27 de noviembre de 2017

En memoria

          El pasado 25 de noviembre  falleció un gran amigo, a la vez que excelente convecino; se trata, como sabréis, de Lorenzo Magdaleno, eterno Juez de Paz y testigo vivo de la historia y curiosidades de Aldeavieja.

         
         Echaré mucho de menos nuestras conversaciones junto a la tapia de su huerto, al final de la calle Segovia y no podré seguir gozando de su charla amena e inteligente sobre mil y una cosas.
          Solamente quiero evocar aquí la primera vez que fui consciente de su presencia (hace ya más de cincuenta años), iba yo con mi familia (mis padres y hermanos) con las bolsas de la comida dispuestos a pasar un buen día de campo junto al caño del Valle; caminábamos por el camino que, cruzando la carretera, salía a la izquierda del cementerio y que bajaba hacia el lugar llamado “prado de las charcas” a la vera del arroyo Tijera; antes de cruzar su pequeño cauce, a la derecha, había un prado y un buen trozo de huerta que trabajaba Doroteo (padre de Lorenzo), junto con éste; Doroteo y mi padre siempre habían congeniado y lo normal es que, al cruzarse, se pararan los dos, cigarrillo colgando de los labios, para charlar de todo lo humano y de lo divino a la vez que le comprábamos una lechuga para la ensalada que acompañaría nuestra comida en las praderas; y, sí, aquella mañana estaban los dos allí, junto al arroyo fabricando adobes con los que levantarían más adelante la caseta que aún se encuentra junto a lo que fue el huerto; es una imagen que se me quedó grabada en la mente y que me ha venido a la memoria repetidas veces, contándosela una vez al propio Lorenzo, cuando él me recordaba correteando de crío junto a su tío Emilio; Lorenzo me llevaba veinte años, y él ya era un hombre hecho y derecho, serio y formal, que rememoró aquellos días y que se sorprendió de que yo me acordara de aquellos adobes, mezcla de barro, agua y paja que, una vez moldeados en unos cajetines hechos de tablas ponían a secar en la ladera que subía hacia el Valle.
          Cómo no recordar, también, aquel año en que, por las fiestas del Cubillo, la primera o la segunda vez que se programó el concurso de disfraces, se presentó él, único concursante de la categoría de adultos individuales, con una farola y una botella, representando la imagen de un borracho magistral; por supuesto, el primer premio fue para él.
          Y me van viviendo a la memoria muchas otras cosas, sus dos Mercedes con los que paseaba a sus nietos por las calles, su maestría en cuanta obra de carpintería caía en sus manos, esa memoria para recordar hechos y personas pasadas; su interés por todo lo que ocurría o había ocurrido en el pueblo; su pequeño y variopinto museo de objetos antiguos que había ido rescatando de obras, mudanzas y derribos; en fin, esa bonhomía que le caracterizaba y de la que ya no podremos gozar.

          Se podrían seguir contando numerosos hechos y momentos de su vida y de los buenos ratos que muchos de nosotros, que tuvimos la suerte de tratar con él, hemos pasado; simplemente desear que su memoria no se borre de nuestras cabezas que es la mejor forma para que pueda seguir viviendo en nuestros corazones.

