veis, el apellido no puede ser más de la tierra) que dedicó muchos de sus escritos a Aldeavieja, sobre todo a la Virgen del Cubillo, haciendo protagonistas de sus múltiples obras a nuestras costumbres y lugares. Se trata de un relato aparecido en la revista “La lectura dominical” en 1907, y que llevaba por título “El santero de la Virgen del Cubillo”.
     Sólo voy a transcribir la segunda parte del mismo, que es en la que trata, específicamente, de nuestro pueblo; el relato comienza mostrándonos un día en la vida cotidiana de una familia en la ciudad de Segovia; después de presentarnos a sus componentes y sus ocupaciones, llega el momento en que se sientan a la mesa para la comida….

     Los niños comían como lobitos. Estábamos contentos, bendecidos por la más dulce y amable sonrisa del ser que más nos amaba y nos ama… dicha de nuestra vida, la bendición de la madre de mis hijos, mi amada compañera. Ella gozaba de vernos contentos. En esto resonaron dos golpes en la puerta de la calle.
     -Diantre, ¿quién, sería? ¡El comendador!
     Bajó la moza a abrir, y luego oímos una voz cascajosa y temblona que murmuró una lamentación o un rezo.
     -¡Vaya, un mendigo!
     Sí, será un hermano, algún vagabundo echado a rodar de puerta en puerta… que vendrá tiritando de frío, mojado… hecho una sopa, con el vestido, si lo tiene, y la capa, si la trae… raídos, y las albarcas, si es que no viene descalzo, destrozadas.
     -Señor ¡es un santero! Trae la estampa de un santo, de una santa… o de la Virgen. Ya es viejo el pobre hombre.
     -Anda con cuidado, chica, no sea algún tunante –exclamé yo, cegado sin duda por el grosero egoísmo de comilón y bebedor…
     Entonces mi mujer exclamó:
     -¡Juan, por Dios!
     Y Maruja, con su voz suplicante, dulce y grave, dábame un oportuno y salvador aviso, como se hace con aquel que por andar ciego o precipitadamente puede tropezar y caer, y con el que por discurrir de ligero está en peligro de pensar o de hacer algún disparate.
     Aquella réplica concisa y oportuna me avergonzó; sin duda hubo de darme en tan breves palabras más que darme hubieran podido los discursos de todos los sabios juntos.
     -Sí, es verdad; ¡yo qué sé! ¿Cómo me atrevo yo a suponer que ese infeliz sea un tunante?... Pero qué quieres, Maruja, así soy; los hombres nos acostumbramos a seguir los juicios necios del mundo… y así nos va. Vaya, vaya, que suba el ancianito. Tendrá frío… veremos ese santo que él traiga, alguna estampeja… con orla de repicoteada bayeta colorada, bordada de hilillo de plata ya ennegrecido… y mucho pintarrajeo.
     Subió el mendigo.
     -Dios los bendiga… y alabado su santo nombre –dijo al entrar.
     -Por siempre sea alabado –contestamos a coro.
     Era un viejo, muy viejo, con la cabeza y las barbas blancas como la nieve.
     -Siéntese, hermano, siéntese- dijo mi mujer.
     Los niños cercaron al abuelo para mirarle y remirarle y mirar sus rosarios añosos y el altarcillo o urna portátil hecha de hoja de lata… dentro de la que, y bajo un cristal, veíase, aunque ya borrosa, la imagen de Nuestra Señora del Cubillo, la Virgen de los pastores.
     -Salí esta mañana mesma de la losa – dijo el anciano- y poney que sólo hace dos días que salí del Cubillo… y de Aldivieja. He andao, como aquel que dice, al retortero por toda esa parte del Espinar… y me he cansado un poco de andar; como que ati cuenta que llevo encima sobre mis ochenta años y cuarenta riales, y drentro de na pus haré, Dios mediante, ochentitrés… Para la Virgen de Agosto los haré.
     Ya no tengo las piernas como en denantes… porque hasta cuasi hogaño he segao en toas las siegas… y he venio trabejando lo mesmo en la criadera que en los esquileos, y eso desde que vine de servir al rey… -¡ya ha llovio!- hasta hoy… día de la fecha. He sio pastor, corriendo pa arriba y pa abajo la tierra toa, y como nenguno la conozgo. Ahora ya está uno algo sordo y no puedo dir a la guarda del apacento del ganao, que no oigo la esquila en cuanto que se desaparta un poco de mi la res…¡Cuánto pasé allá en la guerra!... ¿Y de qué me valió?... Antes si salí con vida, a la santa Virgen se lo debo, que siempre me encomendé a Ella… ¡Cuánto he pasao después en esas tierras!... Tantos años al cuido de las ovejas, hasta que no he podío más… Mi mujer tie ya setenta y ocho años, está la probe hecha una carraca… y nos creíamos ella y yo mesmo cuasi a perecer… y si no hubiera sido por la santa Virgen no lo contábamos; pero el señor Capellán reunió la asamblea de pastores hogaño, y como había muerto el probe tío Cirilo, que había quedao de santero, me dieron a mí el empleo… que esto siempre se hace, ¡quien sabe cuántos años! a los pastores viejos cuando están ya inutilizaos pa el trabajo y no encuentran amo que les dé a guardar ni una mala oveja. 


