28 de junio de 2018

Leyendas de Aldeavieja: Silla Jineta


          Os habréis preguntado, alguna vez, el por qué del nombre de Silla Jineta, qué dió lugar a que se llamara así ese monte o el por qué de la caprichosa forma que posee; hoy os voy a relatar uno de los innumerables cuentos que se relatan en el pueblo sobre cual fue la causa de ese nombre o qué ocasionó que tenga dicha forma.


          Hace ya muchos años, muchos más de los que podáis imaginar, vivía en el pueblo la moza más bella y agraciada de la que se tiene noticia, se llamaba, o creemos que se llamaba, Úrsula; todos los días, al caer la tarde, aparecía en el barrio de la Aceiterilla con el cántaro apoyado en la cadera, camino del caño para llenarlo; si era verano, los hombres que trajinaban en las eras se paraban y se volvían a mirarla; era tal su hermosura y levantaba tal admiración que ninguno se atrevía a dirigirla la palabra, pero una gran sonrisa aparecía en todos los rostros de tal manera que si no era así, era como si el día se hubiera dado por perdido.
          Úrsula devolvía la sonrisa y era como si el sol no se hubiera puesto, emanaba de ella tal gracia que parecía que el astro rey la siguiera iluminando aunque fuera de noche.
          Cuando llegaba al caño, esperaba pacientemente su turno y hasta sus mismas compañeras dejaban de hablar entre ellas para mirarla y sonreírla; era como una bendición para todo el mundo, que ni despertaba envidias ni daba lugar a habladurías.
          Úrsula era la hija más pequeña de una de las familias más pobres de la aldea; eran seis hermanos entre chicos y chicas y esos brazos eran de una gran ayuda para sus padres, que ya se acercaban a la edad de la vejez pero, como ocurre en los pueblos, no por ello habían dejado de trabajar ni un solo día, como no fuera el de la fiesta de la Virgen.
           A ese día, precisamente, es al que nos vamos a referir, pues en aquella jornada fue en la que ocurrieron los sucesos que dieron lugar a esta historia; comencemos, apenas había amanecido cuando ya, en la casa, todos estaban levantados trajinando en las distintas tareas que cada uno tenía encomendadas: aquel limpiaba los dos burros para que estuviesen galanos para la romería y lucieran tirando del carro al que les iban a uncir; el otro aseaba el dicho carro y daba grasa al cuero de las riendas y miraba que los cabezales y demás estuvieran en orden; una de las chicas mayores ayudaba a la madre en terminar las viandas que iban a servirles de refrigerio cuando acamparan junto al santuario, Otra guardaba en cestas el pan, los cuchillos y las botas llenas de vino fresco y sacaba de un baúl tres sandías y otros tres melones que los ayudarían a pasar la sed de la mejor manera posible.
          Úrsula y otra de las hermanas sacaban las ropas que todos iban a ponerse, mirando si faltaba algún botón o si había que zurcir alguna rasgadura o remendar algún siete.
          Y así, todos ocupados entonando alguna de las canciones que luego iban a bailar en la pradera al son de la dulzaina y del tamboril o soñando con la mirada de Julián o de Andrés o la sonrisa de Paula o de Margarita llenaban la casa con sus bromas, sus correteos y su alegría.
          Por fin, llegó el momento en que todo estuvo preparado y todos luciendo sus mejores galas, los burros uncidos, los víveres en cestos dentro del carro, entonces el padre se santiguó, echó la llave al portalón de las traseras de la casa y subiendo al carro invitó, con un pequeño gesto, a que ayudaran a la madre a subirse al mismo y que los demás iniciaran la marcha hacia el Egido.
          Ya la fila de carros que se dirigían al santuario era grande, tuvieron que dejar pasar a dos o tres antes de poderse poner en marcha; delante de ellos una nube de polvo, alta como un monte, señalaba la situación del camino; romeros a pie o cabalgando sobre yeguas y mulos les acompañaban cubriendo la totalidad de la marcha, enseguida se pusieron los pañuelos tapando las bocas y las narices para poder respirar a través de la gran cantidad de polvillo que se cernía en el aire, pero no importaba, era el día de la Virgen y todo fuera por ella y por lo bien que se lo pasarían cuando llegasen.
          Estaba toda la explanada frente a la ermita llena de gentío, carros, puestos de mercaderes y cabalgaduras; en un rincón se bailaba la jota al son de bandurrias  y guitarras; en otro se vendían botijos de barro rojo o blanco; siempre se decía que los rojos hacían el agua más fresca; más allá un carro lleno de melones y sandías anunciaba su mercancía a grandes voces…
          Úrsula y su familia llevaron el carro a uno de los prados que rodeaban el lugar; allí, a la sombra de unos árboles, desengancharon a los burros, a los que pusieron la manea para que no se fueran muy lejos y mientras dos de los chicos se quedaban vigilando sus pertenencias, los demás se acercaron a la romería.
          Ya estaba cercano el momento en que sacarían a la Virgen en las andas y se haría la procesión alrededor del santuario; dentro de la iglesia un cura decía la misa y no se podía dar un paso; el olor a las velas encendidas, la cera derritiéndose y el olor al sudor de tanta gente apretujada no invitaba precisamente a entrar…
          Las chicas, riendo y cogidas del brazo fueron a visitar los puestos de cintas y pañuelos de hierbas mientras sonreían ante los requiebros de los mozos y saludaban a los vecinos del pueblo como si hiciera años que no se veían; era como un gozo, una novedad, ver una cara conocida entre tanto personal que había acudido de todos los pueblos de los alrededores; hasta gente de la capital, a la que se conocía por el color blancuzco de su piel y aquellas sombrillas que ni quitaban el sol ni nada, de finas que eran, pero, a la vez, que elegantes con su ropa limpia y adornada con mil encajes y perifollos…
          Y, entonces, ocurrió, caballero en una jaca blanca, caracoleaba entre la multitud un joven que no apartaba los ojos de Úrsula; ella, al principio, no le hizo caso; pero, a la postre, le hizo gracia aquel seguimiento y a ratos se giraba disimuladamente para comprobar si la seguía y cuando paraba con su hermana ante algún vendedor, levantaba un poco la miraba para ver si los ojos del joven mantenían la mirada en ella.
          ¿Quién sería el galán que tanto empeño ponía en no perderla de vista?, no le conocía de nada, del pueblo no era, y tampoco de los alrededores pues, más o menos, todos los mozos y mozas de los alrededores se conocían, aunque sólo fuera de vista, al acudir a las fiestas patronales de las vecinas localidades.
          Iba bien vestido, de eso no cabía la menor duda, el sombrero de ala ancha, ladeado, daba sombra a unos ojos azules como el cielo, el cabello se adivinaba rubio como el color del trigo y sus dientes daban a su sonrisa una blancura poco vista en los hombres de la zona; Úrsula se sintió deseada y complacida por ese deseo, pues ella también encontraba algo que no sabía explicar bien en la figura y los ademanes del mozo.
          En eso, que las campanas comenzaron a repicar y la multitud que llenaba la pradera se congregó a las puertas del santuario para ver salir a la Virgen; Úrsula y su hermana corrieron hacia allá; no podían perderse el que se consideraba el momento más importante de la romería: la salida de la imagen venerada a hombros de sus devotos y llevada en procesión alrededor de su ermita.
          Salía la Virgen por la puerta grande, abierta de par en par para la ocasión, los vivas y la gritería entusiasta se sucedían, Úrsula miró en derredor suyo, no se veía al galán… quizás, había ido a dejar la montura para así poder ver mejor la imagen santa; pero, por más que miró y remiró, en todo el tiempo que duró la procesión y hasta que fue metida la imagen, de nuevo, en su santuario, no pudo vislumbrarle.