20 de octubre de 2017

El cepo

          En una de mis conversaciones con uno de los más conspicuos vecinos de Aldeavieja, Lorenzo Magdaleno, me contó cómo, cuando se desalojó el antiguo edificio del Ayuntamiento, vio en una de las estancias del piso superior un cepo; en sus propias palabras, de “cuatro metros de largo y doscientos kilos de peso”.
          Se trataba del antiguo cepo que se encontraba en la cárcel del pueblo, con el fin de inmovilizar a los reos durante todo el tiempo de su permanencia en la celda o en las horas nocturnas para impedir que tratasen de escapar.
          Según el “Catastro del Marqués de la Ensenada”, redactado en 1752, se dice que Aldeavieja “asimismo tiene dos casas consistoriales, una (de ellas) para cárcel” y en el “Diccionario Geográfico” de Pascual Madoz, redactado en 1848, se dice de Aldeavieja: “(tiene) una plaza cuadrilonga, y muy regular; en ella la casa del Ayuntamiento, que sirve también de cárcel, y un pilar para abrevadero de los ganados…”
          Pero… ¿qué es un cepo?; en el Diccionario de la Lengua Castellana de 1729, se puede leer lo siguiente:
CEPO: prisión de dos vigas gruesas, con varios agujeros a trechos, hechos a medida de la garganta del pie; en los cuales metiendo las piernas del reo, y cerrando las vigas, queda asegurado de forma que no puede escapar. Viene del latino cippus, que significa lo mismo.
          El cepo es, pues, un instrumento carcelario con el que se inmovilizaba a los presos, bien por su peligrosidad, bien para evitar su huida en las horas nocturnas o, simplemente, como un castigo añadido más a la pena de prisión.
          Me contó Lorenzo que, el cepo de nuestro pueblo, se hizo con la madera, seguramente de encina, cortada en un monte comunal que se encontraba en el paraje que hoy está delimitado por la calle Domingo Castro Camarena y la colada de Valdeherreros; el lugar, desde entonces, pasó a denominarse “cerca del cepo”, por salir de él tan ignominioso instrumento.
          Como decía, el cepo desapareció cuando el Ayuntamiento se desalojó al llevar sus oficinas al nuevo edificio de la carreterilla (hoy avenida de Ávila); borrándose toda huella y recuerdo de su existencia; también me relató Lorenzo cómo, junto al cepo, él distinguió un viejo orinal (de esos grandes con tapa) que utilizaban los presos para evacuar sus necesidades y que el alguacil de turno se encargaría de vaciar todos los días.
          Creo recordar que, en mi niñez, me contaban que la cárcel estaba en la planta baja del Ayuntamiento, a la izquierda de la puerta de entrada y que por aquella ventana las familias se ponían en contacto con ellos o les pasaban las comidas, no sé qué habría de cierto en ello.
          Si quisiéramos tener una idea visual de cómo eran aquellas cárceles y de cómo era el famoso “cepo”, deberíamos visitar la antigua cárcel del pueblo de Pedraza, que está abierta al público, donde podremos contemplar un “cepo” muy parecido (por no decir igual) al que habría en nuestro pueblo; algunos guardan su historia y otros se desprenden de ella.



        (Interior de la cárcel vieja de Pedraza, mostrándose cómo se sujetaban los presos al cepo; los agujeros sobre los que están sentados les servían de evacuatorio)

          Para comparar, adjunto imágenes del “cepo” de Pedraza y un dibujo del de Aldeavieja, hecho de memoria por nuestro convecino Lorenzo, (al que nunca estaré suficientemente agradecido por sus historias y comentarios); podemos observar  que son muy parecidos.


Cepo de la cárcel vieja de Pedraza


Dibujo del cepo de Aldeavieja

30 de septiembre de 2017

Aldeavieja: el "Anuario del Comercio" de 1911.

          Hoy, para variar la temática que solemos tener en estas páginas, voy a incluir el artículo, referente a Aldeavieja, del “Anuario del Comercio, de la Industria, de la Magistratura y de la Administración”, del año 1911; en él se relacionan las principales ocupaciones y oficios que existían en el pueblo en ese año, así como el nombre de los que desempeñaban dichas ocupaciones; lo publicamos como un artículo curioso en el que reconoceremos, tal vez, los nombres de algunos de nuestros antepasados; espero que os sirva para pasar un rato agradable.
        
         
          Esta publicación, continuación, a partir de 1881, del Anuario-almanaque del comercio, de la industria, de la magistratura y de la administración que, en 1879, había comenzado a editar el librero madrileño Carlos Bailly-Baillière, y más tarde lo harán sus hijos, al estilo de los que se publican en otros países de Europa y en Estados Unidos, y que sigue la estructura del francés Annuaire-almanach, de Diderot-Bottin. Es una guía que contiene centenares de miles de datos de las personas que integran las instituciones del Estado y de las provincias en todos sus sectores (político, educativo, militar, religioso, judicial, etc.) y de los profesionales y oficios, comercios, negocios, fábricas e industrias, tanto relativos a España como de los países de Ultramar y de hispano-américa, y que incorpora a partir de 1881 también a Portugal.
          Para su elaboración, su editor contaba con corresponsales o agentes propios en todas las capitales de provincia y en los diversos países, contando también con los datos que le eran facilitados por las propias instituciones y los mismos profesionales, comerciantes e industriales. Y cada año procedía a revisar los datos erróneos que aparecen en el anuario anterior.
          La publicación fue declarada oficialmente de utilidad pública y premiada en numerosas exposiciones. Cada volumen cuenta con diferentes índices. Uno sectorial por oficios, profesiones o tipo de comercios o industrias, y otro geográfico, comportándose este como un nomenclátor. También confecciona un índice de sus anunciantes. Al final, inserta un índice general.
          Después de treinta y tres años publicándose bajo este título, en 1912 se funde con la guía catalana Anuario-Riera (Barcelona: 1896-1911), para seguir editándose, iniciando su segunda época y numeración, bajo el título Anuario general de España (1912-1978).

