2 de septiembre de 2019

Aldeavieja: rutas y excursiones. VII.


7. San Miguel de Cardeña.

           Desde la plaza del pueblo sale una estrecha carretera que nos lleva a Blascoeles; poco antes de llegar a este pueblo, llegamos a un cruce con otra carretera asfaltada (la primera) que tomaremos por la derecha; siguiendo por ella, y a unos dos kilómetros, llegaremos a un punto en que se nos ofrece una bajada que luego, tras cruzar el río Cardeña, se empina y nos llevaría hasta el pueblo de Maello.
           Antes de cruzar el río hay una desviación a la derecha que nos lleva a una zona que fue preparada como área de recreo, con una o dos barbacoas, unas mesas de piedra y una fuente; sólo hay ruinas, la dejadez, el salvajismo y una mala interpretación de los peligros de incendio han llevado un lugar curioso a convertirse en algo parecido a un basurero. Pero dejemos las lamentaciones; allí podremos aparcar el coche y seguir un camino, a veces no es más que una senda, que discurre paralelo al río; según la época del año, tendrá o no tendrá caudal; lo normal es que veamos alguna charca, algún hilillo de agua discurriendo perezoso… pues sufre un sobreaprovechamiento para riego de huertos que impide que lleve agua excepto en invierno y primavera.


           Seguiremos por esta senda aproximadamente durante un kilómetro; a nuestro paso veremos prados, cercados, antiguos huertos abandonados, algún ejemplo de las cabañas que se hacían para guardar los aperos…y, a la izquierda, rojas cárcavas, que nos enseñan sus entrañas rojizas coronadas por encinas… según avanzamos, y al pie de una de estas cárcavas, veremos unas ruinas, unas paredes se levantan desde hace casi mil años; es lo que queda de San Miguel de Cardeña, la iglesia más antigua de la zona, cabeza y origen de los pueblos de Blascoeles y Aldeavieja, que se instalaron aquí a raíz de la reconquista de estos terrenos en el siglo XI, levantaron sus primeras casas por la cercanía del río y del resguardo que ofrecía a los vientos del norte la ladera cercana.


           La iglesia, convertida en ermita cuando la población se agrupó, un siglo después, en las nuevas poblaciones, estuvo en pie hasta mediados del siglo XIX en que, debido a su soledad y lejanía, fue deteriorándose y se vació por robos y traslado de su mobiliario, retablos e imágenes. Hay una curiosa orden, recogida en un libro de 1832, en que se dan Reales Cédulas para la búsqueda de tesoros, de los que se tienen noticia, junto a la ermita de San Miguel de Cardeña y San Juan del Berrocal; seguramente esos tesoros serían las pocas cosas que quedaban de los ornamentos de esas iglesias, ya abandonadas; San Juan del Berrocal, es otra ermita, de la misma época que ésta que visitamos, de la que quedan aún menos restos y que se encuentra aguas debajo de este río Cardeña.
           Bien, lo que hoy vemos es una parte del ábside y parte del lienzo norte; alrededor piedras y piedras que formaron parte de los muros; lo que se conserva nos da la idea de que se trataba de una iglesia pequeña, apta para la poca población de la época en que se levantó y construida con materiales poco resistentes; piedras de río y adobes hechos con el mismo barro de las laderas que la protegen del viento del norte.

           Esto es Castilla: amplia, dura, árida, pobre, pero de una belleza excepcional.

          Hay otro camino, para andarines, desde el alto de la Barrera cogeremos el camino que va a San Miguel (preguntad a cualquier vecino y él os lo dirá); un paseo de entre tres a cuatro kilómetros os llevará hasta allí; también merece la pena.

1 de agosto de 2019

Aldeavieja: rutas y excursiones. VI.


Paseo al pantano, puentes, dólmenes, aves.

