1 de julio de 2016

Leyendas de Aldeavieja: la calle "Amargura"

          Muchos os preguntaréis cómo es que una de las calles del pueblo se llama “Amargura”; ¿de dónde le ha venido ese nombre tan… triste?; si bien es cierto que es un nombre tradicional (pues lleva más de cien años con ese nombre), no por ello deja de ser curioso que se conserve hoy en día.
          Os voy a contar una historia, no sé si cierta o no, que le oí relatar a mi abuelo Ciriaco en numerosas ocasiones, cuando nos contaba sus andanzas en Aldeavieja en su niñez y adolescencia.
          Allá, por el año mil cuatrocientos… y pico, cuando Aldeavieja no tenía que envidiar nada a Villacastín y competía con dicho pueblo en ser cabeza de partido, vivía, en la, en esa  época, llamada calle de arriba, un matrimonio de aparceros que labraban las tierras de uno de los propietarios de aquel entonces, un Moreno, o Gordo, o López… en fin, uno de los ricos de la época; se llamaban Pablo y Catalina; como no tenían hijos, dedicaban todo su amor en quererse el uno al otro como ninguna pareja lo había hecho jamás.
          Catalina era muy hermosa y antes de casarse era la moza más perseguida y galanteada del pueblo; huérfana desde muy pequeña, vivía con unos tíos suyos que vieron con buenos ojos cómo crecía el amor entre ella y Pablo, que, también, era un buen mozo, honrado, honesto y trabajador y que, a su vez, había hecho suspirar a todas las mozas casaderas de la aldea.
          Cuentan que había un joven, Teodoro se llamaba, hijo de uno de los terratenientes que, encaprichado de Catalina, hacía lo posible, y lo imposible, para hacerse el encontradizo e intentar sacar de la bella una mirada, una sonrisa o una palabra, pues más nunca conseguía y, luego, adornaba su lance como si hubiera conseguido mucho más de lo que la decencia y el pudor podrían permitir; consiguiendo así que el corro de aduladores que siempre le aplaudía y le reía las gracias voceara por el pueblo que Catalina y Teodoro eran amantes.
          Tanto se repitió la mentira, y en tantos sitios, que llegó a oídos de Pablo; él estaba seguro de la inocencia de su mujer y aunque no creía las mentiras que de ella se decían, no por eso le gustaban; así que, ni corto ni perezoso, fue en busca del autor de las calumnias para que se retractase de lo dicho.
          Teodoro, además de fanfarrón, era cobarde; y no bien vio a Pablo que se dirigía hacia él con cara de pocos amigos, se quiso refugiar entre sus amigos… pero allí, en la taberna, nadie quería pendencias con Pablo, al que todos estimaban, y nadie quiso concederle el apoyo de la amistad o la complicidad; viéndose solo no le quedó más remedio que poner buena cara y admitir ante todos que lo dicho de Catalina era mentira, rogando a Pablo que no se molestase por aquella broma infantil. No era éste amigo de pendencias y se contentó con las palabras de Teodoro y, es más, no tuvo ningún reparo en invitarle a un vaso de buen vino para sellar aquella paz.
          A pesar de las apariencias, el alma negra de Teodoro se revolvía dentro de su cuerpo, jurando venganza por la humillación sufrida y, después de discurrir en su malvada cabeza algún plan con el que apagar su cólera, maquinó una sórdida acción: como “desagravio” mandó un jamón a la casa de Pablo y Catalina, como obsequio para apaciguar los ánimos ofendidos.
          Y así fue, Catalina abrió la puerta de su casa y recibió de manos de un criado una pieza de cerdo sin envolver, mientras vecinos y curiosos lo observaban; al llegar Pablo a casa y ver el jamón lo devolvió, ofendido, a Teodoro; el cual, al recibirlo, acusó a Pablo de judaizante, ya que devolvía el jamón porque su religión, que practicaba en la clandestinidad, se lo prohibía; fueron inútiles las protestas y los juramentos que tanto Pablo, como Catalina, como parientes y amigos, hicieron; Teodoro tenía un familiar en la Inquisición abulense y no tardó en presentarse en casa de nuestros protagonistas un alguacil, con su cohorte de soldados, acompañando a un monje dominico que detuvieron, y encadenaron a Pablo y lo condujeron, entre insultos y golpes, por toda la calle hasta la plaza mayor, donde los esperaba un carruaje cerrado, en el que fue metido, en dirección a las celdas inquisitoriales de Ávila.

          Nunca volvió Pablo al pueblo, muriendo entre atroces tormentos en una oscura y maloliente celda del monasterio de Santo Tomás (donde estaban las prisiones de la Inquisición) y aquella calle, calle de vergüenza y sufrimiento, se fue llamando por el pueblo como calle de la Amargura, por tanta como tuvieron que soportar sus vecinos, nombre que aún conserva.




14 de junio de 2016

Leyendas de Aldeavieja: el monte Pelado.

          Imaginaos todo el alto de la sierra, hasta media ladera, llena de árboles: pinos, robles, encinas, hayas… entre ellos corren salvajes, saltando entre las peñas, mil y un arroyos de agua helada, que riegan cientos de pequeñas praderas que aparecen rodeadas de profusa vegetación; por las noches se ve correr a los jabalíes, a los gamos, zorros… y por el día, rebaños de ovejas y grupos de vacas sestean y pacen al cuidado de los pastores; la hierba está siempre verde, jugosa, formando uno de los pastos más nutritivos de la zona y, al otro lado de la sierra, igual… hasta llegar a la gran llanura del Campo Azálvaro; todo lo que hoy conocemos como la dehesa de Regajales, los Toriles, la Hoya, Castillejos, Casasola, el Alamillo…  y los montes que sirven de muralla a los vientos y las nubes, eran así… ¿cuándo? ¿hace cuántos años?, pongamos que seis siglos, más o menos… ¿por qué una montaña así, llena de arbolado, llega a llamarse monte Pelado?
          Hará poco más de ciento cincuenta años, todavía podían verse las heridas de los tocones en las laderas y ya, entonces, aquel pico se llamaba Pelado; ¿causas? La necesidad de pastos, de más pastos para alimentar a la, cada vez, más numerosa cabaña… y esos árboles, además de para alimentar el fuego de los hogares, servirán para construir los buques del Rey; se necesitaba mucha madera para esas grandes flotas que atravesaban el Atlántico para volver cargadas de oro y de plata con los que Su Majestad Católica pagaría esos ejércitos invencibles que se enseñoreaban por toda Europa para… nada.
          Esas fueron las causas de la deforestación de los bosques de nuestro pueblo, quedando sólo el bosquecillo de robles, el Valle, como testigo de la anterior riqueza. Pero hay una causa que a mí, personalmente, me gusta mucho más que esta que os he relatado; una tarde, cuando el sol pegaba más fuerte, nos la relató Emilio en aquel chozo que levantaba cada año en las eras del Prao Roble y que, más o menos, era así:
………………..