Aldeavieja.- Localidad con Ayuntamiento. De 618 habitantes., situada a 22,2 kilómetros de Ávila, que es la estación más próxima. Diligencia a la estación: precio del asiento, 1,25 pesetas.- A 3,4 kilómetros se encuentra el Santuario del Cubillo, cuya construcción se atribuye al inmortal Herrera.- Carretera de Villacastín a Vigo.- Produce cereales, patatas y bastante ganadería. Fiesta mayor el 8 de septiembre.

Alcalde.- Muñoz Rodríguez, Julián.
Secretario.- Pérez Velázquez, Tomás.
Juez municipal.- Santamaría Blas, Bartolomé.
Fiscal.- Gordo Chamorro, Deogracias.
Secretario.- Pérez Velázquez, Tomás.
Párroco.- Pelayez, Bonifacio.
Instrucción pública.- Profesor: Méndez, Ciriaco- Profesora.- Cillán Guerra, Ramona.
Albañiles (Maestros).- Moreno, Baltasar.- Vázquez, Estanislao.
Barberías.- Martín, Donato.
Carnicerías.- Rodríguez, Mariano.- Vázquez, Hermenegildo.
Carpinterías:  Burguillo, Julián.
Carros (Constructor de).- Burguillo, Julián.- García, Santiago.
Cereales (Cosecheros de).- Cabrero, Jerónimo.- Gordo, Andrés.- Gordo, Fermín.- Moreno, Lorenzo.- Muñoz, Julián.- Vázquez, Miguel.- Vázquez, Pedro.
Cereales (Tratantes en).- Moya, Vicente.- Muñoz, Julián.
Comestibles.- Canales, Mauricio.- Muñoz, Julián.- Rico Morán, Evelio.- Rodríguez, Mariano.
Farmacéutico.- Perlado, Gregorio.
Ganado cabrío.- Burguillo, Román.- Carballo, Julio.- López, Julián.- Rodríguez, Mariano.
Ganado lanar.- Cabrero, Jerónimo.- Gordo, Andrés.- Maroto, Melchor.- Moreno, Bonifacio.- Moreno, Lorenzo.- Muñoz, Rafael.- Ortega, Tiburcio.- Vázquez, Hermenegildo.- Vázquez, Pedro.
Ganado vacuno.-Cabrero, Jerónimo.- Gordo, Andrés.- Moreno, Lorenzo.
Harinas (Molinos de).- Martín, Juan.- Zahonero, Francisco.
Herrerías.- Blanco, José.- Moreno, Gaspar.
Médico.- García Casasola, Ángel.
Panaderías.- Magdaleno, Quintín.- Ortega, Pablo.
Paradores.- Gordo, Roque.- Martín, Timoteo.
Principales contribuyentes.- Cabrero Andray, Jerónimo.- Gordo Sanz, Andrés.
Quincallerías.- Canales, José.- Muñoz, Julián.- Rico Morán, Evelio.
Sastrería.- Muñoz, Pedro.
Tabacos.- Torres, Donato.
Tejidos.- Muñoz, Julián.
Transportes terrestres.- Muñoz, Julián.
Veterinario.- Moreno, Agustín.
Vinos y aguardientes.- Gordo, Roque.- Martín, Timoteo.- Rico Morán, Evelio.- Rodríguez, Mariano.

Zapaterías.- Beltrán, Simón.- Burguillo, Benito.- Casado Martín, Benito.- Santamaría, Bartolomé.

28 de agosto de 2017

Leyendas de Aldeavieja: la vara.

