25 de septiembre de 2026

Colás y Victoria

 Este verano hemos tenido la desgracia de decir adiós a dos de nuestros convecinos más queridos; además se da la circunstancia de que eran hermanos; ya os habréis dado cuenta de que se trata de Colás (Nicolás) y de Victoria, con la diferencia de casi un mes los dos nos han dejado y los dos de una manera inesperada, rápida y, como fue su vida, sin molestar.


Venían de una familia de albañiles, la única que, durante mucho tiempo, existió en el pueblo; su padre, Isaías Moreno del Rey, era hermano de aquella saga en la que reinaba el gran Demetrio y, junto a él, sus hermanos Siro, Segundo, Marcelino, María, Teodomira y Eugenio; Isaías se había casado con Luisa Gómez Vaillo (de Ituero) y, además de Colás y Victoria, tuvieron otros tres hijos: Clemente, Julián y Cecilia.

¿Quién no ha tenido en su casa a Colás arreglándole el tejado, o levantando una nueva pared, o retejando?


¿Quién no le ha visto, alguna vez, subido al tejado, con su inseparable boina y su cigarrillo en la boca, siempre con una sonrisa? Nadie como él conocía las casas del pueblo, cómo estaban construídas, por dónde podían fallar y qué había que hacer para arreglarlas o modernizarlas.

¿Y de Victoria, qué vamos a contar? sus sobrinos fueron para ella como los hijos que no tuvo; siempre echando una mano, siempre vigilante, siempre con amor y con cariño? ¿Recordáis sus rosquillas, esas rosquillas que nunca faltaron en casa de ningún sobrino?


Mi primer recuerdo de ella es de mi infancia en Segovia, cuando vivíamos aún allí, y tengo una foto en la que se la ve cuidando de mis hermanos y de mí, en las cuestas del Pinarillo. ¡Quién me iba a decir que, un día, yo también me convertiría en su sobrino!

¡Cómo no vamos a sentir su ausencia! Menos mal que nos quedan su memoria, sus palabras, y las fotos en las que se la ve siempre tranquila, un paso atrás, pero siempre vigilante.

Como decían los romanos a sus muertos: ¡Que la tierra os sea leve!

16 de septiembre de 2026

Sobre el retablo de la Virgen del Rosario. II

     En octubre de 2020 hice una reseña del retablo de la Virgen del Rosario que se encuentra en la iglesia parroquial de Aldeavieja, en ella hablaba de unos pequeños cuadros instalados en el banco de madera, obra del pintor Matías de Torres (Aguilar de Campoo 1635 - Madrid 1711) y hoy vamos a hacer una referencia detallada de los mismos, así como a enseñároslos, pues seguro que muchos de vosotros no habéis reparado en ellos, como a mí me había pasado hasta que no se retiraron unos grandes floreros que los ocultaban a la vista; Matías era compañero y discípulo de Herrera el Mozo, uno de los pintores favoritos de José García de Cerecedo y del que aprendió mucho de lo que se encuentra en su pintura; especializado en cuadros pequeños para completar retablos, fue el elegido por Herrera y por Cerecedo para hacer los del retablo que nos ocupa. Anteriormente ya había pintado cuadros cerca de Aldeavieja: en la parroquia de Hoyos del Espino y en la de Peñaranda de Bracamonte.


     El cuadro central corresponde a la puerta del sagrario y en él se representa el tema del Pelícano sacrificándose por sus crías, ya comentamos que este tema es uno de los más recurridos por la Iglesia católica que equipara al pelícano con Jesucristo ya que se creía que dicha ave se picaba el pecho hasta hacerse sangre para alimentar a sus crías cuando, realmente, lo que hacía era regurguitar la comida para alimentarlas. El cuadro está resuelto con grandes pinceladas iluminando a la madre que recuerda, vagamente, más a un cisne que a un pelícano, ave que, seguramente, nunca había visto nuestro pintor.


     Los otros dos nos enseñan a la Virgen cosiendo y a San José con el Niño. Matías era un especialista en pintar escenas sobre la Virgen, existen varias obras suyas sobre la vida de María que aparecen en los retablos citados anteriormente.


     En el primero, situado en el lado izquierdo del retablo, se puede ver a la Virgen cosiendo ropa, a sus pies reposa un cestillo en el que se aprecia una prenda y a la derecha un jarrón conteniendo flores que equilibra la escena, al fondo se distingue una pared alta que cierra las figuras. El manto de la Virgen se eleva tras ella como si soplara una ráfaga de viento.


     En el segundo, a la derecha, San José, de pie, dentro de su taller abierto a la calle, le muestra al Niño unas herramientas de su oficio que reposan sobre una mesa, al fondo una casa de dos pisos sirve de telón. el Niño va vestido con un amplio ropaje rojo mientras San José lo hace con unas vestimentas oscuras que casi se confunden con el interior del taller.


     Es una lástima que estos dos pequeños cuadros no se hayan restaurado, por lo que no se aprecia debidamente el colorido y la fineza de la pincelada que tanto gustan en Matías; quizás, algún día, ésto pueda realizarse y nuestro pueblo pueda sentirse orgulloso de ello como lo está de las pinturas de Herrera el Mozo.



28 de agosto de 2026

La Cruz de Dimas

 Hoy voy a tratar de una de las cruces más escondidas del pueblo; la llamada "Cruz de Dimas"; no la vais a encontrar en nuestras calles, ni en ninguno de los caminos y carreteras que rodean nuestro pueblo; está en el Valle.

Os voy a contar lo poco que sabemos de su origen: allá, a mediados de los años cuarenta del pasado siglo, creemos que exactamente en 1945, a seis años de acabada la guerra civil, había en nuestro municipio muchos rebaños de ovejas y, por consiguiente, muchos pastores; era costumbre que en cada casa se tuvieran dos o tres ovejas que, al amanecer salían cada una de la casa de su dueño e iban agrupándose en un rebaño que salía a los campos a pacer y muchos de ellos lo hacían en el Valle, que no estaba vallado como ahora.


Uno de estos rebaños, llamémoslos "comunales", lo guiaba Dimas, no sabemos su apellido o, por lo menos, nadie lo recuerda; era ya un hombre mayor, tendría alrededor de sesenta años, que ahora no nos parecerá mucho pero, en esa época, sí lo era; bien, pues decíamos que Dimas llevó su rebaño a pastar al Valle como hacía todos los días, era verano, principios del verano, las ovejas iban comiendo seguidas por el pastor y los dos perrillos que le ayudaban; pasó el mediodía, pasó la tarde y el rebaño volvió al pueblo, agrupándose, como todos los días, en el cruce de la calle Segovia con la del Mediodía; sólo había algo inusual, el pastor no iba con ellas.


Los vecinos, alarmados, marcharon hacia el Valle, por los caminos por los que solían volver los rebaños para ver si podían encontrar a Dimas, y lo encontraron, claro que sí; el pobre hombre yacía, muerto, en un altillo desde el que se iniciaba una vaguada que conducía al Camino de Abajo de la Virgen. La noticia voló al pueblo y todos sintieron en lo más profundo la muerte de Dimas, un ataque al corazón fulminante había acabado con su vida, se llevó el cuerpo a las traseras de la ermita de San Cristóbal, donde el médico del pueblo le hizo la autopsia; después fue enterrado cristianamente en el cementerio.

