24 de abril de 2017

Tierras del Cardeña. 2

          ¡Qué distintos eran, por aquella época, esos parajes que ahora nos parecen tan familiares! Subiendo desde el río hacia el sur, nos encontraríamos con una selva impenetrable, no sólo por la gran cantidad de encinas y robles que crecían allí, sino por todo el espeso sotobosque, los infinitos matorrales que ocultaban cualquier camino o trocha, en fin, algo que no nos podríamos  imaginar ahora; aquella distancia de no más de diez o doce kilómetros es algo que, entonces, no se podría realizar en menos de un día completo, eso sin contar con que se iba a realizar con niños y llevando consigo todos los utensilios y bagajes que serían necesarios para montar nuevas viviendas en un lugar desconocido, además de unos cuantos animales domésticos, sacos de semillas, armas y tener que ir abriendo camino para poder mover todo aquello en la dirección adecuada.
          Íñigo, Andrés y Roque iban abriendo camino a golpes de hachas y cuchillos; a su vez, dos de los chicos más mayores iban de adelantada, vigilando la zona por donde iban a pasar los demás a fin de no tener ningún encuentro no deseado.
          En total tres hombres, otras tres mujeres y doce chicos y chicas, que iban desde los cinco meses a los dieciséis años, formaban aquella caravana; los chicos medianos cuidaban de seis o siete cerdos ayudados de unos grandes perros que lo mismo servían para cuidar el ganado como para ayudar en el ataque y la defensa; eran aquellos mastines que, a veces, se rodeaban de un collar de hierro con puntas para que no pudieran degollarlos otros perros o cualquier alimaña de las que, naturalmente, abundaban por aquellos parajes.


                                                     Camino desde San Miguel de Cardeña hacia Aldeavieja

          ¡Ah!, se me olvidaba decir que, con ellos iba, también, el fraile que cuidaba de sus almas en la aldea; Martín se hacía llamar; no se había contado con él para nada en esta aventura que se iba a desarrollar, así que cual no sería su sorpresa cuando al ir a despedirse nuestros aventureros de los demás habitantes, se encontraron, junto a los cerdos y los niños, al buen fraile con su petate al hombro, la capucha bien calada y la mejor de sus sonrisas; no dijo ni una palabra y cuando comprobaron que en vez de quedarse con los demás, les seguía, Íñigo se plantó ante él y le espetó:
          -¿Dónde va, hermano?. Nadie le ha invitado a seguirnos.
          -No hace falta, “hermano”, los servidores de Dios vamos donde más se nos puede necesitar.
          -¿Va a dejar a toda esta gente desamparada?
          -¡No, que va!, mañana o pasado aparecerá por aquí otro hermano, enviado por mi prior, para que se haga cargo de sus almas.
          -Me parece que no quiere entender que no queremos que venga con nosotros.
          -¿Y, eso, por qué?
          -Será un estorbo, ya tenemos bastante con los chicos y las mujeres…
          -Sabes que yo me basto sólo… No voy a necesitar vuestra ayuda, en cambio, vosotros… sí que vais a necesitar de la mia.
          -¿Su ayuda?
          -Bueno, la mia a lo mejor no, pero la de Dios….
          ¿Cómo negar aquellas palabras?. Íñigo entrecerró los ojos mirando al buen fraile: rechoncho, sonriente, lleno de una confianza que ya quisiera para él; se encogió de hombros y se dio la vuelta iniciando la marcha hacia el bosque; para sus adentros iba murmurando pros y contras de la compañía del buen Martín; pero… ¿cómo impedir su presencia si, en teoría, todo aquello se realizaba para devolver aquellas tierras a la verdadera religión?; aquello era una cruzada bendecida por el Santo Padre de Roma…
          Así pues, aquella comitiva, inesperadamente aumentada, se iba desplazando, lentamente, al resguardo de los altos árboles que, en algunos sitios, tapaban el sol, rumbo al sur, a una tierra a la vez cercana y extraña que, suponían, iba a ser para ellos su nuevo hogar.
          Los olores familiares de los animales, de la gente, el humo… se iban convirtiendo, poco a poco, en un recuerdo, cambiándolos por aquel aroma nuevo a vegetación silvestre, animales salvajes… el aire traía sonidos diferentes, casi siempre reconocibles pero, también a veces, inquietantes…
          ¿Habría moros salvajes acechándoles a la vuelta de aquellas rocas? ¿Al cruzar el riachuelo no dejarían sus huellas fácilmente reconocibles para cualquiera que pasara por allí? ¿Estarían siguiendo la dirección correcta?
          Tenían una y mil preguntas en sus mentes a cada paso que daban; las dudas, los miedos, el futuro y hasta el pasado se mezclaban en sus cabezas sin acertar a darles respuesta cierta.
          Mientras, en la aldea que habían abandonado, las gentes se reintegraban a sus quehaceres; alguien lavaba en el río las pieles sucias, otros llevaban a los cerdos bajo las encinas para que comieran las bellotas; Rodrigo, que había quedado de jefe de la aldea al marchar Íñigo, subió a lo alto de la ladera sobre la que se aposentaban las chozas en un intento, inútil, de vislumbrar  que vereda, camino o dirección habrían tomado sus amigos…
          Vano intento, por supuesto, el entramado de las ramas de los árboles impedía observar cualquier movimiento que se pudiera producir bajo ellos… lo que sí vio, cuando su mirada se dirigió a su izquierda, al sentir un movimiento en aquella dirección, fue la oronda figura de un fraile, bajo y regordete, con la capucha bajada, que se dirigía a buen paso hacia la aldea; se apresuró a bajar en su busca y al encontrarse frente a él, se paró desconcertado; el hermano había echado para atrás la capucha dejando ver un rostro rubicundo, en el que se abría una franca sonrisa; pero no fue eso lo que motivó su sorpresa; la cara era la misma que la de Martín; era igual, debía de tratarse del mismo fraile que había marchado con Íñigo y los suyos…
          -¡Hermano Martín, qué hacéis aquí!
          -¡Ah, que sorpresa, conocéis mi nombre!
          -Como no lo voy a conocer, si lleváis aquí casi dos años…
          -¡Qué rápido pasa el tiempo en estas tierras!, ¡no hace ni un minuto que nos conocemos y para vos han pasado dos años…!
          -¡No os chanceéis, Martin! ¿Por qué habéis abandonado a Íñigo y a los suyos?
          -¿Abandonado?
          -¿Acaso vais a negar que esta mañana habéis partido con ellos en dirección a las montañas?
          -Lo negaré, si eso me pedís, pues yo… ¡acabo de llegar proveniente de mi monasterio!
          -¿Sois el hermano Martín?
          -Sí.
          -¿Nunca antes habéis estado aquí?
          -No.
          -¿Tenéis acaso algún hermano en la misma Orden?
          -De sangre, ninguno…
          -Pues no lo entiendo…
          -¿Qué no entendéis?
          -Sois la viva imagen del fraile que ha estado con nosotros durante dos años y que hoy acaba de marchar con otros compañeros nuestros en dirección al sur… No puedo creer que no seáis la misma persona…
          -Pues creedlo, hermano; nunca estuve antes aquí; ayer tarde, mi prior me mandó con vosotros al enterarse de que quedabais sin auxilio espiritual….
          -Bien, pues…. bienvenido; venid, os mostraré la aldea…
          -Gracias, hermano; seguro que me sentiré como en casa desde el primer momento.
          -¡Seguro! ¡Eh, mirad! ¡Mirad todos! El prior del monasterio nos ha mandado al hermano Martín para…. sustituir al hermano Martín…