      Este paseo comienza como el anterior, sólo que al llegar a la cima de la Cruz de Hierro, en vez de parar bajaremos por la carretera; al fondo divisamos la llanura del Campo Azálvaro, con el pantano de Serones y allá y acá caseríos dispersos; enfrente el puerto de Las Lanchas que nos llevaría a Navalperal y a Cebreros.
      La carretera desciende entre curvas, dejándonos ver a los lados el ganado perteneciente a ganaderías de toros bravos, así como sus encerraderos y fincas. Mientras bajamos tendremos siempre a la vista el caserío de El Alamillo, pudiendo contemplar los diversos edificios que lo componen: la casa señorial, la capilla, las casas de los sirvientes, las cuadras, los almacenes, la placita de tientas…
      Al llegar abajo, nuestra carretera se cruza con la que va desde El Espinar hasta Ávila, la AV-500, torcemos a la izquierda, en dirección al pueblo segoviano, vamos a ver el Puente de las Merinas, levantado sobre las aguas del río Voltoya en el curso de la Cañada Real Soriana Occidental.
      A unos 500 metros a la derecha vemos la puerta de un prado por el que se adivina un camino, esa es la cañada, se puede abrir la puerta y vemos, enfrente, el puente, las cercas que abrimos y cerramos están para evitar que el ganado escape; recorreremos esa senda y a los doscientos o trescientos metros llegaremos al puente; se trata de una construcción en piedra, medieval, de dos arcos (u ojos) desiguales, de lomo de asno, por el que pasaban los rebaños cruzando el río Voltoya y se contaban las cabezas para que pagasen el impuesto de cruce. Parte del puente está arruinado, pero no ha perdido ni un ápice de su elegancia, y su figura, en medio de la llanura, nos hace recordar tiempos más prósperos.


      Al salir de nuevo a la carretera, nos dirigiremos en dirección a Ávila; cruzaremos primero la carretera por la que hemos venido de Aldeavieja y enfilaremos una larga recta, a ambos lados veremos grupos de ganado vacuno, son ganaderías de reses bravas, a la derecha, un arco de ladrillo nos indica la entrada a una de estas fincas: El Alamillo; a unos quinientos metros y ya a la vista del pantano de Serones, cogeremos un camino asfaltado (es la antigua carretera) que se abre a la derecha y que nos lleva a una valla que circunda la superficie del pantano, allí dejaremos el vehículo.
      Una carretera en muy mal estado, pues tiene un uso casi nulo, nos lleva por el borde del pantano, en él, según las épocas, podemos observar gran cantidad de aves acuáticas, chapoteando, pescando o simplemente deslizándose… también es muy frecuente ver a los peces, de bastante tamaño, saltar del agua; en la parte más alejada de la carretera, al otro lado del pantano, en primavera, el número de palmípedas y zancudas es muy numeroso; se puede observar, con suerte, a la cigüeña negra, y la variedad de patos y ánades es grande. La carretera acaba en el cierre del pantano, que nos puede sorprender por su pequeña altura (relativa); estas aguas sirven para el abastecimiento de la ciudad de Ávila. Este paseo es muy grato, un silencio casi religioso nos envuelve y las vistas de la sierra y de la llanura del Campo Azálvaro tienen un algo de místico o sobrenatural.


      Volvemos a nuestro vehículo y seguimos en dirección a Ávila; a cinco kilómetros pasamos por el pueblecito de Urraca Miguel, del que vemos su iglesia de san Miguel Arcángel, y a casi 7 kilómetros llegamos al pueblo de Bernuy-Salinero, queda a la izquierda de la carretera, desde la que se vislumbra la iglesia de San Pedro Apóstol, parroquia del pueblo, con restos románico-mudéjares y su torre, aprovechando una antigua atalaya de vigilancia; y, a la derecha, veremos un cartel que nos indica la situación de un dolmen. Un camino de tierra, 500 metros, apto para vehículos nos lleva al Prado de las Cruces, donde se encuentra nuestro objetivo. Se trata de un dolmen con corredor, el más antiguo de la provincia de Ávila, datado en el IV milenio antes de Cristo; fue utilizado como lugar de enterramientos, está orientado hacia el sol naciente y quedan suficientes restos como para que merezca la pena su visita y conservación. A su alrededor hay otros trece dólmenes sin excavar; si nos fijamos bien, veremos las pequeñas elevaciones del terreno que los ocultan.


      Hemos acabado otra excursión, si hay ganas podemos seguir por la carretera y llegar hasta Ávila (se encuentra a sólo 7 kilómetros), donde podremos reponer fuerzas en cualquiera de sus magníficos establecimientos y regresar por la carretera nacional N-110; si no, siempre podemos volver sobre nuestros pasos.