Algunos vecinos, amigos del finado y compañeros de profesión decidieron hacer algo en memoria de Dimas; fueron al lugar donde falleció y llamando en su ayuda a varios chiquillos que andaban por allí, les pidieron que les llevaran piedras de cierta forma y tamaño y, con ellas, hicieron una cruz en el suelo, apretándolas bien para que no se movieran y resistieran el paso del tiempo, de las personas y de los animales; poco después, otro pastor, Lorencillo, hincó un hito de granito en la cabecera para que el lugar pudiese ser reconocido más fácilmente.


El tiempo pasó, el tiempo, los hombres, los animales, la naturaleza en fin, acabaron por tapar aquella cruz y hasta se olvidó su existencia y el motivo por el que fue creada; hoy, los hijos de aquellos que la hicieron la han encontrado, la han limpiado y la han puesto a disposición de todo el pueblo, para que no se olvide a aquel hombre que se llamaba Dimas y a aquellos que quisieron que su memoria no se olvidase.

13 de agosto de 2026

La Romería del Cubillo en 1890

 

El artículo que hoy os presento, apareció en el semanario segoviano “El Faro de Castilla”, el sábado 20 de septiembre de 1890, hace la friolera de 136 años, que se dice pronto. Está firmado por Adelardo López-Sánchez y Avecilla, periodista que escribió en dicho semanario sobre las fiestas de la provincia y que, como vamos a ver, empezó por las de Aldeavieja, que conocía bien gracias a que residía en Villacastín.

El semanario, que se intitulaba “de intereses morales, materiales y noticias”, comenzaba dicho artículo de esta manera:

 

Y empecemos… por la “Romería del Cubillo”

Esta fiesta, que tiene siempre lugar el día 8 es la que abre las puertas a la no corta serie de ellas, que después se encargan de cerrar las clásicas “Funciones”.

Verdad es que la Romería del Cubillo no la hacen los de Villacastín, sino los de Aldeavieja, a cuyo término pertenece la ermita; pero lo cierto es que Villacastín en masa se traslada al Cubillo el día de la Virgen, y desde que empecé a darme cuenta de las cosas, tengo como de mi pueblo la Romería.

La noche de la víspera no cesaron de pasar gentes de los pueblos cercanos, que se encaminaban a la ermita por esta villa. Yo de nada me apercibí, porque tengo mi casa al pie casi de la iglesia; pero los vecinos de la plaza y más aún los de la calle Real, apenas si pudieron pegar los ojos. Dicen que ellos sentían pisadas y más pisadas: de personas unas; otras, de jacos; y otras de pollinos. Sentían el rodar de los carros, el murmullo de la gente, y de cuando en cuando, el canturreo de los mozos que se acompañaban ellos mismos con la guitarra. Y así toda la noche.

Pero ya ésta se marcha, y aparece el día; que como no he solido ver muchos del Cubillo, amaneció espléndido y hermoso.

Por la mañana ya se sabe, preparativos en todas las casas: los unos, el coche; los otros, el carro; éstos, los borricos; aquellos, los mulos (y perdóneseme el naturalismo). Cada familia prepara con la anticipación suficiente el modo como ha de ir a la Romería.

Los que van a vender, se constituyen en las inmediaciones de la ermita al anochecer del día 7, y allí acampan y duermen al raso entre sus mismas mercancías. Los que van solo de espectadores, pero con ánimo de divertirse de veras y con deseos de oir la misa y el sermón, ver la procesión, y comer en el campo, se van por la mañanita del mismo día de la fiesta. Y los que gustan también de divertirse, pero se conforman con ver misa en su pueblo, y se contentan con merendar en vez de comer en la Romería, van por la tarde.

De éstos fuimos nosotros.

Teníamos preparada nuestra cómoda carreta de bueyes, guarnecida por ambos lados con dos anchas bandas de madera, sobre las que se levantaban seis estacas a manera de barras, para sostener dos colchitas que hacían el oficio de toldo.

Allí, en aquella especie de azotea ambulante, fuéronse metiendo casi todos los individuos de mi familia. El Juez municipal, mi antiguo amigo, montó en la trasera del carro, un hermanillo en una acémila y yo en otra ídem.

A las dos y media se pusieron en movimiento carro y pollinos.

Atravesamos el pueblo, salimos de él por las eras de Estacio, y tomamos el camino corto para el Cubillo.

Gente y más gente pasaban a caballo, ya en caballerías mayores, ya en menores; algunos caballeros, muchos aldeanos, mujeres del pueblo a cientos… ¡todo el mundo al Cubillo!

Y entre vaivén y vaivén, que hacían se ladease algunas veces la carreta, llegamos ya al lugar de la Romería.

Aquello sí que alegraba nada más que echarlo la vista encima; y séame dispensada la frase que de puro natural acaso peque en ordinaria.

Por aquellas dilatadas praderas y a la sombra de los hermosos árboles que rodean la ermita, veíanse multitud de personas que formando corros, despachaban con buen apetito las meriendas que, o llevaban del pueblo, o adquirieron en la Romería.

Allí se comía lindamente y se bebía que era un gusto.

Puestos por todas partes: de paños, de hojalatería, de frutas, de muñecos. Tiendas de campaña haciendo los oficios de tabernas, grupos de carros, de coches, de caballos y de burros. Todo, todo, se veía allí en agradable confusión y en amable desorden; y dominando el conjunto, la ermita, que presta devoción a los fervorosos y sombra a los comilones, y como salsa de tan gustosísimo plato, la bulla y el murmullo que producen mil conversaciones distintas y cien mil voces diferentes.

Dos ruedas de baile hubo ayer en el Cubillo: launa con música de guitarra, y con música de gaita y de tambor la otra.

En ambas se bailó que era un gusto.

Cuando el sol se iba ya marchando, y cuando nuestros cuerpos estaban, a fuerza de bailar, hechitos unas brevas, fuimos cogiendo cada cual nuestros jacos, o subiendo cada uno a su carro o a su coche y nos volvimos a nuestro lugar.

Esta es la “Romería del Cubillo”, en el que se descuelgan todos los pueblos inmediatos; pero sobre todo éste, que tanto ha disputado a su limítrofe Aldeavieja la propiedad de la Sagrada ermita, por una de cuyas paredes pasa la línea divisoria de ambos términos municipales.

Adelardo López-Sánchez y Avecilla

16 de julio de 2026

El verraco del Cardeña.

 

          Hoy voy a hablaros de algo que no sabemos muy bien lo que es; no se encuentra en nuestro municipio, pero sí muy cerca de él, aunque en tiempos (hasta aproximadamente 1962) estaba en los límites con Villacastín; se trata de una roca, con cierta forma de verraco tumbado que, actualmente está instalado junto a la fuente que vierte su agua junto al antiguo bar de “La Estrella”, casi sobre el puente sobre el arroyo Cardeña, en el trozo de la carretera N-110 que está en desuso.



