12 de abril de 2018

Leyendas de Aldeavieja: La ermita de la Luz (V)


          Ese mismo día, todo lo sucedido se supo en el pueblo; era la comidilla en la cola del caño y en la taberna, en el río entre las lavanderas y en las eras; todo el mundo daba su opinión y su consejo y hasta las “fuerzas vivas” hablaron de reunirse para ver de encontrar una explicación o una solución a aquellos sucesos tan extraños.


          Si antes iba poca gente a la ermita, ahora iba menos, bueno, mejor dicho, no iba nadie, y los lugareños, al pasar por el camino real y llegar frente a ella, se cambiaban de lado por estar lo más alejados posible de aquel foco de maldad; y todo ello a pesar de que el señor cura dijo, desde el púlpito, que aquel sitio era un lugar consagrado, y ninguna fuerza diabólica podía permanecer en él.
          Resucitaron, de nuevo, todas las viejas leyendas que había sobre la ermita; las historias de judíos, de moros, de embrujados y de brujas, de endemoniados y de muertos; y tal parecía que en el pueblo, sólo había habido historias de diablos y almas en pena.
          La misma arboleda, en la que se contaba que habitaba el trasgo, o demonio, que visitaba la ermita, era un lugar maldito al que nadie osaba acercarse.
          Julián tuvo que volver, al fin, al Alamillo; ya estaba restablecido (al menos, físicamente) y el amo le había mandado llamar; tenía que ir, si no quería perder su trabajo; así que, una mañana, enjaezó a “Lucero” y, por el camino del campo, cruzó la sierra y comenzó, otra vez, con sus faenas con las vacas y los caballos.
          Pero, desde la primera noche, algo extraño le ocurría: pasada la medianoche, o poco antes, comenzaba a sentir un hormigueo furioso en la mano derecha, un picor irresistible que le despertaba y que, al encender el candil, le mostraba la mano enrojecida y en la palma, como si quisiera salir de ella, la marca del eslabón palpitaba y parecía moverse… ya no sabía si eran sueños o era realidad, pero los ojos de aquella figura refulgían unos instantes, como echando chispas y su boca se abría y se cerraba como diciéndole unas palabras que, claro está, no llegaban nunca a sus oídos… después de eso, le era casi imposible volver a dormirse y pasaba el resto de la noche dando vueltas y temiendo que aquel escozor le volviera y aquella efigie volviera a mirarle con aquellos ojos inhumanos.
          El amo se percató de que Julián ya no rendía como antes, su cara reflejaba siempre un miedo y un cansancio que no era normal; sus compañeros que, al principio, se mofaban de él, ahora le rehuían y procuraban no mirarle, sobre todo cuando, al llegar la noche, le sentían despertarse y encender el candil… se daban media vuelta y se tapaban totalmente con las mantas, no queriendo ver cómo sufría, no fuera a contagiarles aquel demonio que, creían, le visitaba en la oscuridad.
          Julián tuvo que volverse al pueblo; el amo le dijo que cuando se restableciese de “aquello” volviera, que siempre tendría trabajo allí, pero que mientras siguiera con “aquello” no podía mantenerlo en su puesto, pues sus compañeros le evitaban y hasta se daba el caso de que las mismas bestias con las que trabajaba le soportaban malamente.
          Inexplicablemente, la primera noche que pasó en el pueblo durmió a pierna suelta, como si nunca lo hubiera hecho; su madre lo tuvo que llamar a las doce de la mañana siguiente, zarandeándole, por temor de que nunca fuera a despertar; Julián se levantó como nuevo, cansado todavía después de tantas noches de vigilia, pero con otro ánimo; la mano no le había molestado en ningún momento y aquello le llevaba a pensar que, quizás, aquel ser que habitaba en el eslabón, o en su mano, o en la arboleda, o donde fuera, le dejaba de molestar en cuanto había vuelto a su lugar de residencia… no podía ser de otra manera; cuanto más le daba vueltas a esa idea, más se daba cuenta de que debía de ser cierta; no obstante, pensó, con algo de miedo, que habría que esperar a pasar otras noches más, a ver si ocurría lo mismo: que no ocurriera nada.
          Después de comer salió a la calle, no se encontraba con fuerzas para encontrarse con sus amigos y que todos le preguntaran sobre su mano, sobre su trabajo, sobre el ser diabólico, sobre… y ¿qué les debía de decir? ¿acaso tendría respuestas a sus preguntas cuando no las tenía de las suyas propias?
