3 de octubre de 2016

Leyendas de Aldeavieja: la Cruz de Hierro

          Todos conocemos el puerto de la Cruz de Hierro, hemos estado allá arriba y hemos gozado de las maravillosas vistas que desde allí se contemplan; al norte la extensa planicie de Castilla, los pueblos diseminados, los bosquecillos más o menos grandes, las cárcavas que nos anuncian la existencia de un río… al sur la depresión del Campo Azálvaro, el puerto de La Lancha y, a lo lejos, las cumbres de Gredos y del Guadarrama.
          Nos habremos preguntado la razón de su nombre y, mirando a nuestro alrededor, no habremos visto ninguna cruz, ni de hierro, ni de piedra, ni de ningún otro material, sólo las rocas desnudas y los tomillares; pero sí, aquí hubo, en tiempos, una cruz de hierro, que desapareció en una de las incursiones que las partidas carlistas, mandadas por El Perdiz, realizaron por la zona en torno al año 1838, desvalijando cuanto encontraban a su paso y llevándose todo metal que encontraban para fundirlo y fabricar lanzas y sables, pareciendo más una partida de forajidos que una facción de un ejército regular.
          El puerto ha servido de paso obligado entre la meseta norte y la sur durante muchos años, los ganados trashumantes lo han cruzado cuando los pastores llevaban las reses a los espléndidos  pastos junto al río Voltoya; el Campo Azálvaro, por el que han luchado, allá en la Edad Media, los pobladores de Villacastín, Aldeavieja y Ávila, hasta que los reyes lo dividieron entre ellos; por aquí pasaba el camino que llevaba a Las Navas del Marqués, Cebreros, Peguerinos… el viejo camino, que se desliza un poco más abajo de la actual carretera, bordeando los cerros, ha traído paz y guerra, muerte y vida, riqueza y desesperación…