          -Tú dirás lo que quieras –se dijo Rodrigo cuando el fraile se alejó para saludar a los miembros de la comunidad- pero si tú eres otro Martín yo no me llamo Rodrigo.

18 de abril de 2017

Tierras del Cardeña. 1

          Os presento, hoy, el primer capítulo de lo que pretendo que sea una novela histórica sobre los inicios de nuestra tierra; “Tierras del Cardeña” la he titulado, pues en las orillas de ese río, hoy modesto arroyo, se fraguó un futuro del que procedemos. Me gustaría que los posibles lectores de estas líneas, me dierais vuestra opinión  sobre ellas, pues, a fin de cuentas, algo de todos nosotros está aquí. Gracias.     

          Allá, en la noche de los tiempos, cuando en estas tierras las razzias musulmanas asolaban frecuentemente los territorios cristianos y nuestra tierra era una “tierra de nadie”, ni mora ni cristiana, se alzaban en algunos lugares pequeños caseríos donde pobladores procedentes del norte peninsular se arriesgaban a ocupar y labrar unas tierras peligrosas bajo la promesa real de conseguir su propiedad si eran capaces de mantenerla en su poder cinco años.
          Uno de estos lugares estaba en las laderas del río Cardeña que, en aquel entonces, finales del siglo IX o principios del X, llevaba bastante más agua de la que ahora podemos ver. Allí, alrededor de una pequeña capilla de adobes y maderos, existían diez o doce casas (aunque ninguna de ellas mereciera ese nombre), levantadas a base de piedras, barro, trozos de árboles y retamas que cobijaban a sesenta o setenta personas; las cabañas, igual que las personas, parecían querer camuflarse con el paisaje, no ser detectadas desde lejos, no queriendo llamar la atención, el que no hacía ruido, el que no era visto, sobrevivía, el que no… lo mejor que le podía pasar era que fuera aprisionado y mandado como esclavo a las tierras cálidas y exuberantes de Al Andalus.


                                                          Las laderas, hoy,  vistas desde el arroyo Cardeña.


