4 de diciembre de 2016

Aldeavieja: Domingo Castro Camarena

          Ahora que se ha puesto de actualidad (gracias al estreno de una película) la gesta de unos españoles, allá por 1898, en aquella guerra absurda y sangrienta que se desarrolló entre España y Estados Unidos, en el lejano enclave filipino de Baler, puede ser un buen momento para publicar esta breve semblanza, cuasi-histórica, de uno de esos héroes, natural de nuestro pueblo: Domingo Castro Camarena; es una historia novelada en la que se rellenan algunos momentos desconocidos de su biografía, pero todos los datos históricos son correctos; para ahondar más en los hechos militares se puede consultar el estudio que sobre nuestro personaje publicó Juan Antonio Martín Ruiz en el nº 42 de Cuadernos Abulenses, del año 2013; también, en la entrada de 4 de enero de 2016 de este blog, se puede encontrar información suplementaria.

          Recuerdo mi niñez como en un sueño: aquella casa baja en Aldeavieja, en la calle Ancha, en la que nací; mi padre, José Castro, era gallego y no sé cómo fue, pero vino a casarse con una mujer de Castilla; creo que, de joven, vino a Villacastín para aprender el arte de la piedra; era cantero, allá en Lugo y había oído hablar del granito de Castilla, menos duro, más moldeable que el de su tierra, era verano y cuando en el pueblo de al lado fueron las fiestas, allá fue; ¡la Virgen del Cubillo!, era famosa en toda la región, y estuvo en la romería y allí... bueno, creo que desde que el mundo es mundo, o así me lo han contado, los mozos y las mozas se han apalabrado a la sombra de la ermita...  ¡esos son sus milagros!, ¡y vaya si lo son... que de ellos nacen muchachos!; mi madre, Blasa,  tenía los ojos azules, los mismos que he heredado yo, y ese pelo rubio que a saber que sangres de qué tierras lo habrán traído a este rincón de Castilla... se casaron en la ermita, allá en El Egido y a los ocho meses nací yo; dicen que en este pueblo casi todos los críos nacen en junio, entonces nos miramos con una media sonrisa, nos guiñamos un ojo y decimos: ¡Bendita sea la Virgen del Cubillo!
          Pero contaba yo... a poco de la boda mi padre dijo de volver a su tierra, allí tenía su trabajo, pero mi madre le convenció: ¡mira que lo que venga no va a venir sólo, así, sin ayuda... y aquí está mi madre, y mis hermanas, y quiero que ellas me ayuden y tú, mientras, puedes echar una mano a mi padre con las tierras y trabajar en lo tuyo, que aquí no hay nadie con tu arte y trabajo no te ha de faltar...!
          Y se quedaron, y aquí nací, en Aldeavieja; y aquí pasé los primeros diez años de mi vida, ayudando a mi padre, aprendiendo su oficio, quizás no lo sepa ya nadie, pero fue él, con mi poca ayuda, quien labró la fuente de cuatro caños que hay junto a la iglesia, ¡que bien quedó!, no hay otra igual en los pueblos de alrededor, ni siquiera en Villacastín; y también ayudaba a mi abuelo, con su ganado, al que yo llevaba a pastar; aprendiendo las primeras letras, y las cuentas, con don Mamerto, el maestro; y haciendo mil pillerías con los chicos de mi edad: con Ciriaco, Pablito, Julián, Goyito... y tantos otros de los que he olvidado el nombre, pero no sus caras.
          Aquellas mañanas de invierno, casi sin luz, salíamos de casa con las abarcas, los mitones y el pasamontañas, las rodillas rojas de frío, el cabás en la mano, corriendo sobre el empedrado, calle Ancha abajo, haciendo resonar nuestros pasos en la calleja de la Ranza para escuchar el eco que se hacía contra las paredes de las casas y enfilando al galope la calle Real hasta llegar a la escuela. Allí, con las manos ateridas, doloridas por los sabañones que el frío formaba en los nudillos, que teníamos pelados de tanto rascarnos...intentábamos cerrar una o, hacíamos filas de palotes y nos temblaba el plumín goteando tinta sobre el cuaderno ¡que frío, madre, hacía en aquel pueblo en invierno!; cuando rememoro mi infancia, el hielo que se metía hasta los huesos es uno de mis recuerdos principales; y el gusto que daba cuando volvías a casa y madre tenía la cocina encendida y nos acercábamos, las manos por delante, a calentarnos mientras tomábamos nuestra rebanada de pan con vino y azúcar.
          Ya más mocito iba con mi madre al Arca Madre, al riachuelo donde ella lavaba la ropa y yo me bañaba; en verano, claro; la recuerdo con el cesto de la ropa en la cabeza, apenas equilibrado con una mano, mientras con la otra sostenía la tabla y el rodillero; yo iba detrás, descalzo, pantalón de pana corto y camisa mil veces remendada; allí, alrededor de las pozas formadas al efecto, se reunían las mujeres del pueblo a lavar, mientras, los chiquillos jugábamos, alborotábamos y acabábamos dentro del agua, en otras pozas río abajo, desnudos como animalillos, y secándonos al sol tumbados en una lancha o sobre la hierba de algún prado vecino.