          Después, ya con sus padres, se encaminaron al carro para hacer la comida; Úrsula estaba como ida, ¿no le volvería a ver?, ¿se habría marchado de la romería? ¿podría vivir sin ver, otra vez, aquellos ojos y aquella sonrisa?, lo cierto es que la moza estaba enamorada y no veía el momento en que acabase el refrigerio y poder volver a la explanada y comprobar si su naciente amor seguía allí. Por fin, acabado el condumio, sus padres se echaron la siesta a la sombra del carro, dos de sus hermanos fueron a dar agua a los burros al arroyo cercano y ella aprovechó aquel momento de tranquilidad para sincerarse con su hermana Julia y conseguir de ella que luego, cuando empezase la rueda del baile, irían las dos para ver de encontrar de nuevo a su galán.
          Mediaba la tarde cuando Úrsula y Julia acudieron a la explanada atraídas por el sonido de la dulzaina y del tamboril que llamaban, cual invitadoras sirenas, a la gente joven para empezar la rueda del baile a base de jotas y otros aires de la tierra; a Úrsula se le iban los ojos mirando a todas partes, buscando, suplicando, rezando a la Virgen en su interior, pidiéndole el volver a ver al objeto de sus ensueños.
          Allí estaba, sonriéndola, al otro lado del círculo que formaba la juventud antes de iniciarse el baile; aquella espiguilla asomándole entre los labios, los ojos alegres, divertidos, se diría que contentos de volverla a ver o, quizás, seguros de que ella iba a aparecer en la pradera; le sonrió a su vez y ya, sin rubor alguno, dejando a su hermana, se dirigió hacia el lugar donde estaba el joven.
          ¿Qué decir de lo que pasó en la tarde? ¿de las vueltas y revueltas que dieron uno junto al otro en aquellas danzas inmemoriales? ¿cómo explicar las miradas, los roces, las pocas palabras que se cruzaron?. Les bastaba con mirarse, con sentirse cerca, con palpar, apenas, la textura de una mano o la levedad de una caricia; el día acababa cuando se separaron con la promesa de verse en la noche, en la velada, en la plaza del pueblo…
          La vuelta a casa representó, para Úrsula, un sinfín de esperanzas y de temores; su madre le preguntaba que “qué le pasaba” y ella le echaba la culpa al polvo que levantaban los carros y al calor que habían pasado en la romería; la madre sospechaba… “ella también había sido joven”; la hermana cuchicheaba a su lado intentando sacar algo más al consabido “luego te cuento”… y así, paso a paso, fueron llegando de regreso a la aldea; aún les quedaban faenas por hacer antes de poder ir a la velada; y allí, “Dios diría que iba a pasar allí”.
          Una gran luna llena se erguía por encima de la sierra como un gran ojo naranja que todo lo veía.
          Allí estaba, esperando junto a otros mozos, junto a un puesto de bebidas que se había instalado a un lado de la plaza; en cuanto puse un pie en ella se volvió, fue como si algo le hubiera dicho que yo acababa de llegar…. se volvió y su cara tenía una sonrisa tan grande…. sus ojos brillaban de aquella manera tan especial…. que, a poco, no caigo allí mismo de la emoción que llenó mi alma….
          ¿Cómo poder contaros lo que sentí esa noche?, es imposible… sólo tenía ojos y oídos para él; estaba tan pendiente de sus labios que ni oía la música que se tocaba; mis pies y mis brazos se movían al ritmo que él señalaba y me daba igual que fuera una jota que una rueda…
          -¡Vente conmigo!
          -¿Dónde?
          -A mi pueblo, allí nos casaremos y tú serás la reina de mi finca…
          -¿De dónde eres?
          -¡Que más da….! Soy del lugar donde estemos juntos…
          -¡Me gusta ese lugar… pero…!
          -¿Tienes peros?
          -Mis padres….
          -Tus padres se pondrán la mar de contentos cuando se enteren que te has casado conmigo… nada te faltará… ni les faltará a ellos; pero tienes que venirte conmigo, ¡ya!
          -¡No, así no puedo! ¡tengo que decirles…!
          -Es ahora…. o es nunca… ¡tú verás! . Tengo mi montura atada detrás del humilladero, voy para allá…. esperaré dos bailes más, cuando acaben…. me iré…. ¡para siempre!, contigo o… solo.
          El mozo partió, Úrsula quedó quieta un instante, luego le siguió con la vista… ¿iba a acabar todo así, sin más?; buscó con la mirada a su hermana, necesitaba consejo, ¡era tanto lo que se jugaba…!
          -No seas tonta, ¡ve con él! ¿Cuándo vas a encontrar a alguien así en este pueblo? Se nota que tiene dineros… su ropa, su caballo… padres lo entenderán… al principio a lo mejor se enfadan…. pero luego, cuando te vean hecha toda una señora…. ¡no seas tonta, aprovecha…. ve con él!
          No necesitó oir nada más Úrsula, le dio a su hermana un beso en la mejilla y apresuró el paso, cruzando la plaza, para acercarse al humilladero, junto al camino real…
          Allí estaba, junto a la yegüa blanca, la estaba esperando, tenía en la cara esa mirada de la seguridad, de la confianza, de saber que no esperaba en vano, que ella iba a venir, que iba a ir con él… ¿quién era, realmente?; no sabía ni su nombre, pero… ¿eso importaba?, no, en ese momento sabía que nada de eso importaba.
          Sin perder esa sonrisa se subió a la jaca y, desde allí, le tendió la mano y la alzó para que se sentase en la grupa, tras él; el animal giró sobre si mismo, con gracia, y enfilaron en dirección a Ávila…
          -Ya verás, vamos a ser muy felices… no te arrepentirás nunca de haber elegido venir…
          -Eso espero.
          -¡Vamos, no te preocupes, ahora te parecerá difícil pero, ya verás, enseguida te convencerás que es lo mejor que podías hacer….!
          -No, si es por las prisas….
          -Hay que ser valiente…
          -No me has dicho tu nombre.
          -Da igual el nombre, puedes llamarme como quieras, como más te guste, yo… soy todos los nombres.
          -Pero…. tendrás uno; uno por el que te llaman tus padres….
          -Yo no tengo padres.
          -Pues…. cuando eras pequeño, cuando niño, te llamarían de alguna manera….
          -Nunca he sido niño.
          El trote con el que habían empezado se estaba convirtiendo en un galope desenfrenado; Úrsula veía pasar los bultos oscuros de los árboles, de las rocas, iluminados brillantemente por la luna; cada vez más rápidos, más rápidos….
          -Tu madre….
          -No he tenido madre.
          -¿Quién eres?
          -Soy…. el sin nombre, aunque vosotros me conocéis como…
          En ese momento un trueno sonó encima de ellos ahogando toda respuesta, Úrsula empezó a temblar de miedo, de espanto, sentía como la piel se le erizaba y esa confianza que hasta entonces había tenido, había desaparecido; se acordó de su madre, de su padre… de sus hermanos y la jaca corría más y más, volaba más que corría y parecía que de sus ollares salía como un fuego que iba devorando la noche…
          -¡Para, por favor, para y déjame volver!
          -Nunca.
          -¡Virgen santa, Virgen santa…. Ayúdame!
          Y después de aquel grito agónico se tiró de la montura, se sintió rodar, golpearse con las piedras, arañarse con zarzas y matojos hasta que quedó quieta en el suelo… y perdió el sentido.
……….
          Cuando, al día siguiente, despertó el pueblo, lo primero que vieron los más madrugadores fue aquella montaña extraña que el día anterior no estaba allí; tenía la forma de una silla de montar; por supuesto fueron a mirar, a tocar, aquella maravilla y al llegar a sus pies, encontraron a Úrsula tendida en el suelo, arañada y con las ropas desgarradas pero viva; su mano derecha reposaba en el pomo de una silla jineta.

