20 de octubre de 2017

El cepo

          En una de mis conversaciones con uno de los más conspicuos vecinos de Aldeavieja, Lorenzo Magdaleno, me contó cómo, cuando se desalojó el antiguo edificio del Ayuntamiento, vio en una de las estancias del piso superior un cepo; en sus propias palabras, de “cuatro metros de largo y doscientos kilos de peso”.
          Se trataba del antiguo cepo que se encontraba en la cárcel del pueblo, con el fin de inmovilizar a los reos durante todo el tiempo de su permanencia en la celda o en las horas nocturnas para impedir que tratasen de escapar.
          Según el “Catastro del Marqués de la Ensenada”, redactado en 1752, se dice que Aldeavieja “asimismo tiene dos casas consistoriales, una (de ellas) para cárcel” y en el “Diccionario Geográfico” de Pascual Madoz, redactado en 1848, se dice de Aldeavieja: “(tiene) una plaza cuadrilonga, y muy regular; en ella la casa del Ayuntamiento, que sirve también de cárcel, y un pilar para abrevadero de los ganados…”
          Pero… ¿qué es un cepo?; en el Diccionario de la Lengua Castellana de 1729, se puede leer lo siguiente:
CEPO: prisión de dos vigas gruesas, con varios agujeros a trechos, hechos a medida de la garganta del pie; en los cuales metiendo las piernas del reo, y cerrando las vigas, queda asegurado de forma que no puede escapar. Viene del latino cippus, que significa lo mismo.
          El cepo es, pues, un instrumento carcelario con el que se inmovilizaba a los presos, bien por su peligrosidad, bien para evitar su huida en las horas nocturnas o, simplemente, como un castigo añadido más a la pena de prisión.
          Me contó Lorenzo que, el cepo de nuestro pueblo, se hizo con la madera, seguramente de encina, cortada en un monte comunal que se encontraba en el paraje que hoy está delimitado por la calle Domingo Castro Camarena y la colada de Valdeherreros; el lugar, desde entonces, pasó a denominarse “cerca del cepo”, por salir de él tan ignominioso instrumento.
          Como decía, el cepo desapareció cuando el Ayuntamiento se desalojó al llevar sus oficinas al nuevo edificio de la carreterilla (hoy avenida de Ávila); borrándose toda huella y recuerdo de su existencia; también me relató Lorenzo cómo, junto al cepo, él distinguió un viejo orinal (de esos grandes con tapa) que utilizaban los presos para evacuar sus necesidades y que el alguacil de turno se encargaría de vaciar todos los días.
          Creo recordar que, en mi niñez, me contaban que la cárcel estaba en la planta baja del Ayuntamiento, a la izquierda de la puerta de entrada y que por aquella ventana las familias se ponían en contacto con ellos o les pasaban las comidas, no sé qué habría de cierto en ello.
          Si quisiéramos tener una idea visual de cómo eran aquellas cárceles y de cómo era el famoso “cepo”, deberíamos visitar la antigua cárcel del pueblo de Pedraza, que está abierta al público, donde podremos contemplar un “cepo” muy parecido (por no decir igual) al que habría en nuestro pueblo; algunos guardan su historia y otros se desprenden de ella.



        (Interior de la cárcel vieja de Pedraza, mostrándose cómo se sujetaban los presos al cepo; los agujeros sobre los que están sentados les servían de evacuatorio)

          Para comparar, adjunto imágenes del “cepo” de Pedraza y un dibujo del de Aldeavieja, hecho de memoria por nuestro convecino Lorenzo, (al que nunca estaré suficientemente agradecido por sus historias y comentarios); podemos observar  que son muy parecidos.


Cepo de la cárcel vieja de Pedraza


Dibujo del cepo de Aldeavieja

30 de septiembre de 2017

Aldeavieja: el "Anuario del Comercio" de 1911.

          Hoy, para variar la temática que solemos tener en estas páginas, voy a incluir el artículo, referente a Aldeavieja, del “Anuario del Comercio, de la Industria, de la Magistratura y de la Administración”, del año 1911; en él se relacionan las principales ocupaciones y oficios que existían en el pueblo en ese año, así como el nombre de los que desempeñaban dichas ocupaciones; lo publicamos como un artículo curioso en el que reconoceremos, tal vez, los nombres de algunos de nuestros antepasados; espero que os sirva para pasar un rato agradable.
        