11 de julio de 2019

Aldeavieja: rutas y excursiones: V.


4. Subida al monte Pelado.

     A menos que tengas fuerzas suficientes para subir monte arriba, sin sendas conocidas, lo mejor es utilizar, para el primer tramo, el coche. Subiremos desde el pueblo, por la carretera que sale junto a las escuelas y se dirige a Navalperal de Pinares; pararemos en el Alto de la Cruz de Hierro y allí lo dejaremos en una de las dos explanadas que hay en la cima.


      Un camino asfaltado llega hasta la cima del monte Pelado (de ambiguas remembranzas musicales, Mussorsgky escribió la famosa “Una noche en el Monte Pelado” a la que Walt Disney popularizó en su película “Fantasía” llenándola de brujas y diablos); es conveniente llevar agua y algo de comer; subimos una primera cuesta muy empinada, a nuestra izquierda el pantano de Serones y el Campo Azálvaro, a la derecha la llanura Castellana, pero más cerca peñas inmensas que un día, ya lejano, sirvieron de trincheras y parapetos que vigilaban al hermano-enemigo que más de una vez atacó por esta zona en nuestra última guerra civil.
      El camino sube y baja, siempre por la cuerda de la sierra, vemos a la derecha Aldeavieja, más allá Blascoeles, la mole de la iglesia de Villacastín, y los bosques de encinas, las cárcavas excavadas en la tierra rojiza por donde corre el arroyo Cardeña y, a ambos lados, como gigantes vigilando el camino, los molinos de viento del Parque Eólico. Al ponerte a sus pies y mirar hacia arriba no puedes dejar de pensar en tu pequeñez y, a la vez, en la grandeza de nuestra tecnología: dentro del tubo, si estuviera tumbado, se cabe perfectamente de pie; una escalerilla sube por dentro desde la puerta metálica que parece la entrada a una nave espacial o a un submarino; luego el ruido, el zas, zas de las enormes palas girando, cada una de ellas llevada por un trailer de más de veinte metros por esa carretera llena de curvas por la que hemos subido.
      A la izquierda la hondonada del Campo Azálvaro, los distintos caseríos dedicados a la cría de reses bravas, se distingue perfectamente el más cercano: El Alamillo; todo el perímetro por donde pasamos está vallado de alambre, es porque la finca, que se llama “Regajales”, se dedica a la cría de ganado, pero no hay peligro, son vacas para carne, generalmente de la raza “avileña”, famosa por su sabor; es posible que pasemos cerca de un grupo de ellas, aunque lo más fácil es que las veamos a distancia.
      Poca explicación tiene este recorrido, sólo hay que ir disfrutando de las vistas, de la observación de las aves, es fácil ver una o dos parejas de águilas planeando entre los molinos; en primavera la diversidad de mariposas es grande y la suerte puede hacer que divisemos algún zorro, escapando ante nuestra vista.
      Las subidas y bajadas del terreno son una constante en nuestro paseo; llega un momento en que a nuestra izquierda se alza la cima de La Cruz de Hierro, que es el punto más alto de esta sierra: 1662 metros de altura, coronado por el punto geodésico que tanto sirve para la navegación aérea y la elaboración de mapas. Por esta zona, y más si subimos hacia la cima antes nombrada, podemos encontrar magníficos ejemplares de cuarzo cristalizado, en varios colores y tamaños más que regulares.
      Los tomillos, las jaras, y otras plantas olorosas nos acompañan todo el camino, así como afloramientos de piedras basálticas, gneis y granitos; la fauna pequeña también es muy variada, desde pequeñas mariquitas que se descubren por decenas al levantar una piedra hasta lagartijas, irisados lagartos y puede que alguna culebra despistada.
      Parad de vez en cuando, sentaos en alguna roca y echad la mirada a lo lejos: gozad de las vistas, del aire puro y ved lo pequeñas que son las obras de los hombres comparadas con la inmensidad que nos rodea; sólo el viento silbando entre los molinos que nos acompañan todo el camino.
      Nuestro viaje acaba en el monte Pelado (1.598 metros); no hay nada que decir, sólo mirar y admirar, sentir el aire y llenar la vista con las tierras que veis, los águilas que os sobrevuelan, los olores que os embriagan; la vuelta la podemos hacer por donde hemos venido o realizando una bajada directa hacia el pueblo.