          Es una roca, como ya he dicho, con cierta forma zoomorfa y, claramente, con signos de haber sido trabajada; se hallaba a dos kilómetros al sur del pueblo de Villacastín y servía de mojón entre los dos términos; en su lomo se pueden seguir los rastros de dos grandes letras: una B y una A, la B es, sin lugar a dudas, referente a Villacastín que, en tiempos, era Billacastín y la A, por supuesto, indicaba Aldeavieja (no Ávila, como ha indicado algún autor, pues Aldeavieja perteneció a Segovia hasta 1833). Junto a estas dos iniciales, una fecha: 1744; reinaba por aquel entonces, en España, Felipe V, en su segundo reinado por la prematura muerte de su hijo Luis I. Aparte de estas marcas hay también dos cruces, una en el lomo y otra en la parte trasera y da la impresión de que la parte de la cabeza se ha roto por algún golpe.



          ¿Es un auténtico verraco, de forma inusual?, podría ser y el lugar en que fue encontrado da pistas sobre ello, pues se hallaba en una zona de pastos y dehesas y uno de los motivos por los que eran fabricados se debía a que se les suponía como protectores del ganado; las cruces grabadas, posteriores por supuesto a su creación, son las típicas marcas que se hacían en las piedras para señalar los límites de los municipios durante la Edad Media, marcando además, como hemos visto antes, las iniciales de los lugares a los que servía de mojón, quizás las iniciales fueron grabadas en la fecha indicada, 1744.



          Lástima del abandono en que se encuentra, al cerrarse el bar antes citado y no pasar por allí más que algún despistado o algún conocedor de la zona. Id a verlo si no lo conocéis, merece la pena.

1 de julio de 2026

Don Cosme

 

Esta es una historia antigua, muy antigua, contada al amor de la lumbre una noche de primavera, cuando los días comienzan a alargarse pero la oscuridad viene, todavía, demasiado pronto. Mi tío Julián se entretenía en liar un pitillo de “caldo” y con su media sonrisa, entre irónica y malévola, empezó a contar esta historia que él decía que era cierta, que su padre fue testigo de ella cuando era un crío; así que vosotros juzgaréis si eso era verdad o no.

“Don Cosme era un hombre, como se dice en algunos sitios, hecho a sí mismo o, por lo menos, eso decía él y lo tenía a mucha honra, claro que eso era mucho decir; don Cosme era el párroco de Aldeavieja, llevaba muchos años de sacerdote cuando fue destinado a este pueblo como titular a la muerte del anterior sacerdote; no sabemos si como premio a toda una vida de sacerdocio o como “castigo” a toda una vida de sacerdocio. El caso era que, don Cosme era muy suyo, y ahora os contaré lo que eso significa.

Era la época de la Semana Santa cuando nuestro hombre llegó al pueblo, había que organizar las procesiones, el miércoles de ceniza, hablar con el sacristán, comprobar en qué estado estaba la iglesia, las vestiduras específicas de los oficios, en fin, un sinnúmero de cosas y, claro, él venía de un pueblo donde las cosas se hacían de una manera determinada, no sabemos si determinadas por él o por ser la costumbre del lugar y aquí empezó una curiosa batalla entre don Cosme y todo un pueblo.

Era Jueves Santo y había que llamar a los vecinos para que acudiesen a los Oficios, así que don Cosme dijo a Emilio, el sacristán, : -“Emilio, di a los monaguillos que llamen a primeras, que vamos a comenzar la Función”-

Así que Emilio les dio dos carracas a cada uno de los muchachos y los envió a que lo anunciasen a los feligreses.

Y allá fueron el Colasillo y Dionisín trotando por las calles, mientras hacían sonar y sonar las carracas como si no hubiera un mañana; -“¡A los Oficios Divinos!”-, -“¡A los Oficios Divinos!”- gritaban a todo pulmón en su carrera alocada por el pueblo.

Don Cosme oyó aquel estruendo y se quedó helado: -“Pero… ¡cómo se atrevían aquellos pilluelos a formar aquel alboroto en tan santa fecha!” y llamó todo cabreado al sacristán:

-“Emilio, haz callar a esos chicos… ¿pero están locos? ¿quién les ha dado esas carracas? Hoy es un día Santo, así con mayúsculas y no para ir dando voces por las calles ¿Qué van a pensar de nosotros?”.

-“Pero, don Cosme, es así como se ha hecho siempre, a nadie le parece mal…”

-¡Se acabó!, mañana se avisará con la carraca grande que hay en la torre, que es lo civilizado y como se hace en otros sitios, por lo menos en todos los que yo he estado”.

Emilio se encogió de hombros y no dijo nada, a fin de cuentas él era un mandado y, además, le convenía estar a bien con el cura, que para algo era su jefe.

Al día siguiente, Viernes Santo, hicieron sonar aquella carraca enorme que estaba en la torre, les costó pues estaba casi rota y podrida, llevaba muchos años sin usarse; así y todo pudieron hacerla funcionar y su sonido, tartamudeante y áspero, se difundió por todo el pueblo…

Don Cosme permanecía expectante a la puerta de la sacristía, sólo un par de viejas aparecían sentadas en sus reclinatorios, estando el resto de la nave de la iglesia vacía y silenciosa…

“¡Emilio, Emilio! -llamó en voz baja- ¿qué pasa con la gente, por qué no ha venido nadie?”

-“Pues no sé, don Cosme -mintió- espere que voy a mandar a uno de los chiquillos, a ver si se entera de algo…”

Salió el chico y no tardó en volver, él ya sabía la respuesta…

-“Pos pasa, señor cura, que mi madre no ha oído avisar pa los oficios… como no hemos pasao por las calles avisando… y creo que a los demás les pasa lo mesmo…”

Don Cosme arrugó el entrecejo y murmuró para sus adentros: -“salvajes analfabetos…”- y rojo de ira dijo: “¡Hala, salid corriendo con las carracas, porque hoy es el día que es… que si no… se quedaban sin oir los oficios y sin procesión…. Salvajes…”

Y, todo eso, sin contar con la que se armó el día anterior cuando se estaban preparando los pasos para la procesión; don Cosme inspeccionaba las tallas, admirándose de que pueblo tan pequeño tuviera todas las imágenes necesarias para completar los pasos de la Pasión.

Allí estaba la urna de cristal con el cuerpo yacente de Cristo, un poco pequeño… pero bueno, se veía bien la urna con los faroles encendidos en las esquinas…; el crucificado, muy buena talla, traída de la antigua parroquia de San Cristóbal donde adornaba el altar mayor; la dolorosa, tan oscura de ropajes; el Cristo con la cruz a cuestas; el atado a la columna… y la adoración en el Huerto de los Olivos…. los olivos… pero ¿qué era aquello? si eran naranjas atadas a las ramas del árbol… ¡naranjas!

-¡Eso sí que no, nada de naranjas!, fuera ahora mismo, ¡qué herejía!

-Pero, don Cosme, es una tradición, llevamos así desde que el mundo es mundo…

-¡No señor, no en mi parroquia!, el Evangelio dice el Huerto de los Olivos ¡y se acabó!

Las naranjas fueron arrancadas del árbol por el mismo don Cosme y entregadas al bueno del sacristán…

-¡Tome, quítemelas de la vista!