         
          Esta publicación, continuación, a partir de 1881, del Anuario-almanaque del comercio, de la industria, de la magistratura y de la administración que, en 1879, había comenzado a editar el librero madrileño Carlos Bailly-Baillière, y más tarde lo harán sus hijos, al estilo de los que se publican en otros países de Europa y en Estados Unidos, y que sigue la estructura del francés Annuaire-almanach, de Diderot-Bottin. Es una guía que contiene centenares de miles de datos de las personas que integran las instituciones del Estado y de las provincias en todos sus sectores (político, educativo, militar, religioso, judicial, etc.) y de los profesionales y oficios, comercios, negocios, fábricas e industrias, tanto relativos a España como de los países de Ultramar y de hispano-américa, y que incorpora a partir de 1881 también a Portugal.
          Para su elaboración, su editor contaba con corresponsales o agentes propios en todas las capitales de provincia y en los diversos países, contando también con los datos que le eran facilitados por las propias instituciones y los mismos profesionales, comerciantes e industriales. Y cada año procedía a revisar los datos erróneos que aparecen en el anuario anterior.
          La publicación fue declarada oficialmente de utilidad pública y premiada en numerosas exposiciones. Cada volumen cuenta con diferentes índices. Uno sectorial por oficios, profesiones o tipo de comercios o industrias, y otro geográfico, comportándose este como un nomenclátor. También confecciona un índice de sus anunciantes. Al final, inserta un índice general.
          Después de treinta y tres años publicándose bajo este título, en 1912 se funde con la guía catalana Anuario-Riera (Barcelona: 1896-1911), para seguir editándose, iniciando su segunda época y numeración, bajo el título Anuario general de España (1912-1978).

Aldeavieja.- Localidad con Ayuntamiento. De 618 habitantes., situada a 22,2 kilómetros de Ávila, que es la estación más próxima. Diligencia a la estación: precio del asiento, 1,25 pesetas.- A 3,4 kilómetros se encuentra el Santuario del Cubillo, cuya construcción se atribuye al inmortal Herrera.- Carretera de Villacastín a Vigo.- Produce cereales, patatas y bastante ganadería. Fiesta mayor el 8 de septiembre.

Alcalde.- Muñoz Rodríguez, Julián.
Secretario.- Pérez Velázquez, Tomás.
Juez municipal.- Santamaría Blas, Bartolomé.
Fiscal.- Gordo Chamorro, Deogracias.
Secretario.- Pérez Velázquez, Tomás.
Párroco.- Pelayez, Bonifacio.
Instrucción pública.- Profesor: Méndez, Ciriaco- Profesora.- Cillán Guerra, Ramona.
Albañiles (Maestros).- Moreno, Baltasar.- Vázquez, Estanislao.
Barberías.- Martín, Donato.
Carnicerías.- Rodríguez, Mariano.- Vázquez, Hermenegildo.
Carpinterías:  Burguillo, Julián.
Carros (Constructor de).- Burguillo, Julián.- García, Santiago.
Cereales (Cosecheros de).- Cabrero, Jerónimo.- Gordo, Andrés.- Gordo, Fermín.- Moreno, Lorenzo.- Muñoz, Julián.- Vázquez, Miguel.- Vázquez, Pedro.
Cereales (Tratantes en).- Moya, Vicente.- Muñoz, Julián.
Comestibles.- Canales, Mauricio.- Muñoz, Julián.- Rico Morán, Evelio.- Rodríguez, Mariano.
Farmacéutico.- Perlado, Gregorio.
Ganado cabrío.- Burguillo, Román.- Carballo, Julio.- López, Julián.- Rodríguez, Mariano.
Ganado lanar.- Cabrero, Jerónimo.- Gordo, Andrés.- Maroto, Melchor.- Moreno, Bonifacio.- Moreno, Lorenzo.- Muñoz, Rafael.- Ortega, Tiburcio.- Vázquez, Hermenegildo.- Vázquez, Pedro.
Ganado vacuno.-Cabrero, Jerónimo.- Gordo, Andrés.- Moreno, Lorenzo.
Harinas (Molinos de).- Martín, Juan.- Zahonero, Francisco.
Herrerías.- Blanco, José.- Moreno, Gaspar.
Médico.- García Casasola, Ángel.
Panaderías.- Magdaleno, Quintín.- Ortega, Pablo.
Paradores.- Gordo, Roque.- Martín, Timoteo.
Principales contribuyentes.- Cabrero Andray, Jerónimo.- Gordo Sanz, Andrés.
Quincallerías.- Canales, José.- Muñoz, Julián.- Rico Morán, Evelio.
Sastrería.- Muñoz, Pedro.
Tabacos.- Torres, Donato.
Tejidos.- Muñoz, Julián.
Transportes terrestres.- Muñoz, Julián.
Veterinario.- Moreno, Agustín.
Vinos y aguardientes.- Gordo, Roque.- Martín, Timoteo.- Rico Morán, Evelio.- Rodríguez, Mariano.