          Cuando crecimos un poco más íbamos a escondidas el día en que eran las muchachas las que acompañaban a las madres al arroyo; agazapados entre los árboles espiábamos sus cuerpos desnudos, señalando a esta o aquella, riendo como si fuéramos ya hombres e ignorando, pobres tontos, que ellas hacían lo mismo cuando éramos nosotros los bañistas.
          A mi padre le veía poco, trabajaba de sol a sol en las canteras de Villacastín y cuando llegaba a casa nosotros ya estábamos en la cama, y digo nosotros porque había nacido mi hermana y ya éramos cuatro en la familia; sólo los domingos estábamos con él; al levantarnos le veíamos sentado a la mesa delante de su tazón de leche con sopas de pan y la copita de aguardiente junto a su mano; nos subía a las rodillas y con aquel acento gallego, que nunca perdió, nos preguntaba por la escuela, por los amigos y después, vestidos de domingo, nos llevaba a la iglesia, mi madre cogida a su brazo, sonriente y mi hermana y yo de sus manos.
          Con mi abuelo Pablo me llevaba muy bien; me contaba historias de cuando los carlistas entraron en el pueblo, robando cuanto veían y cómo les engañaban ocultando las cosas; de cómo pasaban las partidas de los “facciosos”, así llamaban entonces a esta gente, perseguidos por la caballería del Gobierno; recordaba a un general muy joven, un tal Fernández de Córdova, de los lanceros de la Princesa, con su uniforme impecable, de pie sobre los estribos de su caballo y dando órdenes, en medio de la plaza del pueblo, cuando perseguían a un tal “Perdiz”, jefe de una de esas cuadrillas de carlistas.
          -¡Qué hombre!- decía mi abuelo –con sólo dar una orden, los jinetes obedecían como uno solo,  haciendo volverse a los caballos o lanzándose al galope con una rapidez y una maestría... ¡qué hombre!. Y yo me imaginaba montado en un caballo corriendo tras enemigos imaginarios y volviendo vencedor de mil batallas y a mi abuelo esperándome en la plaza para abrazarme y decir -¡Que hombre!, ¡pero qué hombre es mi nieto Domingo!.
          Cuando cumplí los diez años nos fuimos a Galicia; ya éramos cuatro hermanos, tres chicas y yo, que era el mayor; fuimos a Monforte, de donde era mi padre, a una casa para nosotros solos, de piedra con musgo en las paredes; volví muchas veces a mi pueblo, a Aldeavieja, cuando murió mi abuelo, a la boda de una prima, con mi madre, que echaba mucho de menos el sol de Castilla; y así seguimos, yo ayudando a mi padre como cantero, oficio al que estaba destinado y que no me gustaba; echando también de menos los campos abiertos de mi niñez; pero viviendo, quedándome colgado de unos ojos verdes con los que me cruzaba todos los días, cuando iba a la cantera... y cumplí veintiún años, y, no sé muy bien el por qué, antes de que me llamasen para las quintas, me presenté voluntario para el servicio militar; no lo hice por ganas de irme o por ínfulas militaristas, sino porque las 200 pesetas que entonces se daban a los voluntarios me iban a venir muy bien si, cuando acabase, aquella chiquilla y yo llegábamos a un acuerdo, ya me entendéis...
          Había guerra, lejos, en las colonias, en Cuba y Filipinas; ¡mira que también sería mala suerte que me tocara ir allá…!; y sí, me toco ir a Filipinas, al otro lado del mundo; no quiero ni contaros las lágrimas que derramó mi madre y las que soltaron mis hermanas; mi padre no dijo nada, me puso una mano en el hombro y me miró a los ojos, los tenía húmedos, pero tan serenos como siempre:
          -Cumple como lo que eres, hijo –me dijo- y vuelve.
          Después me abrazó como sólo lo había hecho antes cuando era niño y era él el que se iba a algún lugar lejano a trabajar.
          Poco tiempo estuve en mi pueblo; un tres de marzo estaba en La Coruña montando en un tren que nos iba a llevar a Madrid, y desde allí a Barcelona, donde nos esperaba un barco que nos llevaría a nuestro destino; mis padres y mis hermanas se agolpaban en el andén desplegando sus pañuelos para despedirme; tres años largos pasarían hasta que los volviera a ver.
          El 20 de mayo de 1897 zarpábamos en el vapor correo Covadonga; el viaje en barco fue largo, muy largo; los primeros quince días estuve enfermo constantemente, vómitos, mareos, perdí seis kilos; luego hacíamos la instrucción en la cubierta, y las prácticas de tiro; con nuestro traje de ralladillo y nuestros amplios sombreros de lona; y, a ratos, disfrutábamos del mar; a nosotros, gente de tierra adentro, nos llenaba los ojos de eternidad y, aunque a veces echábamos de menos las montañas y los verdes bosques, aquella inmensidad azul o gris, llenaba nuestros corazones de un no sé qué que nos hacía permanecer quietos, asombrados, fumando un cigarro tras otro apoyados en las barandillas.