          Al llegar arriba, al paso entre los dos valles, el viajero se santiguaba frente a la cruz erguida a la izquierda del camino, si hacía buen tiempo, paraba, se sentaba a los pies de la misma y se refrescaba con un buen trago de la bota y un pedazo de paz o queso que llevaba en el zurrón, si había llegado montado, su cabalgadura ramoneaba cerca de él, las riendas sueltas, descansando de la subida, a sus pies quedaba Aldeavieja y al otro lado le esperaba la llanura de Azálvaro… si era invierno, se arrebujaba en su capa, apretada la boca para no dejar que la ventisca le ahogara y, los ojos bajos, tiraba del animal en el que venía o tiraba de sí mismo para bajar, lo más rápido posible en busca del refugio de las chozas de los pastores o de alguna roca que le protegiese del viento, la nieve o la lluvia; qué tiempos aquellos… pensad si se os hacía de noche en la cima, con la única luz de las estrellas por guía, o la oscuridad más completa si estaba nublado… ¡que suerte si era la luna la que te iluminaba el camino!... fue una de esas noches, en que ni la luna ni las estrellas se asomaban a las tinieblas de la sierra, cuando sucedió esto que me contó mi tío Federico, una noche de invierno, al calor y la luz de la lumbre, en nuestra casa de Aldeavieja…
          “Tu bisabuelo Enrique, mi padre, ya sabes que fue médico en estos pueblos de los alrededores: Ojos Albos, Urraca, Aldeavieja, Tornadizos, Zarzuela… y había oído cantidad de consejas e historias que le contaban sus pacientes y sus amigos, en las largas tardes de invierno en la taberna o en casa de alguno de sus más íntimos, alrededor de una partida de cartas y un buen vaso de vino; pues en una de esas reuniones, un tal Salvador, que fue secretario del Ayuntamiento en Ojos Albos, les contó un peregrino suceso ocurrido a su abuelo, conocido como el tío Marcial, cuando en un frío día de noviembre iba desde El Espinar a su pueblo, para lo que tomó el camino más seguro, que era el que pasaba por la Cruz de Hierro.
          Estaba mediada la tarde cuando empezó la ascensión que, desde el antiguo camino real que llevaba a Ávila, iba hasta Aldeavieja, cruzando la sierra por su parte más accesible; así se ahorraba unas cuantas leguas que sólo harían que tardase más tiempo si elegía el camino que iba por Villacastín; iba caballero en una mula parda, ya mayor, pero que conocía aquellas trochas y veredas como los cascos de sus patas, no en vano había llevado a su dueño en los lomos durante muchos años en todos sus viajes por la zona.
          A la izquierda vislumbraba las casas de la finca de El Alamillo, donde tantos amigos tenía, pero no quiso distraerse en verlos, la tarde se ponía oscura y el viento soplaba como si no tuviera nada más que hacer que intentar quitarle la bufanda que llevaba tapándole la boca o arrebatarle el sombrero que, como precaución, se había sujetado con un barboquejo.
          A la derecha, la finca de las Erijuelas se iba oscureciendo paulatinamente, el tío Marcial dio unos taconazos en los flancos de la mula, incitándola a apresurar el paso; no le hacía gracia que se le hiciera de noche subiendo el puerto; la bajada hacia Aldeavieja ya era otra cosa, pero… la subida…
          La tarde se iba cerrando y el cielo amenazaba lluvia, o quizás nieve, el viento ya iba tomando carácter de ventisca y si hubiera tenido un termómetro habría observado que la temperatura bajaba y bajaba mientras él iba subiendo.
          Cada paso que daba su mula era a costa de un titánico esfuerzo, parecía que no se movían del sitio; a la derecha los altos de La Magradera casi no se veían, una especie de niebla, o simplemente la densidad del aguanieve lo impedían; por fortuna, las piedras del camino impedían la formación de barro y que su animal resbalase.
          Sólo el ruido de la ventisca y el agua del arroyo de los Navazos, cayendo de piedra en piedra, rompían el esfuerzo de la subida; la cima ya no quedaba lejos y una vez allí, la bajada sería más fácil, protegido por las propias montañas del viento que llegaba por su espalda.
          Ya debía de estar llegando a la zona de la Pesquera y la subida se hacía casi imposible; repentinamente un ruido a su derecha hizo que la mula se asustara, el tío Marcial no estaba preparado para ello y resbaló de su cabalgadura que, al verse libre de su peso, corrió hacia lo alto, perdiéndose enseguida de vista; por más que Marcial gritó y llamó, la bestia no regresaba; no quedaba más remedio que seguir, paso a paso, hasta llegar a la cima del puerto.
          Marcial creía que nunca lo conseguiría, casi arrastrándose, ganando a fuerza de voluntad cada metro que ascendía; a sus oídos llegaba una especie de voz, o eso le parecía, que le decía: -por aquí, por aquí-, aquello le dio ánimos, y otra vez, la voz le decía: -ya falta poco, un esfuerzo más, ya llegas-; notó que unas manos tiraban de su cuerpo abandonado y le arrastraban hasta un lugar donde no se sentía el viento; unas manos acariciaron su cara, suavemente… y volvió a escuchar aquella voz, cálida y amigable: -no te preocupes, ya estás a salvo-, intentó abrir los ojos y contemplar el rostro del que salía tan divina voz, pero sólo una niebla espesa le llegaba a través de sus párpados casi cerrados… de pronto sus manos se asieron a algo duro y frío, era la cruz de hierro que coronaba la sierra, ¡estaba a salvo!, ¡lo había conseguido!.


          Como si el contacto con la cruz hubiera sido una señal, de pronto, dejó de llover; hasta pareció que el frío menguaba y que la ventisca se convertía en un mero soplo; Marcial abrió los ojos y se encontró en la parte alta del puerto, subido a los escalones que sostenían la cruz de hierro y abrazado a la misma, a diez pasos su mula pastaba tranquilamente como si nada hubiera pasado; miró en derredor, nadie, nada, estaba solo; entonces, aquella voz… más tarde juraría que había oído una voz,  -pues como no fuera la de la mula…-, le decían entre bromas y veras sus amigos.
          Sin poder creérselo se acercó a su fiel cabalgadura, la tomó por el ronzal y poniendo el pie en el estribo se izó sobre la silla; estaba en la Taza de Plata, aquel anfiteatro abierto bajo las rocas del puerto y desde el que se divisaba la llanura castellana, a esas horas con más sombras que luces; guió a la mula hasta el camino y se dejó conducir, seguro del buen instinto del animal.

