6 de noviembre de 2020

Aldeavieja: el retablo lateral del santuario de la Virgen del Cubillo.

 

     Dentro de los artículos dedicados a la riqueza artística de nuestro pueblo, nos vamos a ocupar de un retablo que se encuentra en el santuario de la Virgen del Cubillo.

     Se trata del que está instalado en el lado del Evangelio, a la izquierda de la nave central; no tiene una advocación especial, no está dedicado a ningún santo o santa, pues se trata del antiguo retablo central, en el que estaba instalada la imagen de la Virgen hasta que en el siglo XVIII fue retirado al fabricarse el actual retablo central, más grande que el anterior  para poder adaptarse a las nuevas medidas de la nave que había sido ampliada a finales del siglo XVII.

     Este retablo es obra de nuestro antiguo conocido Sebastián de Benavente, y fue ejecutado a instancias de Luis García de Cerecedo, que cumplía así con los deseos de su esposa, que dejó dicho en su testamento (dado en 1659) que se hiciera para la ermita un retablo de madera dorada para contener la imagen de la titular del santuario. Se supone que estaba acabado e instalado entre 1666 y 1670.

     Al instalarse en su nuevo emplazamiento se le quitó el asiento de piedra sobre el que descansaba pues, debido a su situación, dejaba de tener sus funciones antiguas y pasaba a ser un mero objeto decorativo, colocando debajo cuatro leones de escayola dorada a fin de cubrir el hueco que quedaba.

     Una vez dicho esto, vamos a pasar a su explicación:

     El retablo es bastante ancho y tiene en el banco de madera festones de tres frutos. Entre ellos hay dos cartelas formadas por sendas cabezas de ángeles con gorguera y casco rematado por un penacho de plumas y cuerpo escamado terminado en venera, con ornamento vegetal en lo alto. Hay en este basamento tres lienzos enmarcados igualmente con piedras, dos exvotos de fecha más tardía en los lados y en el centro la Huída a Egipto, que tendría debajo a la altura del pedestal de piedra la custodia, hoy desaparecida. El cuadro de la Huída a Egipto se debe a los pinceles de Herrera el Mozo, del que ya

hemos hablado cuando hemos presentado el retablo de la capilla de San José, en la iglesia parroquial de Aldeavieja y es una maravilla de trazo y color, casi diríamos que impresionista, en el que Herrera nos muestra toda su maestría ; se supone que, a ambos lados, en lugar de los exvotos que hoy están colocados, habría dos pequeños cuadros (sus medidas son de 0,41 x 0,59 m) pintados, asimismo, por Herrera y que, con seguridad, tratarían de temas sobre la vida de la Virgen y que, por desgracia, no han llegado a nosotros, siendo botín de alguno de los numerosos expolios que el santuario ha sufrido a lo largo de su historia; el de la izquierda muestra a un enfermo en la cama, a cuyo lado se encuentra un doctor y hacia los que viene otro personaje portando una bandeja, una imagen de la Virgen se encuentra en el ángulo superior derecho, del que sale un rayo de luz que se dirige al paciente; se le fecha hacia comienzos del siglo XVIII. El de la derecha tiene más historia, se trata de una imagen en la que aparecen varios barcos, unos españoles y otros ingleses, en lo que parece un ataque de éstos últimos sobre los primeros, que, presumiblemente, formarían parte de los convoyes de las Indias que traían a España productos y metales preciosos; este cuadro es una copia que realizó el pintor Rafael Seco del exvoto original que allí estaba y que desapareció no hace más de treinta años; ninguno de los dos tiene cartela, por lo que se supone que serían cortados para poder colocarlos en los marcos vacíos del retablo, perdiéndose la explicación de ambos milagros.




     El cuerpo principal está centrado por el nicho que contuvo a Nuestra Señora del Cubillo, hoy en el retablo principal; en la actualidad tiene otro exvoto pictórico de 1789 en el fondo, donado por Santiago de Andrés y Ángela Burguillo que representa a una santa (seguramente Teresa de Jesús) a la que un ángel, o quizás un Jesús niño, coronan de azucenas, junto a ella una palma que significa el triunfo y en una mesa pluma y recado de escribir. Hay una peana rectangular con un saliente curvo delante que puede ser la original.

     Los intercolumnios contienen los lienzos de San Luis y San Antonio, ambos de Herrera el Mozo; el motivo de los cuadros, que puede parecer extraños a las devociones del lugar, corresponde a los santos patrones de los que encargaron el retablo: san Luís, rey de Francia, es el patrono de Luís García de Cerecedo y san Antonio lo era de su mujer, de nombre María Antonia. Ambos cuadros están ejecutados con una gran viveza de colorido y un gran cuidado en los rasgos, que dan un resultado de gran belleza.