          ¿Conocéis la huerta de Miguel de Dios, verdad?, esa que está subiendo al cerro Pelado; pues bien, hace años, bastantes años, pertenecía a un paisano que se llamaba así: Miguel de Dios, de ahí su nombre; era de un pueblito de Cáceres y en la feria de Ávila había conocido a una moza de Aldeavieja con la que después se casó y vino a vivir aquí, se compró ese terreno e hizo en él una huerta, grande, a la que cercó con una valla de piedras, dejando a su alrededor árboles para que la defendieran del frío en invierno y del demasiado calor en verano.

           
                                          Camino a la huerta de Miguel de Dios, con el monte Pelado al fondo


          Todo alrededor era un bosque espeso de robles y encinas y sólo un estrecho camino, que Miguel había ido allanando, llegaba hasta la huerta.
          Todo era perfecto menos en un punto: por las noches los jabalíes y los gamos saltaban la cerca y destrozaban los mejores sembrados, encontrando, a la mañana siguiente, el pobre Miguel, con que sus esfuerzos sólo servían para alimentar a aquellos animales salvajes a los que no podía perseguir por lo intrincado de la espesura que rodeaba su posesión.
          Desesperaba de poder hacer algo y por más que ponía cepos, o lazos, los animales los sorteaban  y no caían en ellos, como si una secreta inteligencia los alejara de aquellas trampas mortales; es más, algunas mañanas, cuando llegaba, se encontraba con que todos los cepos se habían cerrado en falso y que los lazos, colgaban de las ramas inertes, vacíos, incluso alguno con una col o una zanahoria, como si aquellas bestias se hubieran estado burlando de los quehaceres del pobre huertano.
          Desesperado, contaba en la taberna, a todo el que quisiera escucharle, su mala suerte y preguntaba a cualquiera si conocía algún método o remedio para solucionar su problema; mil consejos peregrinos le dieron, pero ninguno le dio resultado, hasta que un día, el tío Ventura le sugirió que fuese a ver a la tía Micaela, en Ojos Albos, que tenía fama de ser algo bruja y, quizás, ella le pudiera dar algún remedio para salvar la huerta de los ataques de los animales.
          Le contó a Eufemia, su mujer, el consejo del tío Ventura y ella le animó a hacerle caso; el tío Ventura era ya un anciano, pero con la cabeza bien despierta y asentada y era un poco como el testigo viviente de todos los hechos pasados más importantes de la comunidad; sus razonamientos casi siempre eran certeros y llevaba muchos años ejerciendo de Juez de Paz entre sus vecinos, que le consideraban como el más honesto y cabal de todos ellos; así pues, Miguel, al día siguiente, enjaezó su mula y cogió el camino,  que por Silla Jineta, le llevaría al vecino pueblo.
          Todo el mundo sabía dónde vivía la tía Micaela; saliendo del pueblo, en dirección sur, en una casita baja, solitaria, que se confundía con el color rojo de la tierra que la rodeaba; una débil y fina columna de humo salía por la chimenea, panzuda y chata; Miguel se bajó de la mula y la ató a un arbolillo que mal crecía junto a la entrada.
          Golpeó suavemente con los nudillos en la puerta de madera, dentro no se oía ni un ruido; golpeó algo más fuerte, nadie contestó; empujó la puerta y ésta cedió… una habitación oscura, llena de un humo denso y picante, le dio la bienvenida…
          -¿Hay alguien en casa?
          -…
          -¿Hay alguien dentro?
          Ya se disponía a salir cuando una vocecilla le contestó desde el rincón más oscuro:
          -Pasa, Miguel, pasa y cierra la puerta.
          Sobresaltado, se dio la vuelta y allá, al fondo de la estancia, arrimada al fuego, una luz blanca y potente, que parecía surgir de dentro de la persona, iluminaba a una niña de apenas once años, rubia, blanca, sonriente, se cubría con un vestido azul pálido y una corona de amapolas y acianos adornaba su cabeza…
          -Venía a ver a la tía Micaela… ¿ha salido?
          -No, no ha salido.
          -¿Podrías avisarla?; he venido de…
          -…De Aldeavieja…
          -Sí, he venido de Aldeavieja para consultarla…
          -…Por los animales que destrozan tu huerta…
          -…Pero… ¿Cómo sabes…?
          -Miguel…. –dijo la niña con voz suave y como cansada-…Miguel, ¡yo lo sé todo!
          Lo que pasó después lo recordó toda su vida; aquella niña, dulce y tierna fue cambiando ante sus ojos, lentamente, para dar paso a una mujer joven y exuberante, con los ojos brillantes y la boca tentadora; después sus ojos se fueron perdiendo, poco a poco, entre las arrugas de la cara y la boca se mudó en una sonrisa irónica y cansada; más tarde sólo quedó una mujer anciana, muy anciana, con las manos afiladas y sarmentosas, pero con un brillo especial en los ojos y esa eterna sonrisa que había vislumbrado anteriormente.
          Se quedó allí quieto, en el centro de la habitación, pasmado y con un miedo en el cuerpo que le impedía cualquier movimiento…
          -… Siéntate… Miguel; en esa banqueta que hay frente a mi…
          Siguió con la vista el lugar que se le indicaba con la mano y vio allí, al otro lado de la lumbre, una banqueta de madera iluminada con aquella luz blanca e incierta…
          -Esto ha sido sólo un juego de magia; no te asustes; me gusta sorprender… un poco, a mis visitantes…; pero, tú habías venido a un negocio ¿no?.
          -Sí, tía Micaela… -pudo decir después de un profundo carraspeo-.
          -Pues… tú dirás… ¿o estaba yo en lo cierto con lo de los animales?
          -Sí, sí; por supuesto que estaba usted en lo cierto; a eso venía… pero no esperaba…
          -Ya me lo imaginaba; pero desde que te vi salir de Aldeavieja, estuve pensando en hacerte una pequeña broma… para romper el hielo, más que nada.
          -¿Desde que salí de Aldeavieja?
          -Sí, todo aquel que viene a mí me manda como un mensaje anunciando su visita; yo lo recibo en mi mente y me preparo para recibiros… es así de simple.
          -Entonces…
………………

