16 de septiembre de 2024

Campo Azálvaro I

 

Una de las zonas menos conocida (o de la que se habla menos) del municipio de Aldeavieja es el Campo Azálvaro, parece que, allende la sierra, es otro mundo y que lo que pasa allí concierne poco o nada a los que habitan en el lado norte de la sierra; pero no siempre esto ha sido así; el Campo Azálvaro tiene una larga y movida historia y eso es lo que vamos a intentar contaros.



Esta extensa llanura de pastos rodeada de montañas y regada por el río Voltoya fue, desde el tiempo de los romanos, una zona muy apetecida por todos los pueblos que la rodean: Villacastín, Las Navas, El Espinar. Aldeavieja, Ojos Albos, Urraca…

Ya en el año 1313, el Arcipreste de Hita en su “Libro del Buen Amor” lo nombra, como uno de los lugares por los que pasa Don Carnal para encontrarse con Doña Cuaresma:

El campo de Alcudia e toda Calatrava

el campo de Fasalvaro, en Basaín entrava,

en tres días los anduvo, semeja que volava,

el rosín del rabí con miedo bien andava.

 

Desque l’ vieron los toros, irisaron los çerros,

Los bueyes e vacas repican cencerros

Dan grandes apellidos terneras et becerros

“¡Aba aba pastores, acorrednos con los perros!”

 

Haciendo mención, como no, de su uso por los pastores de los lugares cercanos a donde llevaban a pastar su ganado.

 

Por los mismos años, en el “Libro de la Montería”, escrito por encargo del rey Alfonso XI entre 1312 y 1350, como un tratado de caza, en el que se detalla qué y cómo se cazaba; detallando los lugares mejores para cada tipo de animal; señalando los sitios más indicados para colocarse las vocerías, que eran los ojeadores que llevaban la caza hacia los cazadores, a los que se denomina como  armadas, se lo nombra como lugar indicado para la caza del jabalí:

La Pared de Hazalbaro, et la Mata de Aldea Vieja es todo un monte; et es bueno de puerco en todo tiempo. Et son las vocerías por cima de Las Cabezas que llaman de las dos Hermanas; et por la vereda que vá faza el campo de Hazalbaro. Et son las armadas la una en la Atalaya, et la otra en el campo de Hazalbaro, desde el Iglejuela fasta la Hoz de contra el río.



Antes hablábamos de su uso en tiempo de los romanos y este dato viene apoyado en los vestigios hallados en el llamado “puente de las Merinas”, cuya utilización fue muy grande durante la Edad Media y la Edad Moderna, mientras existió la Mesta, aquella medieval sociedad creada para ayudar a la crianza y comercialización del ganado lanar.

El Campo Azálvaro está regado por el río Voltoya (llamado hasta el siglo XIX como Campo Azálvaro, igual que el paraje por donde pasa), que lo atraviesa de este a oeste y cruzado por la Cañada Leonesa (que va de norte a sur) y por uno de los cordeles de la Cañada Segoviana (desde El Espinar hacia el oeste)

La Mesta lo utilizaba como lugar de reunión de los ganados de Ávila y Segovia y gracias, entre otras cosas a esto, crecieron y se enriquecieron lugares como Villacastín, Aldeavieja, Navas de San Antonio y El Espinar; no olvidemos a nuestro paisano Luis García de Cerecedo que, gracias a sus ganancias con sus contrataciones de ganado con la Corona, embelleció notablemente al pueblo, pudieron llevar al mismo a grandes artistas como Benavente o Herrera el Mozo. Todos estos pueblos crecieron en población, ganados y economía, creándose, a su sombra, caseríos y aldehuelas de las que, algunas,han llegado hasta nuestros días, como Batanejos, El Alamillo, Serones, Ciervos, Navalvillar…