12 de mayo de 2018

Leyendas de Aldeavieja: El baile.


        Eran más de las doce de la noche pasadas, la música surgía de la oscuridad como en un sueño; era un vals…. las notas de los violines desgranaban una melodía suave y sensual y todo era perfecto, tranquilo, ideal… ni una luz se escapaba del edificio, se diría deshabitado si no fuera por la música; las ventanas aparecían tapadas por fuertes contraventanas de madera; de las chimeneas salía una columna de humo fina y blanca y, en la puerta, dos soldados montaban guardia apoyados en la pared, un cigarrillo entre los labios y la mirada perdida y soñadora… no era malo aquel puesto, música, tranquilidad, y el cabo se acercaba de tanto en tanto con una botella de “Tres Cepas” en la mano para que se calentaran un poco por dentro; no era un noviembre demasiado frío, y con el  grueso capote en los hombros y el calorcillo que desprendía la hoguera encendida en un rincón, se pasaba más bien que mal la noche.


          1936, la guerra hacía cuatro meses que había empezado; bueno, aún no se la llamaba así, la guerra, se prefería el eufemismo de Alzamiento o… Rebelión; realmente, nunca se pensó que aquello fuera a durar más de quince o veinte días…., pero ya llevaban cuatro meses; en ese tiempo Aldeavieja había pasado de estar en primera línea de fuego a una tranquila retaguardia, lugar de paso de tropas y acantonamiento de unidades preparadas para entrar en combate o descansar  de la acción; era un pueblo pequeño y había pocas oportunidades de pasar un rato agradable, por eso, los sábados, los oficiales organizaban bailes nocturnos en una de las casas nobles de la localidad, deshabitadas en aquellas fechas, a los que asistían las jóvenes que allí residían o que se encontraban refugiadas o de paso.
          Una pequeña orquesta, formada por integrantes de la banda de música de alguno de los Regimientos que estaban allí concentrados, amenizaba con los ritmos más de moda, o con los clásicos pasodobles y valses, una velada en la que las jóvenes de las familias más sobresalientes o las esposas y novias de los militares alegraban un ambiente en el que el futuro era algo incierto y lo que de verdad importaba era apurar cada momento como si fuera el último.
          Así, en la casa blasonada que está en la calle Cuartel o en la mansión, más moderna, perteneciente a don Juan Moreno, en la calle Segovia, se bailaba al son de violines y trombones o se escuchaba la afinada voz del gran tenor Miguel Fleta en un intento de huir de la realidad o de hacer ésta más llevadera.
          Muchos de aquellos hombres que bailaron al son de la música llevando en los brazos a una joven hermosa o a una dama sonriente, cayeron, poco después, atravesados por una bala o destrozados por el estallido de una granada o bajo las bombas de la aviación… aquellas mujeres, que sintieron en su cintura la mano firme de un capitán de Infantería de fino y cuidado bigote o que giraron al compás que marcaban las botas relucientes de aquel coronel de Caballería de pelo engominado y sonrisa dorada, echaron de menos, quizás demasiado pronto, aquellos momentos de alegría y abandono y, también ellas, cayeron víctimas de un bombardeo inoportuno o de las privaciones de todo tipo que aquella guerra ocasionó en la población civil.
          Pero…. estábamos bailando, en el gran portal, calentado por la gran chimenea de piedra de una habitación vecina, iluminado por ocho o diez bombillas amarillentas que colgaban de cables que atravesaban el techo, seis o siete parejas giraban felices y sonrientes, una mano en una mano y la otra en la cintura de su acompañante; alrededor, varios militares y algunos civiles (las fuerzas vivas de la población) junto a algunas jóvenes bebían en pequeños vasos de vidrio algún aguardiente cuartelero o un anís fuerte y dulzón que les calentaba el cuerpo y el espíritu.
          “Tabaco y cerillas”, “La hija de Juan Simón”, “El día que me quieras”… esas canciones, oídas una y mil veces en la radio en las voces de Carlos Gardel, Celia Gámez o Concha Piquer, salían de los instrumentos de los soldados que, subidos en una tarima en un rincón de la estancia, hacían soñar y, sobre todo, olvidar la suerte que podría depararles el día siguiente cuando subieran a aquellas montañas que protegían la aldea y se enfrentaran a un enemigo que, a pesar de todo lo que dijera la propaganda, no iba a huir en cuanto les vieran llegar.
          Las horas iban pasando y, poco a poco, el gran salón se había ido vaciando; ya la música había cesado y las luces se habían ido apagando una tras otra…. Sólo una pareja seguía en el centro, girando y girando, lentamente, conducidos por una melodía que únicamente sonaba en el interior de sus corazones…
          Aquel teniente de Artillería sabía que, al día siguiente, tendría que marchar, con sus tropas, hacia el Alto del León; también sabía que, en aquellos cuatro meses, los ataques de la aviación gubernamental y los disparos de los obuses de 155, barrían aquel puerto, que era la llave de Madrid; ni ellos avanzaban, ni el enemigo retrocedía; la mortalidad era enorme y los heridos y mutilados incontables; sólo tres o cuatro horas le separaban de la marcha y no podía, y tampoco quería, abandonar a aquella joven que había conocido en esa noche y de la que no se había separado ni un instante en toda la velada.
