16 de febrero de 2020

Aldeavieja. Leyendas. El campanario. III


     -Esta torre hay que quitarla de aquí.
     -Hombre… así, ¿de repente?
     -¡No, de repente no!, poco a poco, a ver si va a haber una desgracia.
     -Después de tantos años….
     -Aquí no pinta nada; ya tenemos una torre nueva en la iglesia y ésta, lo único que hace es dar sombra.
     Los que así hablan son el alcalde de Aldeavieja, Justo Gordo, y el secretario del Ayuntamiento, Salvador Moreno; ya está acabada la nueva iglesia de San Sebastián y en la torre se han colocado tres grandes campanas, fundidas en el mismo pueblo, y que se oyen desde cualquier punto de la aldea y, si hace viento, hasta a una distancia de más de una legua.
     -¿Cuándo empezamos?
     -Mañana mismo.
     -Habrá que decírselo al señor cura…
     -No hace falta; la torre la levantaron los vecinos y ellos la van a derribar también.
     -Pero… como cortesía…
     -Tanta cortesía como la que él tiene conmigo; que aún estoy esperando que bendiga mi nuevo carro y ha dado tiempo para que se le rompa una rueda. Así que… ¡ya sabes! mañana coges a la cuadrilla y empezáis.
     -Lo que usted diga, don Justo.
     Y allí quedó el señor alcalde, mirando a lo alto del campanario; el sol poniente tocaba en ese momento las últimas piedras de la torre y parecía que quería convertir en oro las viejas piedras.
     -Buenas fuentes voy a hacer contigo; y ya puede decir el señor cura lo que le venga en gana; pero nosotros te hicimos quitando hasta las lápidas de las tumbas de nuestros muertos y nosotros haremos que des frescor a las aguas que alivien nuestras gargantas en verano; nuestras fuisteis y nuestras seguiréis siendo.
     Y con su mano encallecida acarició aquellas piedras gastadas por los años y los vientos.
…..
     -Hay que quitarlas con cuidado, ¡que no se rompan!
     -Pues poned algo debajo, para que cuando caigan no se estrocen…
.     Poned unas maderas, que eso amortigua.
     Y así, bajo la atenta mirada de Salvador, la cuadrilla subió a la torre para empezar a desmontarla; primero subieron al techado y fueron retirando las tejas, una a una, que seguro que servirían para reparar alguna casa; eran buenas tejas, antiguas, de esas que ya no chupan más agua y que resisten todo; después retiraron las maderas que servían de vigas y que sostenían el tejado, y en esas estaban cuando se acercó el señor alcalde para ver cómo iban…
     -No os cunde mucho, ¿eh?.
     -¡Hombre!, hay que ir con cuidado, si se quitan bien pueden servir para remendar algo.
     -Bueno, bueno.
     Alzó la vista y observó cómo los hombres intentaban despegar las piedras que formaban los muros de la torre con lancetas de hierro.
     -¿Están bien unidas, eh?
     -Sí lo están, sí.
     -Echarían un buen mortero para que no se movieran.
     -Pues fijaos bien, que así las quiero cuando las pongamos en las fuentes.
     -¡Cuidado allá abajo! ¡a ver si se nos va a caer alguna esquirla!
     -¡Cuidado tú! ¡a ver si tengo que subir para enseñaros cómo se quita una piedra sin que se caiga!
     En esas estaban cuando, sin verlo ni olerlo, una de las piedras que estaban manejando en lo alto se resbaló de las manos que la intentaban sujetar y cayó…
     Salvador no podía apartar la vista del suelo; con horror se miró las manos y las piernas, salpicadas de gotas de sangre y de trozos inedintificables de carne.
     A sus pies, una gran piedra de caliza tapaba la cabeza de Justo, aplastada y destrozada, no había tenido tiempo de apartarse y ahora miraba y miraba como si quisiera traspasar la piedra y ver la cara del que, hasta ese momento, había sido su alcalde y su amigo.
     -¿Dios! ¿Qué ha pasado?
     Su primera intención fue mover la piedra, se agachó y con las dos manos probó de moverla… y, entonces, lo vio: allí, en una esquina se podía ver una calavera tallada sobre dos huesos, debajo los rastros de lo que habían sido letras o fechas…
     -Es… es una de las losas del cementerio.
     Apartó las manos espantado, no podía creer lo que había pasado y… aquella piedra, precisamente esa, era la que tenía que caerse y matarle… ¿por qué?