Otro de los momentos vitales en la historia del Campo Azálvaro fue el momento en que se decidió a qué Comunidad (Ávila o Segovia) pertenecía; había una lucha feroz por estos pastos entre las dos Comunidades, tanta que el propio rey Alfonso VII (1126-1157) tuvo que dirimir la disputa amojonando, personalmente, la línea divisoria entre ambas ciudades, atribuyendo Azálvaro a la Ciudad y Tierra de Segovia; unos años después Alfonso VIII ratificó la decisión y ya en 1389, doscientos años más tarde, se sentenció otra vez en favor de Segovia (hay que hacer hincapié que, por esas épocas, Aldeavieja pertenecía a la Comunidad de Segovia, afecta al Sexmo de Posaderas y no fue hasta principios del siglo XIX en que fue atribuida a la de Ávila, con lo que el Campo Azálvaro pasó, en parte, a pertenecer a dicha provincia).



Y, para rematar, contar que ya en dicho siglo, el XIX, con las Desamortizaciones, todos estos territorios, en gran parte afectos a la Corona y, por tanto, libres de condominios, pasaron a manos de particulares, que se lo repartieron por lotes, creando las inmensas fincas que todos conocemos, siendo sus nuevos dueños la nobleza y los ricos burgueses; de nada sirvieron las protestas de los municipios que, hasta entonces, se habían aprovechado de aquellas tierras para el pastoreo de sus cabañas; si bien es cierto que se mantuvieron algunos de los derechos de pastoreo, éstos se fueron perdiendo y con ellos los grandes rebaños que tanta riqueza habían creado en los pueblos limítrofes, entre ellos el nuestro; se perdieron, asimismo las cañadas y cordeles, ocupados por los particulares colindantes y se llevaron a cabo talas incontroladas de las zonas boscosas que aún subsistían.

29 de agosto de 2024

Aldeavieja: los centros de poder

 

          Es curioso observar cómo se van desplazando los centros de poder, riqueza, interés… dentro de una misma población con el paso de los años.

          Si hoy echamos un vistazo a nuestro pueblo comprobaremos que el punto más importante es la plaza, en ella está el Ayuntamiento (centro de poder político), la iglesia parroquial (centro de poder religioso) y, en sus cercanías, en el antiguo local del ayuntamiento, el centro médico-asistencial, el local de la asociación de ganaderos y agricultores y, junto a él, el local multiusos, para toda una serie de eventos de todo tipo, públicos o privados.

          Esta zona de centros de poder sigue funcionando como tal, aunque ha perdido parte de la importancia que ha tenido en años pasados: en la Plaza de la Constitución residían algunas de las familias más importantes (a nivel económico) de la población, así como la casa del cura párroco, también en ella vivía el guarda forestal y en ella estaba también el estanco y, en zona cercana, la casa del médico junto al consultorio y, en momentos determinados, la botica.

          De esta plaza sale la Calle Real, esta denominación se ha dado siempre a la vía más importante de una localidad, pero mucho me temo que esto ya no es así; por los restos se ve enseguida que en ella ha habido edificios importantes, de buena factura y tamaño, se dice que en ella estuvo un antiguo hospital (en época medieval y hasta el siglo XVII) en una de las casas que conforman un ensanchamiento a la derecha de la calle; igualmente, el edificio (ya no completo) que sirvió de horno y panadería hasta hace relativamente pocos años, tiene trazas de haber pertenecido a la baja nobleza de hidalgos que residió en Aldeavieja; está claro que ya no ostenta la primacía entre las vías del pueblo, aunque no por ello ha perdido la prestancia que la significa.