Se hicieron los oficios sin más problemas, pero se veían malas caras por todas partes, tanto en los bancos como en el púlpito; por fin acabaron y fueron preparándose para la procesión con la que recorrerían las calles del pueblo; fueron saliendo los pasos por las grandes puertas abiertas del templo y cuando don Cosme alzó la vista descubrió que en el árbol de la Oración en el Huerto brillaban diez naranjas grandes, jugosas, que parecían reírse del cura…

-¡Malditos herejes! -musitó entre los latinajos que acompañaban a la procesión.”

-Hubo más cosas así, -siguió contando mi tío-, pero a la larga, a los pocos años, las cosas se hicieron como se habían hecho desde que hubo iglesia en el pueblo, y de eso hace ya pero que mucho, mucho tiempo.

Y, guiñándome un ojo, encendió el pitillo con la mecha y exhaló  una buena nube de humo un tanto maloliente.

8 de abril de 2026

La "Semana Santa"

 

Recuerdo, con toda la nostalgia y el cariño del mundo, aquellas Semanas Santas pasadas en el pueblo durante mi niñez y primera juventud; primero acudíamos a los “Oficios Divinos”, en cuanto oíamos como llamaban los monaguillos con sus carracas trotando por las calles para que acudiesen los feligreses a la iglesia; aquellos “Oficios” en latín de los que te enterabas poco a nada, pero que te dejaban como hipnotizado, esos momentos en que el sacerdote lavaba los pies a un grupo de niños de la escuela, que representaban a los doce apóstoles y aquellos diálogos entre el sacristán y el oficiante, como antes apuntaba en puro latín, con los que representaban el prendimiento de Jesús, su juicio ante Pilatos o ante Caifás, el Sumo Sacerdote hebreo, “et dixit Pilatos”, entonaba el sacristán… y aquel momento grandioso, dramático en que Jesús, clavado en la cruz, se lamentaba en sus últimos momentos y en el punto de su expiración, la iglesia quedaba en un silencio sobrenatural, el sacerdote caído de rodillas… como si el tiempo se hubiera detenido y todos nos arrodillábamos sobrecogidos, ateridos de frío en la helada iglesia, sintiendo en las rodillas las maderas de los bancos clavándose en ellas…

Y después, sin que nadie dijera nada, como en una comedia en la que todos conocían su papel, los hombres se levantaban del fondo de la iglesia donde habían permanecido durante toda la ceremonia y mientras unos abrían las pesadas puertas de par en par, dejando entrar la oscuridad de la noche en el templo, otros se echaban sobre los hombros las andas de los pasos y comenzaban el lento y ceremonioso recorrido por todo el pueblo.

Aquella procesión trascurriendo por las calles, que previamente se habían barrido, pero que continuaban siendo irregulares, con aquellos cantos rodados como pavimento que tantas rodillas de críos han herido; aquellas calles con una farola al principio y otra al final que, además, se apagaban mientras durase la procesión; cada hombre, cada mujer, cada niño iban portando la vela, el candil, el farolillo, mientras en las ventanas de algunas casas se veía el platillo de aceite en el que nadaban aquellas lamparillas pequeñas, como redondas luciérnagas.

Los pasos traqueteando oscilaban de un lado para otro según la marcha y la altura de los que los portaban, de fondo el cura iba entonando  aquello de “…perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo, perdónanos Señor…” y se llegaba a la carretera, recuerdo aquellos primeros años en que la procesión marchaba por la carretera, que aún no estaba iluminada, y los pocos coches que circulaban se paraban, a un lado y a otro del pueblo, mientras que duraba… no había guardias civiles parando el tráfico, éste se paraba solo… la Luna, a veces, iluminaba aquel cortejo blanqueando las caras y las cabezas descubiertas de los hombres, que caminaban con la boina entre las manos.

Aldeavieja tiene la fortuna de poseer imágenes con las que procesionar en Semana Santa; no todos los pueblos pueden presumir de ello; y además la serie completa: la oración en el huerto, el Cristo atado a la columna, la Dolorosa, el Cristo con la cruz a cuestas, el Crucificado y el Cristo yacente en su urna de cristal, así como el Jesús resucitado. Son tallas posiblemente de los siglos XVII al XVIII y no me extrañaría nada que fueran una ofrenda de nuestros antiguos conocidos los García Cerecedo, que tanto hicieron por la parroquia; son de tamaño natural menos el que representa al Cristo atado a la columna, de menor tamaño; son efigies vestideras, tanto la Dolorosa como los Cristos de la Oración en el Huerto y el de La Cruz a Cuestas.

La talla de la Oración en el Huerto es una de las más originales,  representa al Cristo arrodillado ante un árbol, en el que se encuentra un pequeño ángel que le reconforta; el detalle es que, del árbol, no pendían aceitunas sino naranjas; esta antiquísima costumbre, de la que no se tiene noticia de su origen, parece que quiere ser derogada por el actual párroco, lo cual sería una lástima y un pequeño ultraje a la memoria colectiva de todos los habitantes del pueblo, tanto creyentes como laicos. No dicen los Evangelios que Cristo orase ante un olivo, ni ante un naranjo, sólo apunta que lo hizo en Getsemaní, que significa Prensa de Aceite, habría olivos, seguro pero… ¿por qué no un naranjo, tan común en aquellos lugares?. Era costumbre, después de la procesión del Jueves Santo, repartir las naranjas entre la chiquillería.

También el Cristo con la Cruz a Cuestas tiene su historia: en el año 2012 sufrió un incendio, causado por un cortocircuito de su iluminación, convirtiendo la imagen en un tizón; tuvo que ser restaurado y, al año siguiente, pudo salir en procesión con las demás tallas; es algo personal pues fue mi hija, Eva, la que se hizo cargo de la restauración y el remodelado y pintado de casi todas las partes de la imagen, llegando por los pelos a tiempo para la Semana Santa.

El Crucificado que se utiliza es el Cristo de la Serenidad al que se celebra a mediados de septiembre en la Fiesta del Cristo; una buena talla que procede de la ermita de San Cristóbal que era donde se veneraba hasta su traslado a la parroquia.

En fin, si no lo habéis visto nunca o no está entre vuestros recuerdos… venid al año que viene y, a pesar del tiempo transcurrido, aún podréis encontrar alguno de esos momentos  que te hacen añorar el pasado.





 

20 de marzo de 2026

Fray Miguel de Santa María

 

Hoy vamos a echar una mirada al pasado; quizás habréis visto en la Wikipedia de Aldeavieja que, entre los hijos ilustres del pueblo, se nombra a un tal “Fray Miguel de Santa María” y mi curiosidad me llevó a rebuscar entre papeles y libros para ver qué encontraba de este personaje y sí, en un viejo mamotreto titulado “Biografía Eclesiástica Completa”, del año 1849 lo encontré, el subtítulo del libro era: “Vidas de los personajes del antiguo y nuevo testamento, de todos los santos que venera la Iglesia, papas y eclesiásticos célebres por sus virtudes y talentos” y allí, en un artículo firmado por un tal Antonio López, aparecía nuestro personaje; en fin, aquí os dejo el susodicho artículo para que disfrutéis con él:

Religioso jerónimo en el monasterio de San Blas de Villaviciosa. Era natural de Aldea Vieja, en la abadía de Párraces, y dejó en aquella comunidad memorable fama de su virtud y ejemplo. Vino a tomar el hábito desde el seminario de S. Lorenzo, donde estudió la gramática, y después le hicieron colegial también del Real colegio de aquel monasterio,  y salió lucido estudiante, buen predicador, de grande y fervoroso espíritu. Le nombraron maestro de novicios luego que volvió del colegio y a poco tiempo vicario y luego prior y del mismo modo, sin que se alargasen los espacios, lo fue en muchos monasterios de la Orden y visitador general de Castilla, de Aragón, de Andalucía y definidor, desempeñando otros cargos honrosos en los cuales nunca se le observó como violentado, sino como en su centro, por su conocida observancia y gran capacidad.

