22 de enero de 2017

Leyendas de Aldeavieja: Matancavera 2

          Os decía antes que había otra historia sobre ese nombre; ésta se la oí contar a mi abuela Margarita; una tarde, mientras zurcía unos calcetines de mis hermanos, a la solana de aquella galería que tenía la casa donde vivían en Segovia, nos la fue desgranando, poco a poco, a sus nietos, que la oíamos embobados sentados a su alrededor:
          “Sí, ya conozco ese sitio del que habláis, es la cuesta de Matancavera, y ¡anda que no me costaba subirla con estas pobres piernas mías…!, pero de niña… a la carrera lo hacía, con mis hermanos y mis amigas… íbamos a merendar a donde la Virgen y otras veces a la Jarrera, pero cruzando los prados en vez de ir por el camino de Peguerinos… la de veces que habré hecho yo ese camino a lomos de una buena mula o en el borriquillo de Julián… pero, sí, os estaba contando lo de Matancavera… mi padre lo llamaba el monte de la calavera, pues así se lo había oído decir a su abuelo, que ya sabéis que era de Urraca, pero venía mucho a cazar por estos campos... y buenas perdices y conejos que cazaba en ellos… sí, ya sé, me voy un poco por los cerros de Úbeda, ahora os contaré por qué se llama así…
          Hace ya muchos años vivía, en la calle Angosta, un matrimonio que era la comidilla de todo el vecindario; Manuel, el esposo, era un bebedor empedernido y no había noche en que no llegara a casa tambaleándose, sucio y con ganas de descargar el mal humor que le ocasionaba el alcohol en su mujer; ésta, que se llamaba Casilda, aguantaba como podía y pedía a la Virgen, en silencio, todas las noches, que la librase de esa carga.
          Una mañana, que se afanaba en arreglar la casa mientras su marido estaba en el campo, oyó la siguiente conversación a través de la ventana abierta que daba a la calle:
          -¡Hija! ¿Te has enterao de lo del Manuel?
          -¡No!, que me voy a enterar… ¿qué ha sido?
          -Pues que la Antonia le ha visto salir de casa de la Casiana, la viuda, antiayer por la noche…
          -No me digas, y… ¿tú crees?
          -No voy a creer, si esa pava está más necesitada…
          -Pero, ¿qué dices, chica…? Y, la Casilda ¿sabe algo?
          -Qué va a saber… pero, baja la voz, que tiene la ventana abierta… no nos vaya a oir…
          Y Casilda se enjugó con rabia una lágrima que la resbalaba por la cara…
          -¡Pachasco si os iba a oir…! Si habéis venido a mi ventana para que yo lo oyera… -se dijo mientras una furia sorda y negra la iba envolviendo-.
          Aquello era demasiado para ella, no sólo tenía que aguantar a un marido sucio y borracho, sino que, encima, tenía que compartir su cuerpo con otras mujeres, ¡a saber cuántas!; y no era sólo eso, no, pues ella ya no le quería… pero la humillación, la vergüenza… las miradas de las otras mujeres. Y de los otros hombres…
          Esa noche, cuando Manuel llegó a casa, como siempre apestando a alcohol y pidiendo a voces la cena, Casilda le sonrió y se apresuró a servirle las sopas junto a una jarra de buen vino de Cebreros.
          Al rato la cabeza de Manuel reposaba encima de la mesa, vencido por los vapores del vino, roncaba ruidosamente con la boca abierta de la que escapaban hilillos de baba; Casilda le miró con asco y, a la vez, con alegría; salió al corral y metiéndose en la cuadra tanteó en la pared hasta dar con lo que buscaba; contempló el hacha sopesándolo con ambas manos, estaba afilado y listo para su uso…
          Tuvo que darle más de cuatro golpes para separar la cabeza del cuerpo y todo estaba lleno de sangre:
          -Más que cuando matas un gorrino -pensó Casilda-.
          Tapó la cabeza con un trapo y armándose de valor cogió el cadáver por los pies y lo llevó arrastrando hasta el corral; tendría que echar barro nuevo en el piso para tapar toda aquella sangre que había en el suelo; pero aquello no era cosa que la amilanase, estaba acostumbrada a trabajar mucho y duro; su vida no había sido nunca un camino de rosas.