      A esto de pedir pa la Virgen le decimos aquí quedarse pa la ofrenda. La tuvo tío Melito, bien me acuerdo de él, que yo era chico entonces; después pasó a tío Martín; aluego a Santiago, el de Tejadilla, y a Canuto, y al fin a tío Cirilo, y de este a mis manos. Dios les haya perdonao a toos… como yo les rezo. Soy el pastor más viejo y quié decirse que el más probe de toa la sierra. ¿Qué si saco? Muy dinamente alguna coseja de toas partes… Aldivieja, Brascoelo, Villacastín, Espinar, Balsaín, La Granja y en la mesma ciudá… ¡ahí viene el santero de la ofrenda de la Virgen del Cubillo!... dicen; rezan una salve a Nuestra Señora, echan en el cepillo pa alumbrarle, me dan limosna, me llenan de cuscurros y me regalan con alguna tajadilla y un trago, y Dios nos bendiga a todos…
      Dimos ración y traguejos al santero, estuvo con nosotros hasta el toque de oraciones, y al sonar el Ave María, rezamos ante la santa imagen… y luego el valeroso anciano, recio y lleno de ánimo por la mucha fe que animaba su alma, emprendió de nuevo su camino…
      Los niños despidieron al viejo mandándole besos con sus manos; nosotros, agitando los pañuelos.

      Dejándome profundamente conmovido y preocupado… ¡cuánto aprendí!... Aprendí que nos es muy necesario estudiar las costumbres populares que aún subsisten y que son recuerdos de tiempos mejores… de los tiempos en que la santa Virgen del Cubillo tenía en torno suyo a todos los pastores de la sierra, y en la Virgen ponían su fe, sus amores, sus esperanzas, y de ella esperaban el amparo para la vejez… y la gloria eterna en la vida verdadera.

13 de octubre de 2016

Aldeavieja 1928

          En la “Guía Geográfico-Histórica de la Provincia de Ávila” de Abelardo Rivera, editada en  1927, se hace el siguiente retrato de Aldeavieja:
          Tiene 581 habitantes y 1.190 metros de altura sobre el nivel del mar. Sus límites son: Maello al N.; Villacastín (Segovia) al E.; Navalperal de Pinares y Ojos Albos al S.; Urraca Miguel, Ojos Albos y Blascoeles al W.
          Pasan por este término los ríos Voltoya y Cárdena. Tiene un monte de roble denominado El Valle. Por las inmediaciones del pueblo pasa la carretera de Villacastín a Vigo. A los pueblos limítrofes van caminos.
          Sus producciones son cereales y pastos.
          Dos escuelas tiene, una para niños y otra para niñas.
          La principal fiesta tiene lugar en el santuario de Nuestra Señora del Cubillo, el día 8 de septiembre. La del Patrón del pueblo el 20 de enero y el día de la Asunción.

