19 de junio de 2022

Aldeavieja: Leyendas: La muchacha de la bodega.

 

Todas las tardes, desde que empezaba la primavera, eran iguales: esperaba que su padre llegara a casa y, ante la puerta del corral, desuncía los bueyes; él, entonces cogía la pértiga y, con ella al hombro, guiaba a la yunta en dirección a la plaza, al “pilón de las vacas” para que allí saciaran su sed después de toda la tarde de labor.


Se sentía mayor, casi un hombre, con los animales a su espalda siguiéndole dócilmente; de vez en cuando se volvía, como hacía su padre, les pasaba el palo sobre la testuz, entre los cuernos y les decía, imitando un poco la cavernosa voz del padre: -“vamos Morucha, Cariñosa…” - y volvía la vista el frente con una media sonrisa en los labios (-“sólo me falta en cigarro en la boca”- pensaba) y le venía a la mente la imagen de Antonio, con su sombrero de paja, la barba de dos días en las mejillas, la colilla medio apagada colgando del labio inferior y sabe Dios qué ideas en la cabeza que le hacían sonreir o, a veces, fruncir el ceño.

Hoy tendría que esperar, ya había otras tres parejas de bueyes abrevando en el pilón, allí estaban Pablito, Toni y Sebas con sus animales.

-Vienes más tarde, la ha echado larga hoy tu padre.

Este era Pablo, que vivía en la casa enfrente de la suya y solían ir juntos a dar de beber a los animales.

-Que se ha encontrado con Faustino y han estado de cháchara.

-Ya me parecía a mí. ¿nos veremos luego, después de cenar?

-¡Claro!

Y en aquel “¡claro!” estaba implícito el deseo, la amistad, las ganas de aventura y una serie más de sensaciones que ninguno de los dos podría nombrar o, ni siquiera, concebir.

Volvió a casa más deprisa de lo que había ido; sabía que aún quedaba tiempo para la cena, pero la promesa de que algo nuevo, y quizás maravilloso, podía suceder le hacían sentir que no quedaba tiempo para nada, que los minutos iban a pasar rápidos, más rápidos y ese tiempo no iba a ser suficiente para cenar, para coger un farol, para calmar los latidos que su corazón desbocado realizaba a más de cien por minuto.

-¿Qué pasa, hijo? ¿no tienes hambre hoy?

Y su cabeza decía no mientras su boca decía sí, y la madre le miraba y le volvía a remirar y aquella sonrisa le recordaba un tiempo ya lejano en que unos ojos muy parecidos a éstos se posaban en los suyos y sonrió para sí.

El padre no decía nada, bastante tenía con pensar en si habría tormenta o no la habría y si podría montar la parva en las eras antes de que cambiase el tiempo.

-Me voy a ir con Pablo a dar una vuelta por ahí.

-A ver qué hacéis, no trasnoches que mañana hay que preparar la parva… si no llueve.

-Pero padre, si mañana es domingo…

-El trigo no sabe que día de la semana es.

-¡Venga, Antonio, deja que el chico se divierta un poco, que ya va toda la semana que no para entre una cosa u otra.

Y, Antonio, gruñó un par de blasfemias por lo bajo y dio la callada por respuesta. A veces, Benita tenía razón, había que dejar al chico que hiciera todas las cosas que eran normales para su edad, pero no quería dar su brazo a torcer tan fácilmente, así que farfulló:

-Bueno, pero mañana a acostarse pronto.

-¡Gracias, padre!

*

Habían quedado al comienzo de la calleja, junto a la casa del tío Fronio, y allí estaba esperándole Pablo.

-¿Trajiste el farol?

-Aquí está.

Se adentraron en la oscuridad, que no era completa pues la luna era casi llena, enseguida, ante ellos, se erguía la mole de la casona, en lo alto, el escudo nobiliario brillaba.

-Tenemos que rodear la casa y entrar por detrás, por los corrales.

