15 de enero de 2017

Leyendas de Aldeavieja: Matancavera 1.

          Hay un lugar en Aldeavieja, mediado el camino de arriba del Cubillo, que se conoce bajo el nombre de Matancavera; hace ya muchos años, antes de que se asfaltase, había allí una cuesta llena de piedras y de hondas torrenteras creadas por el agua de las tormentas que hacía muy difícil su tránsito para los carros y carretas que se veían obligados a ir por aquel camino; camino que sólo se arreglaba someramente cuando se acercaba la festividad de la Virgen, rellenando de tierra y piedras aquellos socavones; al comienzo de la bajada había una fuente, un manantial, del cual brotaba un agua transparente y fresca que aliviaba el cansancio de los que tenían que subir aquella cuesta y abajo, el camino se convertía en un arenal en el cual se hundían profundamente las ruedas.
          Todos recordaréis, si habéis ido en bicicleta por aquel camino y en aquellos tiempos, cuando al acabar de bajar la cuesta, las ruedas se hundían profundamente en la arena y la bici se frenaba abruptamente, acabando muchas veces en el suelo o saliendo disparado por encima del manillar… ¡cuántas veces nos habremos caído y cuántas no nos habremos levantado con las rodillas sangrando!
          El día de la romería iban los carros traqueteando por el camino, dejando a su paso una nube de polvo seco y áspero que abrasaba la garganta y al llegar a la cuesta, el paso de las mulas o de los bueyes se hacía más calmo, la gente se bajaba y bueno era el día que alguna rueda no se rompía o algún carro no volcaba.
          En fin, eran otros tiempos, más tranquilos pero también más trabajosos.
          Todo esto venía a cuento para rememorar el por qué del nombre que lleva esa zona, pues así se denomina no sólo la cuesta, sino también el terreno que queda a la izquierda del camino, una vez pasado el Valle.
          Yo he oído dos historias distintas referentes al tema: una es que viene de “matanza vera”, que antiguamente se escribía “matança vera”, matanza verdadera y la otra que viene de “mata cavera” cavera es como antiguamente se abreviaba calavera y mata quería decir monte, con lo que tendríamos “mata o monte de la calavera”.
          Mi tío Federico, que se crió de niño en Aldeavieja y luego fue médico en Zarzuela del Monte y en Las Vegas de Matute, nos contaba, al amor de la lumbre baja, la siguiente historia:
          “No sé si os habré relatado alguna vez la historia de Matancavera, ya sabéis, la cuesta que está a medio camino de la ermita de la Virgen; fue en 1837, o eso me contó mi abuelo, en ese año los carlistas decidieron marchar desde el norte a Madrid y al frente de ellos se puso el que ellos llamaban rey, que era el infante don Carlos, un hermano de Fernando VII; con un gran ejército fue desplazándose por Cataluña,, Castellón y Aragón, hasta llegar a las alturas de Arganda en el mes de septiembre, desde las que divisaron Madrid; creían que les sería fácil avanzar y conquistar la capital, con lo cual don Carlos sería coronado rey de España, en vez de su sobrina, Isabel II; pero le llegaron noticias de que el general Espartero le pisaba los talones al frente de una tropa numerosísima y, asustado, mandó dar la vuelta para no tener que enfrentarse a las tropas enemigas; aquel gesto fue su perdición pues, en seguida, vieron las avanzadillas del ejército enemigo con lo que sus fieles se dispersaron a fin de poder llegar, con las menos bajas posibles, a sus cuarteles de Navarra y Guipuzcoa.
          Una de las divisiones de infantería, que procedía de la provincia de Burgos, pues también había carlistas castellanos, decidieron partir hacia la sierra de Guadarrama para así llegar a su destino sin toparse con el enemigo, aunque para ello tuvieran que dar un gran rodeo ya que Somosierra estaba ocupada por fuertes contingentes de caballería isabelina; y así lo hicieron; a finales de ese mes cruzaron el Puerto del León en una noche sin luna, con una lluvia incesante y abundante que les impedía orientarse correctamente; tanto fue así que aquella división se desperdigó totalmente, atomizándose en pequeños grupos de veinte o treinta soldados, los que formaban cada pelotón más o menos, que seguían a sus sargentos a donde éstos buenamente pudieran guiarles.