      De elegir ésta última opción, deberemos contar con buen calzado y tener cubiertas las piernas con unos buenos pantalones que eviten todo tipo de rozaduras y arañazos, además de contar con un buen bastón o un recio garrote. Simplemente hay que bajar, en línea recta, aprovechando todas las veredas y caminos que encontremos, en dirección al pueblo; al principio hay una zona de pedregales y de jaras; más tarde pasaremos a una zona de hierbas altas y así, poco a poco, sorteando lugares más o menos abruptos iremos descendiendo hasta llegar a la aldea; es mucho más rápido que el otro camino y puede que sea más entretenido.

3 de julio de 2019

Aldeavieja: rutas y excursiones. IV.


3. La Ermita del Cubillo.


      Salimos del pueblo en dirección a Segovia, al final de la calle del mismo nombre seguimos un camino ancho que deja a su izquierda las canchas del polideportivo y, un poco más adelante la ermita de San Cristóbal, a unos doscientos metros comienza una bajada y una senda casi borrada se abre hacia la derecha, la seguimos yendo a desembocar a la carretera nacional, una vez cruzada vemos un camino que se hunde hacia un arroyo (el arroyo Tijera) de muy poco agua, la espesura de zarzamoras y escaramujos cubren las aguas a ambos lados del puentecillo que atravesamos.


      Enseguida el camino sube un poco y una puerta abierta, (que en el lenguaje del lugar se llama portera) con unas barras metálicas en el suelo para evitar el paso del ganado, nos introduce en el Valle, unos de los bosques de robles más meridionales de Castilla, también se le conoce como el Robledal.
      Da igual la época del año en que hagamos este recorrido; en invierno los árboles se yerguen secos y desnudos, elevando sus ramas grises hacia el cielo; en primavera las praderas verdean, decenas de arroyuelos riegan el terreno encharcando los pastos, hacia marzo y abril florecen las peonías, las varas de san José, manzanillas, zapatitos, sangre de Cristo, dientes de león, violetas y la madreselva enseña sus capullos nuevos, los  árboles se llenan de brotes que comienzan a abrirse; en verano los robles recuperan todo su esplendor, su majestuoso follaje, ya no corren los arroyos, pero múltiples caños vierten en sus pilones el agua al que acuden las reses para beber; otoño dora el bosque y cubre el suelo de setas de todo tipo: lepiotas, setas de cardo, anderuelas formando sus corros de brujas (o de hadas)… Si tenéis tiempo y ganas, perderos por sus senderos, sus claros, sus agrupaciones de rocas graníticas; la fauna es muy variada y lo mismo podéis ver al zorro, que algún corzo, erizos, jabalíes, conejos… mientras los milanos, los águilas, buitres, halcones os sobrevuelan y oís en la espesura la llamada del cuco.
      Pero sigamos con nuestro camino, dejamos a nuestra derecha una zona de repoblación, con pinos y robles (parece ser que la unión de estas dos especies tiende a evitar las plagas y enfermedades que puedan sufrir estos tipos de árboles) y nos adentramos en el bosque, el camino es bueno, sombreado en verano y va descendiendo hasta llegar a un arroyuelo que marca el límite de este monte público; esta propiedad pertenece al Ayuntamiento y, por lo tanto, es de uso y disfrute general; se suele alquilar a los ganaderos, en diferentes épocas del año, porque al estar totalmente vallado y tener muy buenos pastos es un lugar excelente para la guarda y engorde, sobre todo del ganado vacuno.
      Antes de salir del Valle podemos visitar un curioso lugar donde echar nuestra fantasía a volar y creer que nos encontramos en uno de esos lugares prehistóricos que vuelve a nuestra época para nuestro disfrute. Justo antes de cruzar un arroyuelo que baja por nuestra derecha, situado a unos escasos seis o siete metros de la salida, torceremos, por una vereda a la izquierda; los árboles clarean y enseguida contemplamos unas agrupaciones de granito; frente a nosotros se ve una apertura hecha en la roca, como una puerta, desdeñemos los pasos fáciles que la flanquean y pasemos por ella… ante nosotros se despliega una superficie verde de forma circular, rodeada de rocas de diferentes tamaños y formas, y justo enfrente, una mole de piedra, grande como una fortaleza: es la “acrópolis” de un pueblo antiguo que utilizó estas rocas como atalaya desde la que vigilar el pastoreo de su ganado y prevenir los ataques de otras tribus cercanas.
      Nos acercamos a ellas, vemos en el suelo las señas de que el lugar se sigue utilizando para pastorear, es más, se oyen mugidos a nuestro alrededor, quizás no muy lejos; frente a nosotros las paredes se elevan rectas, aunque varios trozos han caído a causa de la erosión, vamos rodeándolo y en diferentes sitios observamos como escalones tallados en la roca, subimos por cualquiera de ellos, al azar, una vez arriba veremos lo cierto de nuestras aseveraciones: la vista es magnífica, en rededor nuestro se ve el robledal y las diversas praderas de pasto, a nuestros pies los cauces de dos arroyos que, en primavera, llevan el agua sobrante de fuentes y manantiales. Al fondo la sierra con sus molinos, a sus pies la ermita del Cubillo, nuestra meta, también se ven las dos canteras que afean el paisaje pero enriquecen a las gentes…ahora, mirad a nuestros pies, en la roca se observan pozas excavadas en la roca para recoger el agua de lluvia, estas pozas son el signo evidente, ante la ausencia de cualquier otro, de que estos lugares han sido utilizados por nuestros antecesores desde hace miles de años.
      Volvemos sobre nuestros pasos y llegamos a un pequeño puente que atraviesa el arroyo desde el que nos desviamos, llegamos a otra portera, ésta de palos y alambre, que tendremos que abrir para poder salir; (volvedla a cerrar, por favor).
      Ahora el camino se ensancha, y mucho, es uno de los nuevos caminos abiertos para la concentración parcelaria del municipio; ya vemos, en la distancia, la mole de la ermita con un fondo de canteras y cerros; estamos en la mitad del camino, aproximadamente; ahora ya sólo nos queda seguir, serpenteando entre eriales, pinares, prados, tierras de labor… el camino va subiendo paulatinamente y, antes de lo que pensamos, nos encontramos al pie de la ermita.
      Sólo se la puede visitar los fines de semana y los días festivos y, de verdad, que merece la pena hacerlo. Se encuentra al borde de una pradera (El Ejido) en la que se han plantado árboles y se han colocado mesas y bancos de piedra cercanos a una fuente de la que siempre cae un chorro abundante.
      Pasemos ahora a describir la ermita.