4 de febrero de 2020

Aldeavieja. Leyendas: El campanario II


     -¿Vas para Maello?
     -Para allá voy.
     -Pues te va a coger toda la calorina…
     -¡Qué remedio!
     -Pues ve con Dios…
     -¡Queda tú con él…!
     Juan se quedó mirando cómo Tomás azuzaba al borriquillo que partió con un trote alegre por el camino, encaramándose hacia las alturas de La Barrera; allí, a la sombra del campanario, Juan pasaba las horas del día en que no estaba ayudando en la era a su hijo; veía pasar a los que iban al campo y a los que regresaban, unos camino del trabajo, otros con el ganado, aquel otro arreando a las ovejas, o algún chamarilero que iba de pueblo en pueblo con su mercancía; el sitio era tranquilo y abierto a los aires y al sol; desde allí contemplaba la sierra y la llanura que, bajando de ella, se extendía cubierta a ratos de encinares y otras de campos de trigo, centeno o cebada… poco más allá se divisaba el caserío de Blascoeles, con sus casas bajas del color de la tierra y detrás, el palacio de los Dávila y aún más allá las cárcavas que señalaban las laderas del Cardeña.


     Llevaba allí ya un buen rato cuando vio que se acercaba Antonio, su vecino y amigo, ambos eran de parecida edad y ambos habían pasado ya el límite de edad que les permitía realizar las faenas del campo con normalidad.
     -¿Qué, aquí con la fresca?
     -Ya ves…
     -Según venía y te veía ahí, sentado contra la pared, pensaba en esas piedras…
     -¿Y qué pensabas?
     -Pues… que no son de aquí.
     -¿Qué no son de aquí?
     -¿Dónde has visto tú piedras como estas en el término?
     -No, la verdad es que en ningún sitio.
     -Pues eso decía.
     -Son como las de la cabecera de la ermita, eso sí.
     -Sí, creo que las llaman piedra-caliza., y son más fáciles de trabajar que la piedra berroqueña que tenemos por aquí.
     -¡Y tanto!, ¡Mira, aquí están todavía nuestros nombres, que marcamos a punta de navaja aquella tarde.
     -¡Es verdad! Ya casi no me acordaba. ¡qué tiempos!
     -Mi abuelo me contó que él vio, de niño, cómo hacían la torre con las piedras que trajeron de la ermita.
     -Sí, del pozo de la nieve; también a mí me lo contaron.
     -Del pozo de la nieve y de algún sitio más…
     -¿De otro sitio?
     -No, de allí mismo, pero del cementerio.
     -¡Ah, mira… eso no lo sabía yo!
     -¡Pachasco lo ibas a saber…! como que me dijo mi abuelo que fue un secreto, que no se lo dijeron a nadie, pero como eran pocas para hacer el campanario, cogieron otras de las tumbas más antiguas, esas que ya nadie sabía a quién guardaban y que nadie cuidaba.
     -Pues nunca me había fijado.
     -Tuvieron cuidado de que lo que pudieran conservar de inscripciones quedara oculto; las pusieron boca abajo o para adentro.
     -Hicieron bien.
     -Arriba, donde está la campana, se puede ver una piedra en la que hay grabada una calavera… digo yo que sería de una tumba.
     -¿De qué si no?
     -Es como las que han puesto en el suelo de la iglesia nueva, que ya sabes de dónde las han traído…
     -¡Ya!, del cementerio de san Cristóbal, pero eso ya lo explicó el cura el otro día; las han puesto dentro por eso de que están bendecidas…
     -Sí, pero cuando hicieron este campanario no se anduvieron con  esos cuidados. Si quieres, subimos y la echas un vistazo.
     -¿Tienes la llave?
     Y, así, los dos amigos subieron con cuidado (y a paso de tortuga) las escaleras que llevaban a lo alto de la torre; cuatro arcos, abiertos a los cuatro puntos cardinales, dejaban pasar el aire, y también el calor o el frío, según la estación. Desde allí la vista era grandiosa; a sus pies se extendía el caserío; las casas de adobe enjalbegadas y los rojizos tejados, las calles empedradas… de fondo la sierra y, al otro lado, las llanuras que llevaban al Cardeña y a Blascoeles.
     -Mira aquí –dijo Juan apuntando con su garrota un sitio determinado cerca de la campana- mira lo que te decía.
     Antonio se acercó, guiñando los ojos para ver mejor.
     Sí, allí, en lo alto, se perfilaba una calavera con sus cuencas vacías y su sonrisa; dos huesos cruzados bajo ella y huellas de lo que parecían letras asomaban bajo ella.
     -Pues… es cierto; nunca me había fijado.
     -Yo la vi de casualidad; un día que estaba cogiendo un nido que estaba en aquella grieta.
     -Nunca me habías dicho nada…
     -La verdad es que lo había olvidado, y ahora, al hablar de ello, me ha venido a la memoria.
     -¿De quién sería?
     -A saber…