          Gente proveniente de Cardeña, allá junto a la ciudad de Burgos, se habían aposentado allí, atraídas por las proclamas reales y sus promesas de tierras y fueros; aquellas laderas estaban cubiertas de encinas y robles hasta donde abarcaba la vista; era buen terreno para la caza y para cuidar puercos y, además, junto al río, en las vegas formadas por sus aguas, se abrían explanadas donde se podría cultivar el maíz indispensable para su supervivencia y la de sus animales; gente brava que descendía de aquellos vascones que habían resistido la invasión sarracena y luego, poco a poco, habían bajado a las tierras castellanas llevando sus costumbres, sus usos, parte de su lengua (pues los años les hacían olvidarla poco a poco) y, sobre todo, sus creencias y sus supersticiones.
     Su vida pasaba entre la caza, el pastoreo y el cultivo, pequeño, de aquel maíz que los alimentaba desde la noche de los tiempos; no era terreno para otra cosa; los cazadores, además, se ocupaban de la seguridad del lugar, estableciendo puestos avanzados hacia el sur, cerca de las montañas que se elevaban frente a sus bosques; estaba con ellos un fraile, que levantó con sus manos la pequeña iglesia donde los domingos celebraba con ellos la eucaristía y poco más, pues entre semana se juntaba con los cazadores en sus andanzas en busca de piezas.
          Llamaron al lugar San Mikel, pues en la festividad de este santo habían llegado allí y al río que les proveía de agua Cardeña, igual que el lugar de donde habían venido, así todos sabrían de dónde procedían y a quien obedecían, aunque sólo fuera nominalmente, hasta que el rey les concediese la propiedad de aquellas tierras.
          Recolectar las bellotas cuando era el tiempo, cuidar de los marranos para que no se les escapasen; curtir las pieles que traían los cazadores, convertirlas en vestidos y calzados; criar hijos, muchos, para ser más y más fuertes; aprender a luchar, a tirar con arco, a manejar la jabalina, la honda… en fin, vivir para subsistir.
          Al más fuerte de entre ellos, al más astuto, al más hábil, le habían convertido en su jefe, juez ante los pequeños litigios, caudillo en la defensa y el ataque a las patrullas moras… Íñigo, pues ese era su nombre, vivía junto a su mujer y cinco hijos, en una de las chozas que estaban más alejadas del río, casi en la cumbre de la ladera, para tener una buena vista de lo que pudiera ocurrir allá, al sur…
          Era un hombre alto para aquel tiempo de gentes bajas, serían unos 170 centímetros de carne dura y trabajada, rubio, con el cabello largo recogido con una tira de piel formando una coleta y barba negra; tendría unos veinticinco años, pero parecía mayor, bastante más mayor; la vida agreste al aire libre, las largas jornadas de caza entre bosques y sierras pedregosas o de infiltraciones en tierras moras para atacar o conseguir botín habían marcado su piel de arrugas y heridas; pero dentro de su cabeza, una inteligencia natural formada por la observación y las enseñanzas de sus antepasados, habían logrado una mente despierta y siempre preparada, lo que no se reñía con sus creencias supersticiosas heredadas de un pueblo que vivía para sí mismo, sin contactos con los extranjeros y enemigo de cualquier cambio o novedad en la forma de entender los elementos, las pasiones o la vida.
          Su compañera, Maya o María, era, como él, fuerte y esbelta, aunque su cuerpo ya no era el que había sido por culpa de los partos y el duro trabajo del día a día; ella sola se bastaba para criar a sus cinco vástagos y cuidar de los dos cerdos que poseían, además de todas aquellas “pequeñas” faenas (curtir, labrar, recolectar, coser, pescar, amamantar, recoger leña…) que eran las normales de una mujer en aquellos años oscuros y difíciles.
          Aquel día, Íñigo estaba en la aldea, pensativo, esperando la llegada de los otros hombres para tener una reunión; él, como jefe del clan, se había encargado de llamarlos y en breve, cuando cayera la noche, alrededor de un buen fuego, les contaría lo que le rondaba la cabeza y que iba a suponer un gran cambio en la vida de todos.
          -Creo que todos conocéis mi opinión sobre la situación.
          Su voz sonaba serena y fuerte, aunque no quería que nadie la interpretase como una orden, sino como una sugerencia.
          -Somos ya demasiados en este lugar, y todos sabéis que cuantos más seamos, más peligro tenemos de ser descubiertos y de que nos aniquilen.
          -Setenta y seis personas dice que somos fray Eurico.
          -Esas he contado.
          -Yo también, -dijo Íñigo-, y en dos años más seremos cien y cien personas hacen mucho ruido, comen mucho, cocinan mucho…. Y hacen mucho humo y mucho humo se ve desde mucha distancia…
          -Pero, si nos separamos… ¡seremos más débiles, más vulnerables!
          -Pero también más ágiles, más difíciles de encontrar… ¡más seguros! He pensado en marchar hacia el sur, al pie de la sierra que vemos desde aquí, fundar otra aldea que sirva de atalaya para ésta, de escudo… y así, los que os quedéis podréis crecer con más tranquilidad, sabiendo que nosotros estaremos allí para avisaros y detener el primer golpe… si lo hay.
          -Correréis mucho riesgo…
          -Anoche soñé con la dama del río; se me apareció envuelta en esa túnica verde que todos conocéis… me dijo que marchara, que ella enviaría a alguien con nosotros para ayudarnos; también me dijo que San Mikel estaba de acuerdo con ello y que alguien del cielo nos esperaría en el lugar a donde vamos.
          Los compañeros se miraron entre sí; pocas veces alguno de ellos hacía referencia a sus sueños o a la presencia de aquellos espíritus amigos que les acompañaban desde que abandonaron sus tierras del norte; pero su sola mención les devolvió la confianza en su líder, sabiendo que era un elegido; todo saldría bien.

-Sólo dos familias más vendrán con la mía; seremos pocos, pero os iré llamando y más tarde, según Cardeña vaya creciendo podréis ir, los que sobren, a vivir con nosotros. Todo saldrá bien, ¡confiad!.