          Esperanza, pues ese era el nombre de la muchacha, sentía en su corazón algo que jamás había sentido antes; amiga de Juana María, la hija del médico del pueblo, se había acercado desde Ávila aquella semana para visitarla y pasar con ella unos días antes de que llegaran las nieves que cortarían la normal comunicación entre los dos sitios; al saber que el sábado habría baile, rogaron a don Ángel que les permitiese acudir y a él fueron en su compañía; cuando sonaba la segunda pieza que se tocó, “El día que nací yo”, de la inmortal Imperio Argentina, la sacó a bailar aquel teniente de ojos oscuros y sonrisa cautivadora con el que no había dejado de danzar en toda la noche.
          Al fin, pararon exhaustos y felices… sólo entonces se dieron cuenta de que estaban solos, de que no quedaba ya nadie en el salón… sus labios se acercaron a la vez que sus cuerpos se abrazaban en una comunión que hubieran querido eterna…
          -¡Volverás…! ¡Prométemelo!
          -¡Te lo prometo! Y tú…. ¿me esperarás?
          -¡Siempre!
          -¿Aunque tarde?
          -¡Aunque tenga que esperarte toda la eternidad!
          Y, así, abrazados, bailaron un último vals, al compás de una música que solamente sonaba para ellos, dentro de ellos.
……….
          Una noche, iba yo con mi hija hacia casa cuando, al pasar frente a la calle Cuartel, una musiquilla que parecía venir de la casa de los Arpe, nos llamó la atención.
          -¿Oyes?
          -Sí, parece que viene de la casona….
          -Pero no hay nadie, mira las ventanas…. cerradas a cal y canto; no asoma ni una lucecilla por las cortinas.
          -Vamos a acercarnos.
          Y así, sigilosos, después de mirar en rededor, nos acercamos a la puerta de la casa; una vez allí, nos quedamos quietos y silenciosos… escuchando…
          -Sí, se oye algo…. Parece un vals…
          -A ver…. Sí, es verdad, sale una música…. Espera, me mata la curiosidad, voy a llamar.
          Cogí la aldaba y golpeé con ella tres veces….
          Nada.
          Volví a repetir, esta vez más fuerte….
          Nada tampoco.
          -Pues se sigue oyendo la música….
          -No hay duda de que hay alguien dentro…. A menos que se hayan dejado la radio o la tele puestas….
          Empujé la puerta y…. cual fue mi sorpresa cuando ésta se abrió, dejándonos ver la oscuridad del gran portal de la entrada….
          -¿Hay alguien? –grité-
          -¿Hay alguien en casa? –repetí-
          Nada otra vez.
          Con un sí o un no de miedillo empujamos la puerta y entramos; aquello no era normal, que la puerta estuviera abierta y no hubiera nadie en la casa… al pisar el portal oímos más claramente la música…. No era un vals, no, era una vieja copla:

El día que nací yo
qué planeta reinaría….
Por donde quiera que voy
que mala estrella me guía…

          -Suena debajo de nosotros…
          Efectivamente, bajo nuestros pies, según avanzábamos, subían las notas de la canción, desgarradoras, tristes….
          -¿Seguimos?.
          -Sí, hay que ver en qué para esto….
          Y así, animándonos el uno al otro, cruzamos el salón y llegamos al pasillo, a la izquierda una puerta entornada dejaba ver una luz pálida y tenue…
          -Es en la bodega…
          -Sí, es ahí abajo…
          -¿Bajamos?
          -¡Venga!
          Escalón a escalón fuimos bajando hasta que, en el último recodo de la escalera, nos paramos para asomar nuestras cabezas a ver qué había allí…
          Iluminada por una luz espectral, blanca y fría, una pareja danzaba ante nuestros ojos al son de la vieja copla de Imperio Argentina; él iba de uniforme, un uniforme militar antiguo y destrozado, como si la metralla lo hubiera agujereado en una explosión… ella, con un vestido largo azul cielo, raído y polvoriento, alzaba la cabeza mirándole arrobada…
          De pronto, volvieron sus cabezas hacia nosotros y corrimos escalera arriba sin parar hasta que salimos de la casa….
          -¿Quiénes eran?
          -No lo sé.
          -Parecían…. fantasmas; no tenían ojos….
          -No puede ser, nos lo habremos imaginado….
          -Vayamos a ver otra vez….
          -No me atrevo….
          No hizo falta entrar de nuevo, estábamos junto a la puerta, donde nos había llevado nuestra huida, pero…. la puerta estaba cerrada, cerrada a cal y canto y, por más que arrimamos el oído a ella, no volvimos a escuchar música alguna.
          Llamamos con la aldaba de nuevo, una y otra vez…. Pero allí no había nadie…
……….
          Al día siguiente, fuimos a hablar con nuestro amigo Doroteo, que conocía todos los cuentos e historias que corrían por el pueblo, y le contamos lo que nos había ocurrido la noche anterior…
          -¡Ah, sí, el baile! -dijo con una sonrisa-
          -¿Lo sabía?
          -Sí, ya es antiguo…. Por lo visto, en la guerra, los militares hacían bailes en las casas grandes del pueblo para alegrar un poco la dureza y el espanto de las batallas; mi padre me contaba que en la casa de los Arpe, y en la de don Juan, los celebraban por las noches…. Y….¡sí! hay ocasiones en que de sus paredes salen músicas como de baile y cuando te asomas…. apenas puedes entrever a las parejas bailando, son aquellas personas que murieron violentamente durante el conflicto y que, enamoradas, o casadas, o prometidas… habían jurado volverse a ver; y sí, se ven, en unas noches especiales se vuelven a celebrar esos bailes, con aquella música antigua, en los que danzan los espíritus de aquellos que se amaron y se amarán durante toda la eternidad.