          Cuando llegó a Aldeavieja no quiso seguir, el cansancio y el miedo pasado habían podido más que las ganas de llegar a su pueblo; se alojó en casa de unos familiares a los que, a la luz de la lumbre les relató esto mismo que yo te estoy contando ahora; y les decía lo que siempre volvió a repetir cada vez que relataba su pequeña odisea: -yo oí una voz, una voz que me guió y que me salvó de morir de frío y de desesperación-“.

27 de septiembre de 2016

La aparición de la Virgen del Cubillo

          Ahora que han acabado las fiestas de la Virgen del Cubillo es un buen momento para aclarar un punto que puede resultar polémico o, tal vez, considerarse que no tiene importancia, pero tiende a resolver un pequeño error en una fecha clave para la historia de Aldeavieja: delimitar cual fue el año en que se realizó la aparición de la Virgen del Cubillo en el paraje que, hasta entonces, se había llamado “El Egido”.
          
          En la actualidad tiende a señalarse que dicha aparición se produjo “en la primavera del año 1454”, esta fecha viene avalada por aparecer en el librito que uno de los párrocos de Aldeavieja escribió en 1956, (La Milagrosa Imagen de la Virgen Santa María del Cubillo y su Santuario de Aldeavieja. Justino Gozalo Carretero. Ávila), en el que se puede leer:
           “He aquí la historia de la aparición. Es una mañana apacible de primavera del año 1454. Hace poco que el astro rey se ha levantado sobre la línea ondulada de la sierra haciendo brotar de los tomillos un aroma suavísimo al contacto de sus rayos acariciadores.
           En la falda del monte unos árboles elevan al cielo, cual vivas plegarias, sus ramas cubiertas de verdor. Un pastor sencillo y piadoso, del próximo pueblo de Aldeavieja, cuida las ovejas de su rebaño.
            Allí cerca, sobre uno de los árboles, ha dejado un cubo de madera destinado a los menesteres de su oficio. De pronto, sin saber a qué obedece, nota algo extraño y desacostumbrado, algo así como la presencia de una persona y cierto presentimiento de lo sobrenatural. Levanta la vista en derredor y contempla, sobre el cubo que había en el árbol, una Señora de hermosura excepcional, con un Niño en los brazos.
           En seguida sospecha quien es, dobla las rodillas, junta las manos y queda en dulce contemplación.
           Ella le habla con voz suave, como el arrullo de la tórtola, le agradece las oraciones y obsequios que le ha ofrecido, le anima a seguir por la senda de la virtud y le ordena que se levante allí un templo en su honor; repitiéndose la aparición algunas veces   y delante de los que allí acudieron.
           Consta que dicho milagro se verificó reinando en Castilla D. Juan II y siendo Pontífice de la Iglesia S.S. Nicolás V. Esto ratifica la fecha dada, ya que D. Juan II reinó de 1406 a 1454 y el Papa Nicolás V gobernó la Iglesia de 1447 a 1455.” 

          Estos datos los sacó de un cuadro que, por esa fecha, estaba en la entrada de la ermita, que reproducía un Protocolo notarial redactado por Pedro José Cano Gutiérrez, Regidor eclesiástico de Ávila y todo su Obispado en 1726 y que, en una de sus líneas, decía:
          “Apareciose Nuestra Señora del Cubillo año del Señor de 1454 siendo Rey de Castilla Don Juan el segundo

          Esta fecha ha ido repitiéndose a lo largo de los años, apareciendo como auténtica en las diversas publicaciones que se han editado sobre el tema. Así en el artículo de Juan Ignacio Cuesta Millán, Santuarios y Catedrales. Desde la Prehistoria al Siglo de Oro, se escribe:
          “Corría el mes de mayo de 1454 cuando un pastor que conducía su rebaño fue alcanzado por un potente chispazo que milagrosamente respetó su vida. Inmediatamente, en un árbol cercano de una de cuyas ramas colgaba un cubo, se le apareció la Virgen. Cuando desapareció, la huella de sus pies quedó marcada en la corteza del árbol. En el suelo del santuario puede verse bajo un cristal un resto de aquel tronco santificado por tan nobles pies.”