          En 1928 se construyen las nuevas escuelas, junto a la carretera nacional; estas se crean con un legado que hizo José López Gordo, uno de los últimos patronos que administraron los legados que dejó para el pueblo Luis García Cerecedo, aquel que en el siglo XVII mandó construir la capilla de san José; las mandó edificar el obispado de Segovia, entregándolas al Estado con una sola condición: que sea de su propiedad en tanto que el Estado mantenga la enseñanza de la religión católica, apostólica, romana en la Escuela; por lo que si en algún momento por el mismo Estado se declarase la neutralidad de la Escuela en materia religiosa o se estableciese la enseñanza de otra religión distinta a la católica, revertirá al Obispado.

          Es, en este marco, cuando sucedió una curiosa historia que se publicó en el “Diario de Ávila”,  el domingo 27 de abril de 2003, con la firma de Juan Ruiz-Ayúcars e ilustraciones de Susana Saura, bajo el título de “Trilogía de la bronca tabernera”; tuve conocimiento de este suceso a través de mi buen amigo Lorenzo Magdaleno, juez de paz de Aldeavieja y memoria viva de cuanto bueno y malo ha pasado en el lugar; gracias a él por rescatar esta anécdota.

          “Si algún lugar ostentaba en otros tiempos el récord de trifulcas, enfrentamientos, reyertas y agresiones, con el resultado de daños materiales y personales de mayor o menor gravedad, ese lugar era la taberna. Plagados estaban los juzgados de la provincia de Ávila de expedientes en los que el lugar de los hechos punibles era alguna de las tabernas de los pueblos o ventas de las afueras en las que el vino y el habitual mal carácter de los protagonistas hacían de detonantes de situaciones delictivas que entran de lleno en la crónica negra provincial. El filtro de los años convierte en cómicas algunas de estas tensas situaciones, sufridas sobre todo por el dueño del negocio donde se producía el altercado, que casi nunca lograba poner orden, como o fuera a estacazo limpio. Que también ocurría.
          En la taberna que Nicomedes Torres tenía en Aldeavieja se encontraban diez mozos haciendo los honores a un pellejo de vino entre los acordes jaraneros de una guitarra. Ese día de septiembre de 1928 celebraban vísperas de la festividad de la Virgen del Cubillo, patrona del pueblo, y no iban a divertirse solos Baldomero Muñoz, Mariano Burguillo, Manuel Gómez, Siro Moreno y Demetrio Moreno, José Gordo y Lorenzo Gordo, Teófilo Martín, Faustino Martín y Vicente Martín.
          A los alegres compases de un acordeón, entró en la taberna el grupo de obreros portugueses compuesto por Gabriel Alber, José Martín, otro José Martín, Juan Martín, Antonio Martín y Luís Martín, que llegaron al pueblo contratados para trabajar en el trazado de la nueva carretera de Villacastín a Vigo.


          Tanto Martín y su acordeón se mezclaron con tanto lugareño y su guitarra de tal modo que en la taberna se preparó un batiburrillo de gentes, instrumentos y melodías que no había quien se entendiera. Comenzaron a exaltarse los ánimos, y los guitarreros pidieron a los organilleros que dejasen de tocar, y estos a aquellos, que de eso nada, empezando todos a desafinar de palabra y de obra. Cuando el desconcierto estaba molto vivace, tuvo la ocurrencia de entrar en la taberna otro mozo tocando a su aire una pandereta, lo que terminó de consumir la paciencia de los presentes.
          Guitarra, acordeón y pandereta dejaron de ser instrumentos musicales para convertirse en armas contundentes, pero frágiles, por lo que los mozos comenzaron a zurrarse tela marinera con las manos, con las sillas de la taberna y con todo lo que fuera susceptible de impactar en el rival más próximo.
          Ante la superioridad de los mozos de Aldeavieja, los portugueses fueron perdiendo interés en la refriega y salieron huyendo en dirección a sus albergues, donde se alojaban otros sesenta obreros dispuestos a tomar parte en el asunto, pero la rápida mediación de la Guardia Civil evitó lo que pudo ser un grave incidente, y todo quedó en prestar declaración de los músicos rivales al ritmo presto que marcó el Juzgado local a las diligencias.