Zapaterías.- Beltrán, Simón.- Burguillo, Benito.- Casado Martín, Benito.- Santamaría, Bartolomé.

28 de agosto de 2017

Leyendas de Aldeavieja: la vara.

          A mediados del siglo XIX, cuando ya, en Aldeavieja, sólo quedaba una tenería, en el paraje de El Batán, ocurrió una historia curiosa que me contó un tío de mi madre al que, según aseguraba, a su vez, se lo había contado su padre.
          El dueño de esta tenería, que tenía su batán, sus telares y todo aquello que era menester tener para fabricar estameñas con las lanas de sus ovejas, se llamaba Lorenzo G. y, además, poseía una tiendecilla, que llevaba su mujer, en la que vendía, por varas, el producto de su industria; le iba muy bien el negocio, quizás algo mejor de lo que pudiera ser lo normal.


          La vara castellana, que era con la que desde hacía cientos de años, se medían los tejidos, él la había heredado de su padre, y este del suyo y así… hasta remontarse al siglo XV, por lo menos, que era ya una reliquia en sí misma, pulida y brillante de tanto pasar de unas manos a otras y que era considerada como el patrón de medida en todo el municipio: todas las varas que se hacían en él se cortaban a la medida de la de Lorenzo.
          Ahora bien, todos sabéis que la vara no es una medida que esté, ahora, en uso; pues cada región (y a veces cada provincia o municipio) tenía la suya propia y con la normalización de pesos y medidas que se produjo en España en 1852, desaparecieron  todas las medidas locales y se introdujo el metro, el kilo, el litro, etc… como medidas normalizadas en toda la nación, como ya lo era en toda Europa. La vara castellana (también llamada de Burgos) medía 0,835 metros, o sea, un poco más de centímetro y medio menos que la nueva medida y… ¿qué hacía nuestro industrial? pues vendía sus tejidos por varas, como siempre, pero a precio de metros con lo que, poco a poco, iba aumentando su ganancia legal.
          ¿Qué decían las gentes del pueblo?, pues… nada; no lo sabían; siempre se había comprado por varas y así se seguía haciendo, pero creían que aquella vara, tan suave, tan pulida, tan torneada, se ajustaba a la nueva medida que se había impuesto desde el Gobierno; ¡vamos, que medía un metro! Y Lorenzo no les quitaba de su engaño; ¿para qué? total… si sólo era un centímetro y medio… ¡poco más que la uña del dedo gordo de la mano! ¿a quién le iba a importar tan poca diferencia?; ¡a él no, por supuesto!.
          Pero su mujer, Genara, que estaba en el ajo, no veía con muy buenos ojos aquello que le parecía un robo.
          -Yo creo que, por lo menos, debías confesárselo al cura, Lorenzo –le decía un jueves sí y el otro también- yo creo que lo que hacemos está mal y debe de ser pecado.
          -Pecado, pecado… ¡en todo veis pecado las mujeres!, ¿de qué os llenará la cabeza el cura cuando vais a la iglesia? ¿me meto yo en sus misas? ¡no!, ¡pues que no se meta él en mis varas!.
          Pero tanto le insistió la Genara que, por no oírla más, se acercó una tarde, antes del rosario, a la iglesia, y al ver a don Facundo en el confesionario, sin nadie por las cercanías, se arrodilló delante de la portezuela y dijo el consabido:
          -Ave María Purísima…