          Al amanecer uno de estos grupos se situaba en las inmediaciones de las Navas de San Antonio, totalmente desconectados de la fuerza principal y de sus mandos y sin saber dónde se encontraban exactamente.
          Aquellos hombres, completamente calados por la intensa lluvia que habían soportado toda la noche, cansados, hambrientos, aplastados bajo el peso de todo el equipo de combate que tenían que llevar, sólo deseaban encontrar un lugar donde descansar y recobrar fuerzas; no podían aventurarse a que les vieran los del pueblo, por la posibilidad de que avisasen a tropas gubernamentales, así que, campo a través, llegaron a un encerradero de los que había por la Dehesa de los Alijares y allí se metieron a intentar reponer las fuerzas.
          Desde allí, a una distancia de media legua, divisaban la ermita del Cubillo y, más lejos, sobre otro cerro, la de San Cristóbal; no sabiendo con exactitud dónde se encontraban, decidieron aproximarse a la primera y ver si el santero, si lo había, les encaminaba en la buena dirección.
          Con grandes precauciones, una vez que se hubieron repuesto, se fueron acercando hacia la ermita de la Virgen; lo que no sabían es que, al salir del encerradero, habían sido vistos por uno de los pastores de la dehesa que, al ver tantos hombres de armas tocados con las características boinas rojas, corrió a la cercana población de Villacastín a dar la voz de alarma.
          Casualmente se encontraba en dicha localidad un destacamento de dragones que, desde Valladolid, iba camino a Segovia para reforzar la guarnición de la ciudad a causa de la cercanía de las tropas carlistas; avisados por las autoridades de la villa de la posible existencia de un pequeño grupo de tropas enemigas en las cercanías, se decidió ir de descubierta e impedir cualquier acción que estas pudieran realizar. A poco la tropa estaba montada y guiados por un lugareño se dirigieron hacia la ermita de la Virgen, ya que en esa dirección se les había visto ir.
          Mientras, los soldados carlistas habían estado hablando con el santero de la ermita, que les informó de dónde estaban y cual podía ser su camino si querían volver a sus tierras; pero aquellos, desesperados por encontrarse en tan alejado lugar y rodeados de gentes que no defendían lo mismo que ellos, dieron rienda suelta a su nerviosismo y, después de matar al hombre que les había auxiliado, se apoderaron de todo cuanto les parecía que tuviera algún valor, sin tener en cuenta si eran objetos sagrados o no; después decidieron acercarse al cercano pueblo, del que les había informado el santero que no tenía ningún tipo de defensa y adueñándose de él, conseguir monturas para poder huir más rápidamente hacía sus hogares.


          A poco de irse del lugar, llegó el pelotón de caballería cristino y después de comprobar que los carlistas habían pasado por allí y los destrozos que habían ocasionado, pusieron al galope sus monturas para darles caza antes de que llegaran a Aldeavieja.
          Y, sí, efectivamente, les dieron alcance cuando empezaban a subir esa cuesta; los saqueadores, pues habían dejado de ser soldados para convertirse en eso, intentaron hacer frente a la caballería pero a las primeras de cambio se dieron cuenta de su inferioridad y decidieron desperdigarse por aquellos campos, pensando en llegar al bosque de robles que se vislumbraba en lo alto de la cuesta donde les sería más fácil defenderse o huir.
          No lo consiguieron, sus cuerpos quedaron allí tendidos, destrozados por los sables de la caballería.

          Desde entonces aquel lugar quedó con ese nombre: Matancavera; para recordar el sitio donde se produjo una matanza verdadera”.

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