          Como curiosidad, he podido comprobar que, según el Censo Electoral de 1914, Nicomedes Torres López, dueño de la taberna, tenía, 29  años y vivía, junto a su hermano Nicomedes, cuatro años menor, en la calle del Mediodía, número 26; muchos números para una calle tan corta, pero así aparece en la documentación; tenía, pues, en la fecha del suceso, 43 años. A los demás los conocéis todos, más o menos, pues son vuestros antepasados.

3 de octubre de 2016

Leyendas de Aldeavieja: la Cruz de Hierro

          Todos conocemos el puerto de la Cruz de Hierro, hemos estado allá arriba y hemos gozado de las maravillosas vistas que desde allí se contemplan; al norte la extensa planicie de Castilla, los pueblos diseminados, los bosquecillos más o menos grandes, las cárcavas que nos anuncian la existencia de un río… al sur la depresión del Campo Azálvaro, el puerto de La Lancha y, a lo lejos, las cumbres de Gredos y del Guadarrama.
          Nos habremos preguntado la razón de su nombre y, mirando a nuestro alrededor, no habremos visto ninguna cruz, ni de hierro, ni de piedra, ni de ningún otro material, sólo las rocas desnudas y los tomillares; pero sí, aquí hubo, en tiempos, una cruz de hierro, que desapareció en una de las incursiones que las partidas carlistas, mandadas por El Perdiz, realizaron por la zona en torno al año 1838, desvalijando cuanto encontraban a su paso y llevándose todo metal que encontraban para fundirlo y fabricar lanzas y sables, pareciendo más una partida de forajidos que una facción de un ejército regular.
          El puerto ha servido de paso obligado entre la meseta norte y la sur durante muchos años, los ganados trashumantes lo han cruzado cuando los pastores llevaban las reses a los espléndidos  pastos junto al río Voltoya; el Campo Azálvaro, por el que han luchado, allá en la Edad Media, los pobladores de Villacastín, Aldeavieja y Ávila, hasta que los reyes lo dividieron entre ellos; por aquí pasaba el camino que llevaba a Las Navas del Marqués, Cebreros, Peguerinos… el viejo camino, que se desliza un poco más abajo de la actual carretera, bordeando los cerros, ha traído paz y guerra, muerte y vida, riqueza y desesperación…