          Una vez en el patio siguió descuartizando el cuerpo con el hacha y, cuando acabó, fue metiendo todo en dos sacos; aparejó al burro y le echó encima los sacos; luego se asomó a la puerta del corral, era noche cerrada y no se veía ni un alma; un poco temerosa tiró de las riendas del asno y paso a paso salieron del pueblo por el camino de Villacastín; tiraría los restos por La Fresneda y allí se confundirían con los de cualquier animal muerto, en un día los buitres y las alimañas darían buena cuenta de ellos y sólo quedarían los huesos… y los huesos no hablan, se dijo.
          La cabeza era otro problema, pero enseguida pensó en un huertecillo que tenía pasado el Valle, a la izquierda del camino de la Virgen, junto al arroyo que bajaba de La Jarrera; allí la arrojaría al pozo que Manuel excavó hace ya muchos años, cuando aún no se había dado a la bebida y se podía decir que eran más o menos felices…
          Y así lo hizo al día siguiente, montada en su burro, fue al huerto como hacía tantas veces, ya que Manuel cada vez se dedicaba menos a cuidar de sus cosas, y una vez allí arrojó la cabeza, metida en un saquete con piedras al fondo, quedándose a oir el chapoteo del agua; entonces sonrió para sí misma, todo había acabado; ahora vendría otro problema, le preguntarían, querrían saber qué había pasado con Manuel, dónde estaba…
          Efectivamente eso sucedió:
          -¿Dónde anda el Manuel que hoy no ha venío a la taberna?
          -¿Y tu marío, que no se le ve por el campo?
          -¿Ande está el Manuel, tá malo?
          -No sé, anoche no volvió a casa; estará por ahí bebiendo –contestaba Casilda-.
          Pero pasaban los días y de Manuel nunca más se supo… nadie lo volvió a ver y por más que indagaron o que intentaron sonsacar de Casilda, nada sabían de su final, de si estaba vivo o si estaba muerto; si había marchado a otras tierras o si alguien lo había asesinado y había hecho desaparecer su cuerpo… nada; el único cambio que se produjo fue que Casilda estaba más alegre, más sana, más guapa… como si la vida hubiese vuelto a ella y todo le sonriera…
          Al año del suceso que os acabo de relatar, los paisanos que iban o venían por el camino del Cubillo les parecía oir gemidos cuando se disponían a subir aquella cuesta que ellos llamaban de las Arenillas; al principio no hacían caso, alguna alimaña  o el silbido del viento, decían… pero también les parecía oírlo cuando los hojas de los árboles no se movían y por más que miraban no veían cual podía ser la causa… cuando caía la noche no se atrevían a ir solos por aquellos parajes y sólo la absoluta necesidad les podía a empujar a ir por allí.
          Casilda oyó de aquellos lamentos y enseguida ató cabos de cual podía ser la causa, por lo que, pretextando una enfermedad de su madre, que vivía por Guadalajara, marchó del pueblo después de vender las pocas tierras que tenía, además de la casa y del huerto.
          -Nada me ata ya aquí, -decía a los vecinos-; sin Manuel esto no es lo mismo y mi madre me necesita; ya está mu mayor y sólo me tiene a mí.
          Cuando el nuevo dueño del huerto fue a ver su reciente adquisición, comprobó que los gemidos que se oían cuando se iba por el camino eran allí más audibles y que, a poco que escuchó, procedían del pozo.
          No podía ser que nadie hubiera caído en él, era mucho tiempo para que estuviera vivo.
          Con ayuda de su hijo mayor decidió investigar y atado a una buena cuerda descendió por el pozo para ver qué es lo que producía aquellos lúgubres sonidos. El pozo no era muy profundo, tres o cuatro metros, pues allí manaba el agua enseguida, y tanteando a la luz de un candil vislumbró un saquete ya muy estropeado, lo cogió y comprobó que había algo pesado en su interior; sin pensarlo más lo ató a la cuerda para que su hijo lo izase y luego subió él.
          Intrigados y excitados procedieron a abrir el talego y cual no fue su horror y sorpresa cuando encontraron dentro una cabeza humana, casi ya sólo una monda calavera.
          No tuvieron que dar muchas vueltas… “blanco y en botella” como se suele decir, sólo podía ser de una persona.
          Y así empezó a llamarse aquel lugar, el sitio de la calavera: ¡Matancavera!.”

          Cuando mi abuela acabó, mis hermanos y yo nos miramos aterrorizados, con ese gustillo que da el miedo en compañía; mientras, ella, sonreía para sí tras sus gafas a la vez que acababa con la labor y se levantaba para recoger la ropa.

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