          Caballero en su mula Miguel volvía a su casa; sentía como si la naturaleza le sonriera según iba avanzando por el camino de la sierra; los pájaros parecían saludarle y revoloteaban en torno suyo llenando el aire con sus trinos; hasta daba la impresión de que la primavera se había adelantado y flores que él no había visto al ir aparecían a los lados del camino mientras se acercaba a su destino; miró a la derecha y la masa de árboles ya no le parecía tan amenazadora.
          -Si todo fuera tan fácil como la tía Micaela le había dicho –pensaba para sus adentros-.
          En su cintura, sujeto con la faja, llevaba el frasco con el que, según le había indicado la anciana, evitaría que los animales del bosque arruinaran su huerta. ¿Sería tan fácil? ¿Habrían acabado sus pesadillas?
          El sol hacía rato que se había ocultado cuando llegó hasta su casa, allá en la calle Real; llevó a la mula a la cuadra y entró en la cocina, donde estaba esperándole su mujer; la abrazó como hacía mucho que no lo hacía y, con una sonrisa, le mostró el frasco, lleno de un líquido dorado que chispeaba con la luz de la cocina.
          -Esto lo solucionará todo –dijo-
…………………

          -La tía Micaela me dijo que echase unas gotas de este líquido en cada una de las esquinas de la huerta y los animales no me volverán a molestar, a cambio me ha pedido la mitad de nuestra cosecha y llevársela esté donde esté. ¿Qué te parece?
          -Creo que está bien, pues aunque pierdas ahora un poco será una ganancia para el futuro.
          -Eso mismo pienso yo; y seguro que, cuando llegue el momento, no lo querrá todo ¿qué va a hacer ella con tantos y tantos kilos de patatas, de nabos, de guisantes, de manzanas… ¡en fin, de tantas y tantas cosas!
          -Pues nada, no le des más vueltas, duerme y mañana te llegas arriba y echas lo que te ha dado. ¿con qué lo habrá hecho?
          -No sé, pero si funciona, tanto da si está hecho de cuernos de demonios.
          -No digas esas cosas, Miguel, la tía Micaela es bruja, pero de las buenas ¿no?
          -Eso mismo creo yo…
          -Vale, pues hasta mañana.
          -Hasta mañana.
…………………..

          A la mañana siguiente, no bien había amanecido, Miguel subió hasta la huerta y siguiendo las indicaciones de la anciana, echó cuatro gotas de aquel líquido dorado en cada una de las esquinas del cercado.
          -Ahora a esperar.
          Y lleno de esperanzas rehízo los surcos, resembró los cuadros pisoteados, enderezó los tutores de las judías y de los guisantes y abonó con cuidado los frutales.
          Cuando al día siguiente volvió, encontró que ningún animal había traspasado la cerca, aunque alrededor de ella vio numerosas huellas de animales, como si hubieran estado rodeándola una y otra vez buscando un sitio por donde entrar.
          Y lo mismo pasó al día siguiente, y al siguiente… y al siguiente… y así hasta que los frutos llegaron a su sazón y los recolectó y cual no sería su alegría al ver que los resultados habían sido mucho mejores de lo que nunca hubiera imaginado.
          Había llegado el momento de pagar a la tía Micaela el precio de su trabajo; alquiló una carreta y la llenó con la mitad, escrupulosamente contada, de los productos que había conseguido; luego, pasito a pasito, la fue conduciendo por el camino de la sierra hasta el pueblo de Ojos Albos; había salido muy de mañana, así que cerca del mediodía ya rodaba por las primeras calles del vecino pueblo, en dirección de la casa de la anciana.
          Al llegar allí observó que no salía de la chimenea el familiar hilillo de humo y las plantas que crecían alrededor de la vivienda estaban mustias y secas. Lleno de aprensión llamó a la puerta y, como siempre, nadie contestó; empujó la puerta, que cedió al momento y se encontró en la misma estancia que tan bien conocía, pero la chimenea no estaba encendida, ni nada delataba la presencia de la vieja; había una atmósfera fría y deprimente y faltaba aquella presencia picante y mágica que había sentido en su única visita.
          -Tía Micaela, -susurró-
          -¡Tía Micaela! –dijo un poco más fuerte-.
          Pero nadie contestó. Oyó un ruido a su espalda y por el rabillo del ojo pudo ver como una gata calicó escapaba rauda por la puerta entreabierta.
          Salió y, andando unos metros, llamó a la primera casa del pueblo que consideró habitada. A sus llamadas salió una vecina que se le quedó mirando con ojos expectantes.
          -¿No está la tía Micaela en casa?
          -No, ya no. La pobre murió el mes pasado.
          -¿Está, pues, en el cementerio?
          -¡Ay, la pobre!, como tenía fama de bruja el señor cura no la quiso enterrar en el camposanto, así que la metimos en una fosa que cavamos en la parte de fuera, junto a la pared de la solana.
          -¿Tiene alguna cruz o algún nombre?
          -No, que va, mi marido la puso una piedra gorda encima, con una cruz pintada; dijo que dijera lo que dijera el cura, había sido una buena mujer y nunca se había metido con nadie.
          -Gracias.
          -¿Es usted familia?
          -No, soy Miguel de Dios, de Aldeavieja…
          -¡Ah, sí! ¡el de la huerta!
          -Es que le traía unas cosas, me ayudó en un problema…
          -Sí, era una buena mujer, siempre ayudando al que lo necesitaba.
          -Pero ahora… no sé qué hacer con ello.
          -Pues nada, ¿qué va a hacer?, ella está muerta, así que de poco le iban a servir unas lechugas o unas zanahorias…
          - No, claro… pero me dijo que se las llevara donde estuviera…
          -¿Al cementerio?
          -Tiene usted razón; espere, que le dejaré aquí unos melones y unas judías; por lo menos era usted vecina suya…
          -Pues gracias, y no se preocupe; vuélvase a casa y rece por ella.
          Miguel volvió a su casa, le contó a su mujer lo sucedido y los dos llegaron a la conclusión de que nada más podían hacer.
          Cuando se acostaron, continuaban resonando en su cabeza las palabras de la tía Micaela: me llevarás la mitad de tu cosecha allí donde esté, allí donde esté… allí….
…………………