Tuvo también diversas veces voz de general y lo fuera si le ayudaran los lados, achaque común de religiosas y lucidas prendas. Entraba el varón santo en estas dignidades por la puerta de la virtud y merecimiento, y sabíase que al dejarlas, conservaba la misma veneración de todos. Siempre le hallaban respetable al mismo tiempo que amable, en tanto grado, que ninguno en su presencia osaba descomponerse ni salir del orden debido en acciones y palabras. Mostró lo inalterable y firme de su paciencia y sufrimiento, pues jamás le vieron enojado ni alterado su ánimo, y si alguno trataba de congraciarse con el siervo de Dios, manifestándole la mala voluntad de sus émulos y descontentos, estaba tan lejos de sentirlo, y de salir de sí, que antes con el semblante quitaba al relator la gana de volver con cuentecillos.

Nunca se le oyó palabra en contra de sus hermanos aunque fuese provocado, señal cierta de bondad, caridad y humildad de su corazón. Decía la Misa con grande sentimiento y ternura; rezaba todos los días el oficio de difuntos, el de nuestra Señora y otros muchos que aún no satisfacían su gran devoción. Leía muy a menudo libros espirituales, prefiriendo en su particular afición al gran padre espiritual Tomás de Kempis, por lo excelente de su Teología mística. Constantemente estaba en esta ocupación y en otras de la observancia, en cuya puntualidad igualó a los más célebres.

En su vejez, afectado de la gota, que le dio mucho en que merecer, no podía asistir al coro y hacía el coro de la celda, sin cesar en sus divinas alabanzas y oraciones, con las que levantado el espíritu a Dios, templaba los dolores del cuerpo. Se le aumentaron de tal modo, que le tuvieron preso en cama mucho tiempo; purgatorio que le dio el Señor para salir sin contratiempo de esta vida y trocar la gota, que pasó con tan extremada tolerancia, en bienes permanentes de gloria. Cuyo fin consiguió muriendo santamente el 16 de Abril del año 1641, con general sentimiento de sus hermanos y de los que le trataron, pues a todos tocó la pérdida de varón tan estimable.

Siendo prior en su casa, sucedió un caso que se tuvo por milagroso. Estaba el refectorio ruinoso y con muchas quiebras, y se trató de repararle, apuntalándole por dentro, entrando la comunidad a la hora de comer y cenar, juzgándolo seguro; pero el día que se celebraba el Ángel de la Guarda, estando recogida la comunidad, entre ocho y nueve de la noche, se hundió, sin producir más daño que quebrar la vajilla de las mesas, de suerte que las tablas se pudieron aprovechar; y fue admirable, que los religiosos que habitaban las celdas sobre el refectorio, el día antes movidos de celestial inspiración, se pasaron a otras de la enfermería, y únicamente dos que dormían en un extremo, quedaron en pie los dormitorios, y ellos libres en sus camas.

No paró aquí la maravilla, pues un donado que se llamaba Marcos de Heba, cocinero, hombre virtuoso y de mucho provecho en la casa, habiéndose recogido muy de propósito para madrugar, se levantó una hora después que se había acostado, juzgando que se había dormido, y que ya había salido el alba, y pasando a llamar al criado que tenía en la cocina, volvió los ojos y vio caer el refectorio, y seguramente si no se hubiera levantado era preciso que hubiera quedado sepultado en las ruinas, como lo quedaron las alhajas y trastos de su celda. Fue gran maravilla no haber perecido nadie en este fracaso, y no se espantaron fuese tan grande atendiendo a haber concurrido a obrarla Dios, por medio de dos ángeles de guarda: el que se celebraba aquel día a 1º de marzo, y el prior que gobernaba la casa.

Todos dieron muchas gracias al Señor por la misericordia que había usado con ellos; y el Santo prelado volvió en su tiempo a levantar la fábrica de piedra de sillería, y además se construyeron doce celdas de muy buena disposición. Conservó también y aumentó las haciendas de la comunidad y los ganados; alhajó la iglesia y sacristía con diversas joyas y relicarios de valor, como lo verificó en las varias veces que gobernó el monasterio, mostrando la grandeza de su ánimo, y lo poco que le acobardaban los malos temporales, para dejar de obrar en beneficio de su casa lo mucho que le correspondía Dios a la confianza que tenía puesta en su clemencia, y a quien dieron por sus grandes merecimientos el título de bienhechor del monasterio.- A. L.

(Las fotografías son del estado actual del Monasterio de San Blas, del que Fray Miguel fue prior; se encuentra en el pueblo de Villaviciosa de Tajuña, en la provincia de Guadalajara)

26 de febrero de 2026

Las "mandas"

 

          Cuando vamos al santuario de la Virgen del Cubillo, muchas veces subimos al segundo piso de la hospedería a ver el “cuarto de las ofrendas”;  ya sabéis, el cuarto donde se han ido colocando los “exvotos” o las “mandas” de todos aquellos fieles que han querido dejar un objeto como señal de agradecimiento por algún favor pedido y recibido de la Virgen.      


           Recuerdo, cuando era pequeño, que estos “exvotos” colgaban de las paredes de la iglesia  y de la misma hospedería,  en aquella época se llevaba mucho el traer cabezas, manos, pies, brazos y piernas de cera, representando la parte del cuerpo que había sanado después de una enfermedad o accidente, costumbre que ya ha caído, creo que por fortuna; daba un poco de miedo ver aquellos trozos de cuerpo que te observaban desde lo alto de las paredes mezclados con trajes de primera comunión, vendas, muletas, trenzas de pelo, escayolas…

          Después se habilitó una de las habitaciones del piso alto, y allí se fueron colocando todas aquellas ofrendas; de siempre han permanecido dos: recordaréis esas dos vitrinas que representan una un naufragio en un lago o río alborotado y otra con un carro o carricoche accidentado; hechas con telas y figuras pintadas de cera, al estilo italiano, y que seguramente fueron realizadas en el siglo XVIII.


          ¿No os habéis preguntado nunca qué se hace cuando ya no caben más, o cuando se rompen o estropean?; yo sí y repasando la prensa histórica he satisfecho mi curiosidad con respecto a uno de los objetos más comunes: los trajes de novia.

          Ya en 1974, un artículo sobre el santuario, aparecido en el “Diario de Ávila”, decía: “En el camarín de la Virgen hemos visto numerosos exvotos, entre los que destacan más de medio centenar de trajes de novia, costumbre tradicional que se denomina “manda” y que hacen muchas novias después de su boda”.