          Don Facundo levantó los ojos del breviario, aunque los tenía cerrados pues aquel silencio, la hora, el fresquito delicioso del templo en aquellos días de ardor del verano… le habían amodorrado un tanto…
          -¡Sin pecado concebida! -dijo sobresaltado y sorprendido al ver en aquella hora intempestiva a Lorenzo-.
          -Don Facundo….yo… venía a confesarme.
          -Pues díme hijo….
          -No sé por dónde empezar… si usted me preguntara por los pecados… me sería más fácil.
          -Bien… vamos a ver, ¿Has blasfemado?
          -Lo normal, padre, ya sabe cómo se habla en el pueblo… pero en la iglesia no ¿eh? aquí no.
          -Vale… ¿vienes a misa los domingos?
          -¡Claro! ¡a menos que haya que trabajar…ya sabe, don Facundo que hay días…
          -Ya, ya… ¿has mentido o engañado?
          -No ¡qué va! que cosas se le ocurren; sólo alguna picardía…. como todos.
          -¿Engañas a tu mujer con otra?
          -¡No, por favor, eso no! mi Genara es mi vida… ya sabe usted que no tengo ojos para nadie más.
          -¡Bien, bien! ¿Has robado?
          -¿Robar? No, nunca he robado nada, lo único es que uso la vara de medir en la tienda en vez del metro ese que dice el Gobierno; la vara es un poco más pequeña, uno o dos centímetros… pero no tiene importancia…
          -¿Cómo que no? ¡Eso…. eso es robar, hijo!, si quieres que te absuelva tendrás que devolver todo lo que has ido dando de menos a tus vecinos…
          -Pero… ¿cómo voy a hacer eso? Si no sé ni a quién ni cuánto… es imposible.
          -No hay nada imposible; a ver… ¿Cuánto tiempo has estado utilizando la vara en vez del metro?
          -Poco más de un año…
          -Pues mira, te haces otra vara con un centímetro y medio más de larga que el metro y vas a ir devolviendo, poco a poco, a tus vecinos lo que les has ido robando durante este tiempo; en un año, vuelves y si has cumplido yo te absolveré de todos tus pecados. ¡Anda, vete y haz lo que te he dicho!
          Lorenzo se fue pensativo y meditabundo de la iglesia, dar más cantidad por el mismo precio no era de su agrado, pero si quería el perdón de sus pecados no le quedaba otra que hacer caso al cura; -está bien-, se dijo –seguiré sus indicaciones, fabricaré una vara nueva que mida un metro y un centímetro y medio, ¡qué remedio!-.
          Con que…. Pasó el año y Lorenzo volvió a la iglesia para confesarse como había quedado con el párroco.
          -Ave María, padre…
          -Sin pecado concebida, hijo…
          -Mire, don Facundo, hice como me aconsejó y fabriqué una vara con ciento un centímetros y medio y, desde entonces, he medido siempre con ella los géneros que compraba a mis vecinos…
          -Dirás que vendías….
          -No, no padre, que compraba; es que, mire usted…. en este año he cambiado de oficio; ya no fabrico más tejidos, ahora sólo me dedico a comprar la lana en bruto, ya hilada y luego se la vendo al Eufronio que me compró la tenería… y ya tengo buen cuidado en que me la mida bien, para que no caiga él en la tentación del pecado.
          -¡Lorenzo! – dijo don Facundo muy enfadado- ¿has pensado en lo que me estás contando?, sigues siendo un ladrón….¡no te puedo absolver!