16 de abril de 2018

Leyendas de Aldeavieja: La ermita de la Luz (y VI)


          Agosto, el calor parecía que se retraía un poco a la caída del sol y Julián sentía que volvía a renacer; en dos días sería luna llena y podría, al fin, liberarse de aquella maldición ignominiosa que le impedía salir de los alrededores del pueblo si no era a costa de dolores insufribles por las noches.
          Su madre lo notó el mismo día que volvió de Ojos Albos.


          -¿Ves?, ya te lo decía yo; se te ve otra cara; seguro que la tía Micaela te lo va a arreglar, ¿a que sí?
          -Todo lo que esa mujer toca se arregla, es como una santa.
          Y aquella fe ciega de su madre se le había contagiado; lo primero que hizo fue enterarse de cuando sería la siguiente luna llena; se fue al tío Boni, que sabía muchos de todas esas cosas y éste, enseguida, le informó:
          -De aquí a dos semanas será llena, y además de las gordas, que en este mes de agosto salen unas lunas que parece que es de día.
          Y por más que su madre le preguntaba, o que el tío Boni intentaba sonsacarle, pues todo el mundo sabía que había ido a Ojos Albos a consultar a la tía Micaela, Julián callaba, sonreía y decía:
          -Cosas entre ella y yo.
          Y de ahí no había quien pudiera sacarle.
          Hasta se atrevió a mirar a la Teresilla de otro modo, un poco como diciéndole: “Mírame, ya estoy aquí” y la chica se reía y marchaba con las otras muchachas, el cántaro apoyado en la cadera, volviéndose de vez en cuando y riendo unas y otras con esa alegría que da la juventud, riendo sólo por el hecho de vivir y sintiéndose feliz sólo porque un chico la miraba.
          Julián se sabía la frase que debía de decir de memoria, de todos modos la había apuntado en una hoja del cuadernillo donde su madre señalaba los panes que debía a la Inocencia y que se pagarían al acabar el mes.
          Todo lo tenía preparado, el tarro, aún envuelto en el mismo trapo con que lo hiciera la tía Micaela, estaba guardado en el fondo del baúl donde su madre guardaba su ropa de invierno; hasta dentro de dos o tres meses nadie andaría en él y así, entre la ropa, estaba más protegido de golpes o caídas.
          Nada le faltaba, sólo le cabía esperar… y ya era muy poco lo que debía de hacerlo, y aún así… ¡qué largos se le estaban haciendo!.
          Por fin llegó el día, Julián estaba nervioso; por la mañana había acompañado a su padre a un pedazo de huerta que tenían por la parte de la Jarrera y, así, parecía que el tiempo se le iba pasando más rápido; pero no se podía quitar de la cabeza lo que tenía que hacer esa noche; repetía en su interior la frase que debía pronunciar, una y mil veces y, a ratos, se sacaba el pedazo de papel de un bolsillo y volvía a releerlo, creyendo que se había equivocado y que había cambiado una palabra por otra. Debía de tener mucho cuidado, no tendría una segunda oportunidad, ya se lo había avisado la tía Micaela; o lo hacía bien a la primera o… aunque seguro que todo eran suposiciones de la anciana, ¿qué podía pasar si se equivocaba? ¿que no se iba a borrar la marca?; ¿por qué no iba a poder tener una segunda ocasión? ¿qué sabía ella de las reglas en estas situaciones?; por otro lado… ¿por qué se iba a equivocar? ¿por qué lo iba a hacer mal? ; no era tan difícil… sólo estar allí esa noche, de rodillas ante el Cristo, decir aquellas palabras… ¡mejor las leería, así no habría error…! y estar desnudo, sin nada que tocara su piel, excepto el duro suelo… ¿y el papel? ¿podría tocar el papel? se decía que lo hacían con trapos viejos… ¡no podría coger el papel…! bueno, pero tenía la posibilidad de colocarlo encima de un candelabro, o de la urna y así, sin tocarlo, leerlo….
          Todo era dar vueltas a lo mismo… ¿y si…? ¿podría…? ¡el ungüento!, se olvidaba del ungüento…. no debía olvidarlo, ¡no podía! en cuanto llegase a casa lo sacaría del baúl y se lo echaría a un bolsillo de la chaqueta….
          Y así una y otra vez; al fin, pasó la mañana y volvieron a la casa para almorzar; era sábado y aquella noche habría baile en la plaza, como todos los sábados en verano; ya había visto, y oído, al tío Ventura y a su hijo, tocando la dulzaina y el tamboril mientras preparaban las piezas con que iban a amenizar la danza… ¿le daría tiempo de ir? .
          Todo llega… y también llegó la noche; Julián cenó con sus padres; comió poco, apenas un trozo de pan y algo de tocino acompañados de un vaso de vino, áspero y peleón, de Cebreros; su madre le miraba… pero no le dijo nada; sabía que esperaba algo y que ese algo ocurriría esa noche; y no porque su hijo se lo hubiera dicho, no, Julián no había abierto la boca en lo relativo a su problema desde que volvió de su visita a Ojos Albos; pero, a una madre no se le escapa nada de lo que les ocurre a sus hijos y la Luisa sabía cuándo debía preguntar y cuándo no… ¡y esa noche era de las que no!.
          Acabada la cena, salieron los tres a tomar “la fresca” a las piedras que tenían a la puerta de casa; corría una brisilla muy agradable, las estrellas peleaban por hacerse un sitio en el cielo y, de pronto, allá sobre la sierra, empezó a mostrarse la redonda faz de la Luna; amarillenta, casi naranja, se iba elevando sobre los picos de Navacerrada y mientras lo hacía, las estrellas iban desapareciendo como abriéndola camino y su cara se iba volviendo, poco a poco, blanca y plateada iluminando de forma fantasmal las copas de los árboles y los tejados de las casas.
          Una de esas noches gloriosas de verano en que hay una luz como si fuera de día, en que no hace calor y la brisa se agradece…. las calles huelen a la mies que se amontona en las eras y las chicharras se llaman unas a otras en monótona algarabía; de vez en cuando se ven pasar los murciélagos, como borrachos alados, persiguiendo su alimento y, más espaciosamente, cruza el cielo la blanca y pausada figura de una lechuza que se dirige a su particular coto de caza en el Valle.
          Por la altura de la Luna debían de ser las once, Julián la observó un instante, callado y serio y, de pronto, se levantó y despidiéndose de sus padres marchó en dirección a la plaza.
          -¿Dónde va este chico?; no le había visto tan callado desde hace mucho.
          -¡Déjalo, Tomás! irá al baile…
          -¡Quiá! ¡éste no va a bailar, si lo sabré yo!
          Al llegar a la plaza, Julián se desvió hacia la iglesia y se ocultó entre las sombras de los árboles para ver sin ser visto; ya iban llegando los mozos y las mozas deseosos de baile y alegría, ya se oía a Ventura y a su chico tocando a lo lejos, por la calle Angosta, dirigiéndose a la plaza y llevándose detrás a toda la muchachada que iban encontrando a su paso.
          Se palpó los bolsillos de la chaqueta, en uno sintió crujir un papel, en el otro acarició la forma lisa y dura del tarro donde se guardaba el ungüento; miró con algo de envidia la escena que se iba formando y dándola la espalda marchó hacia la ermita.
          Allí estaba, su forma oscura se recortaba contra la claridad de la luna, que veteaba sus tejas de un brillo plateado; se arrimó a la pared de la derecha, guarnecido un poco por la sombra que ofrecía y que le ocultaría de cualquier curioso que pudiera pasar, aunque eso era harto difícil, pues además de haber fiesta, la zona había cobrado una mala fama que impedía que nadie se acercase si no era por necesidad; comenzó a desnudarse, no quería hacerlo dentro por si, por mala suerte, caía alguna pieza mientras recitaba su conjuro y le tocaba, mejor no dar oportunidad a que algo malo pasase si se podía evitar.
          Por un instante sintió cómo la brisa acariciaba su cuerpo desnudo, hacía una noche espléndida, y recordó cuando iba con su madre a lavar y aprovechaban para bañarse en el arroyo y después secarse, en cueros, corriendo y jugando por los prados vecinos.
          Cogió el tarro y se extendió el ungüento sobre la palma de la mano derecha, cubriendo bien el grabado del eslabón y aquella cara satánica, lo dejó junto a su ropa sobre una piedra que hacía las veces de poyete y sosteniendo el papel con la frase que le había enseñado la tía Micaela abrió la puerta de la ermita y pasó a su interior.
          Comparada con la claridad exterior, la ermita estaba en una penumbra total, sólo rota por la luz de la Luna que entraba por la puerta; sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse a aquella oscuridad, ahora distinguía el bulto de la urna en la que descansaba el Cristo yacente, la lamparilla de aceite que normalmente iluminaba la ermita estaba apagada…
          -¿Para qué diablos he traído el papel si aquí no se ve nada?, mejor saldré y lo dejaré fuera, no sea que…
          Julián volvió a salir y dejó la nota junto al montón de ropa pero, antes, le echó un último vistazo, aprovechando que la noche estaba tan clara y leyó:
          -“La luz me guía, a ti la sombra…. y la sombra desaparece con la luz… ¡vete!”
          -Sí, lo recordaré bien…
          Y volvió al interior.
          Se hincó de rodillas ante el Cristo, del que sólo se percibía un bulto oscuro, y cerrando los ojos dijo:
          -La luz me guía, a ti la sombra… y la sombra desaparece con la luz… ¡vete!
          En ese preciso instante todo se iluminó con un fogonazo que parecía proceder del Cristo, Julián se miró la mano, el grabado comenzaba a desaparecer… algo le hizo mirar al suelo y vio…. vio que estaba arrodillado sobre uno de aquellos mantelitos bordados que las mujeres ponían bajo los candelabros y las palmatorias… un grito salió de su boca a la vez que notaba como su cuerpo se desvanecía y su alma, su espíritu…. o lo que fuese, se introducía en otro ser…