Y eso hicieron, el campo se extendía ante ellos, y sólo el ruido de las chicharras y el ulular de las lechuzas les acompañaba.

-Por aquí -dijo Pablo- subir va a ser fácil, faltan muchas piedras.

A cierta edad, no hay muro ni pared que se resista; cuando llegaron arriba se agacharon, más que por precaución por esa… “puesta en acción” que se requiere cuando se está haciendo algo ilegal, o “secreto”; tres metros de tejado en muy mal estado les separaba del corralón; andando con precaución para no meter el pie en ningún agujero los salvaron y, después, se dejaron caer al suelo.

Entonces se miraron triunfales, como diciendo: “lo hemos hecho”.

Se acercaron a la casa, los negros ojos de las ventanas parecían acusarles o, cuanto menos, vigilarles; un leve escalofrío les recorrió el cuerpo al ver aquellas ventanas enrejadas y poderosas, por fortuna, no era por ellas por donde pensaban entrar; no, todo era más fácil: la puerta.

Una puerta que desde la casa conducía al corral y aquella puerta nunca estaba cerrada y si lo estaba…

Lo estaba, pero un fuerte empujón que propinaron en las maderas les hizo comprender que, con otro, se iba a abrir, y así sucedió; un crujido les indicó que la madera podrida se había desgajado y ya nada les separaba del interior de la casa.

Dentro estaba oscuro.

-Enciende el farol.

Con los nervios le costó encontrar las cerillas pero, enseguida, la llama prendió en la mecha y una luz amarillenta les mostró un estrecho y corto pasillo que terminaba en una puerta verde, a los lados otras dos puertas, ambas abiertas, daban acceso a una cocina y a una especie de despensa.

Entraron en la cocina, amplia, con una chimenea baja que ocupaba la mitad de la estancia, la campana encalada y dos bancos de piedra a los lados, cubiertos de trapos que quizás fueron, en algún momento, cómodos y  blandos almohadones.

Nada de aquello interesaba a los muchachos que, tras echar un rápido vistazo al otro cuarto, donde sólo vieron telarañas y ratones, abrieron la puerta verde que daba a otro pasillo, con dos puertas a cada lado y, enfrente se vislumbraba una estancia más grande, más abierta, que debía de encontrarse tras la puerta de entrada.

El farol les mostraba una sala ancha, con dos ventanas que debían de dar al frente de la casa, una escalera de piedra que llevaba al piso superior y otra puerta, abierta, a la izquierda, que conducía a otra sala. Un techo de vigas de madera, del que pendía una gran lámpara de hierro forjado en la que aún quedaban algunas bujías de cera.

-¡Chisstttt, calla!, ¿oíste eso?

-¿El qué?

-Como si alguien estuviera hablando.

-¿No querrás meterme miedo?

.No, ¡calla! ¿no lo has oído otra vez?

-Sigo sin oir nada, oye, si esto es una broma…

-¡Qué broma ni que puñetas! ¿no habrás escondido a alguien por aquí?

-Te digo que no, además, yo no oigo nada.

-Calla y escucha, me parece que viene del pasillo de atrás…

-Ahora calla tú, déjame escuchar…

Un sonido como de susurro de telas se dejaba oir hacia el pasillo por el que habían venido, pero no se podría discernir si eran pasos de ratones, crujidos de la madera o silbidos del viento, tan tenue era.

-Vamos a ver…

-Vé tú delante…

-Miedica…

Volvieron a salir del salón y al entrar, de nuevo, en el pequeño pasillo se pararon.

-¡Calla!, a ver si oímos algo.

Un murmullo, como si alguien estuviera tarareando una cancioncilla se dejaba oir, como si saliera de una de las paredes.

-Mira, aquí hay una puerta.

-No la había visto antes…

-Yo sí, pero como íbamos para allá…

-¿Abrimos?

Un encogimiento de hombros fue la única respuesta.