          Pues bien, a finales del siglo pasado, en el año 2000, los trajes pasaban del centenar y el párroco de Aldeavieja, don Fabián, de acuerdo con las Obras Misionales Pontificias de Ávila, remitieron al Perú, 125 trajes de novia, distribuidos por diferentes localidades para entregar a aquellas muchachas que por falta de medios económicos no podían costearse el ir a su boda vestidas de blanco.

          Me imagino que con otros varios objetos, como muletas, calzados, etc…, pasados unos años prudenciales, se habrá hecho algo parecido.

20 de febrero de 2026

La higuera del cura de Aldeavieja

 

Aldeavieja, como todos los pueblos que se precien, tiene su casa parroquial, con una pequeña huerta para solaz y recreo del párroco. Todos sabéis dónde está: en la plaza, es la edificación más cercana a la iglesia. Bien es cierto que ya no hay párroco, párroco que resida en el pueblo se entiende, y que la casa ha sido dividida en dos, una mitad en ruinas y la otra alquilada por el Obispado abulense, en fin, son esas cosas que suceden en este siglo XXI.


Aparte de eso, todos conocéis “la casa del cura”, pues bien, mi tío Julián me contó, en una de esas noches en que el frío hace que nos agrupemos todos alrededor de la chimenea donde chisporrotean los leños de roble y encina, y acercamos las manos heladas a las llamas para calentarnos un poco por delante mientras nuestras espaldas se llevan el frío que entra por todas las rendijas de la casa; me contó, decía, que ya hacía muchos años, cuando él era sólo un pilluelo, el cura párroco, don Bonifacio, era feliz con sus feligreses, con su espléndida casa parroquial, con su pequeña huerta y con los rosarios que, todas las tardes, rezaba desde el púlpito de la iglesia a las beatas del pueblo.

Al cuidado de su huertecilla, situada de espaldas de la plaza, dedicaba las tardes antes del rosario y en ella preparaba sus sermones dominicales cuando la primavera calentaba tibiamente un sillón que a propósito colocaba en la solana o, en verano, refrescaba a la sombra de una hermosa higuera cuyo plantón había mandado traer de Tierra Santa y, ¡oh ventura! empezó a dar unos frutos como jamás hubiera podido soñar.

-Teníais que ver –decía mi tío- como el cura se enorgullecía de los frutos que daba aquella higuera. Propios y extraños se maravillaban con ella y se decía que los higos y las brevas tenían un sabor como de miel de romero.

Una tarde, después de regar el árbol antes de irse para la iglesia, llamó a su ama y la dijo:

-Mañana nos comeremos esos higos, ya verás, sí, ya veras.

Pero a la mañana siguiente, las voces del ama despertaron don Bonifacio:

-¡Señor cura, señor cura! Que nos han robado las brevas…

Saltó el cura de la cama y casi sin vestir se asomó a la puerta que daba al huertecillo y, efectivamente, las ramas de la higuera aparecían desnudas de las apetitosas brevas que la tarde anterior colgaban de ellas.


-Bueno –dijo resignado el buen párroco- qué se la va a hacer, seguramente quien se las llevó las necesitaba más que nosotros, pero, de todas maneras, me gustaría saber quién lo hizo.

Pero ocurrió –seguía mi tío- que cuando llegó la segunda tanda de brevas éstas también desaparecieron y ahí don Bonifacio ya no pudo más; llamó al sacristán y le dijo:

-Mira Sebastián, pase que se hayan llevado dos veces la cosecha de brevas, pero una tercera no me va a apetecer; te pido que, cuando la tercera tanda esté madura intentes averiguar quien nos las roba, porque me gustaría cantarle las cuarenta.

Sebastián, como buen sacristán, fácilmente averiguó quien era el autor de las fechorías; se trataba de Sixto, uno de los más zopencos del pueblo, que se las daba de tonto para cometer todo tipo de fechorías.

-Señor cura, ha sido Sixto, el zopenco, usted verá qué hacemos.

-Traele para acá, que le voy a decir cuatro cosas.

Y allá fue Sebastián con Sixto.

-Sixto –dijo don Bonifacio- no está bien lo que has estado haciendo con mis brevas; si tenían ganas de ellas habérmelo dicho y yo te habría dado unas cuantas; así que, por lo menos, no cojas la próxima tanda que madure, que será en una semana más o menos.

-Lo siento señor cura –respondió Sixto- pero esas ya las tengo apalabradas, no va a poder ser el no cogerlas.

-Pero… ¡serás sinvergüenza! Como cojas esas brevas te va a cantar San Pedro las cuarenta y, entonces… ¡ya verás!

Se fue Sixto tan campante –seguía contando mi tío- pero el sacristán no era tan compasivo como don Bonifacio y viendo que Sixto se iba a ir de rositas planeó una pequeña trampa.

A la semana, cuando las brevas ya estaban a punto se metió el bueno del sacristán en el huertecillo con una escopeta cargada con cartuchos de sal.

-Veremos qué tal le sientan a ese sinvergüenza las brevas esta vez.

Y llegó la noche y Sixto saltó la tapia, y estaba subiéndose a la higuera cuando Sebastián se echó la escopeta a la cara y disparó los dos cañones apuntando a las nalgas del ladronzuelo…

-¡Ay, ay! ¡Socorro, socorro! ¡que me arde el culo!

A los gritos de Sixto, coreados por las carcajadas de Sebastián acudieron los vecinos…

-¿Qué pasa, qué pasa?


-¡Ay, Ay! ¡Que San Pedro me está cantando las cuarenta…!

-Y eso fue todo –acabó mi tío con una sonrisa burlona en los labios- Sixto no volvió a acercarse al huerto del cura en todo lo que le quedó de vida.

30 de diciembre de 2025

Vosotros los de Aldeavieja...

 


Supongo que muchos de vosotros habréis oído alguna vez estos versos a alguno de vuestros mayores; yo, por lo menos, lo oí muchas veces de los labios de mi tío Julián, que los soltaba cuando quería parar los comentarios, sobre lo que fuera, a alguna persona poco versada en el tema pero que quería ufanarse de saber más que los demás:

 

Vosotros los de Aldeavieja

Que venís a murmurar

Metersus por las callejas

Y oid, ved y callad.

 

¿De dónde vienen estos dichos? En un estudio sobre las costumbres charras vienen estos, muy parecidos, que se decían en el pueblo salmantino de Cabeza de Framontanos:

 

Esos de Villarino y Pereña,

que venís a murmurar,

por esas calles «p'a» abajo

se va a vuestro lugar.

 

Acompañaba el comentario de que “este vecindario tiene determinada opinión sobre algunos forasteros cercanos, aficionados a la crítica destructiva”.

 

De todas maneras, debe ser un dicho bastante antiguo, en la prensa histórica de nuestro país, en el periódico “El Estandarte” (que era un diario liberal-conservador afín a las ideas del gran político Cánovas del Castillo), en su número de 22 de noviembre de 1883 publicaba estas líneas:

 

“En medio de la confusión que reina (en el Congreso de los Diputados) y después de haber emitido nosotros hoy la opinión sobre las cosas del día, llegamos los conservadores a la etapa, por ahora, de ver, oir y callar, como los vecinos de Aldea Vieja,  exhortados a ello en los siguientes versos por el sacristán de un pueblo inmediato, antes de representarse la comedia titulada La misma conciencia acusa.