                                                                                            Domingo Castro Camarena

          Tercera Compañía del Batallón de Cazadores Expedicionario nº 2, esa es mi unidad. Ni mejor ni peor que otras, pero teníamos buen ambiente y, al estar tan solos y tan lejos de los nuestros, era muy fácil sentirnos casi como hermanos, como una gran familia.
          Por fin llegamos al puerto de Manila, el 18 de junio, casi un mes de viaje, hasta el otro lado del mundo, ¿qué se nos habría perdido a nosotros allí?, ¿qué defendíamos, aparte de nuestra bandera?, ¿los intereses de los tabaqueros?, porque eso sí, tabaco nunca nos faltaba, y, además, bueno. Enseguida nos enteramos que nuestra estancia no va a ser tranquila, los compañeros “veteranos” nos informan que estamos en guerra de nuevo, los ataques de los insurgentes a los puestos y a las patrullas son continuos; no es eso lo que esperábamos.
          Mi bautismo de fuego ocurrió en septiembre, en la localidad de Aliaga, donde tuvimos que hacer frente a los indígenas sublevados; ver la muerte tan cerca me hizo comprender la tontería que había cometido por 200 pesetas.
          Parece que hemos tenido suerte, a la semana de estar aquí se ha firmado un armisticio, o algo así, nos van a enviar a Baler, sustituiremos a un regimiento que ha estado más de dos meses defendiendo la posición de los ataques de los tagalos; Baler es la capital de la provincia de El Príncipe, y dicen que, normalmente, es un sitio tranquilo, con buena gente, ya veremos.
          Hemos llegado, desde Manila nos han traído en barco, un vapor llamado Compañía de Filipinas; estamos en febrero de 1898; esto es más pequeño y miserable que el peor poblacho de España; aparte de que las casas sean de paja y madera, cuando llueve es un barrizal y la selva rodea el poblado por todas partes menos por donde da al mar; durante cinco meses hacemos una vida normal: nuestras guardias, servicios, hay mucho tiempo libre, y aunque en España está acabando el invierno y empezando la primavera, aquí siempre es igual el clima; llega un momento en que llega a aburrir, y hasta echo de menos la nieve y el hielo; sólo el mar me consuela, cuando libro me acerco a la playa, a veces nos bañamos, en pelota viva como cuando éramos chiquillos en el pueblo, las más de las veces me siento en la arena, mirando lejos, de donde vienen las olas y me imagino que mi madre, y alguien más, están allá, en Galicia, mirando también el mar, y que nuestras miradas se pueden encontrar en alguna de esas crestas de espuma blanca.
          Estamos con la mosca tras la oreja, no hay nadie, los nativos se han largado y el capitán nos ha mandado llevar todos los víveres que encontremos a una vieja iglesia, nos vamos a atrincherar allí, pues es el único edificio de piedra y ladrillos que hay; parece que se espera un ataque. Hace cinco meses que vinimos y ya sabemos de qué pie cojean los filipinos: no nos quieren, es lógico, yo tampoco querría que un francés o un portugués mandara en mi tierra, nos llaman castelas o castellas, por Castilla; y es mejor no darles la espalda.
          Esto es un infierno, es Navidad y nada de lo que nos rodea y vivimos nos lo recuerda; excepto alguna salida para hostigar a los rebeldes, llevamos desde julio encerrados entre las paredes de la iglesia; nuestro capitán ha muerto, ha habido compañeros que han desertado, muchos están enfermos; los tagalos nos tirotean día y noche, la comida racionada, la ropa… ni un mendigo la querría; luego las habladurías… que si la guerra ha terminado, que la hemos perdido, que nuestro teniente está loco, que moriremos todos… se habla de que nos han ofrecido la rendición y que no se ha aceptado; que los americanos han hundido nuestra escuadra de Cuba y la de aquí; en fin, lo único que no nos falta es munición, pero de lo demás… poco queda.




          Ha pasado la Navidad, estamos en 1899 y nuestra situación se va volviendo insostenible; por mucho que queramos, o quieran nuestros jefes, poco vamos a resistir; menudean los intentos del enemigo de parlamentar, ofrecen el oro y el moro y, a pesar de los intentos de los oficiales de que no nos enteremos de nada, se habla, y hablamos, de que ya hemos sufrido demasiado… pero también está el miedo a lo que nos pueda ocurrir si nos rendimos… hemos matado a muchos de ellos.
          He cumplido 23 años, no me ha felicitado nadie; como tabaco no falta, estoy arrimado a una pared, descansando y fumando un cigarro…  acabo de terminar una guardia en las aspilleras que miran al mar, no se veía, pero como el viento sopla de allá, se le oye perfectamente, como en Galicia… ¿Cuándo volveré a ver a mis padres y a mis hermanas? ¿Cuándo volveré a ver los campos de mi pueblo, la ermita de San Cristóbal, las eras, la escuela…? Hay momentos en que se me borran de la memoria, que no puedo concretar aquel rasgo de mi padre, o el color de los ojos de mi madre, o si había un árbol o no lo había junto a la puerta de casa.
          Por fin, salimos de aquí; esto se ha acabado. No sé cuales habrán sido los motivos o las razones, pero nuestros jefes nos han reunido y el teniente Martín nos ha explicado que la guerra ha terminado y que la hemos perdido; que nos vamos para Manila y desde allí nos van a repatriar para España… ¡al fin!, ¡volver a casa!. Tengo emociones encontradas, de un lado: tanto sufrimiento para nada, tanta muerte, tanta hambre… del otro… ¡qué alegría! Volver a casa….
          El teniente nos ha formado, hemos salido de la iglesia desfilando con las armas al hombro; después, formados en la que fue plaza del pueblo, hemos entregado nuestros fusiles a los tagalos, dicen que por nuestra seguridad y, “protegidos” por ellos, comenzamos a marchar hacia Manila.
          Más de un mes nos ha llevado llegar a la capital, para ser exactos: un mes y cuatro días.
          Nos ha pasado de todo; fuimos insultados, robados (a mí, personalmente, me ataron a un árbol después de llevarse el animal que cargaba con los equipajes de los oficiales), y, también, vitoreados y agasajados; el nuevo presidente de este país nos ha regalado una placa de plata con el texto de nuestro “sitio” grabado, ¡a cada uno…! Y al llegar a Manila ¡y cómo llegamos!, ¡parecíamos espectros!, rotos, sucios, hambrientos… nos alojaron bien, nos invitaron a comer, nos dieron ropa nueva… vinieron a hacernos fotos en el Palacio de la Capitanía… en fin, ¡que somos héroes y nuestro teniente nos ha dicho que han solicitado la Laureada para cada uno de nosotros!... si fuera verdad, tendríamos la vida arreglada…