          Salió por las traseras hacia el Barranco, tomó el camino que iba hacia Blascoeles con la intención de llegar a alguno de los prados y tenderse bajo la sombra fresca de los árboles y pensar… tenía mucho que pensar… ¿o… quizás no? ¿qué iba a sacar en claro de dar vueltas y vueltas a los mismos hechos, como hacía  desde semanas atrás? Sumido en estos pensamientos llegó a la altura de las piedras “eslizanderas”, unas niñas se dedicaban a lanzarse por el tobogán de piedra que miles de posaderas habían pulido desde tiempos inmemoriales, entre ellas las suyas; si todo fuese tan fácil como cuando se es niño…
          Se tendió bajo un fresno, la espalda apoyada en su tronco, y se miró la mano; allí, grabada a fuego estaba la imagen del eslabón, del maldito eslabón que en maldita hora descubrió en esa maldita ermita en la que una maldita noche se le ocurrió entrar…
          Estaba claro que aquello era algo diabólico, si no ¿cómo se entendía que aquello se grabara en su mano? ¿ cómo explicar la aparición y la desaparición de aquel eslabón infernal? ¿por qué le había estado vigilando todas las noches desde que había vuelto al Alamillo? ¿de qué le servían las explicaciones de don Enrique, o de don Marceliano o los cuentos del tío Boni?
          Aquello era desesperante; Julián reconoció que no iba a adelantar nada dándole vueltas en la cabeza a todas las cosas raras que le habían ocurrido, y, sin embargo, tenía que hacer algo; alguna cosa se podría hacer para acabar de una vez por todas con todo aquello; pero también entendió que a él solo le iba a ser muy difícil.
          Volvió a su casa, no quería estar fuera cuando fueran retornando sus paisanos de las tareas en los campos; su madre le vio entrar por la gran puerta trasera, de vieja y gastada madera, que daba al Barranco; daba de comer a los cerdos, un par de animales jóvenes a los que había que cebar para la matanza, mondas de patata, pan duro y algo de cebada eran devorados por aquellos gruñones.
          -¿Ya vuelves, Julián?
          -Ya estoy de vuelta, madre.
          -¿Dónde has ido?
          -Un paseo hasta los prados…
          -¿Qué va a ser de ti, hijo?; has perdido el trabajo, pierdes la salud día a día; no comes, vagas por ahí como un alma en pena, siempre callado, triste… ¿qué vas a hacer?
           -No lo sé, madre, no lo sé…
          -Yo que tú iba a ver a la tía Micaela, la de Ojos Albos, ya sabes… dicen que es un poco bruja… pero yo la he visto arreglar casos más raros que el tuyo, hijo; ¡dime que irás a verla! ¡hazlo por mi!
          -La haré caso, madre; total, no tengo nada que perder… y mal no me hará.
          Aquella noche, Julián volvió a dormir bien, sin sobresaltos, de un tirón; a pesar del temor a que le pasase lo que le ocurría cuando estaba en el Alamillo, parecía como si el estar en su pueblo, o el estar cerca de la ermita, confiriera una especie de paz o de tranquilidad a lo que fuera que tuviera dentro.
          Cuando despertó, y tal como le había prometido a su madre, preparó a su burro y poco después tomaba el camino de la sierra que, a través de Silla Jineta, le conduciría al cercano pueblo de Ojos Albos.
          Mientras se encaminaba hacia la aldea, Julián iba pensando en lo que sabía de la tía Micaela; era algo familia, como lo eran todos en los pueblos de alrededor, hermana de la madre de su padre… o algo así; era ya muy vieja, nunca se había casado y vivía de unas colmenas que cuidaba como a las niñas de sus ojos; se decía que era bruja y que hablaba con los animales; era verdad que era fácil sorprenderla diciendo cosas a los insectos mientras éstos se posaban en sus manos o libaban el polen de las flores que ella multiplicaba en su corral. Tenía fama de curandera y ella administraba, a quien se lo pidiera, remedios hechos con la miel que cosechaba o con cera o polen; nunca cobraba nada por sus favores; siempre con una sonrisa en la boca y una palabra amable y dulce para con todos los que se acercaban a ella; era, en fin, como una viejecita buena de los cuentos infantiles, pero con un punto de misterio que impedía a las gentes intimar con ella; tal vez porque el espacio entre la brujería y la curandería, la soledad y la bondad, el misterio y el esoterismo es muy estrecho y, a veces, son sólo la otra cara de la magia negra, el ocultismo y la brujería.
          Las mujeres se acercaban a ella cuando querían tener hijos y parecía que no podían; las enamoradas y los enamorados le pedían consejos y bebedizos para curar sus males; siempre se acudía a ella cuando se sospechaba que alguien había echado mal de ojo a alguno y también cuando se quería un remedio contra la fiebre, o el dolor menstrual o cuando el niño tenía lombrices y el médico no estaba o no se tenía el dinero suficiente para llamarle.