     El ático tiene una pintura de la Anunciación, del mismo autor que los anteriores, con marco repleto de filigranas y pinturas que representan ángeles y frutas, coronado por un jarrón, pintado, lleno de flores. A los lados hay dos pequeños muros con marco de plaquitas recortadas y policromía y con cabecitas en la parte superior.

     Todo el retablo está lleno de cabezas de querubines y serafines así como de frutas y elementos vegetales; el interior del nicho central va pintado con una gran diversidad de motivos, tanto florales como paisajísticos.

   


  No hay ninguna duda del gran valor artístico de este retablo, al que habría que poner en valor y restaurar, como se hizo en su momento con los cuadros hacia 1985 para una exposición celebrada en el Museo del Prado sobre la pintura madrileña del siglo XVII.




19 de octubre de 2020

Aldeavieja, un documento de 1914.

 

Hoy vamos a examinar un documento de hace 106 años que nos va a dar una imagen de cómo era Aldeavieja a los comienzos del siglo pasado, cuántas cosas se han perdido, cuántas se han ganado y cómo ha evolucionado todo. Se trata de la Rectificación correspondiente al año 1914 del Censo Electoral, aparecido en el Boletín Oficial Extraordinario de la Provincia de Ávila de fecha 1 de septiembre de dicho año.



Lo primero que hay que hacer constar es que en ella aparecen los nombres de las 147 personas que, a esa fecha, tenían derecho a ejercer su voto en las elecciones generales; se trata de varones mayores de 25 años, no aparecerán, por tanto, las mujeres ni los menores a esa edad; junto al nombre y apellidos se incluye la edad, el domicilio donde viven, la profesión que ejercen y si saben leer y escribir. De este dato se deduce que la población total rondaría entre los 600 y 700 habitantes, suponiendo grupos familiares entre cinco y seis personas.

En referencia al último dato que se relaciona, hay que hacer constar que de los 147, sólo ocho (8), están identificados como analfabetos, esto es, un 5,5% del total; lo cual nos indica la alta tasa de alfabetización que existía en el municipio, por supuesto que en la población masculina, no tenemos datos de la femenina, pero es seguro que sería bastante más alta.

En el listado aparecen relacionados los nombres de las calles del pueblo que son, básicamente, los mismos que ahora: Ancha, Real, Angosta, Segovia, Rodeo, Maello, Mediodía, Amargura y Pastor; a los que habría que añadir los barrios de Cabezuela, Aceiterilla, Altozano, Corrillo y la Plaza de la Constitución; además se incluyen el Santuario del Cubillo (el santero que allí vivía), y las dehesas de El Alamillo, La Lancha y Casasola (ésta ya en los límites con Navalperal de Pinares).

Las calles más habitadas son Ancha y Segovia, con 23 vecinos cada una; seguida de la calle Real, con 22; después la Cabezuela y la calle Angosta, con 16 y 15 respectivamente; la Plaza de la Constitución con 11 y las demás, ya, con menos de 10: Aceiterilla, Maello y Mediodía con 6; el Altozano con 4, las calles Rodeo y Amargura con 3 y el Corrillo y Pastor con 1.

En el santuario del Cubillo se contaría 1 y en las dehesas de La Lancha 3, el Alamillo 2 y en Casasola 1.



En cuanto a las edades, estas van desde los 25 a los 80 años; estando distribuidos de la siguiente forma:

Hasta 30 años 34 individuos, un 23%.

De los 30 a los 40, 37 personas, 25%.

De los 40 a los 50, 20, que son el 13%.

De los 50 a los 60, 29, un 19%.

De los 60 a los 70, 23, un 15%.

Mayores de 70 años, 4, un 2%.

Más de la mitad de esta población tiene menos de 50 años, un total de 91; bajando extraordinariamente los que pasan de 70 años, sólo 4, de los que sólo 1 tiene más de 75.

Vamos a ver ahora las profesiones y ocupaciones que tenían.

Entre las profesiones liberales, pertenecientes al sector servicios, se contaba con un médico, un maestro, un cura párroco, un secretario del Ayuntamiento, un farmacéutico y un veterinario.

De este mismo grupo, pero fuera de las profesiones que llamaríamos superiores, había: 1 panadero, 2 industriales (que normalmente eran abaceros y taberneros), 1 estanquero, 1 sacristán, 1 zapatero, 3 herreros, 2 carreteros (fabricantes de carros) 2 alguaciles, 1 peón caminero y 1 capataz, y seis guardas jurados (de las distintas dehesas).