……….

          A la mañana siguiente Luisa comprobó que Julián no había dormido en su cuarto; no había rastro de él; miró en el baúl de su ropa y comprobó que aquel tarro, que el chico había guardado con tanto misterio, ya no estaba… ya sabía ella que esa noche no había ido al baile, seguro que habría acudido a la ermita a realizar algo que le habría aconsejado la tía Micaela; pero… ya tendría que haber vuelto…
          Sin decirle nada a Tomás, se puso el pañolón a la cabeza y se encaminó a la ermita del Cristo; lo primero que vio fue la ropa de Julián amontonada sobre una piedra, a su lado el frasco del ungüento y un papel; sintió un pálpito en su interior, como si el corazón se diese la vuelta y llena de miedo se acercó a la puerta… y la abrió.
          Nada, nadie, dentro no había nadie, por una parte se tranquilizó un tanto, pues había temido ver a su hijo tendido en el suelo… ¡Dios sabe en qué estado…! Pero, por otra parte… ¿dónde estaba aquel chico?, ¿dónde iba a haber ido estando desnudo?.
          Miró a su alrededor, el suelo y las paredes de la ermita, nada; nada que indicase si su hijo había estado allí o si hubiese estado cualquier otra persona; sólo el Cristo, que la miraba con los ojos medio abiertos con un gesto que a ella le llenó de piedad; unos ojos llenos de miedo, llenos de súplica, llenos de….
          Aquella tensión pudo más que ella y cayó desvanecida, los ojos llenos de espanto y la boca abierta en un mudo alarido de horror.

……….

          -¡Madre, madre, mírame, soy yo!, ¡por favor, madre, soy Julián, mírame!

……….

          Con los años la ermita se derrumbó, pues nadie había querido a entrar a limpiar, a arreglar ni, por supuesto, a rezar; la talla del Cristo yacente quedó destrozada al caerle encima las vigas y los cascotes del techo; se edificó, en su lugar, una más pequeña y en ella, a falta de dinero, se puso, dentro de otra urna,  una talla de un Cristo crucificado, con su corona de espinas, cortado a la altura de la cintura; nunca se atrevieron a poner un auténtico Cristo yacente… y para librar a aquel lugar de toda influencia infernal, en lo alto del tejado colocaron una cruz de hierro, con los atributos de la pasión en los brazos, que es la que ahora, aún, podemos ver.

FIN

12 de abril de 2018

Leyendas de Aldeavieja: La ermita de la Luz (V)


          Ese mismo día, todo lo sucedido se supo en el pueblo; era la comidilla en la cola del caño y en la taberna, en el río entre las lavanderas y en las eras; todo el mundo daba su opinión y su consejo y hasta las “fuerzas vivas” hablaron de reunirse para ver de encontrar una explicación o una solución a aquellos sucesos tan extraños.