(continuará...)

25 de enero de 2020

Aldeavieja. Leyendas. El campanario. I


     No sé si sabéis qué es un pozo de la nieve; bueno, en pocas palabras… hace mucho tiempo, 400 o 500 años, la gente excavaba pozos para guardar la nieve que caía en invierno, la compactaban hasta que se convertía en hielo y la guardaban para poder utilizarla en verano para conservar los alimentos o refrescar el vino y el agua.


     En Aldeavieja había uno; tras la ermita de San Cristóbal, en la cara norte, aún se observa una hondonada que es la huella que nos ha quedado de dicha construcción. El licenciado Francisco García, en su libro “Sobre los orígenes del pueblo de Aldeavieja…”, escrito en 1643, dice:
     Pocos años después (de 1540) cegaron y derribaron igualmente un pozo que estaba en el cementerio de San Cristóbal, el cual estaba cercado de paredes de cal y ladrillo, con su bóveda y puerta, y brocal, y tornillo, y era harto necesario para el servicio de aquella iglesia para lo cual él se había hecho, por tener algo lejos el agua, y se había conservado más de doscientos años.
     Este pozo del que nos habla el licenciado, no era un pozo de agua, sino un pozo de nieve, como así ha sido recordado durante cientos de años, pues a aquel lugar siempre se le ha denominado “pozo de la nieve”.
     Antes de este ya había otro pozo en aquel mismo lugar, pozo que fue desmantelado para construir con sus piedras un campanario en las afueras del pueblo, exactamente al final de la actual calle Amargura.
     Como nos explica el licenciado Garcia en el libro antes citado, los habitantes del pueblo tenían como centro de culto y lugar de enterramiento de sus muertos la ermita de San Cristóbal, que fue edificada en el siglo XII. De la ermita de San Miguel de Cardeña trajeron una campana colocándola en la parroquial de San Cristóbal. Aquella campana no se oía en todos los barrios. Por eso se construyó una torre, que entonces llamaban torrejón, en el lugar que se llamaba campanario.
     He aquí, pues, una torre, seguramente no de gran tamaño, construída con las piedras de un antiguo pozo y que se colocó al otro lado del pueblo a fin de que las gentes se enteraran, por sus campanadas, del momento en que se iban a celebrar oficios en la iglesia o de todas aquellas noticias que, en aquella época, se anunciaban con toques de campana, como un fallecimiento o un incendio.
     Además, y esto no hay que olvidarlo, aquellas piedras eran piedras sagradas, bendecidas, ya que se encontraban en lo que, en esos años, era el camposanto del pueblo.
     Todos sabemos que esa torre o campanario desapareció, quiero decir, fue demolido cuando se construyó la actual iglesia, en el centro del pueblo, y ya no fue necesaria su existencia, al oírse por igual, en toda la localidad, los toques de campana que se realizaban desde la nueva torre.
     Esto, por lo menos, es lo que nos han dejado por escrito nuestros antepasados, todo muy normal, todo muy lógico, pero… ¿fue esto realmente así, como nos han contado o, quizás, fue de otra manera?.
     Yo, si tenéis paciencia para seguirme, os voy a relatar otra versión que me contó mi abuela una tarde de lluvia, hace ya muchos años, cuando yo era niño.