          En estas cosas iba pensando Julián cuando llegó al pueblo; no tuvo que adentrarse en él, pues la casa de la tía Micaela estaba al borde del camino, un poco separada de las demás  y al abrigo de una gran peña que se alzaba tras la vivienda como un guardián, protegiéndola de los aires y del frío.
          La encontró en el corral, ataviada con un delantal y un pañolón negro se ocupaba de regar los macizos de flores en los que zumbaban verdaderos enjambres de abejas; apenas había abierto la puerta cuando ella alzó la cabeza y le dedicó una sonrisa que parecía que llevaba dentro toda la serenidad y bondad del mundo.
          -¡Hombre, ya has venido, Julián! ¡has tardado bastante!
          -Buenos días tía Micaela….
          -Te esperaba desde hace una semana, pero… en fin, ¡ya estás aquí!
          -¿Cómo sabía que vendría?
          -Hijo, cuando se tiene mi edad y se sabe lo que pasa por los alrededores, y más un caso como el tuyo que está en boca de todos… se sabe que se termina por venir a visitar a esta pobre vieja.
          Dejando la botija con la que regaba en el suelo, le indicó a Julián un banco de piedra que estaba bajo un emparrado mientras ella se metía en la casa.
          Julián se sentó mirando con curiosidad aquel corral, no muy grande pero muy bien aprovechado, muy cuidado y en el que, realmente, se estaba muy a gusto.
          Al poco salió la dueña de la casa con una bandeja en la que reposaban dos vasos de grueso cristal llenos de aguamiel.
          -Enséñame esa mano, Julián.
          El mozo alargó la mano y la tía Micaela la tomó entre las suyas; pasó uno de sus rugosos dedos por encima de la marca del eslabón, se la acercó a los ojos para verla mejor y, finalmente, la soltó sobre la mesa.
          -El problema, o por lo menos parte de él, está en este grabado. En el momento en que se marcó en tu carne pasaste a formar parte, de alguna manera, de la sustancia del ser que te encontraste en la ermita y, está muy claro, no es un ser benévolo precisamente.
          -Entonces, si consiguiera borrarlo… ¿todo volvería a ser como antes?
          -Sí.
          -Y… ¿usted cree que habría alguna manera de hacerlo?
          -Casi nada es imposible, pero puede ser muy complicado y laborioso.
          -Haría cualquier cosa…. ¡Lo que fuera necesario!.
          -¡Escucha…! Te voy a dar una crema hecha de plantas que sólo yo conozco y te la extenderás por la palma de la mano; lo tendrás que hacer una noche de luna llena, dentro de una iglesia con culto y arrodillado a los pies de una imagen de un Cristo de la Buena Muerte, esto es… de un Cristo muerto, como el de la ermita donde te pasó todo; es más, para que te sea más fácil, podrá ser en la misma ermita…
          -¿Tan sólo eso?
          -¡No!, hay más.
          -¿Qué más?
          -No podrás decir nada de esto a nadie, ni padre, ni madre, ni amigos, ni cura… ¡ni nadie!
          -Eso está hecho!
          -Cuando lo hagas estarás desnudo, ni una sola prenda de vestir sobre ti, ni en contacto con tu piel… tal cual como cuando naciste; ni boina, ni abarcas, ni cinto, ni pañuelo…. ¡nada!
          -Entendido, como mi madre me echó al mundo.
          -Y dirás: “la luz me guía, a ti la sombra…. y la sombra desaparece con la luz… ¡vete!”
          -¿Algo más?
          -Nada más; pero…. ¡recuerda! Lo tendrás que hacer tal y como te he dicho; si no te acuerdas… ¡apúntalo en algún trozo de papel!.
          -Me acordaré.
          -Más te vale, pues en caso contrario….
          -¿Qué pasaría?
          -Realmente, no sé qué pasaría, pero yo no jugaría con esa posibilidad. ¡Hazlo como te he dicho y no te tendrás que preocupar de nada!
          -Lo haré.
          -¿Recordarás todo?
          -Lo recordaré.
           La anciana entró de nuevo en su casita y salió al poco llevando un tarro de vidrio que iba envolviendo en un trapo; se lo entregó al muchacho y le dijo:
          -¡Toma, ésta es el unguento que necesitas! ¡Vete con Dios!
          Julián se lo agradeció y saliendo del corral, guardó el tarro en las alforjas de ”Lucero”; luego, se subió al animal y volviéndose se despidió de la tía Micaela.
          -¡Adiós y gracias, tía! La recordaré en mis oraciones.
          -Anda muchacho, vete ya… y dale recuerdos a tu madre; dile a la Luisa que me acuerdo mucho de ella.

(continuará)

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