6 de abril de 2017

Un cuento de José Zahonero

     Hoy voy a enseñaros un cuento de un escritor abulense de hace ya más de cien años, José Zahonero, (como veis, el apellido no puede ser más de la tierra) que dedicó muchos de sus escritos a Aldeavieja, sobre todo a la Virgen del Cubillo, haciendo protagonistas de sus múltiples obras a nuestras costumbres y lugares. Se trata de un relato aparecido en la revista “La lectura dominical” en 1907, y que llevaba por título “El santero de la Virgen del Cubillo”.
     Sólo voy a transcribir la segunda parte del mismo, que es en la que trata, específicamente, de nuestro pueblo; el relato comienza mostrándonos un día en la vida cotidiana de una familia en la ciudad de Segovia; después de presentarnos a sus componentes y sus ocupaciones, llega el momento en que se sientan a la mesa para la comida….

     Los niños comían como lobitos. Estábamos contentos, bendecidos por la más dulce y amable sonrisa del ser que más nos amaba y nos ama… dicha de nuestra vida, la bendición de la madre de mis hijos, mi amada compañera. Ella gozaba de vernos contentos. En esto resonaron dos golpes en la puerta de la calle.
     -Diantre, ¿quién, sería? ¡El comendador!
     Bajó la moza a abrir, y luego oímos una voz cascajosa y temblona que murmuró una lamentación o un rezo.
     -¡Vaya, un mendigo!
     Sí, será un hermano, algún vagabundo echado a rodar de puerta en puerta… que vendrá tiritando de frío, mojado… hecho una sopa, con el vestido, si lo tiene, y la capa, si la trae… raídos, y las albarcas, si es que no viene descalzo, destrozadas.
     -Señor ¡es un santero! Trae la estampa de un santo, de una santa… o de la Virgen. Ya es viejo el pobre hombre.
     -Anda con cuidado, chica, no sea algún tunante –exclamé yo, cegado sin duda por el grosero egoísmo de comilón y bebedor…
     Entonces mi mujer exclamó:
     -¡Juan, por Dios!
     Y Maruja, con su voz suplicante, dulce y grave, dábame un oportuno y salvador aviso, como se hace con aquel que por andar ciego o precipitadamente puede tropezar y caer, y con el que por discurrir de ligero está en peligro de pensar o de hacer algún disparate.
     Aquella réplica concisa y oportuna me avergonzó; sin duda hubo de darme en tan breves palabras más que darme hubieran podido los discursos de todos los sabios juntos.
     -Sí, es verdad; ¡yo qué sé! ¿Cómo me atrevo yo a suponer que ese infeliz sea un tunante?... Pero qué quieres, Maruja, así soy; los hombres nos acostumbramos a seguir los juicios necios del mundo… y así nos va. Vaya, vaya, que suba el ancianito. Tendrá frío… veremos ese santo que él traiga, alguna estampeja… con orla de repicoteada bayeta colorada, bordada de hilillo de plata ya ennegrecido… y mucho pintarrajeo.
     Subió el mendigo.
     -Dios los bendiga… y alabado su santo nombre –dijo al entrar.
     -Por siempre sea alabado –contestamos a coro.
     Era un viejo, muy viejo, con la cabeza y las barbas blancas como la nieve.
     -Siéntese, hermano, siéntese- dijo mi mujer.
     Los niños cercaron al abuelo para mirarle y remirarle y mirar sus rosarios añosos y el altarcillo o urna portátil hecha de hoja de lata… dentro de la que, y bajo un cristal, veíase, aunque ya borrosa, la imagen de Nuestra Señora del Cubillo, la Virgen de los pastores.
     -Salí esta mañana mesma de la losa – dijo el anciano- y poney que sólo hace dos días que salí del Cubillo… y de Aldivieja. He andao, como aquel que dice, al retortero por toda esa parte del Espinar… y me he cansado un poco de andar; como que ati cuenta que llevo encima sobre mis ochenta años y cuarenta riales, y drentro de na pus haré, Dios mediante, ochentitrés… Para la Virgen de Agosto los haré.
     Ya no tengo las piernas como en denantes… porque hasta cuasi hogaño he segao en toas las siegas… y he venio trabejando lo mesmo en la criadera que en los esquileos, y eso desde que vine de servir al rey… -¡ya ha llovio!- hasta hoy… día de la fecha. He sio pastor, corriendo pa arriba y pa abajo la tierra toa, y como nenguno la conozgo. Ahora ya está uno algo sordo y no puedo dir a la guarda del apacento del ganao, que no oigo la esquila en cuanto que se desaparta un poco de mi la res…¡Cuánto pasé allá en la guerra!... ¿Y de qué me valió?... Antes si salí con vida, a la santa Virgen se lo debo, que siempre me encomendé a Ella… ¡Cuánto he pasao después en esas tierras!... Tantos años al cuido de las ovejas, hasta que no he podío más… Mi mujer tie ya setenta y ocho años, está la probe hecha una carraca… y nos creíamos ella y yo mesmo cuasi a perecer… y si no hubiera sido por la santa Virgen no lo contábamos; pero el señor Capellán reunió la asamblea de pastores hogaño, y como había muerto el probe tío Cirilo, que había quedao de santero, me dieron a mí el empleo… que esto siempre se hace, ¡quien sabe cuántos años! a los pastores viejos cuando están ya inutilizaos pa el trabajo y no encuentran amo que les dé a guardar ni una mala oveja. 
      A esto de pedir pa la Virgen le decimos aquí quedarse pa la ofrenda. La tuvo tío Melito, bien me acuerdo de él, que yo era chico entonces; después pasó a tío Martín; aluego a Santiago, el de Tejadilla, y a Canuto, y al fin a tío Cirilo, y de este a mis manos. Dios les haya perdonao a toos… como yo les rezo. Soy el pastor más viejo y quié decirse que el más probe de toa la sierra. ¿Qué si saco? Muy dinamente alguna coseja de toas partes… Aldivieja, Brascoelo, Villacastín, Espinar, Balsaín, La Granja y en la mesma ciudá… ¡ahí viene el santero de la ofrenda de la Virgen del Cubillo!... dicen; rezan una salve a Nuestra Señora, echan en el cepillo pa alumbrarle, me dan limosna, me llenan de cuscurros y me regalan con alguna tajadilla y un trago, y Dios nos bendiga a todos…
      Dimos ración y traguejos al santero, estuvo con nosotros hasta el toque de oraciones, y al sonar el Ave María, rezamos ante la santa imagen… y luego el valeroso anciano, recio y lleno de ánimo por la mucha fe que animaba su alma, emprendió de nuevo su camino…
      Los niños despidieron al viejo mandándole besos con sus manos; nosotros, agitando los pañuelos.