          La Calle Ancha recogió el testigo de arteria principal de la localidad; a partir del siglo XVI se levantaron en ella tres de los edificios más singulares del pueblo: la casa solariega de los Becerril (hoy en ruinas y de la que sólo se conserva la fachada con el escudo señorial), la otra casa, en la actual Calle Cuartel, con su escudo de nobleza, que se conserva tal cual por haber sido residencia de la familia Seco/Arpe que la restauró y engalanó y, por último, la que se considera como palacio de unos de nuestros vecinos más importantes: Luis García de Cerecedo, impulsor de importantes obras en la iglesia parroquial y en la ermita del Cubillo, aunque ha sido modificada recientemente, y que se encuentra frente a la salida de la citada Calle Cuartel; quizás se eligió, en esa época, este emplazamiento para la erección de estos tres edificios singulares por considerar la zona de la Calle Real, al estar más baja, receptiva de los olores producidos por el arroyo del Barranco o, simplemente, por estar en una zona más elevada, dando a entender así la importancia de sus moradores: “por encima de los simples mortales”.

   


               A partir del siglo XIX, el centro de poder económico sufre otro desplazamiento, esta vez hacia la zona de la Calle Segovia y la Calle Angosta. En confluencia con dichas calles se levantó el edificio que se ha venido denominando “de don Juan” por haber sido levantado por don Juan Moreno Esteban, notario de la ciudad de Toledo y emparentado con alguna de las familias del pueblo; cercano a él estaba el actual edificio de la “Casa Rural”, que fue residencia de Jerónimo Cabrero y Andray y de su mujer, Manuela de Andrés Blanco, uno de los mayores terratenientes del municipio; asimismo, cercano, estaba la última farmacia, o botica, oficial del pueblo y dos de los bares del mismo.

          Curioso es el caso del edificio del Ayuntamiento que, durante unos pocos años, se trasladó a uno de nueva planta en la Carreterilla (hoy Avenida de Ávila), pero desde el que volvió a su antiguo emplazamiento cuando éste fue restaurado por la empresa que ejecutó la autopista Ávila-Villacastín.       

          Hoy día, esos centros de poder están más repartidos: la Plaza sigue siendo el enclave del poder político, y allí sigue la iglesia; ya no hay vivienda para el médico, ni para el maestro, ni para el cura, ni el boticario, ni el veterinario; no hay cuartelillo de la Guardia Civil y los centros económicos, familias con un poder económico superior al normal, se encuentran desperdigados por todo el caso urbano.

9 de agosto de 2024

Guiso del país

 

          En 1900, acabando ya el siglo XIX, el periódico “El Diario de Ávila”, contaba, entre sus redactores, con un joven poeta que se especializó en la poesía satírica y costumbrista, se trataba de Francisco Delgado que, durante varios años, colaboró con ingeniosos poemas, bajo el título genérico de “Guiso del País”, que normalmente aparecían en primera página, sobre los más diversos temas, tanto políticos como simplemente relativos a las costumbres y festejos que se producían en la provincia.

          Como ejemplo de ellos, reproduzco dos de ellos, de finales de agosto de 1900, en los que nos cuenta sus vacaciones en Aldeavieja y su retorno a la capital; espero que os agraden.



 

Desde Aldeavieja

 

Con el fin de que no falte

entre vosotros mi firma,

escribo desde la era

este fajo de cuartillas;

me sirve de mesa el suelo

y como no tengo tinta,

con lápiz mal afilado

cuenta os daré de la vida

que hago por aquí.- A las ocho

 me tiro de la camita,

me desayuno y me voy

caballero en mi tordilla,

á San Cristobal ó bien

por la carretera arriba;

como á las doce y después

de dormir, cojo á la Lincla,

que es una perra de caza

que á los canes causa envidia,

y con el morral al hombro

y la escopeta y un guía,

por el Robledal alante

paso la tarde tranquilo,

y cuando el sol se despide

y la noche se echa encima,

vuelvo á mi casita, ceno

y después en la cocina

hablo con los labradores

de cosas de la familia,

subo á mi cuarto, me acuesto

y hasta que amanece el día

duermo á pierna suelta y no

pienso más que en las gavillas,

en el trigo y el centeno

y en otros granos que animan

el campo, y causan al ser

humano, contento y dicha.

 

 

 

Desconocido

 

El domingo por la tarde

de Aldeavieja regresé,

y en la ciudad de la Santa

por fin me encuentro otra vez.