Tiró del pomo y la puerta se fue abriendo; a la luz del farol vieron unas paredes amarillentas de salitre y unas escaleras que bajaban.

Pablo alzó la luz para ver si distinguían el final de los peldaños, sí, la escalera era corta, catorce o quince escalones, era ancha, capaz de que pasaran dos hombres fornidos unos junto a otro o de dejar paso a una carga apreciable.

-¿Bajamos?

Otra vez se encogió de hombros pero, esta vez, como si quisiera decir: “a eso hemos venido, ¿no?”

Con ¿miedo? fueron bajando despacio, apoyando, sin necesidad, las manos en las resbaladizas paredes, queriendo ver lo que aún no se veía y oir lo que apenas se imaginaban.

Las escaleras terminaban en una gran estancia, ancha y capaz, de la que salían cuatro oscuros corredores, en las paredes colgaban varias antorchas apagadas y caídas por el suelo o colgando en precario equilibrio de clavos enormes distinguieron espadas, sables, morriones y escudos; con los ojos como platos y sin decirse ni una palabra, fueron encendiendo todas las luminarias que había en la sala.

Entonces el espectáculo fue magnífico; a la luz de los fuegos, las armas y las piezas metálicas reflejaban colores cobrizos debido al orín que las cubría en parte o plateados en las zonas que se mantenían limpias; también entonces pudieron ver toscos sillones de madera y una mesa sobre la que descansaban copas y platos, todo ello de metal, caídos unos sobre otros y cubiertos casi totalmente de polvo y telarañas.

-¡Calla! ¿no oyes?

Proveniente de uno de los corredores se oía como un rumor de pasos que se acercaba.

-¡Vámonos!

-¿Por qué?

-¿No oyes?, ¡alguien viene!

-Yo no oigo nada.

-¡Cómo que no oyes nada! ¡escucha! ¡escucha!

-¡Ya escucho, abobao, y no oigo nada!

-¿No oyes o no quieres oir?

-¡Te voy a dar una hostia!

-¿Tú y cuántos como tú?, ¡venga, date prisa! ¡nos van a ver!

-¡Tú lo que eres es un cagueta! ¡que tienes más miedo que vergüenza!

-¡Venga! ¡vámonos!

-¡Que me dejes, te digo!

No bien se hubo dicho esto, por unos de los corredores apareció una muchacha, de catorce o quince años, vestida de un modo antiguo. Muy bonita, con una gran sonrisa en la cara…

-¡Ya es tarde, nos ha visto!

-Nos ha visto ¿quién?

-¿No lo ves? ¡Esa chica!

Y al decirlo señaló con la mano un rincón desde el que, para su susto, se acercaba aquella muchacha…

-Buen mozo ¿traéis las provisiones que se han encargado? ¿dónde están?

-No, yo…

-¿Con quién hablas? ¿estás tonto?

-Pues… con quien va a ser. ¡Con ella!

-¿Qué ella?

-¿Es que no la ves? Está ahí delante de ti.

-¿No soy digna de que os dirijáis a mi?

-¡Oh, no, mi señora! Digo… ¡claro que sí! ¡muy digna!

-¿Otra vez hablando con los muebles?

-¿De verdad que no la ves? Mira, si está aquí… ¡cuidado, que la vas a empujar!

Con los ojos abiertos de par en par y la boca desencajada, vio cómo Pablo traspasaba con su brazo el cuerpo de la joven, que no se dio por enterada mientras el joven movía sus manos dentro de lo que, en teoría, era el pecho de la muchacha.

-¿Con quién habláis, joven?

-Pero… es imposible, es un fantasma; estás atravesando su cuerpo y no se entera, no se entera de nada…

-¿Fantasma, dices?

-¡Qué decís de fantasmas?

-¡Pablo, de verdad, vámonos! ¡me voy a volver loco!