          Otra vez en el mar, de vuelta a la patria; ya hablamos así, como si hubiéramos hecho algo importante; todo el mundo quiere conocernos, hablarnos, tocarnos; cuando el barco zarpó un gentío fue a despedirnos a los muelles… y nosotros agitamos nuestros sombreros felices, volvemos a casa… ¡que distinto este viaje al otro que hicimos desde España!, ahora somos pasajeros, sin armas, sin guardias, sin revistas… solo mirar el mar, pensar en las caras de nuestros seres queridos y hablar entre nosotros… ¿qué va a ser de nosotros cuando lleguemos?

……………….

          Un mes y dos días, eso hemos tardado en llegar a Barcelona. La acogida ha sido emocionante, al entrar en el puerto han empezado a sonar todas las sirenas de los barcos; una lancha se ha acercado y el Capitán General ha subido a recibirnos; después hemos desembarcado entre los gritos de una multitud que nos esperaba en el puerto; algunos han tenido la suerte de ver a sus familias, los que vivían por aquí; después un banquete en uno de los cuarteles, con vino y todo; han venido periodistas, políticos, curiosos, y mujeres… muchas mujeres…
          Nos han pasado a la reserva, voy para mi pueblo, para Aldeavieja, están allí mi madre y mis hermanas; han ido para las fiestas y me esperan; yo también quiero ir y darle gracias a la Virgen porque he vuelto; antes pasaré por Madrid.
          Aquí, en la capital he tenido que quedarme unos días… fuimos a un periódico a contar nuestra aventura y alguien avisó a Palacio; la Reina Gobernadora quiere vernos, un mes en España y todavía no he visto a mi madre…
          ¡Qué grande es el Palacio!, fuimos de uniforme, con nuestras dos cruces colgadas en la pechera y la placa que nos dieron en Manila; radiantes y temerosos… ¡que señora tan amable!, nosotros, la cabeza baja, apenas respondíamos con monosílabos a las preguntas de la señora; todo lo quería saber… antes de que le pudiéramos contar todo, mucho antes, nos ofreció la mano con una sonrisa y, a un gesto de nuestro teniente, que nos acompañaba, la tocamos mientras doblábamos el espinazo; salimos y, en la puerta, un ujier nos dio una pitillera de plata con el escudo real grabado y la fecha del año: 1899.
          Don Saturnino, nuestro teniente, nos dio un papel a cada uno, era una carta de recomendación por si queríamos permanecer en el Ejército o ingresar en el Cuerpo de Carabineros o en la Guardia Civil; se lo agradecimos mucho.
          De allí, en la diligencia, me fui para Aldeavieja; cuando bajé, en la plaza, estaban mis padres esperándome, ¡lo que lloró mi madre!, misas habían dicho por mi alma en la iglesia, creyéndome muerto; yo aguanté como pude mientras mi padre, los ojos vidriosos, me abrazaba y no me soltaba; estaban casi todos los vecinos, a algunos les recordaba, a la mayoría no, daba igual, fui abrazado, apretado, palmeado, besado, admirado, hasta que me dolió todo el cuerpo… fuimos para casa, la recordaba más grande, y allí, sentados alrededor de la mesa baja, hablamos y hablamos mientras mi madre y mis hermanas traían bollos y copitas de anís, como si fueran fiestas…
          Cuando todos los vecinos y los amigos se fueron, y nos quedamos solos, mis padres, mis hermanas y yo, nos miramos largamente y yo, con lágrimas en los ojos les relaté no las cosas que habían oído, o las hazañas y los viajes y las medallas, sino todo aquello que no se cuenta a nadie más que a la familia: la soledad, el hambre, el miedo, las lágrimas al pensar en ellos, el miedo a la muerte, la desesperación de no poder salir de aquella iglesia cercada y tiroteada, en fin, el día a día de aquella tragedia…

          Cuando me eché en la cama, no podía dormir, ese día había rememorado todo el sufrimiento y toda la gloria de aquel sitio, de aquellos dos años lejos de todo lo que era mío, de mi vida, de mis gentes, de mis lugares; del sabor de mi vino, de mi tortilla de patatas, del cordero asado; sentir los besos de mi madre, el calor de los amigos, la luz de mi tierra… y aquella chica que me esperaba en Monforte; ya tenía prisa por ir allá; ingresaría en los Carabineros y nos casaríamos… y, pensando en sus ojos verdes, me dormí.

28 de noviembre de 2016

Aldeavieja: 1907

          Todos conocéis la cruz de piedra que hay en el camino del Cubillo, nada más pasar el arroyo Tijera que viene desde la cantera, al subir ese pequeño repecho, donde antes nacía el camino que iba hasta la Cruz de Hierro, se alza fuerte y esbelta; su nombre oficial es “Cruz del Tarnedo”, pero, a lo mejor, alguno la ha oído llamar “Cruz del Comandante”, por lo menos yo se la he oído nombrar así a mi madre desde que era pequeño; este nombre se debe a lo que os voy a relatar a continuación.   


     
          Se trata de un suceso que acaeció en nuestro pueblo allá, hace un poco más de cien años, en 1907, y aunque no fuese un acontecimiento extraordinario, sino un accidente fortuito, no deja de sorprender el eco que tuvo en la prensa y viene a retratar, un poco, el día a día en un pequeño pueblo castellano.
       