          Este mismo año de 2016, en el dorso de los recibos de la cuota de la Cofradía de la Virgen Nuestra Señora del Cubillo, bajo el epígrafe “Aparición de Nuestra Señora del Cubillo”, se traslada la versión que en su día escribió don Justino Gozalo en 1956, dando como buena la fecha de 1454.

          Ahora bien, tanto en el libro escrito por don Fabián Crisóstomo Jiménez, en 1987: Aldeavieja y el Cubillo, como en el escrito al año siguiente por doña Amalia Descalzo Lorenzo: Aldeavieja y su Santuario de la Virgen del Cubillo, se hace referencia, incluyendo gran parte del texto, de un libro escrito en 1613, por el licenciado Francisco García. “Historia  del origen, antigüedad y fundación del lugar de Aldeavieja, de los milagros de Ntra. Sra. del Cubillo y Señor San Cristóbal sus Patrones”, en el que se apunta como fecha de la aparición los alrededores del año 1300, ciento cincuenta años antes que lo aceptado posteriormente; hay que tener en cuenta que ésta, la del sacerdote Francisco García, es la obra más antigua que se conserva sobre Aldeavieja y su historia; en ella se puede leer:
          Dentro de un paraje de singular belleza castellana, la ermita de Nuestra Señora del Cubillo debe su emplazamiento a un milagro que tuvo alrededor del año 1300.
          En estos años, el Monasterio de Párraces andaba muy ocupado en resolver asuntos de jurisdicción con la Diócesis de Segovia, y como no estaban del todo asentadas las cosas de la Abadía, los canónigos de Párraces descuidaron tomar detalle de lo sucedido. Pero lo que se  tiene por cierto como indudable tradición, transmitida cuidadosamente de padres a hijos es que en el sitio donde está aquella santa ermita, había una gran alameda, y en ella tenían los pastores sus chozas y cabañas, cuando por causa de las nieves, y grandes fríos se bajaba del campo Azalvaro, donde muy de ordinario apacentaban sus ganados, y en una rama de un álamo que estaba donde ahora está el púlpito de aquella iglesia, acostumbraba un pastor a colgar un cubillo, que es lo que ahora llamamos herrada o cubilete, que son de madera, con asa y cerco de hierro, y servía de ordeñar en él las cabras y ovejas, y vacas, y es harto de llorar que este cubillo no se haya guardado y conservado como grande y prodigiosa reliquia, por la gran negligencia de la gente de aquel tiempo. Pues como este pastor fuese a descolgar el cubillo, hallaba no una sino muchas veces a Nuestra Señora, como metida en él, y que no se le parecía sino desde la cintura arriba, y hablaba con él y le decía, que dijese a los del pueblo, hiciesen allí un santo templo a honor de la Virgen Santa María, porque en ello se serviría a Dios. De esto se dio cuenta al Abad y Cabildo de Párraces, y certificados de este aparecimiento y visiones, y solicitados con gran vehemencia de los vecinos del lugar, autorizando este milagro, y con su favor y ayuda se edificó aquel santuario, con invocación de Nuestra Señora del Cubillo, por haberse aparecido en el la Madre de Dios. (Cap. IX, p.20-21)

          Esta fecha ya se recoge en el libro Guía para visitar los Santuarios Marianos de Castilla-León. Clara Fernández.Ladreda Aguado. Ed. Encuentro. Madrid. 1992, en el que se indica:
          “Según la tradición, por el año 1300, en este mismo lugar se apareció la Virgen a un pastor, al ir a recoger el cubo que había colgado en la rama de un álamo. En los libros escritos se narra que el pastor “vio a nuestra Señora como metida en un cubo, y que no se le parecía sino desde la cintura y hablaba con él y le decía que dijese a los del pueblo que hiciesen allí un santo templo a honor de la Virgen Santa María”.  