-¡Vale!, pero antes apaguemos las antorchas…

Los dos muchachos se dieron prisa en apagar los fuegos, Pablo mirando de vez en cuando a su amigo al que no se le iba la cara de susto y echando un ojo, en cuanto podía, a aquellas maravillosas armas que se veían allí tiradas.

La muchacha seguía a nuestro amigo:

-Por favor, doncel, a qué vienen esas prisas, quedaos un poco más…

-Vämonos, vámonos Pablo… o nunca podremos salir de aquí.

Cuando la última antorcha se apagó, corrieron escaleras arriba hasta salir al pasillo, Pablo con una espada de grandes dimensiones en una mano y el farol encendido en la otra, su amigo con el rostro pálido y desencajado.

-¿Por dónde salimos ahora?

-Sin problema, había una escalera por donde entramos, caída en el suelo.

-Pues vamos para allá.

Mientras subían por la escala oyeron al reloj de la iglesia que daba las campanadas…

-¿Las doce? Pues ¿a qué hora vinimos?

-Daban las doce en…

-¿Cuánto tiempo hemos estado aquí?

-¿Un día?

- O nada…

*

Se cuentan muchas historias de esta casona, pero la de la muchacha encerrada en la bodega es una de las más usuales; es más, yo he conocido a muchachos de mi edad que habían entrado, a escondidas, en la casa y se les había aparecido; muchos de ellos no superaron nunca la impresión recibida y cuando, por algún hecho extraño, se avienen a contar sus experiencias no puedes dejar de observar que la mirada se les vuelve lejana y distraída y sus manos adquieren un casi imperceptible temblor y gotas de sudor aparecen sobre sus labios.

21 de mayo de 2022

Aldeavieja: el "Anuario del comercio, de la industria, de la magistratura y de la administración" 1871-1911, 2ª Parte

 

En esta segunda parte vamos a mostrar los diversos oficios y a sus titulares.

Al igual que hoy, tenemos a los maestros albañiles, sólo tres personas aparecen como ejerciendo esta ocupación: Baltasar Moreno y Estanislao Vázquez (que aparecen en los anuarios en todas las fechas) y a Pedro Vázquez Rey, que lo ejerció hasta 1905.

También había carpinteros, alguno de ellos especializado en la fabricación de carros, como es natural en estas tierras castellanas; al igual que con los albañiles, hay tres nombres, pero sólo uno permanece inalterable en todos los años: Julián Burguillo; los otros dos son Julián Gordo y Santiago García.

Dos  personas tuvieron una fragua, primero Andrés Chamorro, hasta 1885 y, después, Zacarías Vázquez.

Otras dos tuvieron sastrería: José Gordo, hasta 1906 y, a continuación, Pedro Muñoz.

Zapatero sólo tenemos un nombre a lo largo de todos estos años: Bartolomé Santamaría.

Para el oficio de barberos recuerdan a cuatro: José Canales y su hijo Mauricio y otros dos que lo fueron sólo un año o dos: Gaspar Gordo y Donato Martín.

Otro oficio que desapareció en esos años, al cerrarse las tenerías que había en el pueblo, fue el de curtidor, para ese oficio se nombra a Ángel Gordo y Telesforo Torres que terminan con su ocupación en 1887.

Los panaderos fueron más. En un principio se incluye a Juan Martín, Isidoro Mateos y Tiburcio Ortega, pero éstos dejan el oficio a finales de siglo y toman el relevo Pablo Ortega, en 1909 y Quintín Magdaleno en 1900, cabezas de las últimas panaderías que han existido en el pueblo.

Y, por último, los molineros, cuatro nombres tenemos y uno de ellos el único de mujer que aparece en los Anuarios: Rufina López; verdad que sólo aparece en uno de los años; los demás son Juan Martín, Francisco Zahonero e Isidoro Mateos, siendo los dos últimos los que más tiempo permanecen; comprobamos que tanto Juan como Isidoro aparecen, también, en el listado de panaderos.