Y digo por fin señores,

porque me llegué a temer

un naufragio, pues el agua

era ya tanta, ¡pardiez!

que crecieron los arroyos

y la carretera fue

un barrizal. Por supuesto

lo que dije anteayer

de cazar, fue guasa pura,

cualquiera caza con el

tiempo que se puso, digo;

primero un viento de P.

repetida y V doblada

y una forma de llover

del todo desconocida,

en fin todo estuvo bien;

pero ya que estoy de vuelta,

sin quebrantos y sin que

el físico y la moral

padeciera, les diré

que he vuelto mucho más gordo

y guapo que me marché,

y que estoy desconocido…

esa es la palabra ¡eh!

6 de abril de 2024

La Batalla del Caloco.

 

Invierno de 1808. El día prometía ser difícil, ya desde que salió, de madrugada, del cuartel instalado en una vieja casona de Ávila, o quizás una iglesia (no se había fijado bien), algo le decía que iba a tener complicaciones; el día amaneció y no se veía el sol por ninguna parte; un cielo plomizo y gris lo envolvía todo, las nubes estaban tan bajas que parecía que lo iban a aplastar contra la tierra; hasta el caballo parecía notar que algo iba a ir mal, pues remoloneaba ante cualquier obstáculo y su paso, ya de por sí lento, era más despacioso que nunca.

Iba camino de Segovia, con un mensaje del Emperador para que las tropas acantonadas en las dos capitales castellanas, Ávila y Segovia, se le unieran en la localidad de Villacastín, a fin de participar en la ofensiva que se iba a desarrollar en el norte contra el ejército anglo- español que se encontraba por la zona de Galicia y León.

Su misión era de la máxima importancia, o así se lo habían dicho sus superiores; sólo un hombre audaz podría pasar inadvertido por aquella zona en la que les acosaban los grupos de guerrilleros mandados por un tal “Perdiz”; debía hacerse invisible al pasar por las zonas pobladas y que nada le impidiese llegar a Segovia…

-Invisible seguro que lo voy a ser –pensaba para sí mientras se cubría la cara lo más posible para hacer frente a la ventisca que le atacaba en aquellos momentos- ¿quién me va a ver? ¿quién va a salir con este tiempo infernal?.

Atrás habían quedado los pueblos de Berrocalejo y Mediana; mientras cruzaba el río Voltoya por aquel estrecho puente de piedra ¿sería romano? Henrí Lafevre veía las turbias aguas despeñarse en torrentera por el cauce.

Sabía que aún le quedaba por pasar un pueblo, Aldeavieja, y después podría parar en Villascastín, donde había una pequeña guarnición vigilando aquel cruce de caminos y podría descansar aunque sólo fueran unos minutos… ¡y tomar algo caliente, por supuesto!

Después del río había una larga cuesta que cruzaba un pinar espeso y lúgubre, se apretó más la pelliza y animó a su caballo:

-Venga, bonito, que ya falta poco… aguanta y te ganarás un buen forraje con cebada incluida…

Cuando llegó arriba se paró un momento para ver lo que le quedaba de camino: a la derecha la sierra, blanca y poblada de árboles le pareció un lugar inhóspito que podía esconder mil peligros; a la izquierda una inmensa llanura salpicada por las típicas encinas, grandes como casas; de allí soplaba el viento que llevaba la nevada, un viento del norte que no encontraba, a su paso, nada que lo frenase; frente a él, a media legua escasa, debía de encontrarse Aldeavieja; tenía que pasar por el pueblo, ya que el camino le cruzaba por su lado sur, no había opción de rodearle pues la sierra lo impedía; habría que confiar en que el mal tiempo no animase a ningún vecino a salir y que su paso fuera inadvertido… ¡ya se vería!

Para evitar, en lo posible, su identidad había cambiado su bonito uniforme de coracero por uno más gris de paisano y el sable lo había sustituido por un buen par de pistolas; ¡ójala no tuviera que usarlas!

