2 de agosto de 2017

Tierras del Cardeña. 13.

          Con gran cuidado retiramos tres de las grandes piedras que habíamos colocado en el hueco que había dejado la puerta incendiada; después, en silencio y arrastrándonos nos dirigimos hacia la ladera que daba al río; habíamos observado que, por esa parte, había menos enemigos, el contingente era menor, por lo que podríamos pasar entre ellos con más posibilidades de no ser vistos; éramos cazadores, y un buen cazador no causa ni un solo ruido, si quiere, cuando está al acecho o tras las huellas de su presa; nos fue fácil pasar entre la débil vigilancia que los moros habían colocado; pronto estuvimos al otro lado del río, en pleno bosque de robles.
          -Ahora nos dividiremos en dos grupos, marchando por fuera de la vigilancia enemiga; tenemos que encontrar el lugar donde guardan sus caballos; el primer grupo que lo consiga lanzará, por tres veces, el ulular de la lechuza; ese grupo, después de eliminar a los posibles centinelas, se llevará los caballos en dirección a San Mikel, con seis que vayan bastará; luego, silenciosamente, el resto se unirá con el otro grupo… y ya sabéis lo que se tiene que hacer.
          Todos escuchamos en silencio las indicaciones de Martín; nadie preguntó nada y nadie dudó ni un solo instante; estaba claro quién mandaba; los demás éramos sus subordinados.


          Partí, al frente de uno de los grupos en dirección norte; rodeamos, amparados por la oscuridad, el cerro donde se aposentaba la iglesia y llegamos al borde donde antes se alzaban algunas de nuestras cabañas; allí en una especie de plazoleta formada por las ruinas humeantes habían alzado su campamento los moros; había hogueras encendidas a cuya luz vislumbramos a los guerreros, unos descansaban echados sobre las sillas de sus monturas, otros preparaban sus armas para el día siguiente; algunos comían y otros charlaban entre ellos seguros por la vigilancia que habían puesto…. por el lado de los sitiados. Algunas tiendas, de forma cónica y de colores brillantes, se alzaban de tanto en tanto, aguardando la hora en que los guerreros se alojasen en ellas para bien dormir; nunca pensarían que el peligro pudiera llegar desde sus espaldas.
          Cerca, en un corralón que habíamos levantado para guardar las ovejas en invierno, tenían a los caballos; nunca habíamos visto una manada tan grande y con tan buena presencia; eran caballos de pura raza árabe, blancos, negros… de un tamaño y una presencia imponente; no había centinelas guardándolos, así que, lentamente y después de haber realizado la señal correspondiente al otro grupo para que supieran que habíamos cumplido el primer objetivo, abrimos con cuidado el portón y fuimos conduciendo fuera a los animales; cuando los tuvimos a una distancia suficiente, los compañeros elegidos marcharon, lo más silenciosamente posible, en dirección a nuestro antiguo asentamiento; ya se vería, si todo salía bien, qué hacíamos con ellos, nos quedamos con los justos para que cada uno de nosotros tuviera su montura, pues eso era parte del plan.
          A poco llegaron Martín y los suyos, con gesto alegre al ver que, por ahora, todo había salido a pedir de boca. Esperamos un rato para que, los que se habían llevado los caballos, estuvieran a una distancia prudencial y, después, montamos cada uno en uno de aquellos animales tan bellos y fuertes.
          Nos reagrupamos a poca distancia del campamento enemigo; procurando no hacer demasiado ruido, fuimos encendiendo ramas de árbol que nos pasamos de mano en mano; a una señal, galopamos en nuestras nuevas monturas irrumpiendo por medio del campamento; arrojábamos las ramas ardientes a las tiendas mientras, pegando gritos, volcábamos las ollas donde preparaban su comida o destrozábamos cualquier cosa que hubiese por medio; para los moros fue como si una muchedumbre de demonios se hubiera arrojado sobre ellos, estaban tan sorprendidos y espantados que no les dio tiempo de echar mano a las armas; arrasamos cuanto pudimos y luego, reagrupados de nuevo en un extremo de aquella explanada disparamos sobre ellos una lluvia de flechas que terminó por desmoralizarles completamente; corrieron hacia la cerca donde suponían que estarían sus caballos y, al encontrarla vacía, se volvieron en medio de gran confusión intentando huir, lo más deprisa que podían, en dirección a Abila, abandonando armas y bagajes, entonces galopamos de nuevo sobre ellos, esta vez con nuestras espadas y lanzas y atropellamos y matamos a cuantos enemigos se nos pusieron delante.
          Después, Martín dio una señal y nos agrupamos y marchamos en dirección a la iglesia; dejamos a algunos compañeros de vigías por si los moros se atrevían a volver y dando vítores y llamando a nuestros familiares descabalgamos al pie de los muros mientras nos abrazábamos riendo y llorando, no sabíamos si de felicidad, de victoria, de puro nerviosismo o… ¡yo qué se…!
          La noche pasó, tensa y alegre a la vez y, al amanecer, volvimos hacia la explanada donde estuvo el campamento sarraceno; los vigías que dejamos nos dijeron que no se había oído ni visto movimiento alguno; con la luz de la mañana, mandamos una patrulla para que, a caballo, inspeccionase la ruta hacia Abila y nos informase, después, de lo que hubiera visto.
          Contamos más de cien cadáveres tendidos sobre la tierra, a los que había que añadir los que habían caído cuando ellos nos atacaron el día anterior; más de la mitad de nuestros enemigos habían muerto o estaban desangrándose ante nosotros; casi no nos podíamos creer que hubiéramos salido con bien de aquel peligro; cuando regresaron los compañeros que habían marchado de reconocimiento nos contaron que toda la ruta hacia la ciudad se encontraba sembrada de cadáveres; por lo visto, los de Ojos Albos y Blasconceles habían visto las llamas y alertados, salieron hacia la zona de Sillas Jineta y del río Voltoya donde dieron buena cuenta de aquella tropa que tanto nos había aterrorizado.
          Busqué con la mirada al bueno de Martín, pero por más que miré no le vi por lado alguno; pregunté por él, nadie lo había visto desde que regresamos a la iglesia, por la noche, después de haber saqueado el campamento moro; no me gustaba aquello y, al galope, volví hacia la iglesia, allí tampoco estaba, nadie lo había visto; miré en la sacristía,  le llamé a voces, corrí de un lado para otro… pero nada; ni rastro de fraile…
          Había desaparecido… como había venido, se había ido, ¿dónde?
          No encontramos nunca señales de él, ni oímos noticias referentes a su persona; lo cierto es que no tuvimos, nunca más, que hacer frente a ningún otro ataque de los moros; poco años después, hacia el año de Nuestro Señor de 1085, nuestro rey, Alfonso VI conquistaba Toledo, alejando el peligro moro de nosotros, para siempre; a partir de ahora otros peligros nos acecharían, pero nunca más nos tendríamos que enfrentar al Islam.

          Recordaréis que había otro fray Martín en San Mikel y otro en Ojos Albos, como lo hubo también en Blasconceles; les pasó como a nosotros; en un momento dado, cuando el pueblo se asentó definitivamente y dejó de peligrar su existencia… desaparecieron; fue un gran misterio para nosotros del que nunca pudimos hallar la causa; pero jamás lo olvidamos y siempre, en nuestros rezos, nos acordamos de él y agradecemos al Señor su presencia entre nosotros, aunque fuese corta.

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