          Además del texto de 1613, tenemos otro, éste del año 1434, conservado en los archivos municipales de Aldeavieja, en el que se reconocen los nuevos límites entre las localidades de Villacastín y Aldeavieja, y en el que se nombran puntualmente tanto el lugar como la ermita de Santa María del Cubillo, veinte años antes de la fecha de la aparición ya existía la ermita… Este texto, recogido por Gregorio del Ser Quijano, en su libro Documentación medieval en Archivos Municipales Abulenses. Ávila. 1998, es como sigue: 
          “Jueves, veinte y cinco días del mes de noviembre, año del nacimiento de nuestro señor Jesucristo de mil y cuatrocientos y treinta y cuatro años, este dicho día, estando cerca de la Peña Forcada, que es en término de Aldeavieja, aldea de la ciudad de Segovia, estando y Fernán García de Ocaña, alcalde en la dicha ciudad y en su lugar de García de Busco, corregidor y justicia mayor por nuestro señor el rey en la dicha ciudad y en su tierra, y otrosí estando y con el dicho alcalde Fernán Ramírez de Montoria y Juan González de las Navas, regidores de la dicha ciudad y su tierra, por poder que han del concejo y caballeros regidores de la dicha ciudad y de su tierra, y en presencia de mi, Francisco Fernández, escribano público en la dicha ciudad y en su tierra a la merced de mi señor el rey, y de los testigos abajo escritos, luego el dicho alcalde y los dichos regidores dieron y rezaron en escrito esta sentencia que se sigue…
          … y desde la Cabeza de la Vena en la cuesta abajo otro mojón, y adelante descendiendo la dicha cuesta de cabe la Cabeza de la Vena, de cara Santa María del Cubillo, otro mojón, y otro mojón a la falda de la dicha cuesta, y desde este mojón de la falda hasta una peña en que está una pililla encima de Santa María del Cubillo tres mojones, y que se haga una cruz en la dicha peña, y desde la dicha peña otro mojón entre la dicha Santa María y el hera el camino del Berceo, y que se haga una cruz por mojón en la peña cabe el sendero que viene de Villacastín a Santa María del Cubillo, a la mano izquierda, y que se haga en la cima del cerro del Cubillo otro mojón en la tierra que dicen de la Ermita, y que se haga otro mojón en el dicho cerro del Cubillo, y que se haga una cruz por mojón en una peña, el cerro abajo del Cubillo, y que se haga otro mojón encima del Berrueco del Cabrón, y que se haga otro mojón en el cerro del Cubillo de abajo de la Peña del Cabrón, y que se haga una cruz en una piedra redonda que está ende, y delante en el dicho cerro del mojón se haga en otra peña que tiene una pila una cruz por mojón…”

           Más aún, en el Cuaderno de la visita realizada a la diócesis de Segovia durante los años 1446-1447. Archivo de la catedral de Segovia, ocho años antes de la aparición de la Virgen, ya existía allí una ermita de Santa María del Cobillo:
          “Aldea Vieja. Es collaçión de Párrazes pero es de reprehender que por ser tanto pueblo de çient vesinos que non tiene cruz de plata salvo una pequenna de limogenes e una casulla vieja de zarzaania e otra blanca con aparejos susios ineptos e non cumplimiento de sávanas ca en otras parrochias de dies e de XV e veynte vesinos se ha fallado que tienen cruses de plata e buenos ornamentos de seda. Otrosy tiene buena parte del portal descubierto, los del concejo lo querellaron desiendo que sy el abad soltasse la rrenta dela iglesia saltim lo del cuartillo que ellos la proveerían de todo. Otrosy que son mal servidos delas penitençias en cuaresma lo uno por ser tanto Pablo Deo Gracias lo otro por que el capellán se abssenta algunas veces de la eglesia.
          Santa María del Cobillo. Visite la que es hermita e dise el arcediano que todo es suyo. Tiene fasta noventa cabeças de cabras e ovejas.”

          Puede que 1300 no sea la fecha exacta de la aparición de la Virgen del Cubillo, pero esta fecha es más cierta que la de 1454, según he querido demostrar en los textos antes descritos.