          Al llegar arriba, al paso entre los dos valles, el viajero se santiguaba frente a la cruz erguida a la izquierda del camino, si hacía buen tiempo, paraba, se sentaba a los pies de la misma y se refrescaba con un buen trago de la bota y un pedazo de paz o queso que llevaba en el zurrón, si había llegado montado, su cabalgadura ramoneaba cerca de él, las riendas sueltas, descansando de la subida, a sus pies quedaba Aldeavieja y al otro lado le esperaba la llanura de Azálvaro… si era invierno, se arrebujaba en su capa, apretada la boca para no dejar que la ventisca le ahogara y, los ojos bajos, tiraba del animal en el que venía o tiraba de sí mismo para bajar, lo más rápido posible en busca del refugio de las chozas de los pastores o de alguna roca que le protegiese del viento, la nieve o la lluvia; qué tiempos aquellos… pensad si se os hacía de noche en la cima, con la única luz de las estrellas por guía, o la oscuridad más completa si estaba nublado… ¡que suerte si era la luna la que te iluminaba el camino!... fue una de esas noches, en que ni la luna ni las estrellas se asomaban a las tinieblas de la sierra, cuando sucedió esto que me contó mi tío Federico, una noche de invierno, al calor y la luz de la lumbre, en nuestra casa de Aldeavieja…
          “Tu bisabuelo Enrique, mi padre, ya sabes que fue médico en estos pueblos de los alrededores: Ojos Albos, Urraca, Aldeavieja, Tornadizos, Zarzuela… y había oído cantidad de consejas e historias que le contaban sus pacientes y sus amigos, en las largas tardes de invierno en la taberna o en casa de alguno de sus más íntimos, alrededor de una partida de cartas y un buen vaso de vino; pues en una de esas reuniones, un tal Salvador, que fue secretario del Ayuntamiento en Ojos Albos, les contó un peregrino suceso ocurrido a su abuelo, conocido como el tío Marcial, cuando en un frío día de noviembre iba desde El Espinar a su pueblo, para lo que tomó el camino más seguro, que era el que pasaba por la Cruz de Hierro.
          Estaba mediada la tarde cuando empezó la ascensión que, desde el antiguo camino real que llevaba a Ávila, iba hasta Aldeavieja, cruzando la sierra por su parte más accesible; así se ahorraba unas cuantas leguas que sólo harían que tardase más tiempo si elegía el camino que iba por Villacastín; iba caballero en una mula parda, ya mayor, pero que conocía aquellas trochas y veredas como los cascos de sus patas, no en vano había llevado a su dueño en los lomos durante muchos años en todos sus viajes por la zona.
          A la izquierda vislumbraba las casas de la finca de El Alamillo, donde tantos amigos tenía, pero no quiso distraerse en verlos, la tarde se ponía oscura y el viento soplaba como si no tuviera nada más que hacer que intentar quitarle la bufanda que llevaba tapándole la boca o arrebatarle el sombrero que, como precaución, se había sujetado con un barboquejo.
          A la derecha, la finca de las Erijuelas se iba oscureciendo paulatinamente, el tío Marcial dio unos taconazos en los flancos de la mula, incitándola a apresurar el paso; no le hacía gracia que se le hiciera de noche subiendo el puerto; la bajada hacia Aldeavieja ya era otra cosa, pero… la subida…
          La tarde se iba cerrando y el cielo amenazaba lluvia, o quizás nieve, el viento ya iba tomando carácter de ventisca y si hubiera tenido un termómetro habría observado que la temperatura bajaba y bajaba mientras él iba subiendo.
          Cada paso que daba su mula era a costa de un titánico esfuerzo, parecía que no se movían del sitio; a la derecha los altos de La Magradera casi no se veían, una especie de niebla, o simplemente la densidad del aguanieve lo impedían; por fortuna, las piedras del camino impedían la formación de barro y que su animal resbalase.
          Sólo el ruido de la ventisca y el agua del arroyo de los Navazos, cayendo de piedra en piedra, rompían el esfuerzo de la subida; la cima ya no quedaba lejos y una vez allí, la bajada sería más fácil, protegido por las propias montañas del viento que llegaba por su espalda.
          Ya debía de estar llegando a la zona de la Pesquera y la subida se hacía casi imposible; repentinamente un ruido a su derecha hizo que la mula se asustara, el tío Marcial no estaba preparado para ello y resbaló de su cabalgadura que, al verse libre de su peso, corrió hacia lo alto, perdiéndose enseguida de vista; por más que Marcial gritó y llamó, la bestia no regresaba; no quedaba más remedio que seguir, paso a paso, hasta llegar a la cima del puerto.
          Marcial creía que nunca lo conseguiría, casi arrastrándose, ganando a fuerza de voluntad cada metro que ascendía; a sus oídos llegaba una especie de voz, o eso le parecía, que le decía: -por aquí, por aquí-, aquello le dio ánimos, y otra vez, la voz le decía: -ya falta poco, un esfuerzo más, ya llegas-; notó que unas manos tiraban de su cuerpo abandonado y le arrastraban hasta un lugar donde no se sentía el viento; unas manos acariciaron su cara, suavemente… y volvió a escuchar aquella voz, cálida y amigable: -no te preocupes, ya estás a salvo-, intentó abrir los ojos y contemplar el rostro del que salía tan divina voz, pero sólo una niebla espesa le llegaba a través de sus párpados casi cerrados… de pronto sus manos se asieron a algo duro y frío, era la cruz de hierro que coronaba la sierra, ¡estaba a salvo!, ¡lo había conseguido!.


          Como si el contacto con la cruz hubiera sido una señal, de pronto, dejó de llover; hasta pareció que el frío menguaba y que la ventisca se convertía en un mero soplo; Marcial abrió los ojos y se encontró en la parte alta del puerto, subido a los escalones que sostenían la cruz de hierro y abrazado a la misma, a diez pasos su mula pastaba tranquilamente como si nada hubiera pasado; miró en derredor, nadie, nada, estaba solo; entonces, aquella voz… más tarde juraría que había oído una voz,  -pues como no fuera la de la mula…-, le decían entre bromas y veras sus amigos.
          Sin poder creérselo se acercó a su fiel cabalgadura, la tomó por el ronzal y poniendo el pie en el estribo se izó sobre la silla; estaba en la Taza de Plata, aquel anfiteatro abierto bajo las rocas del puerto y desde el que se divisaba la llanura castellana, a esas horas con más sombras que luces; guió a la mula hasta el camino y se dejó conducir, seguro del buen instinto del animal.