          A mediados del siglo XIX, cuando ya, en Aldeavieja, sólo quedaba una tenería, en el paraje de El Batán, ocurrió una historia curiosa que me contó un tío de mi madre al que, según aseguraba, a su vez, se lo había contado su padre.
          El dueño de esta tenería, que tenía su batán, sus telares y todo aquello que era menester tener para fabricar estameñas con las lanas de sus ovejas, se llamaba Lorenzo G. y, además, poseía una tiendecilla, que llevaba su mujer, en la que vendía, por varas, el producto de su industria; le iba muy bien el negocio, quizás algo mejor de lo que pudiera ser lo normal.


          La vara castellana, que era con la que desde hacía cientos de años, se medían los tejidos, él la había heredado de su padre, y este del suyo y así… hasta remontarse al siglo XV, por lo menos, que era ya una reliquia en sí misma, pulida y brillante de tanto pasar de unas manos a otras y que era considerada como el patrón de medida en todo el municipio: todas las varas que se hacían en él se cortaban a la medida de la de Lorenzo.
          Ahora bien, todos sabéis que la vara no es una medida que esté, ahora, en uso; pues cada región (y a veces cada provincia o municipio) tenía la suya propia y con la normalización de pesos y medidas que se produjo en España en 1852, desaparecieron  todas las medidas locales y se introdujo el metro, el kilo, el litro, etc… como medidas normalizadas en toda la nación, como ya lo era en toda Europa. La vara castellana (también llamada de Burgos) medía 0,835 metros, o sea, un poco más de centímetro y medio menos que la nueva medida y… ¿qué hacía nuestro industrial? pues vendía sus tejidos por varas, como siempre, pero a precio de metros con lo que, poco a poco, iba aumentando su ganancia legal.
          ¿Qué decían las gentes del pueblo?, pues… nada; no lo sabían; siempre se había comprado por varas y así se seguía haciendo, pero creían que aquella vara, tan suave, tan pulida, tan torneada, se ajustaba a la nueva medida que se había impuesto desde el Gobierno; ¡vamos, que medía un metro! Y Lorenzo no les quitaba de su engaño; ¿para qué? total… si sólo era un centímetro y medio… ¡poco más que la uña del dedo gordo de la mano! ¿a quién le iba a importar tan poca diferencia?; ¡a él no, por supuesto!.
          Pero su mujer, Genara, que estaba en el ajo, no veía con muy buenos ojos aquello que le parecía un robo.
          -Yo creo que, por lo menos, debías confesárselo al cura, Lorenzo –le decía un jueves sí y el otro también- yo creo que lo que hacemos está mal y debe de ser pecado.
          -Pecado, pecado… ¡en todo veis pecado las mujeres!, ¿de qué os llenará la cabeza el cura cuando vais a la iglesia? ¿me meto yo en sus misas? ¡no!, ¡pues que no se meta él en mis varas!.
          Pero tanto le insistió la Genara que, por no oírla más, se acercó una tarde, antes del rosario, a la iglesia, y al ver a don Facundo en el confesionario, sin nadie por las cercanías, se arrodilló delante de la portezuela y dijo el consabido:
          -Ave María Purísima…