      Dejándome profundamente conmovido y preocupado… ¡cuánto aprendí!... Aprendí que nos es muy necesario estudiar las costumbres populares que aún subsisten y que son recuerdos de tiempos mejores… de los tiempos en que la santa Virgen del Cubillo tenía en torno suyo a todos los pastores de la sierra, y en la Virgen ponían su fe, sus amores, sus esperanzas, y de ella esperaban el amparo para la vejez… y la gloria eterna en la vida verdadera.

4 de marzo de 2017

Leyendas de Aldeavieja: la era

          Hace muchos años, más de los que podáis pensar, que existía, en Aldeavieja, la costumbre de no barrer las eras una vez se había acabado la trilla y se había ensacado el grano; ¿cuál era la razón de esta costumbre?, pues era, ni más ni menos, que una vieja superstición, heredada del tiempo de los romanos, por la que se dejaba el grano que hubiera quedado en las eras, una vez acabadas las faenas, para los dioses de la fecundidad, como una especie de sacrificio por el que se solicitaba que la próxima cosecha que se fuera a trabajar en aquellos lugares fuera, cuanto menos, igual que la que había terminado.
          Esta costumbre se mantuvo durante más de mil años, hasta que, como os voy a contar a continuación, ocurrió una serie de sucesos que dieron lugar al abandono de esa tradición, unos creen que para mejor y otros que para peor, vosotros juzgaréis.