          No durmió nada aquella noche; antes de que el sol saliera, Miguel se encaminó hacia su huerta; todo seguía como lo había dejado el día anterior; las hortalizas recogidas, la fruta en cestos dentro de la cabaña, las matas arrancadas pudriéndose en un rincón… alrededor de la valla las pisadas de los animales, muchas más que antes, pero ninguno había pasado el cercado…. la magia de la tía Micaela seguía funcionando… más allá de la muerte.
          Pero algo no estaba en su sitio, no alcanzaba a ver qué era, pero algo no estaba igual; algo faltaba… algo que le dejó con la incertidumbre de si todo iba bien, de si todo seguía igual… y recordó, otra vez, las palabras de Micaela: la mitad de tu cosecha allí donde esté…
…………………

          Un mes después de lo anterior, antes de marchar a la huerta, Miguel se acercó a su mujer y le dijo:
          -Eufemia, hoy quiero que subas conmigo.
          -Si tú quieres…. Pero, ¿para qué? Nunca has querido que te acompañara…
          -Ya lo sé, pero quiero que me digas si las cosas son como yo las veo y si tú, también, puedes verlas.
          -¿Qué ha pasado, Miguel? ¡no me asustes…!
          -Pasar… pasar… mucho, o nada, según se vea.
          -Me estás asustando con tus misterios…
          -¡Anda, avíate, y nos vamos; voy a sacar la mula, para que vayas más cómoda.
          -Vale, hijo, pero te advierto que no me gusta que me vengas con misterios.
          Eufemia y Miguel, piano piano, fueron subiendo hasta la huerta. Ya dejaron atrás el cerro Calvario, con sus robles coloreándose de castaño, en busca del final del otoño; a su frente la huerta mostraba sus árboles con las hojas amarillas, esperando su caída y, alrededor…
          -¿Qué has hecho, Miguel? ¿Qué has hecho?
          -…
          -¿Callas?, ¿has cortado tú los árboles?
          -No, yo no…
          -Pero… antes llegaba el bosque a las mismas tapias de la huerta y ahora… ahora no hay ninguno, ni uno solo en más de… ¡yo qué sé! ¿cien pies?
          -Ciento cincuenta, exactamente… y cada día diez pies más.
          -Y… ¿dónde están?
          -No lo sé, desaparecen; no dejan rastro, sólo el tocón, como si una mano invisible viniera por la noche y los talara.
          -Pero… eso no puede ser; sería brujería… sería… ¡la tía Micaela!
          -Sí, eso mismo pienso yo…
          -La deuda…
          -Sí, creo que deberíamos hacer algo al respecto…
          -Pero ¿cómo vas a llevar verduras y legumbres a una muerta?
          -No sé… pero no veo otra solución…
          -¿Por qué no lo consultas con el cura?
          -¿Tú crees?
          -¿Qué podemos perder?
………………..