En el sector terciario (agricultura y ganadería) que eran la gran mayoría, se dividían: 5 propietarios (se llamaba así a los que no tenían necesidad de trabajar personalmente en sus tierras o fincas), 7 ganaderos, 38 labradores y, en la escala más baja, esto es, los que trabajaban principalmente para otros, aunque tuvieran pequeñas propiedades, 53 jornaleros, 14 sirvientes y 3 pastores.

Se ve, que casi la mitad, 70 de 149, necesitaban trabajar para otros para poder subsistir, lo que da una idea del desigual reparto de las tierras y de la riqueza.



Por último, como curiosidad anecdótica, o no, nos encontramos en que existen 75 apellidos distintos en estas 149 personas, de un total de 298 posibles; de lo que se deduce que hay 223 que se repiten en mayor o menor número.

El más corriente, con 32 nominaciones, es Moreno; le sigue Vázquez, con 19; y a la zaga Muñoz y Gordo, con 18; después Torres, con 16 y Martín con 15; sucediéndoles López, García y Zahonero, con 10.

Y esto es todo, espero que os haya entretenido.

11 de octubre de 2020

Aldeavieja: El retablo de la Virgen del Rosario en la iglesia parroquial.

 

     Hoy vamos a continuar dando otro apunte sobre la riqueza artística de nuestro pueblo; una vez más se encuentra en la iglesia parroquial y, también, se trata de un retablo. En el lado del Evangelio, esto es, a la izquierda del altar mayor, está el retablo de la Virgen del Rosario; su construcción se debe a nuestro antiguo conocido Luis García Cerecedo, el mismo personaje que mandó levantar la Capilla de San José en la propia iglesia.

     El comienzo de ejecución de este retablo se puede datar en alguna fecha posterior a 1670, hacia 1672. En todo caso es anterior a 1676, porque en su testamento de ese año ordenó Luis García Cerecedo que “los retablos que tengo hechos y puestos de madera, uno en la iglesia y otro el principal de la hermita del señor san Cristóbal, se doren y encarnen los santos conforme al trato que tengo hecho con Pedro del Oyo, dorador, y se a de encarnar el Santo Christo de San Cristóbal y se ha de hacer un árbol al santo Cristo de la Oración del Huerto”; su artífice fue Sebastián de Benavente, el mismo que hizo el retablo de la Capilla de San José y otros cuantos más, en Aldeavieja, de los que ya nos ocuparemos, y que tuvo una gran amistad con el donante del que tratamos.

     Sobre el retablo, en las pechinas, hay dos tarjetas con escamas en la parte baja y alta, en que hay una cabeza de serafín. Los interiores tienen las inscripciones “ESTE RETABLO DIO LUIS GARCÍA DE CEREZEDO” “Y MARÍA DE HERRERA SU MVGER AÑO DE 1677”.


     Ahora pasemos a una descripción del mismo.

     El retablo consta de sotabanco de piedra y banco de madera, en él hay dos pinturas, una a cada lado, que representan a la Virgen hilando y San José con el Niño; en el centro, y cerrando el sagrario hay una pintura del Pelícano sacrificándose por sus crías. Los cuadros parecen ser de Matías de Torres (Aguilar de Campoo 1635 – Madrid 1711), amigo y compañero de Herrera el Mozo, con quien compartió diversos encargos, se dedicó principalmente a la pintura de pequeños cuadros para retablos.

     La imagen del pelícano se debe a una antigua creencia de que esta ave hacía sangrar su pecho, a picotazos, para alimentar a sus crías (realmente se debía a que se golpeaba el pecho para regurgitar el alimento con que las saciaba) y pasó a convertirse, para la Iglesia católica,  en una imagen del sacrificio de Jesucristo que, con su vida, redimía a la Humanidad; sobre todo al final del siglo XVII y a los inicios del siglo XIX, el pelicano se retoma como signo de la dedicación de los padres hacia los hijos y como símbolo de la muerte de Cristo.

     En el cuerpo principal, en el centro, hay una hornacina que contiene una imagen de la Virgen con el Niño, al que sostiene con la mano izquierda y un rosario en la derecha, duplicado por uno de madera dorada de doble cadena y florones a intervalos, que está en el fondo de la hornacina y rodea al grupo; los dos llevan unas aparatosas coronas de plata en la cabeza que no formaban parte de la imagen original, ya que no se adaptan y están sobrecolocadas.