      Lo primero que hemos observado, según veníamos, es su tamaño: es muy grande para ser una ermita aislada, en medio del campo; es muy regular, muy equilibrada en proporciones y se ha utilizado muy buen material; el edificio está construído en granito, con un campanario a la derecha de su entrada principal y una hospedería, que contiene a su vez la casa del santero, a la izquierda.
      Es por la hospedería por donde tenemos que entrar, ya que la puerta principal sólo se abre en las grandes celebraciones de la Asunción y en el día de su fiesta: el 8 de septiembre. Un zaguán grande, fresco en verano y helado en invierno, nos da la bienvenida; en él estará el santero si hace frío, o demasiado calor; hay bancos adosados a las paredes, un mostrador donde se puede comprar alguna bebida o los recuerdos de la Virgen que se pueden ver en una vitrina; al fondo a la izquierda hay unas puertas que se abren a la cocina y la casa del santero; a la derecha está el paso a la iglesia, frente a él, unas escaleras suben a un cuarto donde se exponen exvotos traídos por los romeros para dar gracias a la Virgen por favores recibidos, en él podremos ver, en dos antiguas vitrinas, unos exvotos del siglo XVII ó XVIII, hechos en cera, muy estropeados ya, que representan dos milagros de la Virgen; brazos de cera, vestidos de novia, trenzas de pelo, uniformes, pequeños ataúdes de cartón, muletas, fotografías…constituyen un pequeño “museo de los horrores”; sencillas notas garabateadas en un papel nos indican el favor, la curación, el agradecimiento sincero de algún devoto; a la derecha de esta estancia hay una puerta (normalmente cerrada) que conduce a la tribuna y al campanario, sólo se abre el 8 de septiembre; a la izquierda otra puerta conduce a las habitaciones de la hospedería, dos ó tres a cada lado de un largo pasillo; en estos cuartos, el día de la fiesta comen el mayordomo y las autoridades.
       Bajamos, justo al final de la escalera, se nos ofrece una puerta de madera, empujamos y… pasamos dentro. 
      Entras, y lo primero que te sorprende es el tamaño, luego la luz que entra por sus  ventanas; la parte de atrás está vacía, sin bancos, para acoger a la muchedumbre que se apretuja en septiembre; una pila de agua bendita, junto a la puerta, románica, seguramente traída de la ermita de San Cristóbal  y junto a ella una columna de piedra que antes tenía una urna para limosnas y que fue reventada; la iglesia ha sufrido en toda su historia múltiples robos y expolios; en los años cincuenta sus paredes estaban totalmente cubiertas de cuadros exvotos, casi todos de los siglos XVII y XVIII que, con sencillos rasgos, representaban milagros de la Virgen; los que ahora se ven no son sino una pequeña muestra de lo que hubo; enfrente, la carroza en la que se transporta a la imagen en las procesiones.  