Vosotros los de Aldeavieja,

Si venís a murmurar

oir, ver y callar

O verus por la calleja

 

Pues nada, ahí os lo dejo y que tengáis una feliz salida y entrada de año. Un saludo a todos los que seguís estos escritos.

2 de noviembre de 2025

1973: La Urbanización de Nuestra Señora del Cubillo

 

Esta historia comienza el 20 de julio de 1973,  hace 52 años, cuando en el periódico EL DIARIO DE ÁVILA apareció el siguiente artículo:

El Boletín Oficial de la Provincia del 14 del presente mes, inserta un edicto de la Comisaría de Aguas del Duero abriendo un plazo de información por treinta días naturales, sobre la petición que hace un particular para utilizar 19,20 litros por segundo para riegos de primavera y otoño y usos deportivos, en los términos municipales de Urraca Miguel y Aldeavieja, derivándolos de Arroyo Tuerto y río Voltoya. Este anuncio, a la vez que nos causa alegría nos produce preocupación.

Alegría, porque es el primer síntoma oficial de las anunciadas urbanizaciones en Campo Azalvaro, para construir un núcleo residencial aprovechando la excelencia paisajística de la zona; urbanizaciones que constituyen un importante y ventajoso porvenir para nuestra provincia, tan apetecida de manera principal por los madrileños que tienen ya como necesidad la exigencia de su segunda vivienda…



Hasta aquí todo normal, alguien pide permiso a la Confederación del Duero para un uso particular del agua de los ríos públicos; pero al mes siguiente aparece este otro:

Los rumores van “increscendo” sobre todo en el pueblo de Aldeavieja, ese pueblo que se encuentra ya casi con el límite de la provincia de Segovia, muy cerca de Villacastín y un poco más alejado pero sin mucha diferencia kilométrica de Ávila. En este pueblo parece ser que hace ya tiempo se firmó la compra de unos terrenos, bastante número de hectáreas, por lo que tenemos entendido, para la construcción por una conocida casa constructora, por un hombre de inigualables características en todo este conglomerado que es la construcción, de una zona residencial capaz de albergar a más de treinta mil habitantes, lo que significaría un gran desahogo para la capital de España. Todo esto naturalmente son rumores que ya hace tiempo circulaban por nuestra capital. ¿Será verdad todo esto? El tiempo nos lo dirá.

Pero la tensión sigue y no mucho más tarde, el 3 de septiembre, se incide, desde el mismo periódico en la noticia, dando ahora muchos más detalles:

El sábado se detuvo a la puerta de la Redacción de EL DIARIO DE AVILA un coche imponente del que descendieron dos caballeros, cada uno con su carpeta bajo el brazo. La curiosidad profesional nos hizo indagar su destino cuando les vimos entrar en esta casa; pero ni bajaron a nuestros despachos, ni entraron en la Caja de Ahorros, sino que, tomando el ascensor, penetraron en la Delegación del Ministerio de la Vivienda que está en la tercera planta. Seguimos curioseando y nos enteramos de que los visitantes eran don José Banús y el secretario del Ayuntamiento de Aldeavieja.

Dan nombres, nombran lugares, especifican el lugar y se lanzan en picado sobre la noticia:

No hace falta saber más que deducir que su visita estaba relacionada con los rumores –de que ya nos hemos hecho eco anteriormente en esta sección- acerca de la construcción de una ciudad residencial, satélite de Madrid, que convertirá, durante la decena de los ochenta, al simpático y modesto pueblo de Aldeavieja, en una urbe de cien mil habitantes, y no de unos treinta mil como dijimos en la anterior noticia que lanzamos, y que conste que no ponemos ningún cero de más.


Ya está, de la noche a la mañana Aldeavieja se convierte en protagonista de la noticia, se va a convertir en una localidad con más habitantes que la propia capital de la provincia y, claro, esto no puede quedar así; otro mes más tarde, el 9 de octubre y a toda página EL DIARIO DE ÁVILA publica un gran artículo, con fotografías, bajo el siguiente titular: TRESCIENTAS HECTÁREAS PARA LA CONSTRUCCIÓN DE LA CIUDAD DORMITORIO DE MADRID EN EL PUEBLO ABULENSE DE ALDEAVIEJA, sigue dicho artículo que no puedo menos que copiar entero para recordar aquellos tiempos en que parecía que nos íbamos a comer el mundo:

Los rumores corrieron hace ya tiempo por nuestra ciudad y por parte de la provincia. Después, estos rumores pasaron a tener confirmación, si no oficial, por lo menos oficiosa. Ahora ya es del dominio público.

Es difícil ocultar un proyecto cuando la capital es pequeña. Por eso, a nosotros no nos costó mucho averiguar algunos pormenores que nos revelaron que nos hallábamos ante algo de extraordinaria importancia. Pero nada mejor, para hacer una información veraz de todo lo que se está llevando a cabo y de los proyectos que a más largo plazo se tienen, que visitar el pueblo donde, dentro de no muchos años estará ubicada esa gran zona residencial que don Juan Banús, y no José, como algunos han dicho, tiene entre manos.

Esto es como el cuento de la lechera o como aquella película entrañable de los años cincuenta: “Bienvenido Mr. Marshall”, van a venir los “americanos” y nos van a hacer de oro; pero seguimos:

Casi a veinticinco kilómetros de la capital por la carretera de Madrid se encuentra, como es sabido, el pueblo abulense de Aldeavieja. No hace todavía tres meses que a este pueblo se le conocía solamente por el frío y la nieve que le caracteriza en los duros inviernos: todo automovilista temía verdaderamente el paso por este pueblo; las ráfagas de viento en invierno son muy fuertes. Ahora, ya, esto se ha olvidado o, por lo menos, se ha relegado a un segundo término. Ahora, este pueblo de Aldeavieja es famoso, Aldeavieja ya se la conoce por la villa de la zona residencial “Banús”.

Aquí estuvimos nosotros. Lumbreras con su cámara al hombro dispuesto a “tirar” sus placas en todo lo noticiable que surgiera; un servidor con su block y su bolígrafo también presto a tomar nota de la información que los vecinos quisiesen darnos y la que por nuestra parte recogiésemos.

GRATA ACOGIDA.

La impresión que pude percibir, al hablar con varias personas, fue muy satisfactoria. Los agricultores, los ganaderos, las mujeres y los niños, todos veían con muy buenos ojos esta realización. Cosa lógica por cuanto que, ni los agricultores ni los ganaderos y, por consiguiente, los demás habitantes del pueblo, no pueden estar muy contentos con las tierras que les ha tocado en suerte. En fin, las tierras no son productivas, son campos casi sin ningún acicate, es una zona pedregosa. Si esto va en perjuicio de la ganadería no digamos ya de la agricultura. Sin embargo, la gente no se muere de hambre, pero, en honor a la verdad, hay que decir que solamente les da para ir tirando mal que bien. Es natural, por consiguiente, que este proyecto de una zona residencial, sea una luz para sus problemas. Las fincas, en la mayoría de los casos, se han vendido; los hombres esperan que de esta urbanización puedan sacar “tajada”, como vulgarmente se dice. Allí, de seguro, encontrarán trabajo, en un principio, para su construcción y después, una vez realizada esta inmensa obra, para su mantenimiento. Por tanto, puede señalarse que trabajo para estas gentes aldeanas no faltará. Además está la promesa que el señor Banús, en los innumerables viajes que ha realizado a Aldeavieja, les hizo: nadie se quedará sin trabajo siempre que quiera trabajar.