          Don Facundo levantó los ojos del breviario, aunque los tenía cerrados pues aquel silencio, la hora, el fresquito delicioso del templo en aquellos días de ardor del verano… le habían amodorrado un tanto…
          -¡Sin pecado concebida! -dijo sobresaltado y sorprendido al ver en aquella hora intempestiva a Lorenzo-.
          -Don Facundo….yo… venía a confesarme.
          -Pues díme hijo….
          -No sé por dónde empezar… si usted me preguntara por los pecados… me sería más fácil.
          -Bien… vamos a ver, ¿Has blasfemado?
          -Lo normal, padre, ya sabe cómo se habla en el pueblo… pero en la iglesia no ¿eh? aquí no.
          -Vale… ¿vienes a misa los domingos?
          -¡Claro! ¡a menos que haya que trabajar…ya sabe, don Facundo que hay días…
          -Ya, ya… ¿has mentido o engañado?
          -No ¡qué va! que cosas se le ocurren; sólo alguna picardía…. como todos.
          -¿Engañas a tu mujer con otra?
          -¡No, por favor, eso no! mi Genara es mi vida… ya sabe usted que no tengo ojos para nadie más.
          -¡Bien, bien! ¿Has robado?
          -¿Robar? No, nunca he robado nada, lo único es que uso la vara de medir en la tienda en vez del metro ese que dice el Gobierno; la vara es un poco más pequeña, uno o dos centímetros… pero no tiene importancia…
          -¿Cómo que no? ¡Eso…. eso es robar, hijo!, si quieres que te absuelva tendrás que devolver todo lo que has ido dando de menos a tus vecinos…
          -Pero… ¿cómo voy a hacer eso? Si no sé ni a quién ni cuánto… es imposible.
          -No hay nada imposible; a ver… ¿Cuánto tiempo has estado utilizando la vara en vez del metro?
          -Poco más de un año…
          -Pues mira, te haces otra vara con un centímetro y medio más de larga que el metro y vas a ir devolviendo, poco a poco, a tus vecinos lo que les has ido robando durante este tiempo; en un año, vuelves y si has cumplido yo te absolveré de todos tus pecados. ¡Anda, vete y haz lo que te he dicho!
          Lorenzo se fue pensativo y meditabundo de la iglesia, dar más cantidad por el mismo precio no era de su agrado, pero si quería el perdón de sus pecados no le quedaba otra que hacer caso al cura; -está bien-, se dijo –seguiré sus indicaciones, fabricaré una vara nueva que mida un metro y un centímetro y medio, ¡qué remedio!-.
          Con que…. Pasó el año y Lorenzo volvió a la iglesia para confesarse como había quedado con el párroco.
          -Ave María, padre…
          -Sin pecado concebida, hijo…
          -Mire, don Facundo, hice como me aconsejó y fabriqué una vara con ciento un centímetros y medio y, desde entonces, he medido siempre con ella los géneros que compraba a mis vecinos…
          -Dirás que vendías….
          -No, no padre, que compraba; es que, mire usted…. en este año he cambiado de oficio; ya no fabrico más tejidos, ahora sólo me dedico a comprar la lana en bruto, ya hilada y luego se la vendo al Eufronio que me compró la tenería… y ya tengo buen cuidado en que me la mida bien, para que no caiga él en la tentación del pecado.
          -¡Lorenzo! – dijo don Facundo muy enfadado- ¿has pensado en lo que me estás contando?, sigues siendo un ladrón….¡no te puedo absolver!