2 de enero de 2020

Aldeavieja en 1881


Feliz año a todos; hoy andamos algo vagos y he decidido publicar la entrada correspondiente a Aldeavieja, que apareció en el “Diccionario geográfico, estadístico, histórico, biográfico, postal, municipal, militar, marítimo y eclesiástico de España y sus posesiones de Ultramar” publicado en 1881 por D. Pablo Riera y Sans; para que os entretengáis un rato y comparéis el ayer y el hoy de este nuestro pueblo.
Un saludo y, como os decía antes, que tengáis todos un muy feliz año 2020.



ALDEAVIEJA.- Localidad con ayuntamiento, al cual están agregados 2 caseríos y 5 viviendas aisladas. Cuenta 669 habitantes y 250 edificios.
Organización judicial.- Depende del partido judicial de Ávila, del que dista 22 kilómetros, y audiencia territorial de Madrid, distante 82.
Organización civil.- Corresponde a la provincia de Ávila. Hay un puesto de la guardia civil con 5 individuos correspondiente al 9º tercio y comandancia de esta provincia.
Organización militar.- Pertenece a la capitanía general de Castilla la Vieja, distante 99 kilómetros, y gobierno militar de Ávila.
Organización económica.- Se halla sujeta a la administración económica de su provincia y contribuye por territorial con 11.721 pesetas y 840 con 97 céntimos por industrial.
Organización eclesiástica.- Depende de la diócesis de Segovia, distante 38 kilómetros, tiene una iglesia parroquial dedicada a San Sebastián, servida por un cura. Hay además dos ermitas y el Santuario de Nuestra Señora del Cubillo.
Servicio público.- Recibe la correspondencia por la estación de Ávila, conducción de Salamanca a Béjar, administración subalterna de 6ª clase de Alba de Tormes y cartería de Salvatierra.
Obras públicas y medios de comunicación.- Los caminos son de herradura y vecinales, y el que se halla en mejor estado, es el que conduce de Ávila a Segovia.
Instrucción pública.- Hay escuela a la que asisten de 50 a 60 niños de ambos sexos.
Población.- Se compone de casas de uno a dos pisos, formando calles bastante limpias y dos plazas, en una de las cuales está la casa ayuntamiento y cárcel y en la misma un pilar para abrevadero de los ganados; también existen dos fuentes de agua potable para uso del vecindario y muchos pozos en las casas.
Artes, oficios e industria.- Su principal industria es la agricultura, y además varias fábricas de curtidos, telares de tejidos ordinarios y algunos talleres de oficios mecánicos.
Situación geográfica y topográfica.- Está situado al este de la capital, en llano la mayor parte, y el resto en la ladera de un cerro que se eleva al norte, y al sur en la sierra denominada del Campo de Azálvaro cuyo declive llega hasta las casas; su clima es sano, padeciéndose únicamente algunas calenturas estacionales. Su término confina al norte con el de Maello; al este con el de Villacastín; al sur con el de Ojos Albos y sierras del Campo Azálvaro, y al oeste con la dehesa de Tabladillo. Tiene de extensión unos 5 kilómetros de norte a sur y más de 2 de este a oeste. Sus tierras son de primera, segunda y tercera; bien cultivadas, frondosos huertos poblados de árboles frutales, y monte de encina, roble y algunos fresnos; le bañan los arroyos Tijera y Cardeña, que pasan al este y oeste del pueblo. Produce trigo, cebada, centeno, garbanzos, algarrobas y hortalizas; cría ganado lanar, cabrío, caballar y de cerda.