          El 24 de agosto de 1907, el diario “La Correspondencia de España”, en su edición de Ávila, publicaba la siguiente reseña:

Muerto por un rayo. Ávila 23. Durante la horrible tormenta de esta tarde cayó una exhalación en las inmediaciones de Aldeavieja, pueblo cercano a esta capital, y mató al comandante de la Guardia Civil de esta Comandancia D. Guillermo Ortega, que se hallaba de caza con varios amigos.
          Su muerte ha sido sentidísima, pues contaba aquí con grandes simpatías.

          Este hecho, que puede parecer banal, interesó mucho a todo el país, ocupando su atención a una muy variada serie de publicaciones periódicas, apareciendo la noticia, con variadas interpretaciones en el diario “El Día” y “La Correspondencia Militar”, de Madrid y llegando al “Nuevo Diario de Badajoz”.

          Los dos primeros relataban el suceso de la siguiente manera:

El Día. Comandante muerto.
          Ávila, 23. En las primeras horas de la tarde hallábanse reunidos en las cercanías de Aldeavieja, vecino pueblo, varios amigos, conocidísimos en esta capital, que pasaban el día de caza.
          Como se iniciara una fuerte tormenta, el Comandante de la Guardia Civil don Guillermo Ortega Vargas, manifestó a sus compañeros que no estaban bien todos juntos y él se separó del grupo.
          Momentos después una exhalación cayó sobre D. Guillermo Ortega que quedó carbonizado completamente.
          Los amigos, que presenciaron la desgracia ocurrida cerca de ellos, dieron parte de lo ocurrido a esta capital.
          El Juzgado instructor y el jefe de la Guardia Civil han marchado al sitio de la desgracia.
          La impresión producida aquí por el suceso ha sido grande, pues el finado era muy querido en la población.
          Como el término en que ha ocurrido el suceso está enclavado en la jurisdicción eclesiástica de Segovia, a esta población se ha pedido que se autorice el traslado del cadáver a Ávila.

La Correspondencia Militar MUERTO POR UN RAYO
           Ávila, 23.Varios amigos, entre los que se hallaba el comandante de la Guardia Civil D. Guillermo Ortega Vargas, hallábanse de caza en las cercanías del vecino pueblo de Aldeavieja.
          Como comenzara a descargar una gran tormenta, el Sr. Ortega manifestó a sus amigos que no era prudente el que estuviesen todos reunidos y se separó del grupo.
          Transcurridos breves instantes, una exhalación dejó enteramente carbonizado a D. Guillermo Ortega, dejando aterrorizados a los espectadores de la desgracia.

          No deja de ser chusca la interpretación del periódico de Badajoz que, quizás por la lejanía geográfica del suceso, informaba de una manera muy distinta a las otras publicaciones:

(Nuevo diario de Badajoz)
Fenómenos meteorológicos
          En Aldeavieja (Ávila) se ha desencadenado una horrible y furiosa tormenta de agua y piedra, con acompañamiento de rayos y centellas.
          Uno de aquellos cayó en el cuartel de la Guardia civil, hiriendo al comandante de aquel puesto y a varios guardias.
          En este momento comunican que el comandante ha fallecido.
          La población está aterrada ante la magnitud de la tormenta, que ha causado innumerables daños en aquel término.



          Para saber qué es lo que ocurrió realmente en aquella fecha aciaga, tenemos el relato completo que el 26 de agosto, hacía el corresponsal del “Diario de Avisos de Segovia”, el farmacéutico de Aldeavieja don Gregorio Perlado, en las páginas del mismo; habiendo sido, personalmente, testigo de los hechos:

De Aldeavieja
Muerte de un jefe de la guardia civil por una chispa eléctrica
          En las primeras horas de la mañana del día 23 último, se presentaron en Aldeavieja D. Santiago Magdalena, D. Antonio Martínez y D. Guillermo Ortega, y acompañados por el maestro de este pueblo D. Ciriaco Méndez, dirigiéndose a cazar por las inmediaciones del Santuario de Nuestra señora del Cubillo.
          Serían las once y media de la mañana cuando se formó en estas sierras imponente tempestad seguida de torrencial lluvia, que obligó a los citados señores a buscar refugio en el arbolado que rodea un huerto situado en el lugar llamado “Los Toriles”.
          Apenas llegaron al arbolado, que serían las doce, el D. Guillermo, buscando mejor cobijo que el de sus compañeros, se separó de ellos unos cuantos pasos, colocándose bajo un frondoso árbol; y hallándose aún de pie, sin tiempo para informar a aquellos de la bondad de su nuevo refugio, cayó sobre su cabeza una chispa eléctrica que le dejó muerto instantáneamente.
          Los compañeros, al reponerse de la impresión primera que les produjo la caída de la chispa y ver al don Guillermo en tierra corrieron presurosos hacia él, y anegados de dolor, dos de ellos quedaron a su lado, y el señor maestro corrió pidiendo auxilio al pueblo. Saltando arroyos que la impetuosidad del nublado convirtió en caudalosos ríos, venciendo obstáculos y dificultades que se oponían a su paso llegó a las eras, y enterados los labradores abandonaron sus chozos y sin temor a la lluvia corrieron velozmente en sus caballos al sitio de la ocurrencia, pero desgraciadamente el Sr. Ortega había muerto instantáneamente como antes dijimos y sus compañeros, embargados por la emoción y ateridos de frío por el agua que empapaba sus ropas, se les prestó los auxilios que reclamaba su estado, transportándolos a caballo al pueblo, y quedando otros vecinos del mismo velando su cadáver.
          Avisado el juzgado y guardia civil del inmediato cantón de Blascoeles, se personaron en los “Toriles”, y con sujeción a las prescripciones legales se levantó el cadáver que fue conducido en un carro a la ermita de San Cristóbal, de este pueblo, siendo escoltado por todos los guardias del citado cantón, y gran parte del vecindario de este pueblo. Depositado el cadáver en la citada ermita allí le dieron guardia de honor todos los guardias y velaron voluntariamente muchos vecinos, desfilando todo el vecindario con el mayor orden delante del difunto aplicando pequeña oración en sufragio de su alma.
          Practicada la autopsia en las primeras horas del día 24, a las seis de la tarde recibió el cadáver cristiana sepultura en el cementerio de Aldeavieja, siendo conducido en hombros de los guardias y asistiendo al sepelio todos los jefes y oficiales de la guardia civil de la provincia y el vecindario del pueblo, en masa, sin distinción de sexos ni edades.
          La desconsolada viuda del Sr. Ortega, acompañada de la señora del teniente coronel, primer jefe de la provincia y alguna otra, acudió a despedirse de su desventurado esposo y al verlo en la capilla ardiente, tal fue su emoción, que la acometió un síncope, y después del sepelio regresó a la capital con las señoras que la acompañaban, el coronel señor Abreu y capitán Sr. Garduña; siguiéndola después en otros coches, los demás jefes y oficiales de la guardia civil y otros señores que habían rendido este último tributo de la amistad, siendo despedidos todos por autoridades y vecindario con gran pena, por la causa que motivaba su venida.
          D. Guillermo Ortega había sido primer jefe de la guardia civil de la provincia de Ávila, donde se había ya granjeado las simpatías de todo el elemento civil y militar, por su caballerosidad y fino trato. Poseía la placa de San Hermenegildo y otras varias cruces por méritos de guerra, contando 53 años de edad.
          En el pueblo de Aldeavieja ha producido hondísima impresión semejante desgracia, y el nombre del Sr. Ortega será de imperecedera memoria para estos honrados habitantes, y yo en su nombre desde las columnas de este DIARIO envío a su atribulada esposa, demás familia y todo el cuerpo de la guardia civil el testimonio de nuestra condolencia.
El Corresponsal.

Aldeavieja, 24 agosto 1907.