          Si antes iba poca gente a la ermita, ahora iba menos, bueno, mejor dicho, no iba nadie, y los lugareños, al pasar por el camino real y llegar frente a ella, se cambiaban de lado por estar lo más alejados posible de aquel foco de maldad; y todo ello a pesar de que el señor cura dijo, desde el púlpito, que aquel sitio era un lugar consagrado, y ninguna fuerza diabólica podía permanecer en él.
          Resucitaron, de nuevo, todas las viejas leyendas que había sobre la ermita; las historias de judíos, de moros, de embrujados y de brujas, de endemoniados y de muertos; y tal parecía que en el pueblo, sólo había habido historias de diablos y almas en pena.
          La misma arboleda, en la que se contaba que habitaba el trasgo, o demonio, que visitaba la ermita, era un lugar maldito al que nadie osaba acercarse.
          Julián tuvo que volver, al fin, al Alamillo; ya estaba restablecido (al menos, físicamente) y el amo le había mandado llamar; tenía que ir, si no quería perder su trabajo; así que, una mañana, enjaezó a “Lucero” y, por el camino del campo, cruzó la sierra y comenzó, otra vez, con sus faenas con las vacas y los caballos.
          Pero, desde la primera noche, algo extraño le ocurría: pasada la medianoche, o poco antes, comenzaba a sentir un hormigueo furioso en la mano derecha, un picor irresistible que le despertaba y que, al encender el candil, le mostraba la mano enrojecida y en la palma, como si quisiera salir de ella, la marca del eslabón palpitaba y parecía moverse… ya no sabía si eran sueños o era realidad, pero los ojos de aquella figura refulgían unos instantes, como echando chispas y su boca se abría y se cerraba como diciéndole unas palabras que, claro está, no llegaban nunca a sus oídos… después de eso, le era casi imposible volver a dormirse y pasaba el resto de la noche dando vueltas y temiendo que aquel escozor le volviera y aquella efigie volviera a mirarle con aquellos ojos inhumanos.
          El amo se percató de que Julián ya no rendía como antes, su cara reflejaba siempre un miedo y un cansancio que no era normal; sus compañeros que, al principio, se mofaban de él, ahora le rehuían y procuraban no mirarle, sobre todo cuando, al llegar la noche, le sentían despertarse y encender el candil… se daban media vuelta y se tapaban totalmente con las mantas, no queriendo ver cómo sufría, no fuera a contagiarles aquel demonio que, creían, le visitaba en la oscuridad.
          Julián tuvo que volverse al pueblo; el amo le dijo que cuando se restableciese de “aquello” volviera, que siempre tendría trabajo allí, pero que mientras siguiera con “aquello” no podía mantenerlo en su puesto, pues sus compañeros le evitaban y hasta se daba el caso de que las mismas bestias con las que trabajaba le soportaban malamente.
          Inexplicablemente, la primera noche que pasó en el pueblo durmió a pierna suelta, como si nunca lo hubiera hecho; su madre lo tuvo que llamar a las doce de la mañana siguiente, zarandeándole, por temor de que nunca fuera a despertar; Julián se levantó como nuevo, cansado todavía después de tantas noches de vigilia, pero con otro ánimo; la mano no le había molestado en ningún momento y aquello le llevaba a pensar que, quizás, aquel ser que habitaba en el eslabón, o en su mano, o en la arboleda, o donde fuera, le dejaba de molestar en cuanto había vuelto a su lugar de residencia… no podía ser de otra manera; cuanto más le daba vueltas a esa idea, más se daba cuenta de que debía de ser cierta; no obstante, pensó, con algo de miedo, que habría que esperar a pasar otras noches más, a ver si ocurría lo mismo: que no ocurriera nada.
          Después de comer salió a la calle, no se encontraba con fuerzas para encontrarse con sus amigos y que todos le preguntaran sobre su mano, sobre su trabajo, sobre el ser diabólico, sobre… y ¿qué les debía de decir? ¿acaso tendría respuestas a sus preguntas cuando no las tenía de las suyas propias?
          Salió por las traseras hacia el Barranco, tomó el camino que iba hacia Blascoeles con la intención de llegar a alguno de los prados y tenderse bajo la sombra fresca de los árboles y pensar… tenía mucho que pensar… ¿o… quizás no? ¿qué iba a sacar en claro de dar vueltas y vueltas a los mismos hechos, como hacía  desde semanas atrás? Sumido en estos pensamientos llegó a la altura de las piedras “eslizanderas”, unas niñas se dedicaban a lanzarse por el tobogán de piedra que miles de posaderas habían pulido desde tiempos inmemoriales, entre ellas las suyas; si todo fuese tan fácil como cuando se es niño…
          Se tendió bajo un fresno, la espalda apoyada en su tronco, y se miró la mano; allí, grabada a fuego estaba la imagen del eslabón, del maldito eslabón que en maldita hora descubrió en esa maldita ermita en la que una maldita noche se le ocurrió entrar…
          Estaba claro que aquello era algo diabólico, si no ¿cómo se entendía que aquello se grabara en su mano? ¿ cómo explicar la aparición y la desaparición de aquel eslabón infernal? ¿por qué le había estado vigilando todas las noches desde que había vuelto al Alamillo? ¿de qué le servían las explicaciones de don Enrique, o de don Marceliano o los cuentos del tío Boni?
          Aquello era desesperante; Julián reconoció que no iba a adelantar nada dándole vueltas en la cabeza a todas las cosas raras que le habían ocurrido, y, sin embargo, tenía que hacer algo; alguna cosa se podría hacer para acabar de una vez por todas con todo aquello; pero también entendió que a él solo le iba a ser muy difícil.
          Volvió a su casa, no quería estar fuera cuando fueran retornando sus paisanos de las tareas en los campos; su madre le vio entrar por la gran puerta trasera, de vieja y gastada madera, que daba al Barranco; daba de comer a los cerdos, un par de animales jóvenes a los que había que cebar para la matanza, mondas de patata, pan duro y algo de cebada eran devorados por aquellos gruñones.
          -¿Ya vuelves, Julián?
          -Ya estoy de vuelta, madre.
          -¿Dónde has ido?
          -Un paseo hasta los prados…
          -¿Qué va a ser de ti, hijo?; has perdido el trabajo, pierdes la salud día a día; no comes, vagas por ahí como un alma en pena, siempre callado, triste… ¿qué vas a hacer?
           -No lo sé, madre, no lo sé…
          -Yo que tú iba a ver a la tía Micaela, la de Ojos Albos, ya sabes… dicen que es un poco bruja… pero yo la he visto arreglar casos más raros que el tuyo, hijo; ¡dime que irás a verla! ¡hazlo por mi!
          -La haré caso, madre; total, no tengo nada que perder… y mal no me hará.