Ahora vamos a ocuparnos de los que tenían un establecimiento, un industrial se llamaba entonces, y veremos cómo los nombres se repiten pues, como el lógico y normal en un pueblo, las “tiendas” no son, salvo excepciones, de un solo género.

Pero antes nombraremos a Julián Muñoz que, además de transportista, regentaba una tienda de ultramarinos en la que además vendía tejidos y quincallería.

También tenemos a Mariano Rodríguez, el otro titular de ultramarinos, vendedor de vinos y carnicero.

Otro “pluriempleado” era José Canales, que además de tener un bar o taberna, vendía tejidos y quincallería.

Expendedores de vinos, además de los citados, nos encontramos con Juan del Rey, Isidoro Gordo y Timoteo Martín.

Titulares de un mesón, o posada, se enumeran a Benito Burguillo, Gabriel Vázquez, Santiago Santamaría y Timoteo Martín.

Y, lógicamente había un estanquero: Donato Torres, aunque durante dos años, entre 1885 y 1886 ocupó ese puesto Lorenzo Moreno.


Para terminar, listaremos a los que se consideraban como los ganaderos o labradores más importantes y, a todos, nos sonarán esos apellidos que también ahora se repiten o se han repetido a lo largo de los años:

Ramón Burguillo

Jerónimo Cabrero Andray

Enrique González Burguillo

Andrés Gordo Sanz

Fermín Gordo Sanz

Pablo Gordo Sanz

Julián López

Melchor Maroto

Juan Moreno

Lorenzo Moreno

Julián Muñoz

Tiburcio Ortega

Mariano Rodríguez

Carlos Silgado

Hermenegildo Vázquez

Miguel Vázquez

Pedro Vázquez

Como colofón, dos nombres que aparecen en todos los anuarios como los dos mayores contribuyentes:

Jerónimo Cabrero Andray y Andrés Gordo Sanz.

2 de mayo de 2022

Aldeavieja: el "Anuario del comercio, de la industria, de la magistratura y de la administración" 1871-1911, 1ª Parte

 

Hoy vamos a hacer un pequeño recorrido por la historia de Aldeavieja, concretamente desde el año 1871 al 1911 y a través del Anuario del comercio, de la industria, de la magistratura y de la administración, del que nos hemos hecho eco en alguna que otra ocasión.

Como ya sabréis, en esta publicación se daban a conocer los nombres de las personas que ocupaban ciertos cargos políticos (alcaldes, jueces, secretarios, fiscales…) o profesionales (médicos, maestros, farmacéuticos, veterinarios….) o de oficios (zapateros, panaderos, posaderos…) así como los ganaderos, agricultores o cosecheros más importantes de cada localidad, pequeña o grande, de España.

En estos cuarenta años de los que nos ocupamos, hubo en Aldeavieja nueve alcaldes diferentes; el primero de ellos es Román Vázquez, que duró nada menos que diez años; después le siguió Andrés Gordo, del que sólo  tenemos constancia de que lo ejerciese un año: 1885.

Hay que hacer constar que entre esos cuarenta años no se conservan ejemplares de todos ellos, sino que hay dieciocho de los que no tenemos datos, por lo que no hay una total seguridad de la duración de cada mandato o del ejercicio de cada profesión.

El tercer nombre es el de Jerónimo Cabrero Andray; ahora hay que hacer un inciso, pues hay que hacer constar que los alcaldes, en esta época, formaban parte de la clase más pudiente de la localidad, lo que antes (y ahora) se han llamado “caciques”; personas con grandes propiedades, muchas tierras, mucho ganado y que tenían a su servicio a un buen número de habitantes del pueblo, ya fuera como pastores o jornaleros, criados o como parte de su servicio, los cuales a cambio de tener trabajo se convertían en votantes fieles de sus patronos para cuantos cargos políticos se presentaban. Muchos de los que veremos como alcaldes, figuran también, otros años, como juez de paz, fiscal… y siempre como ganadero, almacenista o, como les sucedía a Andrés Gordo o a Jerónimo Cabrero, figuraban en la lista de principales contribuyentes.

