11 de febrero de 2019

La Ventana. IV


         (continuación)


         A su espalda se oyó una voz que les dejó helados:
          -¿Qué deseáis?
          El primer impulso fue el de huir pero… la curiosidad pudo más que el miedo; nunca había visto a la tía Peñalejas, nunca; y Cipriano  pensó que, contar a los demás cómo era, valía la pena aunque se encontrara, frente a frente, con la cara del mismísimo Satanás; así que, lentamente, fue volviéndose y miró hacia el hueco de la puerta.


          No se lo esperaba, ante él estaba una mujer anciana; más que anciana, vieja; más que vieja, eterna; de edad indefinible, lo mismo podía tener cincuenta años de doscientos ¿cómo sería una mujer de doscientos años?, se preguntó.
          Le sonreía, si de sonrisa se podía llamar a aquella mueca en la cara, en la que una boca entreabierta dejaba ver unas encías desnudas; la nariz aguileña, los ojos pequeños…. Pero vivos, muy vivos, como si en ellos ardiera un fuego que desmentía la decrepitud del cuerpo.
          La voz era suave, le recordó a su abuela cuando le llamaba, desde la puerta de la casa para que entrara para cenar…
          -¿Qué deseáis?
          -Veniamos… nosotros, buscamos al Julián…. ¿ha estado aquí?
          -Julián… Julián… ¡ah, sí, Julián! está aquí, pasad… está al fuego…
          Cipriano y Matías entraron en aquella casa que, antes que ellos, muy pocos habían pisado.
          -Mirad, ahí, en la cocina, está al fuego, calentándose…
          Y… sí, allí estaba, sentado en un poyete, de cara a la lumbre que ardía alegremente en el hogar…
          -Juraría que no salía humo por la chimenea… -pensó Cipriano-
          -Mira Julián, mira quién ha venido a verte…
          -Julián… ¿qué haces aquí? Te estamos buscando toda la mañana… ¿dónde has estado?; la Remedios está como loca sin saber dónde andabas…
          Julián les miró como si no los reconociera, con la mirada ida, como si viera a través de ellos; sonrió con una sonrisa que más que dar tranquilidad… daba miedo…
          -Remedios… -balbuceó- Remedios…
          -Sí, Remedios, tu mujer….pero, ¿qué te pasa, Julián?
          -Lo encontré caído en la puerta anoche…. ¡pobrecito! Se habría congelado si no le llego a meter dentro…, estaba medio muerto, sin poder hablar…
          -Gracias… señora… gracias… pero será mejor que lo llevemos a su casa, con su mujer, allí se recuperará mejor…
          -Sí, bueno, pero id a buscar unas mantas para arroparle, si no, en el camino, le puede dar algo; mientras le daré un poco de caldo, para que se entone por dentro.
          Los dos hombres salieron de la casa, no sabían si contentos por encontrar a Julián o asustados por lo que habían visto… no entendían cómo Julián había caído en la puerta de la Peñalejas, tan cerca ya del pueblo, cómo el “Moro” no les había llevado allí directamente, cómo… en fin, con paso rápido se dirigieron en busca de Remedios, a por algo de abrigo para Julián y para darle la noticia y que se tranquilizara…
          -¡Remedios, Remedios…!
          -¿Qué pasa, lo habéis encontrado? –preguntó la mujer, en cuya cara se reflejaba el miedo a conocer una respuesta que barruntaba.
          -¡Sí!, pero no te lo vas a creer… ¡estaba en la casa de la Peñalejas!.
          -¡Dios!... ¿y qué hacía allí?
          -La vieja dice que se lo encontró tirado en la nieve y que lo metió en su casa, que si no… se habría muerto helado y…
          Entonces Cipriano se quedó meditando, eso no podía haber sido así… ellos habían visto las huellas en la nieve, huellas que se encontraban a mitad de camino… Julián había entrado por su propio pie en la casa de la “Peñalejas”, ¡no le había metido ella!; entonces… y una nube negra pasó por su mente.
          -¡Vamos, daos prisa! ¡Dame una manta, Remedios!, ¡Vamos, Matias, hay que darse prisa, aquí hay algo raro…!
          -Pero…
          -¡No hay peros, vamos, te digo!
          A buen paso, casi corriendo, los dos hombres se dirigieron, de nuevo, a casa de la vieja; cuando ya estaban cerca, Cipriano alzó la vista al tejado…
          -La chimenea no echa humo… -musitó apenas- ¡Corre, Matías, me huelo algo feo, corre hombre!.
          Al llegar a la casa llamó con dos fuertes golpes en la puerta.
          -¡Abre mujer, abre, que aquí traemos las mantas…!
          Nadie contestó, la puerta cedió al empujarla levemente y del interior les llegó un frío como el que nunca habían sentido antes, ni en lo más crudo del más crudo invierno.
          Pausadamente penetraron en la vivienda, el silencio les envolvió como un mal presagio… ¡allí no había nadie!, la cocina estaba vacía, las telarañas indicaba un abandono de años… ¡Julián no estaba allí!, buscaron por toda la casa… era pequeña y no tardaron mucho, sólo unos pocos muebles viejos y rotos, polvo y telarañas y en el alfeizar de la ventana, la ventana que daba al camino, un gato negro les miró mientras maullaba lastimeramente.


(continuará...)

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