Según se acercaba a la aldea agudizó la vista y se agachó lo más posible sobre su montura; podía vislumbrar el humo saliendo de las chimeneas y un olor, mezcla de leña quemada y de guiso de patatas, le hizo desear estar dentro de una de aquellas casas, calentándose al amor del fuego de una buena chimenea… a la derecha la masa de una venta le hizo frenar el paso del caballo, no se veía a nadie, pero no podía confiarse… iba a pasar demasiado cerca… a la izquierda una iglesia de piedra, grande y gris, levantaba su mole como cuidando el caserío, extendido hacia el norte al cobijo de una pequeña loma que le servía de refugio… miró otra vez a su derecha, hacia la venta… las puertas de los corrales, cerradas, le tranquilizaron un tanto, podría pasar sin más peligros que el viento y la nieve; una legua más y llegaría a Villacastín…

Entonces sucedió todo:  dos hombres salieron de una pequeña ermita que estaba un poco más allá de la venta, se colocaron en medio del camino y le apuntaron con sus trabucos; del lado contrario, tras un chozo, salieron otros dos… intentó girar o espolear a su caballo, pero fue inútil, una explosión, un fogonazo y sólo sintió que la vista se le nublaba y que caía lentamente sobre la nieve que cubría el suelo.

 

……….

 

-Estas cartas lo dicen todo –exclamó Juan García Moreno, alcalde del pueblo en esas fechas- una concentración de tropas en Villacastín.

-Pero en Segovia no lo saben… todavía –intervino otro de los presentes-.

-Pero lo sabrán, me imagino que habrán mandado más correos.

-Pero si jugamos con rapidez, puede que consigamos engañarlos de alguna manera.

-Cambiando el lugar de encuentro, por ejemplo.

-Sería una buena idea. Los de Ávila pasarán por aquí para llegar a Villacastín, pero los de Segovia…

-Podríamos cambiar la carta y decir que la cita será en Las Navas de San Antonio y una vez allí….

-En la cima del Caloco…

-Junto a la ermita del Cristo…



Se decidió, pues, escribir otra nota, meterla en las alforjas del caballo que había pertenecido al francés y dejarlo, sigilosamente, a la entrada de Villacastín; allí lo cogería algún soldado de la guarnición y la harían llegar a Segovia; se imaginarían que el correo habría caído en una emboscada y el caballo, en su huida, había conseguido llegar hasta allí.

Así se hizo y, a la vez, otro grupo cruzó la sierra para llegar a El Espinar, donde no había guarnición francesa, y comunicó a las partidas de guerrilleros de la zona el engaño en que creían haber hecho caer a los franceses de Segovia; las partidas de la zona junto a otras de la parte de Aldeavieja y Blascoeles podrían esperar a los franceses escondidos en la cima del Caloco, entre las ruinas de las ventas que allí había y desbaratarles antes de que las tropas llegadas desde Ávila se enterasen de lo ocurrido.

Y así ocurrió, gentes venidas de la parte del Sexmo de Posaderas, de la zona de Zarzuela, de los pueblos cercanos de la sierra, se dieron cita en al Alto del Caloco; pusieron centinelas que les avisasen en la cima del cerro y buscaron entre las ruinas de la venta que estaban frente a la ermita y en las rocas y árboles que cubrían los alrededores de la misma para esconderse de la vista de las tropas francesas.

..........

El tiempo seguía frío y todo estaba cubierto por la nieve, poco antes del mediodía los vigías dieron la voz de alarma: tropas de infantería y caballería se acercaban desde la venta de San Rafael en dirección al cerro; en esos momentos una niebla espesa comenzó a bajar desde las cercanas cumbres  amenazando con dificultar la visión en toda la zona.

Media hora más tarde las avanzadillas francesas, desplegadas en guerrilla, reconocían el terreno; nada extraño se veía, todo en calma, la niebla se iba adueñando del terreno, la nieve que seguía cayendo había borrado las huellas de los emboscados, que dejaron pasar a los exploradores…

-Todo tranquilo, mi teniente, ni un alma.