          Cuando llegó a Aldeavieja no quiso seguir, el cansancio y el miedo pasado habían podido más que las ganas de llegar a su pueblo; se alojó en casa de unos familiares a los que, a la luz de la lumbre les relató esto mismo que yo te estoy contando ahora; y les decía lo que siempre volvió a repetir cada vez que relataba su pequeña odisea: -yo oí una voz, una voz que me guió y que me salvó de morir de frío y de desesperación-“.

27 de septiembre de 2016

La aparición de la Virgen del Cubillo

          Ahora que han acabado las fiestas de la Virgen del Cubillo es un buen momento para aclarar un punto que puede resultar polémico o, tal vez, considerarse que no tiene importancia, pero tiende a resolver un pequeño error en una fecha clave para la historia de Aldeavieja: delimitar cual fue el año en que se realizó la aparición de la Virgen del Cubillo en el paraje que, hasta entonces, se había llamado “El Egido”.
          
          En la actualidad tiende a señalarse que dicha aparición se produjo “en la primavera del año 1454”, esta fecha viene avalada por aparecer en el librito que uno de los párrocos de Aldeavieja escribió en 1956, (La Milagrosa Imagen de la Virgen Santa María del Cubillo y su Santuario de Aldeavieja. Justino Gozalo Carretero. Ávila), en el que se puede leer:
           “He aquí la historia de la aparición. Es una mañana apacible de primavera del año 1454. Hace poco que el astro rey se ha levantado sobre la línea ondulada de la sierra haciendo brotar de los tomillos un aroma suavísimo al contacto de sus rayos acariciadores.
           En la falda del monte unos árboles elevan al cielo, cual vivas plegarias, sus ramas cubiertas de verdor. Un pastor sencillo y piadoso, del próximo pueblo de Aldeavieja, cuida las ovejas de su rebaño.
            Allí cerca, sobre uno de los árboles, ha dejado un cubo de madera destinado a los menesteres de su oficio. De pronto, sin saber a qué obedece, nota algo extraño y desacostumbrado, algo así como la presencia de una persona y cierto presentimiento de lo sobrenatural. Levanta la vista en derredor y contempla, sobre el cubo que había en el árbol, una Señora de hermosura excepcional, con un Niño en los brazos.
           En seguida sospecha quien es, dobla las rodillas, junta las manos y queda en dulce contemplación.
           Ella le habla con voz suave, como el arrullo de la tórtola, le agradece las oraciones y obsequios que le ha ofrecido, le anima a seguir por la senda de la virtud y le ordena que se levante allí un templo en su honor; repitiéndose la aparición algunas veces   y delante de los que allí acudieron.
           Consta que dicho milagro se verificó reinando en Castilla D. Juan II y siendo Pontífice de la Iglesia S.S. Nicolás V. Esto ratifica la fecha dada, ya que D. Juan II reinó de 1406 a 1454 y el Papa Nicolás V gobernó la Iglesia de 1447 a 1455.” 

          Estos datos los sacó de un cuadro que, por esa fecha, estaba en la entrada de la ermita, que reproducía un Protocolo notarial redactado por Pedro José Cano Gutiérrez, Regidor eclesiástico de Ávila y todo su Obispado en 1726 y que, en una de sus líneas, decía:
          “Apareciose Nuestra Señora del Cubillo año del Señor de 1454 siendo Rey de Castilla Don Juan el segundo

          Esta fecha ha ido repitiéndose a lo largo de los años, apareciendo como auténtica en las diversas publicaciones que se han editado sobre el tema. Así en el artículo de Juan Ignacio Cuesta Millán, Santuarios y Catedrales. Desde la Prehistoria al Siglo de Oro, se escribe:
          “Corría el mes de mayo de 1454 cuando un pastor que conducía su rebaño fue alcanzado por un potente chispazo que milagrosamente respetó su vida. Inmediatamente, en un árbol cercano de una de cuyas ramas colgaba un cubo, se le apareció la Virgen. Cuando desapareció, la huella de sus pies quedó marcada en la corteza del árbol. En el suelo del santuario puede verse bajo un cristal un resto de aquel tronco santificado por tan nobles pies.”