9 de agosto de 2016

Leyendas de Aldeavieja: ¡Tesoros...!

          Hoy os voy a comentar un libro que he encontrado en mis investigaciones, lleva por título “Registro y relación general de minas de la corona de Castilla”, escrito por don Tomás González y publicado en Madrid en el año de 1832.


          Hasta aquí, esto no tiene la mayor importancia y hasta puede parecer que carece de todo interés en esta sección en que contamos cosas curiosas de nuestro pueblo; pero, y siempre hay un pero, en la misma portada del libro se dice:
Comprende: Los registros, relaciones y despachos sobre el hallazgo, administración, labor y beneficio de minas en que no se expresan los pueblos ni sitios en que se hallaban, y varios privilegios concedidos á inventores de máquinas é ingenios para las artes mecánicas.
Item: Una relación y varios despachos tocantes al descubrimiento y provecho de varios tesoros.
          Estas líneas llamaron poderosamente mi atención, pues todos hemos oído hablar de tesoros escondidos y, de niños, hemos soñado con encontrarnos uno de esos fabulosos montones de riquezas, con joyas, doblones de oro, espadas de plata, coronas… que tanto han alimentado, y alimentan, sueños y deseos; encontrar un tesoro escondido por piratas, bandoleros, los romanos o por los moros (como se cuenta en miles de leyendas) es, siempre, una quimera improbable… pero posible.
          Como decía, esas líneas me indujeron a adentrarme en el libro, y buscando, llegué a un capítulo que decía:
Tesoros.
Desde el año de 1589 hasta el de 1701, a petición de varios interesados, se expidieron las competentes Reales Cédulas para descubrir algunos tesoros que tenían noticia hallarse ocultos en diversos puntos del reino; cuya relación, con expresión de los pueblos y sitios de algunos de ellos, es en la forma siguiente.
          Y, efectivamente, seguía una relación alfabética de pueblos en los que se tenía constancia de la existencia (o, por lo menos, alguien lo había creído así) de tesoros ocultos.
          Leyendo aquella relación, llegué, lógicamente a un punto que decía: en Aldeavieja…
          Al llegar aquí no pude menos que ponerme otra vez mi traje de los diez años y comenzar a viajar por un sueño en el que todo era posible; ¿en Aldeavieja había tesoros ocultos? ¿dónde? ¿se habrían encontrado? ¿estarían todavía allí?, ¿y, si es así, se podrían encontrar?; esas son las preguntas que me hice y a las que sólo hay una forma de contestar: “quien sabe…”
          Este es el párrafo que, en dicho libro, se refiere a los tesoros “situados” en Aldeavieja, para cuya localización y búsqueda, se pidieron los permisos legales pertinentes y que, ¿quién sabe?. Alguno puede continuar allí… si es que alguna vez lo estuvo.
En Aldeavieja, jurisdicción de Segovia, en el campo Azálbaro; en el prado del Lanchar, bajo el prado de las Moratas; en la Olla, cerca de una fuente; dentro del lugar, en la fuente de abajo; junto al Trampal; en la bajada del pueblo al Muladar Alto; en la dehesa y cerca de la fuente del Alamillo; en Cañada la Calera; en el arroyo del Sapo; junto al río del Campo; en las Alcobas; en la fuente de la Sierpe; en la de la Campana; junto a la ermita de San Miguel de Cardeña; y últimamente en la de San Juan del Berrocal.



          Como se puede observar, no hay ni uno ni dos, sino que habla de quince puntos, en el término del pueblo, en donde alguien supuso que se podría encontrar un tesoro oculto. Aunque los nombres de los lugares cambian, a veces mucho, con el paso de los años, todavía hay unos cuantos que se pueden identificar fácilmente: el campo Azálvaro, la Olla, el Alamillo, las ermitas de San Miguel de Cardeña y San Juan del Berrocal, son lugares que se siguen llamando de la misma manera.
          La fuente de abajo es la “fuente cornera”, de la que ya hemos hablado en otro momento; el prado del Lanchar seguramente está en Las Lanchas; pero hay otros sitios, como el arroyo del Sapo o la fuente de la Sierpe que son más difíciles de localizar.
          ¿Os animáis?; si os decidís a hacer alguna prospección, no os olvidéis de volver a tapar el hoyo que hayáis hecho, y si hay algo: ¡enhorabuena!.