          Y Miguel y Eufemia se presentaron ante don Justo, que era, a la sazón, el párroco de San Cristóbal y le contaron sus cuitas.
          El buen sacerdote, acostumbrado a las barbaridades de sus feligreses se cuidó muy mucho de regañarles o de amenazarles con el infierno por sus tratos con una agente del diablo; bien sabía él que ese no era el camino; había que vencer al enemigo con sus propias armas y les propuso subir aquella noche hasta la huerta y observar qué es lo que pasaba allí; ya iría él bien armado para defenderse del Maligno si éste se presentaba por allí.
          Y dicho y hecho; a la noche, después de una buena cena, Miguel fue a buscar a don Justo y los dos, en compañía de dos o tres paisanos a los que habían hecho participes de sus preocupaciones, marcharon hacia el monte.
          No bien llegaron, se colocaron dentro de la finca, al resguardo de la cerca, bien arropados en sus mantas de Béjar y con una buena bota de Cebreros a mano; por eso de protegerse del relente.
          La noche iba refrescando según iban pasando las horas y el sueño iba amenazando con adueñarse de ellos; de pronto, comenzaron a oir sonidos que venían de todas partes, de dentro del bosque, sonidos que iban aumentando gradualmente; como una avalancha, el ruido iba en crescendo, como si miles de patas se acercaran a su posición; aguzaron la vista, llenos de aprensiones, con su pizca de miedo y, como no, de curiosidad y, a la luz de la luna contemplaron como se acercaban, desde lo más profundo del bosque, cientos de animales de todas clases: jabalíes, zorros, algún lobo, conejos, gamos, ardillas, liebres…, con los ojos abiertos de par en par y las bocas más abiertas aún, vieron como se acercaban a la valla de piedras, como la olisqueaban, la arañaban y se echaban atrás, como repelidos por un conjuro… comenzaron a dar vueltas alrededor de la huerta, emitiendo los sonidos más dispares, que sonaban lúgubremente en la rota quietud de la noche; así estuvieron una o dos horas, al cabo de las cuales se retiraron tal y como habían llegado… sólo había una pequeña diferencia, a la escasa luz de la luna, pudieron comprobar cómo el bosque se había retirado unos cien metros…
          Con algo de cautela y, ¿por qué no?, de miedo salieron de su resguardo sin poder creerse lo que acababan de contemplar; no hablaron, sólo saltaron la valla y, a la luz de unas antorchas que habían traído, miraron fijamente las huellas, las miles de huellas, que aquellos animales habían dejado antes de marchar, fueron siguiéndolas y, efectivamente, comprobaron cómo la hierba, una hierba verde y limpia, ocupaba el lugar en donde unos instantes antes había árboles de más de diez metros de alto y de tres o cuatro de diámetro; sólo los tocones, como recién cortados, borboteando aún savia fresca, señalaban el lugar en que habían estado.
          Se  miraron a las caras, confusos, asombrados, con tantas cosas que decir que no les salían las palabras; Miguel se acariciaba la barbilla; el cura, con los ojos cerrados, musitaba alguna oración y los otros, cada uno a su manera, manifestaban su perplejidad.
          Casi era de amanecida cuando volvieron al pueblo; quedaron en verse al día siguiente, después de haber descansado, para decidir el qué hacer.
………………

          Ya no eran cinco hombres, sino más de una veintena, los que se congregaron, a la llamada del alcalde, en la sala del concejo, instalada en los bajos del Ayuntamiento; allí se expuso la situación: el peligro, real, de que el bosque desapareciera para siempre en su totalidad y con él su abundancia en madera y caza; no todos estaban de acuerdo en que su desaparición fuera una maldición, los ganaderos especulaban con que sin árboles habría más pastos, y con más pastos, más ganado y más riqueza para ellos; los agricultores también pensaban que habría más zonas aptas para roturarlas y sacarían más provecho de la tierra; sólo los cazadores (aunque todos se sentían un poco cazadores) y los leñadores que vivían de la madera, de las bellotas y de la resina se sentían con la hoz en el cuello si los árboles seguían desapareciendo.
          No se ponían de acuerdo; todos culpaban, eso sí, a Miguel, de lo que ocurría; por no cumplir con el trato con que se había obligado con la tía Micaela.
          El cura decía que no se podían tener negocios con los siervos del demonio y aseguraba que la tía Micaela era una bruja y una sirviente de Satanás.
          Los demás no decían que no, pero en su interior pensaban que la difunta siempre les había ayudado, contra una pequeña prestación, en los problemas que la vida les ponía por delante.
          Todos pensaban, al mismo tiempo, que, cada día que pasaba, otro pedazo de bosque desaparecía; ¿pararía en algún momento?
          Llegaron a un acuerdo, en contra de la voluntad del párroco, Miguel llevaría a la tumba de la vieja el valor de la mitad de la cosecha que había tenido y, luego, según los resultados decidirían que hacían.
………………….

          Al día siguiente, muy de mañana, Miguel iba en su mula camino de Ojos Albos; en las alforjas una bolsa con cien escudos en plata tintineaba con los pasos desiguales del animal; lágrimas les habían costado a él y a su mujer deshacerse de aquellos dineros tan trabajosamente adquiridos; pero si deseaban seguir en el pueblo y parar aquella maldición tenía que hacer honor a la palabra dada a la bruja.
          El camino entraba en Ojos Albos bajando desde la sierra, poco más allá, en un cercado, al lado de la pequeña iglesia, estaba el cementerio rodeado de una arboleda; Miguel paró y ató la mula junto a las piedras del potro de herrar; hurgó en las alforjas y sacó la bolsa con los dineros; había gente parada en los alrededores observando lo que hacía; todos los pueblos de los alrededores conocían el problema que tenían en Aldeavieja y sabían que, en ese día, Miguel cumpliría su trato con la tía Micaela; no estaban allí para dar fe, pero… ¡cómo se iban a perder aquel suceso!.
          Miguel se aproximó al cercado y fue derecho al montículo de tierra señalado con la piedra gorda con una cruz negra pintada; llevaba una azadilla consigo y excavó un pequeño hoyo a la cabecera de la tumba, arrojó la bolsa dentro y luego lo volvió a cubrir de tierra. Los vecinos se habían acercado y observaron todos sus movimientos; alguno afirmó con la cabeza como dando a entender que eso es lo que se debía de hacer; alguna mujer se santiguó más como costumbre que como un acto de fe; Miguel se levantó y se persignó; luego se limpió de tierra las rodillas y se volvió hacia la mula, dando por terminada su parte en aquel drama.; esperaba que aquello hubiera servido para algo.
…………….
          El bosque siguió menguando; cada día un poco; así mes tras mes, año tras año; Miguel y su mujer se fueron del pueblo antes de que en la cara norte de la sierra no quedara ni un árbol; se fueron al pueblo de él, allá en Cáceres, y nunca más se supo de ellos.
          El bosque siguió menguando hasta que cruzó la cuerda de la sierra y al llegar al río Voltoya se paró; los arroyuelos siguieron regando aquellas laderas, formándose unos pastos inigualables para la cría del ganado (Regajales significa eso: arroyuelos).
          Ojos Albos creció y, en el siglo XIX, el cementerio cambió de lugar, hacia las afueras, perdiéndose todo rastro de la sepultura de la tía Micaela y de los dineros enterrados junto a ella… allí seguirán.
          La huerta recibió el nombre de su anterior propietario: la huerta de Miguel de Dios; pero aunque aún existe, nunca más se la ha utilizado como huerto.
          ¿Por qué no paró el conjuro una vez que Miguel pagó su parte del contrato? Unos dijeron que fue por la cruz pintada en la piedra, que impedía que el alma de la tía Micaela parase el conjuro; otros decían que si Miguel había perdido una de las monedas y la mitad debida y enterrada no era la cantidad exacta; otros…, pero, en fin, esos son ya cuentos viejos.
…………………


          Eso es lo que nos contó Emilio en su chozo; vosotros diréis cual de las dos razones es la más lógica como causa de la deforestación de la sierra y del nombre que recibió uno de sus puntos más altos: el monte Pelado; pero, a mí, me gusta más la historia de Miguel de Dios, el de la huerta.