Esto no es condenar a estas personas; hay que tener en cuenta la época de la que tratamos y cómo era la sociedad en la que vivían; estos actos, que hoy valoraríamos como inadecuados y prepotentes eran, entonces, el pan de cada día y pocos se rasgaban las vestiduras por ello; aunque…. los tiempos empezaban a cambiar.

Hay que tener en cuenta, que la Ley electoral en esos años, limitaba mucho la lista de elegibles, ya que sólo se podía presentar como candidato si se reunían unas características determinadas, que, básicamente, consistían en ser uno de los individuos adinerados del municipio; del mismo modo, los electores debían de ser varones, mayores de 25 años y demostrar una permanencia en el municipio de dos años o más justo antes de la fecha de las elecciones.

Siguiendo el listado nos encontraremos con los nombres de José López, Benito Burguillo, Carlos Silgado, Juan Moreno López, Bonifacio Moreno Pérez y, ya en 1911, Julián Muñoz Rodríguez.

Para el cargo de Juez municipal, que es la figura correspondiente a la del actual ”juez de paz” tenemos los siguientes nombres: Cándido Moreno, Román Vázquez, Tiburcio Jiménez, Bartolomé Santamaría de Blas y Fermín Gordo Sanz; siendo éste último el que más años estuvo en el puesto: nueve.

Igualmente, en el puesto de Fiscal (cargo que hoy día no tiene similar en la Administración local) aparecen los nombres de Jacinto Aparicio, Pablo Gordo Sanz, Manuel Sánchez, Juan Moreno, Agustín Moreno Pérez, Jerónimo Cabrero Andray, Miguel Vázquez Torres, Lope Zahonero Arroyo y Deogracias Gordo Chamorro.

Para terminar con las “autoridades” de esos años, decir que se contabilizan tres párrocos diferentes: Tomás Alcones, Nemesio Cerracín y, por último Bonifacio Pelayez, nombrado en 1898 y que continuaba en 1911.

Empezando con los “profesionales”, se hace notar que los médicos, en general, permanecían poco tiempo en sus destinos, seguramente porque iban buscando sitios mejores o más grandes en los que desarrollar su profesión o poder dar una mejor educación a su, normalmente, extensa familia; el primero que tenemos noticia es Manuel Caballero y Cid, que permaneció hasta 1883; después siguió José Moreno Almezoa, dos años: Francisco Cuesta, tres; Julián de Miguel, seis y Enrique García Cobiella, cinco años, hasta 1899.

Enrique González Burguillo

El siguiente médico es importante para el que esto escribe, pues fue mi bisabuelo: Enrique González Burguillo, natural de Ojos Albos y que ejerció en Aldeavieja hasta 1910 en que marchó a Zarzuela del Monte y, finalmente, Ángel García Casasola que estuvo hasta los años cuarenta o cincuenta del pasado siglo, siendo uno de los que más duraron.

Los maestros, y maestras, tampoco eran demasiado duraderos; para la escuela de niños tenemos cinco nombres: Manuel Bermejo Bermejo, hasta 1884, Antonio Coello, cuatro años, Sebastián de la Iglesia, hasta 1903; Valentín García, un solo año y Ciriaco Méndez, desde 1905 a 1911.

En la escuela de niñas tenemos a Mariano Sánchez Blázquez, hasta 1884 y después Eustasia Izquierdo, que estuvo hasta 1909 (veinticinco años) y Ramona Cillan Guerra.

En el puesto de boticario o farmacéutico es más simple, sólo contabilizamos dos: Antonio Molinero, que estuvo hasta 1844 en que falleció y (perdón por el énfasis) mi otro bisabuelo: Gregorio Perlado Sacristán, que tuvo su farmacia primero en la calle Ancha número 2 y luego en la calle Segovia hasta su fallecimiento en 1912 y al que sucedió mi abuelo Ciriaco Perlado Freje.