          Este mismo año de 2016, en el dorso de los recibos de la cuota de la Cofradía de la Virgen Nuestra Señora del Cubillo, bajo el epígrafe “Aparición de Nuestra Señora del Cubillo”, se traslada la versión que en su día escribió don Justino Gozalo en 1956, dando como buena la fecha de 1454.

          Ahora bien, tanto en el libro escrito por don Fabián Crisóstomo Jiménez, en 1987: Aldeavieja y el Cubillo, como en el escrito al año siguiente por doña Amalia Descalzo Lorenzo: Aldeavieja y su Santuario de la Virgen del Cubillo, se hace referencia, incluyendo gran parte del texto, de un libro escrito en 1613, por el licenciado Francisco García. “Historia  del origen, antigüedad y fundación del lugar de Aldeavieja, de los milagros de Ntra. Sra. del Cubillo y Señor San Cristóbal sus Patrones”, en el que se apunta como fecha de la aparición los alrededores del año 1300, ciento cincuenta años antes que lo aceptado posteriormente; hay que tener en cuenta que ésta, la del sacerdote Francisco García, es la obra más antigua que se conserva sobre Aldeavieja y su historia; en ella se puede leer:
          Dentro de un paraje de singular belleza castellana, la ermita de Nuestra Señora del Cubillo debe su emplazamiento a un milagro que tuvo alrededor del año 1300.
          En estos años, el Monasterio de Párraces andaba muy ocupado en resolver asuntos de jurisdicción con la Diócesis de Segovia, y como no estaban del todo asentadas las cosas de la Abadía, los canónigos de Párraces descuidaron tomar detalle de lo sucedido. Pero lo que se  tiene por cierto como indudable tradición, transmitida cuidadosamente de padres a hijos es que en el sitio donde está aquella santa ermita, había una gran alameda, y en ella tenían los pastores sus chozas y cabañas, cuando por causa de las nieves, y grandes fríos se bajaba del campo Azalvaro, donde muy de ordinario apacentaban sus ganados, y en una rama de un álamo que estaba donde ahora está el púlpito de aquella iglesia, acostumbraba un pastor a colgar un cubillo, que es lo que ahora llamamos herrada o cubilete, que son de madera, con asa y cerco de hierro, y servía de ordeñar en él las cabras y ovejas, y vacas, y es harto de llorar que este cubillo no se haya guardado y conservado como grande y prodigiosa reliquia, por la gran negligencia de la gente de aquel tiempo. Pues como este pastor fuese a descolgar el cubillo, hallaba no una sino muchas veces a Nuestra Señora, como metida en él, y que no se le parecía sino desde la cintura arriba, y hablaba con él y le decía, que dijese a los del pueblo, hiciesen allí un santo templo a honor de la Virgen Santa María, porque en ello se serviría a Dios. De esto se dio cuenta al Abad y Cabildo de Párraces, y certificados de este aparecimiento y visiones, y solicitados con gran vehemencia de los vecinos del lugar, autorizando este milagro, y con su favor y ayuda se edificó aquel santuario, con invocación de Nuestra Señora del Cubillo, por haberse aparecido en el la Madre de Dios. (Cap. IX, p.20-21)

          Esta fecha ya se recoge en el libro Guía para visitar los Santuarios Marianos de Castilla-León. Clara Fernández.Ladreda Aguado. Ed. Encuentro. Madrid. 1992, en el que se indica:
          “Según la tradición, por el año 1300, en este mismo lugar se apareció la Virgen a un pastor, al ir a recoger el cubo que había colgado en la rama de un álamo. En los libros escritos se narra que el pastor “vio a nuestra Señora como metida en un cubo, y que no se le parecía sino desde la cintura y hablaba con él y le decía que dijese a los del pueblo que hiciesen allí un santo templo a honor de la Virgen Santa María”.  