          Era la última parva del verano; aquel mes de agosto se había dado bien; no habían tenido grandes tormentas y el cereal se había podido trillar sin muchos problemas, y, ahora, ya, era la última parva; toda la familia se ocupaba de extenderla, colocando los haces en una gigantesca rueda dorada en medio de la era; luego, Ignacio, con una hoz, iba cortando las vencejeras con que estaban atados y las espigas, una vez sueltas, formaban un círculo al que el sol daba brillos y sombras semejando un mar de oro.
          Había que dejarlo unas horas al sol, para que se secara bien y luego, el trillo, lo cortara más fácilmente. Y ahí empezaba la faena, se uncían los mulos al trillo y poco a poco, dando vueltas despaciosamente, se deslizaba por la parva cortando y triturando los haces allí colocados, Los chicos se colocaban encima del trillo, pues cuanto más peso, más deprisa se trituraba la paja, claro, eso era sólo al principio, cuando ya las espigas estaban casi machacadas, no se necesitaba; entonces se colgaban de los arcos metálicos que colgaban por detrás, para remover un poco la parva, y se dejaban arrastrar por encima de aquellas aguas amarillas y suaves.
          A mediodía se paró, era mucho el calor y mientras venía la Jacinta con el almuerzo, la gente se tiró a la sombra de una acacia que crecía en la linde de la era y echaron sus buenos tragos de agua en el botijo de barro rojo que se refrescaba a la sombra (¡que buen agua hacía aquel botijo!, se lo habían comprado a un paisano de Ojos Albos que los hacía de aquella tierra roja que había por la sierra); quien más, quien menos, se quitó el sombrero de paja y se secó el sudor que caía por la frente cegándoles la vista o se ahuecaba la camisa para que les entrara un poco de fresco que aliviara las humedades y los agobios producidos por el calor. Mientras, Juanillo había desenganchado a los mulos y los había acercado a otra sombra para que, ellos también, comieran un poco y descansaran.
          Al rato vieron llegar a la moza; de una mano colgaba el capacho en el que traía el almuerzo y con la otra sujetaba sobre la cabeza un cantarillo lleno de vino de la tierra que, seguramente, habían tenido refrescando en un cubo dentro del pozo.
          -¡Vamos, Jacinta!, que a poco nos morimos de hambre.
          -No sea exagerao, tío, que aún no han tocao al ángelus.
          -Pos no lo habrás oído, pero mis tripas han tocao el ángelus y el oremus, y si te descuidas un poco más tocan el miserere.
          -Ande, ande, que tampoco se habrá cansao mucho.
          -Mía la chica, parece que la ha hecho la boca un ángel.
          -Venga, venga, menos parla y trae pacá la hogaza, que la hago cachos.
          Jacinta sacó una cazuela de barro llena de chorizos y morcillas que aún conservaban el calor de la lumbre y una fiambrera con torreznos recién hechos que olían a gloria bendita; el Pascual partía el pan con las manos y lo iba repartiendo entre los presentes y el tío Ignacio pasaba el vino del cantarillo a una bota para que todos pudieran beber.
          Se hizo un silencio enorme cuando cada cual fue cogiendo el chorizo, la tajada de lomo o el trozo de morcilla; parecía que llevaran días sin comer, con ese hambre que da el trabajo físico y la juventud; sólo cuando la grillería del estómago se fue calmando y la bota de vino fue pasando de uno a otro, apareció la sonrisa en los rostros, se fueron relajando, el comer se hizo más pausado y ya alguno se echaba un poco para atrás, apoyándose en un codo para mejor saborear la comida, cuando se rompió aquel silencio que parecía apocalíptico…
          -Luego hay que dar la vuelta a la parva, ¿no te parece, Ignacio?
          -Sí, antes de uncir los mulos al trillo se la damos; con una o dos horas más lo tenemos todo trillado.
          -Que ya era hora…
          -Bueno, tampoco se ha dao tan mal este verano…
          -¡Ójala fueran todos así!
          -La Virgen te oiga.
          -Y hablando de Virgen, pal Cubillo ya habremos acabao, ¿no?.
          -Malo sería que no estuviera…
          -Pos na, yo voy a cerrar los ojos, que no sé que tengo en ellos….
          -Se te habrá metío una paja, ¡Mía éste!
          -Anda Jacinta, llena otra vez la bota que estos torreznos me han dejao la boca seca.
          Y así, entre dimes y diretes, cada cual se fue echando a la sombra y con el sombrero o la boina tapándoles los ojos, fueron cayendo uno tras otro uniéndose a un concierto de suspiros y ronquidos que incitaban, más que molestaban, a dejarse caer en los brazos del sueño; hasta el “Moro”,  después de dos o tres vueltas, se enroscó a los pies de Pascual y se entregó a mil fantasías en las que corría tras las liebres llegando a alcanzar a alguna…