      A la mitad de la nave hay un retablo a la izquierda, sostenido por dos leones de piedra; contemplad con cuidado las pinturas, son de Herrera el Mozo, realizadas en el siglo XVI, sobre todo fijaos en el panel inferior que muestra la Huída a Egipto y saborear lo delicado de las pinceladas, es el antiguo  retablo del altar mayor, encargado por Luis de Cerecedo y que fue puesto aquí al ampliar la ermita y colocar otro retablo en su lugar; junto a él, a su derecha, un púlpito del siglo XVIII con tornavoz decorado con lenguas de fuego, y en el suelo, a sus pies, una losa de mármol, con una ventanilla, nos muestra el lugar exacto en el que, según la tradición, estaba el árbol sobre el que se apareció la Virgen, dentro de un cubo (de ahí su nombre) a un sencillo pastor; a la derecha del púlpito, los guiones y banderas que flamean al viento cuando se saca a la Virgen, sostenidos por los mayordomos.
      Mirad ahora para arriba, una cúpula grande, sostenida por cuatro pechinas decoradas por pinturas que nos ofrecen escenas de la vida de Jesucristo: la adoración de los Reyes, Jesús en el templo…, de ella colgaba una antigua lámpara, de cristal verde, que convenientemente restaurada se puede ver un poco más adelante; en este punto, que es el crucero de la iglesia hay, a cada lado, dos pequeños retablos de gran valor artístico; de estilo barroco, con antiguas imágenes de buena talla, a resaltar los frontales de los altares, especialmente el de la izquierda, de cuero repujado y pintado.
      Y, por fin, el altar mayor, con su retablo churrigueresco, recargado, las retorcidas columnas salomónicas con los racimos de uvas colgando, los cuadros, no malos, de las calles laterales y, en el centro, la imagen de la Virgen del Cubillo, con su traje “de estar por casa”, y con el niño en brazos; la imagen no es la original, que no se tienen noticias de cuando se perdió, pues es una imagen de las “de vestir”, sólo las cara y las manos sobre un armazón de madera; las paredes laterales estaban profusamente adornadas con cornucopias, espejos y candelabros que, desgraciadamente, han sufrido robos y roturas; si nos fijamos, veremos acá y allá que falta alguna pieza, que hay distintos tonos de dorado… pero nada de eso quita para sentirse admirado ante el conjunto.
      A ambos lados, se abren dos puertas que dan al camarín de la Virgen; suelen estar cerradas y quizás el santero tenga a bien daros paso, desde el cuarto, adornado con azulejos y con antiguos muebles, ya que sirve también de sacristía, da paso a la imagen, guardada por puertas de cristal con bellos adornos; al salir, vemos de frente la nave de la ermita, con la tribuna al fondo, que aun contiene la caja de madera de un antiguo órgano del siglo XVIII, y podemos apreciar la belleza del conjunto.
      Salimos, podemos regresar por donde hemos venido o ir por el camino nuevo, hoy asfaltado, que, a través de prados, bosques y tierras de labor, con la sierra a nuestra izquierda, nos llevará, después de unos tres kilómetros de paseo, a la entrada del pueblo.