-Abrid bien los ojos, François y Michel, adelantaros hacia el próximo pueblo, nosotros vamos detrás; ¡Pierre, informa al comandante de que todo va bien!

-¡Jean!, ¡acércate a la puerta de la venta y mira a ver si hay alguien dentro!

La venta estaba abierta, en el zaguán de entrada, al calor de la chimenea, dos paisanos con pinta de pastores charlaban con un vaso de vino en la mano; al abrirse la puerta de golpe volvieron la vista, dos soldados franceses aparecieron en el hueco, sable en mano…

Recorrieron la pieza con la vista, nada sospechoso, todo en calma, el mesonero se acercó a ellos con una jarra de vino…

-Pasad, mesiers, ¿un vaso de bon vino para el frío?

Uno de los soldados sonrió, pero el otro le hizo un gesto negativo mientras miraba tras un mostrador donde se alineaban jarros y tazas…

-¿No vino? ¿no beber?

La venta parecía vacía, lo cual no era extraño por la hora y por el tiempo; así que los militares, tras curiosear por alguna de las habitaciones vecinas y no encontrar ni gentes ni señas de armas volvieron a salir.

-Nada, mi teniente, el ventero y dos pastores.

-Pues a caballo y hacia Las Navas, antes de que no veamos ni el camino.

La avanzadilla se perdió pronto tragada por la niebla, sin saber que la muerte les esperaba en el próximo pueblo.

Mientras la vanguardia de la columna francesa se iba acercando al falso llano donde se encontraban la ermita y las ventas, un escuadrón de coraceros abría la marcha y servía de guía a unos batallones de infantería que, envueltos en sus capotes, bastante tenían con seguir andando tras trepar, más de andar, por aquellos repechos que subían desde la llanura de San Rafael.

Cuando las tropas comenzaban a pasar a la altura de los edificios un diluvio de balas y de piedras se abatió sobre ellas, al tiempo que con salvajes alaridos salían de cualquier refugio, piedras, árboles, matas, ruinas, decenas y decenas de paisanos vestidos con pieles y con grandes sombreros y armados con una diversidad de armamento producto de la carestía y de la improvisación: viejos mosquetes de caza o trabucos, (naranjeros los llamaban) junto a pistolones, horcas, garios, guadañas, hoces, hasta simples garrotes de nudosa madera, se echaron sobre las sorprendidas y desapercibidas filas galas.

Repuestos de la sorpresa inicial, los soldados formaron en filas y comenzaron a hacer uso de sus fusiles y de sus sables, sobre todo de estos últimos, pues la lucha era más un cuerpo a cuerpo que una batalla campal formal; el resultado estaba igualado, pues la furia de unos estaba compensada por la disciplina y mejor armamento de los otros, pero, a la larga, el cansancio de la subida pesó más y el resultado fue una carnicería entre los militares, aunque los guerrilleros tuvieron, también, muchísimas bajas.

Fue una victoria que, cuando fue conocida por el mando francés, a pesar de no ser importante para la marcha de la guerra, les obligó a ser más prudentes en los sucesivos movimientos de tropas por la zona.

Se dice que, los muertos franceses, fueron sepultados entre las ruinas de la antigua hospedería que hay a la izquierda de la actual carretera viniendo desde Madrid; en una fosa grande, de la que se desconoce la posición exacta; si queréis saber más de esta batalla, conocida como “la “Batalla de El Espinar”, aunque, en mi opinión debería ser llamada “Batalla del Caloco” mirad en la siguiente dirección de internet, donde se dan más detalles: https://elguadarramista.com/2012/03/04/la-batalla-de-el-espinar/.

Y recordemos que vecinos de nuestro pueblo lucharon, unos murieron y otros triunfaron, en aquella guerra contra los invasores franceses.