     A los lados de la escultura central, en ambas hornacinas, se encuentran las imágenes de San Antón, a la derecha, y San José, a la izquierda.

     San Antón, patrón de los animales, está representado por un anciano, con hábito de monje, que lleva en su mano derecha un bastón o cayado, y en la izquierda un libro cerrado (que originalmente debía de llevar en la mano y que actualmente le cuelga de la muñeca por una correa), a sus pies, un cerdito, con un lazo del que colgaría una campanilla, completa su simbología. No es la original del retablo, que ignoramos cual sería, pero no hay más que ver su desigual tamaño comparado con las otras imágenes y cómo se sale de la hornacina que lo contiene.

     La escultura de San José, en el lado izquierdo, sí parece ser de la obra original, aunque le faltan los atributos típicos; la vara con azucenas que sostiene en la mano derecha, que debería estar apoyada en el suelo, representa la castidad y en la mano izquierda, que se representa abierta como si le faltase algo, debería llevar alguno de los útiles característicos de su profesión: carpintero.

     Finalmente, en el ático, en una caja profusamente adornada y con un fondo pintado imitando jaspes rojizos y verdes, se encuentra una magnífica talla de Cristo atado a la columna. Se desconoce al escultor que talló las imágenes que adornan el retablo, aunque es seguro que pertenecía al círculo de Sebastián de Benavente, y casi seguro que fue más de uno, pues hay una gran diferencia entre la talla de la Virgen y las otras, sobre todo del Cristo atado a la columna, que sobresale por la pureza de sus líneas.

     Todo el retablo, pintado y dorado, está adornado con florones, rosetones, filigranas y cuentas, formando un conjunto de una gran riqueza ornamental.

     La lástima es el estado en que se encuentra actualmente, aparte de los dorados que se han perdido y los desconchones de la pintura en diversos sitios, necesitaría una restauración, en profundidad, tanto de las pinturas como de las imágenes esculpidas, antes de que sea irremediable.

11 de septiembre de 2020

Aldeavieja: una historia que pudo ser: el chozo. VI

 

(continuación...)



-Cuanto más lo pienso más se dirige todo en una dirección: el único punto en común de todas las víctimas es… el chatarrero, conocía a la chica, o por lo menos a la madre; coincidía muchas veces con el mulero en el camino y en los pueblos… y, finalmente, es el último que vio con vida a Antonio; tiene que ser él, por narices… no hay otro sospechoso.

Así cavilaba el cabo en su despacho, todo apuntaba en esa dirección, pero algo no cuadraba, algo había en toda aquella historia que no acababa de convencerle; sí, el chatarrero era el más indicado, pero, entonces, qué hacía ahora mismo allí, en la plaza del pueblo, vociferando su mercancía para atraer a las mujeres…? ¿no habría sido más lógico, si era el culpable, desaparecer por un tiempo? ¿irse al sur unos meses, que la gente se olvidase de todo aquello y no mostrarse, como lo hacía, en medio de todos, contando a quien quisiera oírle que él fue el último que vio al guardia civil asesinado?; no, algo fallaba en esa teoría; el chatarrero era demasiado obvio… pero, entonces ¿quién?.

En la comandancia ya le habían dado un aviso, querían a alguien, querían un sospechoso que se pudiera llevar ante un juez, que enseñar a la prensa y, aún más, a la gente de los pueblos para que volvieran a confiar en ellos, en que eran capaces de encontrar a un asesino que perturbaba sus vidas y amenazaba su tranquilidad; sería muy fácil entregarles al chatarrero… pero no, no estaba seguro de que fuera el culpable; tenía que dar más vueltas a aquel asunto…

Si por lo menos Arturo cooperase… pero no, su subordinado parecía alejado de todo aquello, como si no fuera con él; después de encontrar el cadáver de Antonio se había desatendido de toda la investigación; no quería hacer nada en aquel asunto y cuando se le ordenaba… obedecía sí, pero con una desgana que daba a entender que nada bueno o nuevo iba a encontrar y que ninguna idea o pista iba a aportar; le extrañaba su conducta, pues aunque comprendía que todo aquello había resultado muy duro para él, también era verdad que en peores situaciones se habían encontrado antes.

-Arturo no es como antes, no sé qué le pasará… si por lo menos se abriera como en los viejos tiempos y me contara lo que le pasa o lo que pasa por esa cabeza…

El cabo se levantó pesadamente de la incómoda silla de madera que utilizaba cuando se sentaba en su despacho; era incómoda y dura, pero la quería así, para estar en ella el menor tiempo posible… y esta vez llevaba demasiado; le dolían las nalgas y pensó que si sacaba aquella botella de aguardiente que tenía en el armario e invitaba a Arturo a una copa… a lo mejor, entre los dos, volvía a surgir el diálogo o se les ocurría algo que les llevase a buen puerto.