          Desde entonces, y por consejo del señor cura párroco del pueblo, el Ayuntamiento encargó unas varas de medir (por supuesto, de un metro) a la capital, y obligó a los mercaderes, industriales y tenderos a que las usasen en todas sus transacciones, para que nunca más hubiera equívocos o “errores”.

22 de agosto de 2017

El Batán.

          Creo que todos conoceréis el sitio llamado El Batán, en el camino que va hacia El Soto, a la derecha, antes de pasar el arroyo Tijera; el nombre, igual al del populoso barrio de Madrid, se debe a una de las pocas industrias que se instalaron, en siglos pasados, en Aldeavieja: las de manufacturas de estameñas o tenerías.


          Las tenerías eran un taller, construido poco más o menos como una gran cuadra (y con el mismo aspecto exterior) en el que se curtían y trabajaban las pieles; dentro de ellas o a su lado, se encontraban los batanes que consistían en unos artefactos (construidos enteramente de madera) que servían para golpear, desengrasar y tupir tejidos de lana que salían muy sueltos de los telares; trabajaban con agua, que se utilizaba para mover el mecanismo con el mismo procedimiento que una noria en la que, a través de un eje, movía unos grandes mazos de madera que golpeaban los tejidos hasta conseguir la textura deseada.
          Por lo tanto, los batanes se montaban cerca de corrientes de agua, en este caso el citado arroyo Tijera.
          Según el Catastro nacional elaborado por el marqués de la Ensenada en 1752, en Aldeavieja existían tres tenerías:
          17. Si hay algunas Minas, Salinas, Molinos Harineros, u de Papel, Batanes, u otros Artefactos en el Término, distinguiendo de que Metales, y de que uso, explicando sus Dueños, y lo que se regula produce cada uno de utilidad al año.
17ª. A la decimoséptima que hay tres Tenerías, una propia de Juan Fernández Zazo, que le produce respecto de lo que curte ochocientos reales, una y media de Isabel Gordo a la que produce cuatrocientos noventa y nueve reales, otra media de Jerónimo Gordo a quien le corresponden por la misma razón noventa reales.
          Como vemos por sus ganancias las tres tenerías eran bastante diferentes, como lo serían tanto de tamaño como de empleados utilizados; debían de estar instaladas todas en el mismo paraje, por ser el más cercano al pueblo con una corriente de agua capaz de mover los instrumentos necesarios para la fabricación de las estameñas.
          La estameña era una tela de lana sencilla y ordinaria que se utilizaba tanto para los vestidos y trajes de diario como para mantas, sacos, cortinas y otras utilidades.
          En lo relativo a los trabajadores que se empleaban en los trabajos de las tenerías, el Catastro citado señala en el siguiente punto:
          33. Qué ocupaciones de Artes mecánicos hay en el Pueblo, con distinción, como Albañiles, Canteros, Albéitares, Herreros, Sogueros, Zapateros, Sastres, Perayres, Tejedores, Sombrereros, Manguiteros, y Guanteros, etc. Explicando en cada Oficio de los que huviere el número que haya de Maestros, Oficiales, y Aprendices; y qué utilidad le puede resultar, trabajando meramente de su Oficio, al día a cada uno.
33ª. A la treinta y tres, que hay dos herreros, tres curtidores, tres zurradores, a quienes tocaban de jornal diario cuatro reales cada uno; treinta tejedores de estameñas y sesenta y tres peinadores a dos, con un oficial de aquellos a dos; un tejedor de lienzos a dos y medio; asimismo diez zapateros a cinco; dos herradores y tres sastres a cuatro y medio; dos albañiles a cinco y medio y un oficial de estos a tres y medio.
          Comprobamos que, de los oficios que se indican, 102 corresponden a trabajadores ocupados en labores realizadas en las tenerías y teniendo en cuenta que la población que se da en el Catastro es de 338 vecinos (que equivalen a unos 1087 habitantes), nos encontramos con que casi una tercera parte de los habitantes del pueblo dependen de lo que se gana y se trabaja en ellas.
          De estos 102 trabajadores 3 son curtidores, otros 3 zurradores (que son los que se ocupan de los batanes) 30 tejedores de estameña, 63 peinadores (de la lana) 2 oficiales que se ocupan de enseñar y controlar al resto y un tejedor (que es el que más cobra al ser, el suyo, un trabajo más especializado).
          Para 1848, casi cien años más tarde, Pascual Madoz, en su “Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones en Ultramar”, nos señala que sólo queda “una tenería de curtidos y algunos telares de estameñas ordinarias”; pequeña muestra de una industria que encontró en nuestro pueblo un lugar donde desarrollarse durante toda la Edad Media y hasta el siglo XVIII; según un estudio de José Damián González Arce (de la Universidad de Murcia) durante los siglos XV y XVI, Aldeavieja (formando parte entonces de la provincia de Segovia) era uno de los pocos lugares, junto a la capital, Villacastín, Navas de Zarzuela (Navas de San Antonio) Real de Manzanares, Manzanares, La Cercedilla, Los Molinos, Guadarrama, Galapagar, Valdemorillo y Robledo de Chavela) en donde se tejían paños secenos y veinticuatrenos (aquellos cuya urdimbre tenía 16 ó 24 centenares de hilos) y añade el autor: “Las localidades donde se practicaron las labores iniciales de la pañería segoviana (las referidas anteriormente) reunieron buena parte de las condiciones para convertirse en zonas protoindustriales. En su mayoría estaban situadas en tierras montañosas, donde la pobre agricultura hubo de combinarse con actividades pastoriles, de ganadería estante, e industriales complementarias. Además, abundaba la materia prima, pues la lana no provenía solamente de los rebaños locales, sino en mayor medida de los trashumantes, que transitaban por tres de las principales cañadas reales de la Mesta, a ambos lados del Sistema Central, las cuales servían de conexión entre los núcleos productores. Y, por último, contaban con un mercado urbano cercano, la ciudad de Segovia, donde los paños de menor calidad o semielaborados eran llevados a vender o a terminar”.

          Nada queda de aquella riqueza que hubo en nuestro pueblo, quedando sólo su recuerdo en el nombre del sitio donde, hace ya demasiados años, comenzó una interesante aventura dentro de una incipiente industria: la de los paños.

7 de agosto de 2017

Tierras del Cardeña... y 14..