          Desde entonces, y por consejo del señor cura párroco del pueblo, el Ayuntamiento encargó unas varas de medir (por supuesto, de un metro) a la capital, y obligó a los mercaderes, industriales y tenderos a que las usasen en todas sus transacciones, para que nunca más hubiera equívocos o “errores”.

22 de agosto de 2017

El Batán.

          Creo que todos conoceréis el sitio llamado El Batán, en el camino que va hacia El Soto, a la derecha, antes de pasar el arroyo Tijera; el nombre, igual al del populoso barrio de Madrid, se debe a una de las pocas industrias que se instalaron, en siglos pasados, en Aldeavieja: las de manufacturas de estameñas o tenerías.


          Las tenerías eran un taller, construido poco más o menos como una gran cuadra (y con el mismo aspecto exterior) en el que se curtían y trabajaban las pieles; dentro de ellas o a su lado, se encontraban los batanes que consistían en unos artefactos (construidos enteramente de madera) que servían para golpear, desengrasar y tupir tejidos de lana que salían muy sueltos de los telares; trabajaban con agua, que se utilizaba para mover el mecanismo con el mismo procedimiento que una noria en la que, a través de un eje, movía unos grandes mazos de madera que golpeaban los tejidos hasta conseguir la textura deseada.
          Por lo tanto, los batanes se montaban cerca de corrientes de agua, en este caso el citado arroyo Tijera.
          Según el Catastro nacional elaborado por el marqués de la Ensenada en 1752, en Aldeavieja existían tres tenerías:
          17. Si hay algunas Minas, Salinas, Molinos Harineros, u de Papel, Batanes, u otros Artefactos en el Término, distinguiendo de que Metales, y de que uso, explicando sus Dueños, y lo que se regula produce cada uno de utilidad al año.
17ª. A la decimoséptima que hay tres Tenerías, una propia de Juan Fernández Zazo, que le produce respecto de lo que curte ochocientos reales, una y media de Isabel Gordo a la que produce cuatrocientos noventa y nueve reales, otra media de Jerónimo Gordo a quien le corresponden por la misma razón noventa reales.
          Como vemos por sus ganancias las tres tenerías eran bastante diferentes, como lo serían tanto de tamaño como de empleados utilizados; debían de estar instaladas todas en el mismo paraje, por ser el más cercano al pueblo con una corriente de agua capaz de mover los instrumentos necesarios para la fabricación de las estameñas.
          La estameña era una tela de lana sencilla y ordinaria que se utilizaba tanto para los vestidos y trajes de diario como para mantas, sacos, cortinas y otras utilidades.
          En lo relativo a los trabajadores que se empleaban en los trabajos de las tenerías, el Catastro citado señala en el siguiente punto:
          33. Qué ocupaciones de Artes mecánicos hay en el Pueblo, con distinción, como Albañiles, Canteros, Albéitares, Herreros, Sogueros, Zapateros, Sastres, Perayres, Tejedores, Sombrereros, Manguiteros, y Guanteros, etc. Explicando en cada Oficio de los que huviere el número que haya de Maestros, Oficiales, y Aprendices; y qué utilidad le puede resultar, trabajando meramente de su Oficio, al día a cada uno.
33ª. A la treinta y tres, que hay dos herreros, tres curtidores, tres zurradores, a quienes tocaban de jornal diario cuatro reales cada uno; treinta tejedores de estameñas y sesenta y tres peinadores a dos, con un oficial de aquellos a dos; un tejedor de lienzos a dos y medio; asimismo diez zapateros a cinco; dos herradores y tres sastres a cuatro y medio; dos albañiles a cinco y medio y un oficial de estos a tres y medio.
          Comprobamos que, de los oficios que se indican, 102 corresponden a trabajadores ocupados en labores realizadas en las tenerías y teniendo en cuenta que la población que se da en el Catastro es de 338 vecinos (que equivalen a unos 1087 habitantes), nos encontramos con que casi una tercera parte de los habitantes del pueblo dependen de lo que se gana y se trabaja en ellas.
          De estos 102 trabajadores 3 son curtidores, otros 3 zurradores (que son los que se ocupan de los batanes) 30 tejedores de estameña, 63 peinadores (de la lana) 2 oficiales que se ocupan de enseñar y controlar al resto y un tejedor (que es el que más cobra al ser, el suyo, un trabajo más especializado).
          Para 1848, casi cien años más tarde, Pascual Madoz, en su “Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones en Ultramar”, nos señala que sólo queda “una tenería de curtidos y algunos telares de estameñas ordinarias”; pequeña muestra de una industria que encontró en nuestro pueblo un lugar donde desarrollarse durante toda la Edad Media y hasta el siglo XVIII; según un estudio de José Damián González Arce (de la Universidad de Murcia) durante los siglos XV y XVI, Aldeavieja (formando parte entonces de la provincia de Segovia) era uno de los pocos lugares, junto a la capital, Villacastín, Navas de Zarzuela (Navas de San Antonio) Real de Manzanares, Manzanares, La Cercedilla, Los Molinos, Guadarrama, Galapagar, Valdemorillo y Robledo de Chavela) en donde se tejían paños secenos y veinticuatrenos (aquellos cuya urdimbre tenía 16 ó 24 centenares de hilos) y añade el autor: “Las localidades donde se practicaron las labores iniciales de la pañería segoviana (las referidas anteriormente) reunieron buena parte de las condiciones para convertirse en zonas protoindustriales. En su mayoría estaban situadas en tierras montañosas, donde la pobre agricultura hubo de combinarse con actividades pastoriles, de ganadería estante, e industriales complementarias. Además, abundaba la materia prima, pues la lana no provenía solamente de los rebaños locales, sino en mayor medida de los trashumantes, que transitaban por tres de las principales cañadas reales de la Mesta, a ambos lados del Sistema Central, las cuales servían de conexión entre los núcleos productores. Y, por último, contaban con un mercado urbano cercano, la ciudad de Segovia, donde los paños de menor calidad o semielaborados eran llevados a vender o a terminar”.

          Nada queda de aquella riqueza que hubo en nuestro pueblo, quedando sólo su recuerdo en el nombre del sitio donde, hace ya demasiados años, comenzó una interesante aventura dentro de una incipiente industria: la de los paños.