20 de noviembre de 2016

Leyendas de Aldeavieja: Cabeza Gonzalo

          Existe un lugar, entre el límite de Blascoeles y Aldeavieja, junto a la carretera nacional, que lleva por nombre Cabeza Gonzalo; todos lo conocemos y desde allí hay una bonita vista del pueblo, tendido a los pies de la sierra y asomando entre sus casas la alta torre de la iglesia; tal vez no se sepa de dónde viene el nombre, por lo que voy a intentar explicarlo.
          La historia se remonta a los primeros años del siglo XII, hacia 1109 poco más o menos; los diversos reinos en que se encontraban divididos los cristianos se encontraban inmersos en la tarea de expulsar a los invasores árabes que, tres siglos antes, se habían hecho dueños de la península ibérica; ello no obstaba para que las guerras entre ellos estuvieran a la orden del día y en una de ellas sucedieron los hechos que vamos a contar a continuación y que sirvieron de marco a nuestra relación.
          En Castilla reinaba Alfonso VI que, a fin de asegurar a su descendencia el señorío sobre todas las tierras conquistadas a los infieles, casó a su hija, la famosa doña Urraca, con el rey de Aragón Alfonso I, con lo que el hijo que tuvieran heredaría los reinos de Castilla, León, Aragón y Navarra, quedando como señor absoluto de la Hispania cristiana; doña Urraca ya tenía un hijo de un anterior matrimonio, el infante Alfonso Ramiro (o Raimúndez, según algunas fuentes), con lo que a causa del nuevo matrimonio, perdería sus derechos a reinar.
          En medio de todos estos hechos ocurrieron dos cosas que cambiaron toda la historia y que convirtieron aquel momento en uno de los mejores y más enrevesados capítulos de un culebrón televisivo: por un lado moría el padre de doña Urraca, dejando a ésta al mando del reino castellano; por otro lado las relaciones matrimoniales entre el rey aragonés y la reina castellana no eran nada cordiales, dicho en tonos suaves, infidelidades varias, caracteres incompatibles, etc…; si a esto añadimos los intereses de la nobleza, divididos entre la obediencia a doña Urraca, sus intereses políticos y/o económicos y algún rasgo de patriotismo, nos encontramos con que el bueno de Alfonso I el Batallador, señor de Aragón, invade las tierras de su mujer a la cabeza de un potente y aguerrido ejército, derrotando a castellanos y gallegos en sendas batallas ocurridas en 1110 y 1111.
          Al año siguiente el ejército aragonés se presenta ante las murallas de Ávila, exigiendo su rendición o el juramento de fidelidad a su rey; los abulenses piden tiempo para reflexionar y sus sitiadores instalan el campamento al noreste de la ciudad, en una gran llanura regada por frescos y cristalinos arroyuelos.
          Ocurría que el hijo de doña Urraca, el infante Alfonso, había sido llevado a la ciudad al considerarla como el sitio más seguro de toda Castilla a causa de sus sólidas murallas y del valor de sus habitantes; el Consejo de la ciudad previendo, como había previsto, el sitio del ejército aragonés, había pedido a la nobleza campesina que acudiera con sus huestes a fin de defender la ciudad y al infante. Enterado de ello el rey aragonés, reclama al Consejo que le sea permitido entrar en la ciudad, acompañado sólo de su séquito, para comprobar que el infante, en ese momento teórico sucesor suyo en el trono, se encuentra en buen estado y por su propia voluntad, sin estar retenido ni obligado.
          Al Consejo le parece oportuna la petición y accede a ella; entonces don Alfonso exige, como garantía de su seguridad, la entrega de sesenta rehenes, de entre la nobleza abulense, que serán devueltos una vez él haya visto al niño infante.
          Y es aquí donde entra en juego nuestro pueblo, ya por entonces uno de los más importantes entre Ávila y Segovia y en una zona desde la que se dominaba la llanura castellana y el paso de la sierra que los separaba de los reinos musulmanes; en él tenía su casa solariega un hidalgo, don Gonzalo Zerecedo, maestre de armas y guardián de los pasos del Campo Azálvaro; junto a él una hueste de diez hombres a caballo y veinte arqueros vigilaban los caminos que atravesaban los altos de la sierra, siempre dispuestos a avisar de cualquier incursión agarena y a repelerla si ésta no fuese muy numerosa; don Gonzalo, junto con sus hombres, había sido uno de los ricos homes llamados a la defensa de la capital y del infante en aquellos momentos de inseguridad ante los avances de las tropas aragonesas.
          Don Gonzalo fue, voluntariamente, uno de los sesenta rehenes que pasaron al campo aragonés mientras el rey iba a comprobar la situación del infante.
          Y retomamos la historia, don Alfonso se acercó a las murallas mientras los rehenes marchaban hacia su campamento; al llegar ante las puertas decide no entrar, conformándose con que le enseñaran, desde las almenas, al infante; se cumple su voluntad y éste le es mostrado desde lo alto de los muros; el rey lo ve y se da media vuelta hacia sus reales; al llegar a ellos, furioso quizás por no haber podido doblegar a los abulenses o enajenado por algún disgusto desconocido, manda matar a los rehenes y descuartizarlos, ordenando a continuación que sus cabezas fueran hervidas en unas grandes ollas llenas de aceite; después de aquella sangrienta y sádica jornada don Alfonso manda levantar las tiendas e inicia la marcha en dirección a tierras gallegas a fin de reducir algunos centros enemigos que resistían.
          Cuando el Consejo de la ciudad vio que los aragoneses abandonaban el campo y marchaban hacia el norte y que los rehenes no habían regresado, temiéndose lo peor mandaron a unos caballeros para que reconociesen el terreno, encontrándose éstos con la salvaje acción del aragonés que había abandonado los cadáveres de los sesenta caballeros como pasto de los perros y de las aves; aterrados volvieron a la ciudad para dar cuenta de lo que habían visto.
          El Consejo, enfurecido mandó a dos voluntarios para que alcanzasen al rey felón y le exigieran cuentas de sus actos. Pero esa es otra historia; lo que nos interesa es que las cabezas de los infortunados fueron entregadas a sus familiares, ya que los cuerpos estaban totalmente irreconocibles por su fragmentación y por estar casi devorados, para que fuesen enterradas cristianamente en sus lugares de origen.
          Desde entonces, aquellas praderas al noreste de la ciudad fueron llamadas Las Hervencias, por haber servido para hervir a los nobles abulenses.



          La cabeza de don Gonzalo fue llevada a Aldeavieja y su viuda ordenó fuera enterrada en aquel punto, viniendo de Ávila, desde el que primero se divisase el pueblo; aquel lugar, desde entonces, pasó a llamarse Cabeza Gonzalo en honor del hidalgo y aunque allí se plantó una cruz de piedra con una leyenda en la que se contaba el infortunio y la grandeza de nuestro caballero, ésta, con el paso de los años, desapareció, así como toda memoria de infortunado que allí descansa.

11 de noviembre de 2016

Aldeavieja: un cuento de José Zahonero

     Hoy voy a enseñaros un cuento de un escritor abulense de hace ya más de cien años, José Zahonero, (como veis, el apellido no puede ser más de la tierra) que dedicó muchos de sus escritos a Aldeavieja, sobre todo a la Virgen del Cubillo, haciendo protagonistas de sus múltiples obras a nuestras costumbres y lugares. Se trata de un relato aparecido en la revista “La lectura dominical” en 1907, y que llevaba por título “El santero de la Virgen del Cubillo”.
     Sólo voy a transcribir la segunda parte del mismo, que es en la que trata, específicamente, de nuestro pueblo; el relato comienza mostrándonos un día en la vida cotidiana de una familia en la ciudad de Segovia; después de presentarnos a sus componentes y sus ocupaciones, llega el momento en que se sientan a la mesa para la comida….