7 de junio de 2016

Leyendas de Aldeavieja: fuente "cornera".

          En esta ocasión, no voy a contaros ninguna historia más o menos atrayente, sino explicaros el porqué del nombre de una fuente de la que no todos saben su origen: la “Fuente Cornera”.
…………………..

          Me imagino que todos conoceréis esta fuente, por si acaso os refrescaré la memoria; está situada en la calle Real, casi al final, bajo la pared de la izquierda de las antiguas escuelas, cerrada con una puertecilla metálica; si alguna vez la habéis visto abierta, habréis comprobado que tiene un agua limpia y cristalina, con una temperatura fresquísima.


          Esta fuente es una de las más antiguas del pueblo, aunque la primera referencia que se tiene de ella es del año 1540, en la que se le repara el pozo del que se surte con las piedras procedentes de un campanario que se derriba por falta de uso; en esos documentos se denomina a la fuente como “la fuente de abajo”, por su situación en el borde del pueblo.
          Estos datos aparecen en el libro de Fabián Crisóstomo “Aldeavieja y el Cubillo”, en el que se dice lo siguiente:
Aquella campana no se oía en todos los barrios (la de San Cristóbal). Por ello se construyó una torre, que llamaban entonces torrejón, en el lugar, que desde hace varios siglos hasta la actualidad, se viene llamando el campanario…
Como el torrejón ya no era necesario, fue derribado y en el año 1540 con sus piedras y ladrillos se hicieron tres fuentes para el servicio del pueblo: La Hontanilla, Prado Suso y la Fuente de Abajo…
La fuente de Abajo está en la Calle Ancha del pueblo muy cerca de donde estuvo la torre. Que dio sus piedras a las tres. Ha quedado bajo la pared de una vivienda y está muy mal conservada. Hasta es tímida al ofrecer su agua, que sale envuelta en oscuridad.”
          Hasta aquí una historia normal, si no fuera por lo que a continuación contaré:
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          Hace como unos veinte o treinta años, el Ayuntamiento decidió arreglar la fuente y cerrarla de manera que no constituyera un peligro para nadie, dada su situación y el nulo uso que se le daba.
          Lorenzo Magdaleno, que fue una de las personas que se ocuparon de arreglar dicha fuente, me contó que, al abrir el pozo que la surtía de agua le encontraron lleno de cuernos, pero no cinco o seis, sino cientos de ellos,  de carneros, de vacas, de cabras…almacenados allí desde no se sabe cuánto tiempo. ¿Qué hacían allí?, ¿quién los había arrojado a aquel pozo?
          Hay que hacer constar que esta “Fuente de Abajo” se la llamaba también “Fuente Cornera” y dicho nombre se debía a que en ella se arrojaban, en determinadas ocasiones, los cuernos del ganado que moría o era sacrificado. Pero, ¿por qué?


……………………….

           Aldeavieja ha sido, desde los muy antiguos tiempos de su fundación, un pueblo eminentemente ganadero; en sus límites pasa la cañada Leonesa, utilizada por la Mesta para el traslado del ganado de los pastos del norte a los del sur; está el Campo Azálvaro y posee magníficos prados y dehesas; el cuerno ha sido desde los tiempos míticos de los griegos un símbolo de riqueza y abundancia; es más, se le consideraba un atributo de los dioses, sobre todos de los relacionados con el agua: mares, ríos, lagos y… fuentes y pozos, por su poder como agente de la fertilidad.
          En la Edad Media su simbología fue, gradualmente, convirtiéndose en representante de la virilidad, de la fecundidad y como agente cumplidor de deseos.
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          Todo esto nos lleva a una única conclusión: en el siglo XI, fecha aproximada de la fundación del pueblo de Aldeavieja, sus habitantes, que en su casi totalidad eran ganaderos, pues el cultivo de la tierra era peligroso al ser aquella tierra fronteriza, y esto   conllevaba el consiguiente miedo a las razias de los musulmanes, empezaron a arrojar a aquel pozo, alejado del núcleo de la población por aquel entonces (ya que las casa estaban construidas alrededor de la iglesia, que era San Cristóbal), los cuernos de las reses que morían o que sacrificaban, en una petición, en este caso, a los santos patronos del lugar: san Miguel, san Cristóbal y san Roque, para conseguir la fecundidad de su ganado, lo que les llevaría a conseguir una riqueza que lograría la felicidad de los pobladores.

          ¿Cuánto tiempo se siguió realizando esta ofrenda? No se sabe, pero a buen seguro que se siguió haciendo hasta la aparición de la imagen de la Virgen del Cubillo, allá por el siglo XIV, lo que llevó a realizar otra serie de actos distintos para la consecución de sus deseos; abandonando la práctica de ofrendar los cuernos por considerarla, seguramente, como algo pagano.

24 de mayo de 2016

Leyendas de Aldeavieja: El árbol.

          Año tras año levantaba su chozo en las eras, un entramado de jaras y retamas trenzadas y colocadas como paredes y techo sobre un armazón de palos; tres meses duraba; cuando acababa la temporada de recolección y una vez barrida la era del grano que hubiera quedado, terminaba su vida alimentando el fuego de la cocina baja.
          Y era allí, a la sombra de ese chozo, cuando el sol de agosto apretaba y había que parar la trilla para echar un trago del botijo de barro blanco, cuando Emilio nos contaba aquellas historias tremendas, y a la vez estupendas, que nos hacía recordarlas por las noches en la cama con un poco de miedo o, por lo menos, de inquietud.