          La tarde fue una continuación de la mañana, se acabó de trillar y luego, se cambió el trillo por la cañiza y ayudados por las horcas y los horcates se fue amontonando la parva hasta formar un pez grande y ancho en el que, a los chicos, si se les hubiera dejado, se habrían echado de cabeza  dándose un baño de paja y grano caliente; se recogieron las herramientas y dejando el trillo boca abajo, arrimado a una de las tapias de piedra, echaron a andar hacia la casa a reponer fuerzas y prepararse para la jornada del día siguiente; Juanillo se fue con la pareja de mulos a darles de abrevar y la era se quedó solitaria, llenándose de las sombras que formaban los rayos del sol ya casi desapareciendo en el horizonte; el cielo, rojo y púrpura anunciaba que tendrían otro día de calor.
          Sólo uno de los hombres; Teodoro, no se sentó alrededor de la mesa; cogió un saquete blanco que le tenía preparado la tía Miguela y con él en una mano, y una manta echada sobre un hombro, volvió a la era; él era el encargado de cuidar la cosecha aquella noche.
          -Teníamos que haber hecho un chozo este año – se decía Teodoro mientras se acercaba con paso cansino a la era.
          No le gustaba dormir en el campo, no se llegaba a acostumbrar al suelo duro en el que cualquier piedrecilla o cualquier ramita acababa clavándose en el cuerpo despertándole; no le gustaba sentir el relente de las mañanas que, aún en pleno verano, era más que fresco en el pueblo; no le gustaba desvelarse por cualquier ruido: un perro que pasase, el ulular de una lechuza, los pasitos rápidos de los ratones o el maullido frenético de los gatos en celo; no lo aguantaba; pero bueno, siempre se decía eso, todos los años, y siempre conseguía que fuera otro el que se quedase vigilando la era, pero este año no le había valido ninguna de sus protestas; bueno estaba; tampoco, si lo pensaba bien, era para tanto; así que “agua y ajo” se dijo.
          No habría luna esa noche, estaba en creciente y sólo asomaba esa rajita que apenas se veía al atardecer; se sentó con la espalda apoyada en la acacia y abrió el saquete que su madre le había preparado con la cena; al tirar de los cordones le vino a la nariz el olor del queso y de la longaniza; se relamió de gusto pensando ya en lo bien que le iba a caer aquello en el estómago, además de la ventaja de que era todo para él, sin tener que discutir con sus hermanos por ese o aquel trozo más apetitoso; a mano tenía la bota mediada de clarete de La Seca que había traído un buhonero y al que su padre había comprado una garrafa.
          Ya serían las diez y las pocas voces que se habían oído ya hacía tiempo que se habían apagado; Teodoro pensó que deberían tener las eras al lado del pueblo, así podría pasar la noche con otros como él, charlando y riendo y no así, solo, aburrido y esperando que no pasase nada, en Valdeherreros, abierta a todos los vientos y con aquella humedad en el suelo que nunca acababa de irse.
          Llevaba ya más de tres horas dormido, arrebujado en su manta cuando algo le desveló, era como un ruido de pasos, pero pasos suaves, como de niño o de mujer; abrió los ojos y miró con cuidado, sin moverse apenas, a su alrededor; nada… o tal vez sí, le pareció una sombra que pasaba por delante del montón de trigo que habían acañizado aquella tarde, algo oscuro contra la claridad del pez…
          Se levantó con cuidado, agachado, casi a gatas, se acercó a aquella parte de la era; ahora lo oía más claro, era como un bisbiseo, como si dos críos hablasen entre ellos; se asomó de donde le parecía que llegaba el sonido y apenas vislumbró dos sombras pequeñas que desaparecían raudas…
          -¡Malditos críos! ¿qué hacéis que no estáis durmiendo?. Si os cojo…
          Ya de pie, dio un rodeo al montón de trigo intentando romper la oscuridad en dirección al pueblo, pero nada vio, nada oyó… tal vez sólo había sido un engaño de su vista, una ilusión. Volvió a su rincón y se echó de nuevo junto al árbol; iba a tentar la bota para matar un poco el gusanillo que había sentido en las tripas, pero por más que palpó y buscó, no la pudo encontrar…
          -La dejé aquí, estoy seguro. Como hayan sido esos críos…. ¡bah, no!, seguro que por la mañana la veo.
          Y con estos pensamientos se durmió nuevamente.
          No bien había cogido el sueño cuando otra vez sintió, cerca de él, ese ruido como de pasos cautelosos.
          -Esta vez os pillo –pensó, y se quedó quieto, quieto, hasta que oyó los pasos justo al lado de su cabeza; entonces, rápido, lanzó una mano y la cerró en algo que le pareció una pierna, delgada y desnuda…
          -¡Te agarré!
          Oyó entonces como un gañido, seguido de múltiples pasos rápidos que se alejaban y sintió como la pierna se escurría saliendo de su mano apretada y quedaba en ella como un pedazo de trapo.
          -¡Malditos…! ¡me las vais a pagar! Ya veremos a quien le falta mañana…. ¡esto! Lo que quiera que sea que tengo en la mano.
          Ya no pudo dormir, aquello le había desvelado por completo, sentado contra el árbol, los ojos como platos, la mano cerrada en aquello que había quitado al mocete, esperó, mirando a todas partes enfadado y tiritando con el relente nocturno, a que llegase la mañana.
          No bien hubo un poco de luz echó los ojos a la prenda que había estado guardando, sin soltarla, en la mano:
          -¿Qué diablos es esto? No es calzado ni prenda de persona…
          Y mientras lo sostenía dándole vueltas para comprender qué era, miró también al suelo en busca de su bota de vino, pero ni ésta ni el saquete de lienzo en el que había traído la cena aparecían por allí.
          -¡Malditos muchachos! ¡Cómo me han embromado! ¡Malo será que no les pille…!
          Y diciendo esto marchó hacia la casa envuelto en la manta, pues el aire corría fino desde el norte.