     Los niños comían como lobitos. Estábamos contentos, bendecidos por la más dulce y amable sonrisa del ser que más nos amaba y nos ama… dicha de nuestra vida, la bendición de la madre de mis hijos, mi amada compañera. Ella gozaba de vernos contentos. En esto resonaron dos golpes en la puerta de la calle.
     -Diantre, ¿quién, sería? ¡El comendador!
     Bajó la moza a abrir, y luego oímos una voz cascajosa y temblona que murmuró una lamentación o un rezo.
     -¡Vaya, un mendigo!
     Sí, será un hermano, algún vagabundo echado a rodar de puerta en puerta… que vendrá tiritando de frío, mojado… hecho una sopa, con el vestido, si lo tiene, y la capa, si la trae… raídos, y las albarcas, si es que no viene descalzo, destrozadas.
     -Señor ¡es un santero! Trae la estampa de un santo, de una santa… o de la Virgen. Ya es viejo el pobre hombre.
     -Anda con cuidado, chica, no sea algún tunante –exclamé yo, cegado sin duda por el grosero egoísmo de comilón y bebedor…
     Entonces mi mujer exclamó:
     -¡Juan, por Dios!
     Y Maruja, con su voz suplicante, dulce y grave, dábame un oportuno y salvador aviso, como se hace con aquel que por andar ciego o precipitadamente puede tropezar y caer, y con el que por discurrir de ligero está en peligro de pensar o de hacer algún disparate.
     Aquella réplica concisa y oportuna me avergonzó; sin duda hubo de darme en tan breves palabras más que darme hubieran podido los discursos de todos los sabios juntos.
     -Sí, es verdad; ¡yo qué sé! ¿Cómo me atrevo yo a suponer que ese infeliz sea un tunante?... Pero qué quieres, Maruja, así soy; los hombres nos acostumbramos a seguir los juicios necios del mundo… y así nos va. Vaya, vaya, que suba el ancianito. Tendrá frío… veremos ese santo que él traiga, alguna estampeja… con orla de repicoteada bayeta colorada, bordada de hilillo de plata ya ennegrecido… y mucho pintarrajeo.
     Subió el mendigo.
     -Dios los bendiga… y alabado su santo nombre –dijo al entrar.
     -Por siempre sea alabado –contestamos a coro.
     Era un viejo, muy viejo, con la cabeza y las barbas blancas como la nieve.
     -Siéntese, hermano, siéntese- dijo mi mujer.
     Los niños cercaron al abuelo para mirarle y remirarle y mirar sus rosarios añosos y el altarcillo o urna portátil hecha de hoja de lata… dentro de la que, y bajo un cristal, veíase, aunque ya borrosa, la imagen de Nuestra Señora del Cubillo, la Virgen de los pastores.
     -Salí esta mañana mesma de la losa – dijo el anciano- y poney que sólo hace dos días que salí del Cubillo… y de Aldivieja. He andao, como aquel que dice, al retortero por toda esa parte del Espinar… y me he cansado un poco de andar; como que ati cuenta que llevo encima sobre mis ochenta años y cuarenta riales, y drentro de na pus haré, Dios mediante, ochentitrés… Para la Virgen de Agosto los haré.
     Ya no tengo las piernas como en denantes… porque hasta cuasi hogaño he segao en toas las siegas… y he venio trabejando lo mesmo en la criadera que en los esquileos, y eso desde que vine de servir al rey… -¡ya ha llovio!- hasta hoy… día de la fecha. He sio pastor, corriendo pa arriba y pa abajo la tierra toa, y como nenguno la conozgo. Ahora ya está uno algo sordo y no puedo dir a la guarda del apacento del ganao, que no oigo la esquila en cuanto que se desaparta un poco de mi la res…¡Cuánto pasé allá en la guerra!... ¿Y de qué me valió?... Antes si salí con vida, a la santa Virgen se lo debo, que siempre me encomendé a Ella… ¡Cuánto he pasao después en esas tierras!... Tantos años al cuido de las ovejas, hasta que no he podío más… Mi mujer tie ya setenta y ocho años, está la probe hecha una carraca… y nos creíamos ella y yo mesmo cuasi a perecer… y si no hubiera sido por la santa Virgen no lo contábamos; pero el señor Capellán reunió la asamblea de pastores hogaño, y como había muerto el probe tío Cirilo, que había quedao de santero, me dieron a mí el empleo… que esto siempre se hace, ¡quien sabe cuántos años! a los pastores viejos cuando están ya inutilizaos pa el trabajo y no encuentran amo que les dé a guardar ni una mala oveja. 


      A esto de pedir pa la Virgen le decimos aquí quedarse pa la ofrenda. La tuvo tío Melito, bien me acuerdo de él, que yo era chico entonces; después pasó a tío Martín; aluego a Santiago, el de Tejadilla, y a Canuto, y al fin a tío Cirilo, y de este a mis manos. Dios les haya perdonao a toos… como yo les rezo. Soy el pastor más viejo y quié decirse que el más probe de toa la sierra. ¿Qué si saco? Muy dinamente alguna coseja de toas partes… Aldivieja, Brascoelo, Villacastín, Espinar, Balsaín, La Granja y en la mesma ciudá… ¡ahí viene el santero de la ofrenda de la Virgen del Cubillo!... dicen; rezan una salve a Nuestra Señora, echan en el cepillo pa alumbrarle, me dan limosna, me llenan de cuscurros y me regalan con alguna tajadilla y un trago, y Dios nos bendiga a todos…
      Dimos ración y traguejos al santero, estuvo con nosotros hasta el toque de oraciones, y al sonar el Ave María, rezamos ante la santa imagen… y luego el valeroso anciano, recio y lleno de ánimo por la mucha fe que animaba su alma, emprendió de nuevo su camino…
      Los niños despidieron al viejo mandándole besos con sus manos; nosotros, agitando los pañuelos.

      Dejándome profundamente conmovido y preocupado… ¡cuánto aprendí!... Aprendí que nos es muy necesario estudiar las costumbres populares que aún subsisten y que son recuerdos de tiempos mejores… de los tiempos en que la santa Virgen del Cubillo tenía en torno suyo a todos los pastores de la sierra, y en la Virgen ponían su fe, sus amores, sus esperanzas, y de ella esperaban el amparo para la vejez… y la gloria eterna en la vida verdadera.