Y, sin embargo, pudimos constatar que así como hay personas favorables a este y estos son la mayoría por no decir todos, también existe algún grupo que no les sienta bien eso de vender tierras. Hay sus grupitos partidarios de no acceder a esa venta de sus fincas, y sin embargo, estas fincas que los de la “oposición” tienen, no las utilizan porque no suelen vivir en Aldeavieja. Se marcharon de allí porque sus tierras no eran productivas y ahora han vuelto para ver qué es lo que pasa y quieren convencer a los que verdaderamente viven y sueñan con las tierras de este pueblo, que son productivas y que no se las deben vender al precio estipulado. En resumen, hay, como en todos los lados, sus “tiquimiquis”, sus rencillas y cada uno pone sobre el tapete y sobre la barra de la cantina o tasca sus puntos de vista sobre el problema, la conveniencia o no conveniencia de vender para que este pueblo se convierta en una hermosa zona residencial.

TRESCIENTAS HECTAREAS COMPRADAS.

Aldeavieja se encuentra situada en la margen izquierda de la carretera, poco antes de llegar al límite de la provincia con la de Segovia. Pero, desde donde mejor se ve, y uno se da más cuenta de donde irá ubicada la zona residencial, es cogiendo el camino de tierra que nos lleva a la ermita de la Virgen del Cubillo, una ermita situada a tres kilómetros de Aldeavieja, donde todavía, al igual que en otros muchos pueblos y aldeas, se siguen celebrando romerías en honor a la Virgen que lleva su nombre. La ermita de la Virgen del Cubillo está como escondida, al fondo del camino, en medio, entre los montes, a su izquierda, y una zona totalmente pedregosa a su derecha. Desde aquí, desde su pórtico se puede contemplar el amplísimo terreno propiedad de don Juan Banús. Tanto los montes situados a la izquierda como la tierra pedregosa serán los sitios para la construcción de esta zona desde la dehesa de los “Alijares” a la ermita. Don Juan Banús, según los comentarios de personas acreditadas y los del pueblo, lleva compradas trescientas hectáreas de terreno, que, por un cálculo fácil, podemos averiguar que, si ha pagado veinticinco mil pesetas por hectárea, son siete millones y medio de pesetas las que ha invertido hasta este momento.

La extensión de terreno comprada llega y coge parte de los Puertos de Cruz de Hierro y de la Lancha, beneficiando, indudablemente, porque los coge dentro de su radio de acción, a cuatro términos municipales que se verán sorprendentemente transformados desde el comienzo de las obras. Estos cuatro términos municipales son los de Urraca Miguel, Ojos Albos, Aldeavieja por supuesto y Mediana de Voltoya. Por tanto, podemos decir que la zona de ubicación está entre la carretera que conduce a la ermita de la Virgen del Cubillo y la carretera de Ávila-El Espinar.

Como dato curioso, tenemos que no son cien mil habitantes los que albergará esta zona, como también en un principio se dijo, sino sesenta mil; será una ciudad de descongestión de la capital de España; ahora bien, si de verdad se llega a realizar el proyecto del señor Banús, con chalets, casi palacios, que costarán alrededor de diez millones de pesetas, ¿ustedes creen que esta zona residencial que, por otra parte, se denominará y en esto está de acuerdo la empresa “Urbanización de la Virgen del Cubillo” se podrá llenar o, por lo menos, sufragar los gastos que se van a realizar? Mi opinión particular es que lo veo harto difícil, pero todo puede suceder. También creo que se podría reducir el costo de los chalets o apartamentos y entonces sí sería una ciudad-dormitorio de Madrid, que es, al fin de cuentas, lo que se pretende.



POSIBLE PANTANO

Por último, uno de los más grandes problemas con que los lugareños y la empresa del señor Banús se han encontrado es el agua. Difícil problema este del agua. Lo que siempre pasa cuando alguien quiere traer algo: falta agua. Y, sin embargo, parece ser que, en esta ocasión, se tiene un muy buen proyecto: la construcción de un pantano con las aguas del río Voltoya que pasan por estos lugares. El Pantano estaría ubicado en el puente de Calicanto en la misma carretera de Madrid, sería de tres kilómetros con una capacidad de cinco millones y medio de metros cúbicos. Antes, al parecer, se realizarán sondeos en busca de agua en Aldeavieja porque se tiene alguna posibilidad de que en el subsuelo existan corrientes de agua que pudieran solucionar este grave contratiempo. En principio, se tiene pensado el bombear y sondear a unos trescientos metros de profundidad, pero sea una u otra cosa la que se lleve a cabo, lo que sí se tiene la seguridad es que el depósito de distribución estará situado en el Puerto de la Cruz de Hierro, en una altitud aproximada a los mil seiscientos cincuenta metros. Todos estos bombeos y pruebas que se realizarán en un tiempo todavía sin determinar, costarán la bonita suma de doscientos cincuenta millones de pesetas, lo que da una somera idea de la amplitud y ambición del proyecto que se tiene entre manos.

Se nota que el periodista da la noticia como algo seguro: se va a crear una ciudad-dormitorio en la provincia y va a ser la fortuna de los vecinos de Aldeavieja, pero, a la vez, se le nota un punto de inseguridad, un no sé qué que le impide echar las campanas al vuelo; pero no acaban ahí las buenas noticias; en abril del año siguiente aparece en el Boletín de la Provincia la petición, por parte de Banús, del permiso para construir una presa en el río Voltoya:

“Banús Hermanos, S.A…. solicita la autorización correspondiente para la concesión de un aprovechamiento de 280 litros de aguas por segundo, derivadas del río Voltoya… con destino al abastecimiento del complejo urbanístico Nuestra Señora del Cubillo, en Aldeavieja (Ávila).

Las obras que comprende el proyecto son las siguientes:

Construcción de una presa de embalse, tipo escollera, con pantalla impermeable de hormigón armado, con una altura de 31 metros sobre el cauce y 34 metros sobre cimientos… La capacidad máxima del embalse es de 4.685.800 metros cúbicos…”



El tiempo se detiene, las obras no se inician, sólo la forestación de las parcelas compradas en el término de Aldeavieja señalan que algo hace “el tío Banús”; en 1979, el Boletín Oficial de la Provincia deniega a “Banús Hermanos S.A.” la utilización, temporal, de las aguas del río Voltoya, con lo que el proyecto de la mega-urbanización muere; esa temporalidad se hace eterna en el momento en que se crea el pantano de Serones para el abastecimiento de aguas a la capital abulense.

Pero no hay mal que por bien no venga, que dice el dicho,  gracias a aquella compra de terrenos hoy Aldeavieja ofrece una zona arbolada como nunca sospechó que tendría y que sólo, los más viejos, habían oído hablar de ella; aún recuerdo a mi abuelo hablar de cuando la sierra estaba llena de los tocones de los árboles que se habían talado en ella.