          Además del texto de 1613, tenemos otro, éste del año 1434, conservado en los archivos municipales de Aldeavieja, en el que se reconocen los nuevos límites entre las localidades de Villacastín y Aldeavieja, y en el que se nombran puntualmente tanto el lugar como la ermita de Santa María del Cubillo, veinte años antes de la fecha de la aparición ya existía la ermita… Este texto, recogido por Gregorio del Ser Quijano, en su libro Documentación medieval en Archivos Municipales Abulenses. Ávila. 1998, es como sigue: 
          “Jueves, veinte y cinco días del mes de noviembre, año del nacimiento de nuestro señor Jesucristo de mil y cuatrocientos y treinta y cuatro años, este dicho día, estando cerca de la Peña Forcada, que es en término de Aldeavieja, aldea de la ciudad de Segovia, estando y Fernán García de Ocaña, alcalde en la dicha ciudad y en su lugar de García de Busco, corregidor y justicia mayor por nuestro señor el rey en la dicha ciudad y en su tierra, y otrosí estando y con el dicho alcalde Fernán Ramírez de Montoria y Juan González de las Navas, regidores de la dicha ciudad y su tierra, por poder que han del concejo y caballeros regidores de la dicha ciudad y de su tierra, y en presencia de mi, Francisco Fernández, escribano público en la dicha ciudad y en su tierra a la merced de mi señor el rey, y de los testigos abajo escritos, luego el dicho alcalde y los dichos regidores dieron y rezaron en escrito esta sentencia que se sigue…
          … y desde la Cabeza de la Vena en la cuesta abajo otro mojón, y adelante descendiendo la dicha cuesta de cabe la Cabeza de la Vena, de cara Santa María del Cubillo, otro mojón, y otro mojón a la falda de la dicha cuesta, y desde este mojón de la falda hasta una peña en que está una pililla encima de Santa María del Cubillo tres mojones, y que se haga una cruz en la dicha peña, y desde la dicha peña otro mojón entre la dicha Santa María y el hera el camino del Berceo, y que se haga una cruz por mojón en la peña cabe el sendero que viene de Villacastín a Santa María del Cubillo, a la mano izquierda, y que se haga en la cima del cerro del Cubillo otro mojón en la tierra que dicen de la Ermita, y que se haga otro mojón en el dicho cerro del Cubillo, y que se haga una cruz por mojón en una peña, el cerro abajo del Cubillo, y que se haga otro mojón encima del Berrueco del Cabrón, y que se haga otro mojón en el cerro del Cubillo de abajo de la Peña del Cabrón, y que se haga una cruz en una piedra redonda que está ende, y delante en el dicho cerro del mojón se haga en otra peña que tiene una pila una cruz por mojón…”

           Más aún, en el Cuaderno de la visita realizada a la diócesis de Segovia durante los años 1446-1447. Archivo de la catedral de Segovia, ocho años antes de la aparición de la Virgen, ya existía allí una ermita de Santa María del Cobillo:
          “Aldea Vieja. Es collaçión de Párrazes pero es de reprehender que por ser tanto pueblo de çient vesinos que non tiene cruz de plata salvo una pequenna de limogenes e una casulla vieja de zarzaania e otra blanca con aparejos susios ineptos e non cumplimiento de sávanas ca en otras parrochias de dies e de XV e veynte vesinos se ha fallado que tienen cruses de plata e buenos ornamentos de seda. Otrosy tiene buena parte del portal descubierto, los del concejo lo querellaron desiendo que sy el abad soltasse la rrenta dela iglesia saltim lo del cuartillo que ellos la proveerían de todo. Otrosy que son mal servidos delas penitençias en cuaresma lo uno por ser tanto Pablo Deo Gracias lo otro por que el capellán se abssenta algunas veces de la eglesia.
          Santa María del Cobillo. Visite la que es hermita e dise el arcediano que todo es suyo. Tiene fasta noventa cabeças de cabras e ovejas.”

          Puede que 1300 no sea la fecha exacta de la aparición de la Virgen del Cubillo, pero esta fecha es más cierta que la de 1454, según he querido demostrar en los textos antes descritos.