           Tío Emilio, o Emilio simplemente, como le llamábamos nosotros, era un hombre ya mayor, con un rostro surcado por mil arrugas fruto del sol, del aire y del trabajo en aquellas tierras castellanas duras y poco amigas del labrador. Tenía dos yeguas, una blanca y otra roja, para ayudarle en las faenas del campo y una perra, la Mira, negra y marrón, hija de una perra blanca, medio galga, que respondía al nombre de Chipi; y cuando llegábamos, por las vacaciones de verano, al pueblo, una de nuestras primeras visitas era para este hombre sencillo, guasón y sabio que nos enseñó tantas y tantas cosas y nos trataba no como a niños, sino casi como iguales.
          Tenía las eras en el Prao Roble, en aquella franja de hierba siempre verde que iba desde el camino de San Cristóbal al camino viejo de Villacastín.
          Como decía, fue en una de esas paradas de la trilla, a la hora de la merienda, cuando nos metidos bajo el chozo para tomar una rebanada de pan blanco con un trozo de chorizo, cuando Emilio empezó a contarnos:
            -¿Veis ese árbol grande que está ahí, frente a nosotros? Pues ahí donde le veis no ha estado siempre ahí; un buen día apareció y ahí se quedó…
           Aquellas palabras que si hubieran salido de otros labios nos habrían hecho reir por lo poco sensatas que eran, al salir de su boca supimos, enseguida, que eran el preludio de algo estupendo y misterioso, así que nos juntamos más a él y, dejando de comer, elevamos los ojos en una muda petición de que continuase.
……………..

          Este árbol, hace ya muchos años, estaba junto a la ermita de San Cristóbal, allá arriba, en lo alto, cuando la ermita aún estaba en pie y se guardaban dentro las imágenes de Semana Santa; había días, pocos, en los que todavía se decía misa allí, cuando era alguna fiesta o algo así, por lo que, normalmente era un sitio solitario donde, por la tarde, iban los viejos a tomar el sol y, por la noche, las parejas a decirse cosas (y aquí, el tío Emilio, nos guiñaba un ojo y nosotros nos reíamos, un poco sin saber por qué; pero si a él le parecía gracioso o pícaro pues… debía de serlo).
          Como os contaba, las parejas subían hasta la ermita por la noche y se recostaban contra este árbol mientras se decían requiebros y se les escapaba algún beso… y alguna mano.
            El caso fue que, una de esas noches, una de las parejas que subió… no bajó. Se buscó por los alrededores, en el pozo de la nieve, por el arroyo Tijera… pero nada, ni rastro de ellos; lo único que descubrieron, algunos, es que les parecía como si aquel árbol, y sólo aquel, pareciese más grueso y, además, como si se hubiera movido; daba la impresión de que se hubiera trasladado dos o tres metros más abajo, hacia el pueblo.
          Aquello causó una conmoción entre las gentes, pues no era de recibo que las personas desaparecieran así, por las buenas; pero como el tiempo pasaba y no tuvieron noticias, ni buenas ni malas, se pensó que se habían escapado para vivir su vida y que ya volverían, cuando pensaran que se habría pasado el enfado que pudieran tener sus padres.
           Pasó el tiempo y, por lo que fuera, cada vez desaparecían más parejas y el árbol cada vez estaba más grande y… más abajo.