-¡Arturo, Arturo!, sal de tu guarida y ven a mojar la garganta con tu cabo.

Llegó hasta la puerta del cuartucho donde dormía y tenía sus cosas el guardia y vio que estaba entornada…

-¡Arturo!, no te hagas el sordo…

Al empujar la puerta comprendió por qué Arturo no le contestaba… allí, frente a él, colgado de una soga, se balanceaba el cuerpo sin vida de su amigo…

El estrépito de la botella al estrellarse contra el suelo fue el único sonido que se escuchó en el cuartelillo en aquella calurosa tarde.

Manuel, que así se llamaba el cabo, tenía ante sí, sobre la mesa de su despacho, unas pocas hojas de papel en las que, con su caligrafía cuidadosa y elegante, Arturo explicaba el cómo y el por qué de todas sus andanzas.

Las había leído un par de veces intentando entrar en la cabeza del que fue su subordinado y amigo y comprender todo el infierno por el que había pasado… empezaba así:

Querido Manuel, me sabe mal hacerte esto después de todos los años que hemos pasado juntos y las historias, buenas y malas, que hemos tenido durante ese tiempo; pero no puedo dejar que otro cargue con mis culpas y menos el pobre chatarrero, que tiene todos los números para que le toque esta lotería.

Fui yo. Sí, lo confieso. Yo maté al mulero y a la niña, y sí, también maté a Antonio. Te lo contaré todo: yo conocía a la madre de la chica y yo la convencí para que la mandase a este pueblo, ¿por qué?, pues verás, la niña era igual que María; ¿te acuerdas de ella? Ya hace muchos años, en el sur, en aquel pueblo de Ciudad Real donde nos conocimos; nos íbamos a casar, ¿recuerdas?, pero murió de aquellas fiebres que hubo en el año 70; al poco tú y yo nos fuimos trasladados a Extremadura y luego a aquí; en una de las misiones a Peguerinos conocí a la Paca, es una mujer amable y tierna que había quedado viuda hacía poco; me presentó a sus hijas y cuando vi a Herminia vi también a María; eran iguales; me enteré que la pensaba mandar a Aldeavieja con su hermana y yo la animé a ello; soñaba con ella, con verla todos los días, con… en fin, ya sabes, no vivía más que para verla y sólo soñaba con tenerla; cuando me enteré que venía con el mulero no me pude resistir más; salí a su encuentro, en la sierra, y esperé a que llegaran al lugar donde yo sabía que pararían a descansar. No sé qué pasó por mi cabeza, pero mi entendimiento se nubló y aquel hombre honrado y sencillo pagó por culpa de mi lujuria y mi deseo; ella no se enteró cuando me deshice de él, no vio nada y yo la convencí de que había tenido que volverse a por una mula que se le había quedado atrás  y me había encargado de que yo la acompañase hasta el pueblo.

¿Cómo iba a dudar de mí, un guardia que, además, conocía a su madre?; bajamos por el camino y al llegar cerca de los prados de la Jarrera no pude aguantar más, con un pretexto cualquiera la convencí para que me acompañase hasta un bosquecillo cercano, me parecía que estaba con María y cuando la cogí entre mis brazos para besarla ella se asustó, lógico, yo enloquecí y la di un mal golpe, cayó sobre una piedra con tan mala fortuna que se mató; recobré la razón, pero ya era tarde, no sabía qué hacer y la acuchillé como si hubiera sido víctima de un asalto; entonces, no sé por qué arrebato, corté sus botones, como un recuerdo… un mal recuerdo, me di cuenta y los deje allí, en el suelo donde la había matado; después… llevé su cuerpo al chozo que yo sabía cercano con la esperanza de que las alimañas acabaran con él.

Luego, todo ha sido mentir y disimular, dar vueltas y marear la perdiz; cuando me enteré que Antonio iba a Peguerinos vi que aquello se iba a descubrir; allí le contarían mi relación con la Paca y Antonio era muy bueno atando cabos; salí a su encuentro y, ya sabes, cuando se empieza algo… hay que acabarlo; aunque sea un crimen.

Todo mi mundo se había derrumbado; yo, un representante de la ley… no era más que un vulgar criminal, una vergüenza para el Cuerpo y para mis compañeros; me había aprovechado de nuestra amistad, de tu confianza y había manchado mis manos con demasiada sangre inocente… no merecía vivir”.


FIN