          ¡Suerte!

1 de agosto de 2016

¿Gaudí en Aldeavieja?

          Entre los edificios que nos han legado los siglos pasados hay dos que tienen una cosa en común: unas singulares arcadas onduladas rematando sendas entradas a patios o corrales; se trata del edificio del parador, situado en la carretera nacional N-110 y del ya comentado edificio edificado en la calle Segovia con esquina a la del Mediodía y que ha servido, durante tantos años, como lienzo para las conmemoraciones de los “quintos” del pueblo.


                                                                   Entrada de carruajes del parador


                                                                      Casa de don Juan Moreno

          Este tipo de adorno no es nada corriente en la zona; constituyendo una “anomalía” dentro de la arquitectura popular de Ávila o de Segovia; para encontrar algo parecido hay que irse al norte, a Barcelona, donde se puede encontrar en alguna de las obras emblemáticas del arquitecto Antonio Gaudí, sobre todo en la Finca Miralles, edificada entre 1900 y 1902 y en las Escuelas de la Sagrada Familia, levantadas en 1909.

                                                                                  Escuelas de la Sagrada Familia (Barcelona)


                                                                         Finca Miralles (Barcelona)


         ¿Cómo llegó este tipo de arquitectura a nuestro pueblo?, eso es algo que vamos a intentar explicar en las líneas siguientes.
          De todos es sabido que uno de los últimos propietarios de la casa de la calle Segovia fue Gregorio Moreno López, nacido en una de las familias más pudientes de Aldeavieja del siglo XIX, notario en la ciudad de Toledo y sobrino de uno de los grandes mecenas del pueblo: José López Gordo (1805-1885), afincado en Barcelona en los años en que el genio de Gaudí llenaba de edificios modernistas las calles de la ciudad.
          También es sabido que el arte de Gaudí no se circunscribió sólo a la capital catalana, también en Castilla, concretamente en las ciudades de León, Astorga y Comillas (en Santander), se levantan hoy tres edificios salidos de su ingenio: la Casa Botín, el Palacio Episcopal y El Capricho, respectivamente; Gaudí hizo los planos, las maquetas y envió a los albañiles y obreros que trabajaban con él, asiduamente, en Barcelona; sólo estuvo personalmente en las obras de la ciudad de León y durante muy poco tiempo, dejando a  aparejadores de confianza la vigilancia y desarrollo de las edificaciones.
          Y fue en León, precisamente, donde se produjo el contacto entre los ayudantes de Gaudí y nuestro hombre: Gregorio Moreno; este había acudido a la ciudad reclamado por el propietario del edificio, su amigo Mariano Andrés Luna, para ejecutar el papeleo legal de unos negocios; una vez allí, acudió a ver las obras, muy adelantadas, del edificio proyectado por Gaudí, y del que estaba muy orgulloso su amigo, y en una conversación con uno de los constructores, parece ser que se trataba de Agustí Massip, le pidió alguna idea original para la casa que estaba reformando en su pueblo, Aldeavieja; en un papel, Massip le dibujó las techumbres de las Escuelas que, en aquellos momentos, se empezaban a edificar junto a la Sagrada Familia y Gregorio pensó que una cosa así daría una pincelada de originalidad a su mansión de verano.




          Y esa es la historia; a su vuelta, Gregorio Moreno hizo poner sobre la entrada del patio de coches de su casa esa sinuosa línea que embellece la puerta y el maestro de obras que la hizo, y cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros, pidió permiso para incluir algo parecido en el parador que, en aquellos momentos, estaba reformando a petición de sus dueños; con una mayor libertad y más espacio, coronó las puertas carreteras con esa inconfundible ondulación que, todo el que pasa por la N-110, se queda mirando a la vez que piensa que aquello no es lo normal en los edificios castellanos.