             El pueblo estaba alarmado, día a día crecía el número de personas que pensaban que había una relación entre la desaparición de los jóvenes y el movimiento del árbol, pero… ¿qué hacer? Se llamó al señor cura y éste propuso hacer una misa en la ermita y luego bendecir el árbol, con lo que, si éste estaba endemoniado, con el agua bendita quedaría libre de toda maldad.
            Y así se hizo; al domingo siguiente, el párroco, vestido de pontifical, dijo una misa solemne en la ermita de San Cristóbal, ante el Cristo crucificado que pendía ante el altar mayor y, una vez acabada la ceremonia, encabezó una procesión que desde la puerta del templo bajó,  cantando salmos, hasta el árbol que, en ese momento, ya estaba a la altura de la cruz del Vía Crucis que estaba junto al comienzo de las eras.
            El buen sacerdote comenzó con sus latines y, de tanto en tanto, mojaba con el hisopo la corteza del árbol; iba rodeando el tronco y cada dos o tres pasos se detenía, leía otra oración de su breviario y volvía a rociarlo con el agua bendita.
             Acabada la ceremonia, la procesión volvió a la ermita; y… ¿ahora? ¿qué hacían ahora? ¿cómo sabrían que las oraciones habían surtido efecto? Porque una cosa era lo que decía el cura y otra lo que pudiera pasar… ¿y si no estaba endemoniado? ¿y si se trataba de alguien que utilizaba el árbol para a saber qué fines y no tenía nada que ver con demonios ni demonias? ¿qué hacían? ¿había alguien que quisiera pasar la noche junto al árbol para ver qué pasaba?
                   En estas estaban cuando uno de los mozos alzó la voz y dijo:
                  -Yo. Yo mesmo me quedaré a dormir esta noche bajo sus ramas… y a ver qué pasa.
              Los que estaban más cercanos le palmearon los hombros, animándole, jubilosos y orgullosos de que uno de ellos se hubiera atrevido. Quedó, pues, todo el pueblo de acuerdo, Bernabé se quedaría de guardia junto al árbol aquella noche y ya les contaría, si podía, que pasaba o dejaba de pasar.
              La noche no podía ser más oscura, era verano sí, pero era una de esas noches en que la Luna estaba al otro lado del mundo y la única luz que había era la de las estrellas y la de las luciérnagas; Bernabé, o Nabé como le llamaban los amigos, no tenía miedo, iba armado con un hacha y un buen garrote… y una buena bota de tinto de Cebreros… ¿qué más podía necesitar?; así que, después de cenar en casa de sus padres, se acercó hacia las eras de San Cristóbal, buscó el árbol  y se tumbó, la espalda apoyada en su tronco.
             A la mañana siguiente, no bien aparecieron las primeras luces que anunciaban el amanecer, ya iban hacia el Prao Roble un buen número de personas, viejos, mujeres, niños y, por supuesto el alcalde y el cura; según se iban acercando se les iba poniendo el corazón en un puño, pues no había rastro del Bernabé; apretaron el paso, mudos, llenos de aprensión hasta que, al llegar a unos diez pasos de distancia, vieron aparecer a los lados del tronco, los fornidos brazos del mozo que se estiraba al despertar de un profundo sueño; al verlo, gritaron de júbilo y echando mano del zagal lo llevaron en hombros hasta la taberna del tío Pablo, donde celebraron lo acontecido entre copas de aguardiente y bollos de manteca, como en las fiestas grandes.
             -Pos ná… ¿qué iba a pasar?, cuando me dio sueño, me dormí… y ni diablos ni diablas, ¡ná! Ni un ruido, sólo las chicharras y los ratones. Y el árbol… quietecito… no sa movío ni una miaja…
          Se apaciguó la gente, y todos estaban conformes en que habían sido las oraciones de don Fulgencio las que habían quitado la magia, o la maldición, o lo que fuera, al árbol; pero no volvieron las parejas a subir a la ermita, por las noches, a contarse su amor.
               Y así pasaron pues… veinte o treinta años; se había olvidado ya el misterio del árbol y no se había conocido ninguna otra desaparición misteriosa, y pasó, lo que tenía que pasar; que los mozos y mozas, al principio con un poco de miedillo, luego ya como si nada, volvieron a tejer sus quereres al amparo de la arboleda que rodeaba a la vieja ermita.
            Y pasó, claro, lo que también tenía que pasar, un día de finales del verano, durante los cubillos, la Ana y el Marcelino desaparecieron; y otra vez las búsquedas, los lloros, la Guardia Civil… hasta que un vecino, Maximiano, comentó con los demás que el árbol gordo estaba una miaja más abajo… y más gordo; ya casi estaba en las lindes de las eras, a la vera del camino del Soto.
                El señor cura comentó que había que volver a las plegarias; el boticario recomendó que se le echase alrededor unos polvos que tenía que le secarían las raíces; otro dijo que… pero, entonces sonó la voz del Donato, el padre del Marcelino, que, a voz en cuello dijo:
          -¡Ni polvos ni leches!, ¡ahora mesmo voy a por el hacha y, si alguien tiene narices de ayudarme, quitamos esta mierda de en medio!
                Y no se habló más; Donato y dos o tres hombres más fueron en busca de sus hachas; cuando volvieron y ante la expectación de todo el pueblo, que se había congregado en Prao Roble, a ver el final de aquella historia, se remangaron, se escupieron las manos y tomando el hacha se lo clavó con fuerza a medio tronco…
          Un aullido inhumano rasgó los aires, la gente se quedó aterrorizada mientras todos retrocedían… ¡el árbol sangraba!, por la hendidura donde se había clavado el hacha surgía un hilillo rojo, cada vez más y más grande… el aullido, o lo que fuera aquel grito sobrenatural se repitió mientras las ramas del árbol se movían, sin hacer viento alguno, como zarandeadas por el más fuerte de los vendavales, el sol se fue oscureciendo y, antes de que pasase ninguna cosa más, el pueblo al completo huyó despavorido hacia sus casas sin echar la vista atrás, tropezando unos con otros en su loca carrera y llamando a gritos a los críos mientras los sujetaban fuertemente en medio de un griterío ensordecedor que no desmerecía nada con los horripilantes sonidos que salían del tronco herido…
                    La noche continuó como un aquelarre desgarrador; una fuerte tormenta se desató sobre la localidad, el estruendo causado por los rayos que caían, por el viento y la lluvia que azotaban los árboles y las casas… por cualquier rendija del tejado o de las puertas y ventanas se colaba el silbido estremecedor y frío del huracán… nadie se atrevió a salir de sus casas por temor a ser llevado por los fantasmas que recorrían las calles y las mentes de los habitantes de Aldeavieja.
               A la mañana siguiente el sol calentaba las calles desiertas y el cielo era más azul que lo había sido en todo el verano; se oía a los pájaros cantar como en primavera y la gente empezó a asomarse a las ventanas y a mirar por las puertas entreabiertas… parecía como si el día anterior hubiera sido sólo un mal sueño.
                Donato abrió la puerta de su casa y salió a la calle, otros vecinos estaban haciendo lo mismo que él y, como si se hubieran puesto de acuerdo, encaminaron sus pasos hacia el Prao Roble…
                Un rayo había caído sobre el árbol maldito y lo había vaciado por dentro, la madera aparecía quemada en lo alto del tronco, pero no había ni rastro de la herida causada por el hacha ni de la sangre que todos habían visto brotar… sus ramas seguían manteniendo sus hojas verdes y… ¡no se había movido de su sitio!.
………………..

               -Y, ahí lo tenéis…. –concluyó Emilio, mientras se limpiaba la boca del agua que le resbalaba por los labios y dejaba el botijo en un rincón del chozo- Venga, vamos, que las yeguas ya han descansado y hay que seguir con la trilla…
                Nos levantamos lentamente, mirando con ojos entreabiertos aquel árbol al que nos habíamos subido infinidad de veces; ¿sería verdad lo que nos había contado Emilio o era sólo un cuento para dejarnos con el corazón en un puño?.

                Nunca lo sabríamos, pero, desde entonces, cuando nos acercábamos a él, lo hacíamos con un temor casi reverencial, como si quisiéramos pedirle permiso y hacernos gratos a su presencia.