          Todos se quedaron mirando lo que Teodoro les mostraba después de haber escuchado, en silencio, cuanto le había acontecido aquella noche; Pascual lo tomó en sus grandes manos nudosas y arrugadas, era como un zapatico, pequeño y verde;  confeccionado con un paño suave y a la vez resistente; lo acarició suavemente y, por fin, susurró:
          -Es el zapato de uno de ellos.
          Todos le miraron sin decir palabra.
          -Volverá a por él esta noche.
          -¿Entonces, sabe de quién es eso? –preguntó Teodoro- pues dígamelo, padre, que yo le voy a decir cuatro cosas.
          -Tú no vas a decir nada; cuanto menos se sepa de esto, mejor.
          -Pero… ¿por qué?
          -Siéntate… y vosotros –dijo, dirigiéndose a los demás- ¿no tenéis nada qué hacer?; ¡venga, cada uno a los suyo!, parece que va a hacer algo de airecillo y podéis empezar a aventar el grano.
          Una vez se hubieron marchado, Pascual se sentó a la mesa e hizo un gesto a Teodoro para que se sentara frente a él.
          -Mira, desde hace ya tantos años que ni sé cuándo, antes de mis abuelos y de mis bisabuelos, ha habido la costumbre de no barrer las eras una vez acabado el verano; no es normal, mucho grano queda allí que podríamos barrer y llenar hasta un costal… o más; pero no se hace por una razón –al decir esto tosió, echó mano a la petaca y sacando un papel del librillo lo ahuecó en una mano mientras con la otra echaba una poca cantidad de tabaco de picadura; luego, le dio forma, lo enrolló, lo pegó con saliva y cerró los dos bordes con los dedos-  la razón es que se lo dejamos a los hombrecillos..
          -¿Los hombrecillos?
          -Sí, no sé cómo se llaman, si duendes, o hadas, o gnomos o qué… no sé si son ángeles o diablos; pero lo que sé, y lo sé porque así me lo han contado, es que si algún año no se lo dejas, al siguiente tu cosechas se helará, o la destrozará el pedrisco, o se agostará o te la robarán, sin que puedas hacer nada para impedirlo –se puso el cigarro en la boca y busco en un bolsillo el mechero- anoche fueron a ver si habíamos acabado y se encontraron contigo, vieron que aún tenían que esperar y decidieron embromarte; y no habría pasado nada si tú no les hubieras quitado esto…
          -¿Y yo qué sabía, padre? Si usted me hubiera dicho…
          -No me ha hecho falta decírselo nunca a ninguno de tus hermanos, es cosa sabida en todo el pueblo; pero claro, como tú no te hablas con nadie, eres tan señorito… nadie te lo ha dicho; pero ya te lo estoy contando yo.
          -¿No irá a decirme que cree usted en duendecillos…? –soltó Teodoro con una media sonrisa en la boca-.
          -¿Has visto alguna vez que las eras vacías se llenen de pájaros para comerse el grano abandonado o que crezcan espigas en la primavera en ellas? No, ¿verdad?, y eso es porque ellos se lo llevan como un pago por sus servicios.
          -Pero… también, a pesar de eso, ha habido años que la cosecha ha sido mala… -terció Teodoro-.
          -Imagínate cómo habría sido si no se lo dejamos…. –terminó Pascual- Así que…. A callar y a obedecer… tú esta noche vuelves a vigilar la era, y dejas en lugar bien visible el zapatico; no vas a ver ni a oir nada; y suerte tendrás si no te quitan a ti los tuyos.         
          Del bolsillo del chaleco sacó un pedernal y el eslabón, los golpeo y sopló las chispas sobre la mecha; prendió pronto y la acercó al cigarro dando grandes chupadas para que tirase bien.
          -Si alguna vez esto es tuyo, harás lo que quieras, pero, mientras comas el pan de mi casa, harás lo que yo te mande, ¿entendido?

          A la noche, Teodoro volvió a la era, ya no estaba el gran pez que habían formado el día anterior con la parva trillada, en su lugar dos montones: uno grande, de paja dorada y otro más pequeño de grano limpio.
          -Han hecho un buen trabajo –pensó- pero sigo creyendo que fueron los rapaces los que me embromaron anoche. ¡Duendecillos….! ¿Mira que creer todavía en esas cosas…!
          El cielo se oscureció y la luna, un pelín más grande, brillaba tenuemente en la noche, insuficiente para alumbrar nada; cenó y después de dar una vuelta por la era, se echó bajo la acacia no sin dejar antes el zapatico encima del montón de grano.
          Intentó no dormirse, pero el vino con que había acompañado al tocino pringado en el pan le fue adormeciendo hasta que, sin darse cuenta, cayó en el más profundo sueño que nunca se hubiera imaginado.
          Cuando apareció la primera luz tras la sierra, acompañada por el airecillo del norte que nunca faltaba, Teodoro recordó dónde estaba y su primera mirada, al enderezarse, fue hacia el montón donde había dejado la prenda “mágica”, por supuesto no estaba, pero en su lugar estaba la bota que le había desaparecido, se irguió y cuando intentó dar el primer paso cayó de bruces contra el suelo, alguien le había atado, mientras dormía, con una cuerda las abarcas y notó cómo le resbalaba por la boca un hilillo de sangre, dejándole ese sabor plomizo que tanto odiaba.
          -Así que, esta noche, han tenido fiesta los “señoritos” –gruño para su interior mientras rodaba y desataba los nudos fuertemente apretados-.
          Se puso en pie y se acercó a la bota, la sopesó, ¡estaba llena!, la abrió e iba a echarse un trago cuando… lo pensó mejor; esos diablillos podían haberle echado cualquier cosa; olió el gollete… ¡meados de duende! ¡por poco…!




          Aquel año tampoco se barrió la era, ni el siguiente, ni al otro; pero cuando el señor Pascual murió y Teodoro quedó como cabeza de familia se llenaban todos los años uno o dos sacos con el grano que se barría y que serviría para alimentar a las gallinas y, por supuesto, sus vecinos, al verlo, hicieron lo mismo; ¿se vengaron los duendes? Pues unos años sí y otros no…. ¿Existían? De eso también hay división de opiniones, unos dicen que se fueron del pueblo, pues sacaban muy poco de él, otros dicen que nunca existieron y que una o dos familias se aprovechaban de la creencia popular para redondear el verano y otros, en fin, ni creían ni dejaban de creer y, por si acaso, aunque barrían, se dejaban en un rincón una botella de aguardiente de hierbas que, por la mañana había desaparecido; a veces los muchachos parecían más alegres que de costumbre cuando llegaban los Cubillos y otras andaban como almas en pena por las callejas; pero también es verdad que, con sólo oler el vino, se ponían así; así que… podía ser por cualquier causa; nadie los acusó nunca directamente y ellos eran los primeros que, cuando encontraban una de estas botellas, se la llevaban a sus padres, pero nunca estaban llenas… ¿o es que nunca lo habían estado?. En fin, pensad lo que queráis…. Ya no se trilla, así que da igual.