Gregorio Perlado Sacristán

Si éstos fueron pocos, menos todavía fueron los veterinarios, que aparecen en el Anuario en 1894 y que sólo contienen un nombre: Agustín Moreno, que seguía siéndolo en 1911.

En la siguiente entrega nos ocuparemos de los oficios y otras ocupaciones.

25 de abril de 2022

El Agua.4: Los arroyos del sur

 


Los arroyos del sur

     Ahora nos vamos a ocupar de los arroyos que están más en la parte sur del municipio; primero los que están en el lado norte de la sierra.

     Uno de los más importantes, pues es el que riega (o regaba) el Valle es el arroyo de la Fuente del Espino, del que ya hicimos un relato especial y monográfico en nuestra entrada del 6 de marzo de 2020; sólo decir de él que nace en el mismo Valle, muy cerca del camino de arriba de la Virgen y acaba poco antes de la linde con Villacastín al unirse al arroyo del Marqués a la altura de la Peña Horcada.


La Fuente de La Jarrera

     Desde el puerto de la Cruz de Hierro baja un regato que, según a qué vertiente se dirige, recibe un nombre u otro, si va hacia el sur, hacia la llanura del campo Azálvaro para regar sus praderas y alimentar al río Voltoya, recibe el nombre de Jatillo, pero si cae hacia la vertiente norte, recibe el nombre de Castaño o Castañar y bajando por Majaljoyo hacia la Jarrera viene a unirse, poco más abajo, con el arroyo Marqués.

     Este último recorre prados y cañadas, cruza el camino de arriba del Cubillo y después de bordear El Valle, penetra en él cruza el camino de abajo y no se detiene sino para recoger los arroyos antes dichos y desembocar en el Cardeña, ya en el municipio de Villacastín.

     Finalmente, el Asperón, que nace junto al cerro del mismo nombre, desciende por una estrecha cañada y pasando muy cerca de la fuente del santuario de la Virgen del Cubillo, se desliza por la llanura hasta acabar, él también, en el Cardeña; esta cercanía al santuario, le lleva a recibir, también, el nombre de arroyo del Cubillo.

     En la Jarrera tenemos una de las fuentes o manantiales más importantes del pueblo, tanto es así que hoy es la que contribuye con más caudal al consumo de agua potable de Aldeavieja, a través de un largo sistema de canalización. La Jarrera, todos la conocemos, está rodeada de prados y, hace años, regaba los pequeños huertos que por allí se trabajaban; un agua pura y fría que los pastores cuidaban y protegían.

     En la cuesta de Matancavera, en el camino del Cubillo, hace años había otra fuente en medio de la pendiente; hoy sólo su recuerdo y algunos puntos de humedad son testigos de su antigua existencia.


La Fuente Grande, junto al arroyo Asperón

     Otra de las fuentes que existen, ésta sobre el arroyo del Asperón, es la llamada Fuente Grande, con su pequeño pilón y, como no, la famosa fuente del Cubillo, junto a la ermita y, también, la fuente de Las Majás, junto a la zona de los Toriles.

     Y, ahora, dando un salto en la distancia, vamos al lejano sur, pasado el puerto de La Lancha, a esa parte del municipio que linda con Navalperal, casi desconocido; por allí pasa el río Tuerto, llamado así por nacer cerca del cerro de El Tuerto y que cruzando el puerto citado va a acrecentar al Voltoya; y también los arroyos de Vallehortúm, que nace cerca del antiguo caserío de Casasola y el de la Tijera, que lo hace junto al Risco de la Tijera, ambos van a desembocar en el Tuerto.


El Campo Azálvaro

     Y con esto acabamos esta serie sobre el Agua, así, con mayúscula.