          Aquella noche, Julián volvió a dormir bien, sin sobresaltos, de un tirón; a pesar del temor a que le pasase lo que le ocurría cuando estaba en el Alamillo, parecía como si el estar en su pueblo, o el estar cerca de la ermita, confiriera una especie de paz o de tranquilidad a lo que fuera que tuviera dentro.
          Cuando despertó, y tal como le había prometido a su madre, preparó a su burro y poco después tomaba el camino de la sierra que, a través de Silla Jineta, le conduciría al cercano pueblo de Ojos Albos.
          Mientras se encaminaba hacia la aldea, Julián iba pensando en lo que sabía de la tía Micaela; era algo familia, como lo eran todos en los pueblos de alrededor, hermana de la madre de su padre… o algo así; era ya muy vieja, nunca se había casado y vivía de unas colmenas que cuidaba como a las niñas de sus ojos; se decía que era bruja y que hablaba con los animales; era verdad que era fácil sorprenderla diciendo cosas a los insectos mientras éstos se posaban en sus manos o libaban el polen de las flores que ella multiplicaba en su corral. Tenía fama de curandera y ella administraba, a quien se lo pidiera, remedios hechos con la miel que cosechaba o con cera o polen; nunca cobraba nada por sus favores; siempre con una sonrisa en la boca y una palabra amable y dulce para con todos los que se acercaban a ella; era, en fin, como una viejecita buena de los cuentos infantiles, pero con un punto de misterio que impedía a las gentes intimar con ella; tal vez porque el espacio entre la brujería y la curandería, la soledad y la bondad, el misterio y el esoterismo es muy estrecho y, a veces, son sólo la otra cara de la magia negra, el ocultismo y la brujería.
          Las mujeres se acercaban a ella cuando querían tener hijos y parecía que no podían; las enamoradas y los enamorados le pedían consejos y bebedizos para curar sus males; siempre se acudía a ella cuando se sospechaba que alguien había echado mal de ojo a alguno y también cuando se quería un remedio contra la fiebre, o el dolor menstrual o cuando el niño tenía lombrices y el médico no estaba o no se tenía el dinero suficiente para llamarle.
          En estas cosas iba pensando Julián cuando llegó al pueblo; no tuvo que adentrarse en él, pues la casa de la tía Micaela estaba al borde del camino, un poco separada de las demás  y al abrigo de una gran peña que se alzaba tras la vivienda como un guardián, protegiéndola de los aires y del frío.
          La encontró en el corral, ataviada con un delantal y un pañolón negro se ocupaba de regar los macizos de flores en los que zumbaban verdaderos enjambres de abejas; apenas había abierto la puerta cuando ella alzó la cabeza y le dedicó una sonrisa que parecía que llevaba dentro toda la serenidad y bondad del mundo.
          -¡Hombre, ya has venido, Julián! ¡has tardado bastante!
          -Buenos días tía Micaela….
          -Te esperaba desde hace una semana, pero… en fin, ¡ya estás aquí!
          -¿Cómo sabía que vendría?
          -Hijo, cuando se tiene mi edad y se sabe lo que pasa por los alrededores, y más un caso como el tuyo que está en boca de todos… se sabe que se termina por venir a visitar a esta pobre vieja.
          Dejando la botija con la que regaba en el suelo, le indicó a Julián un banco de piedra que estaba bajo un emparrado mientras ella se metía en la casa.
          Julián se sentó mirando con curiosidad aquel corral, no muy grande pero muy bien aprovechado, muy cuidado y en el que, realmente, se estaba muy a gusto.
          Al poco salió la dueña de la casa con una bandeja en la que reposaban dos vasos de grueso cristal llenos de aguamiel.
          -Enséñame esa mano, Julián.
          El mozo alargó la mano y la tía Micaela la tomó entre las suyas; pasó uno de sus rugosos dedos por encima de la marca del eslabón, se la acercó a los ojos para verla mejor y, finalmente, la soltó sobre la mesa.
          -El problema, o por lo menos parte de él, está en este grabado. En el momento en que se marcó en tu carne pasaste a formar parte, de alguna manera, de la sustancia del ser que te encontraste en la ermita y, está muy claro, no es un ser benévolo precisamente.
          -Entonces, si consiguiera borrarlo… ¿todo volvería a ser como antes?
          -Sí.
          -Y… ¿usted cree que habría alguna manera de hacerlo?
          -Casi nada es imposible, pero puede ser muy complicado y laborioso.
          -Haría cualquier cosa…. ¡Lo que fuera necesario!.
          -¡Escucha…! Te voy a dar una crema hecha de plantas que sólo yo conozco y te la extenderás por la palma de la mano; lo tendrás que hacer una noche de luna llena, dentro de una iglesia con culto y arrodillado a los pies de una imagen de un Cristo de la Buena Muerte, esto es… de un Cristo muerto, como el de la ermita donde te pasó todo; es más, para que te sea más fácil, podrá ser en la misma ermita…
          -¿Tan sólo eso?
          -¡No!, hay más.
          -¿Qué más?
          -No podrás decir nada de esto a nadie, ni padre, ni madre, ni amigos, ni cura… ¡ni nadie!
          -Eso está hecho!
          -Cuando lo hagas estarás desnudo, ni una sola prenda de vestir sobre ti, ni en contacto con tu piel… tal cual como cuando naciste; ni boina, ni abarcas, ni cinto, ni pañuelo…. ¡nada!
          -Entendido, como mi madre me echó al mundo.
          -Y dirás: “la luz me guía, a ti la sombra…. y la sombra desaparece con la luz… ¡vete!”
          -¿Algo más?
          -Nada más; pero…. ¡recuerda! Lo tendrás que hacer tal y como te he dicho; si no te acuerdas… ¡apúntalo en algún trozo de papel!.
          -Me acordaré.
          -Más te vale, pues en caso contrario….
          -¿Qué pasaría?
          -Realmente, no sé qué pasaría, pero yo no jugaría con esa posibilidad. ¡Hazlo como te he dicho y no te tendrás que preocupar de nada!
          -Lo haré.
          -¿Recordarás todo?
          -Lo recordaré.
           La anciana entró de nuevo en su casita y salió al poco llevando un tarro de vidrio que iba envolviendo en un trapo; se lo entregó al muchacho y le dijo:
          -¡Toma, ésta es el unguento que necesitas! ¡Vete con Dios!
          Julián se lo agradeció y saliendo del corral, guardó el tarro en las alforjas de ”Lucero”; luego, se subió al animal y volviéndose se despidió de la tía Micaela.
          -¡Adiós y gracias, tía! La recordaré en mis oraciones.
          -Anda muchacho, vete ya… y dale recuerdos a tu madre; dile a la Luisa que me acuerdo mucho de ella.

(continuará)