          La historia, probable, de esos primeros años fundacionales de Aldeavieja, se me ocurrió para dar un marco a uno de los seres integrantes del folklore castellano-leonés; siempre nos ha parecido que las historias de duendes, hadas, señoras, elfos, brujas, etc… forman parte del paisaje del norte de España; nos los encontramos, sobre todo, en los cuentos y leyendas de Galicia, Asturias y el País Vasco; pero no hemos de olvidar que, cuando la Reconquista, los habitantes de esas zonas repoblaron las tierras desiertas de Castilla y León, trayendo consigo sus tradiciones y leyendas; este es el caso de Martín, cuya “biografía” mostramos a continuación:



El Duende Martinico

          El duende castellano por excelencia. Ácrata, agitador profesional, que lleva el desorden y la subversión en las viviendas donde desarrolla sus actividades caseras, El más popular y extendido es este “Martinico”, “Martinillo” o “Martín” al que se le ha descrito generalmente como rechoncho, rabón, algo diablejo, de estatura tirando a chaparro (casi aspecto simiesco). Bastante inestable emocionalmente (pues son legendarios sus cabreos cuando es importunado); generoso, solidario con los hombres y mujeres, a los que no duda en dar mano en caso de necesidad, como de gastarle las peores jugarretas. Tiene peligrosos y secretos poderes que utiliza para transmutarse en animal (motivo por el cual algunos autores los emparentan, en forma lejana, con las hadas). Su color preferido es el rojo.

          Posee extrema debilidad por aparecer con hábitos de fraile. En un relato donde se presenta una familia de hidalgos preparándose para mudarse a Valladolid (debido a las “bromas” del Martinico) descubren como éste (descrito como “frailecillo pequeño”), se les aparece con el “equipaje” al hombro, uniéndose así a la comitiva. Por lo que se le puede relacionar con el duende “Motilón” o “Mochilón”. Ser fantástico de la familia de los duendes vestido de frailón o frailuco, con grandes hábitos y cubierta la cabeza y parte del rostro con la capucha del hábito, donde en el fondo brillaban unos ojos terroríficos que despedían llamas y dejaban mudos de espanto.

2 de agosto de 2017

Tierras del Cardeña. 13.

          Con gran cuidado retiramos tres de las grandes piedras que habíamos colocado en el hueco que había dejado la puerta incendiada; después, en silencio y arrastrándonos nos dirigimos hacia la ladera que daba al río; habíamos observado que, por esa parte, había menos enemigos, el contingente era menor, por lo que podríamos pasar entre ellos con más posibilidades de no ser vistos; éramos cazadores, y un buen cazador no causa ni un solo ruido, si quiere, cuando está al acecho o tras las huellas de su presa; nos fue fácil pasar entre la débil vigilancia que los moros habían colocado; pronto estuvimos al otro lado del río, en pleno bosque de robles.
          -Ahora nos dividiremos en dos grupos, marchando por fuera de la vigilancia enemiga; tenemos que encontrar el lugar donde guardan sus caballos; el primer grupo que lo consiga lanzará, por tres veces, el ulular de la lechuza; ese grupo, después de eliminar a los posibles centinelas, se llevará los caballos en dirección a San Mikel, con seis que vayan bastará; luego, silenciosamente, el resto se unirá con el otro grupo… y ya sabéis lo que se tiene que hacer.
          Todos escuchamos en silencio las indicaciones de Martín; nadie preguntó nada y nadie dudó ni un solo instante; estaba claro quién mandaba; los demás éramos sus subordinados.


          Partí, al frente de uno de los grupos en dirección norte; rodeamos, amparados por la oscuridad, el cerro donde se aposentaba la iglesia y llegamos al borde donde antes se alzaban algunas de nuestras cabañas; allí en una especie de plazoleta formada por las ruinas humeantes habían alzado su campamento los moros; había hogueras encendidas a cuya luz vislumbramos a los guerreros, unos descansaban echados sobre las sillas de sus monturas, otros preparaban sus armas para el día siguiente; algunos comían y otros charlaban entre ellos seguros por la vigilancia que habían puesto…. por el lado de los sitiados. Algunas tiendas, de forma cónica y de colores brillantes, se alzaban de tanto en tanto, aguardando la hora en que los guerreros se alojasen en ellas para bien dormir; nunca pensarían que el peligro pudiera llegar desde sus espaldas.
          Cerca, en un corralón que habíamos levantado para guardar las ovejas en invierno, tenían a los caballos; nunca habíamos visto una manada tan grande y con tan buena presencia; eran caballos de pura raza árabe, blancos, negros… de un tamaño y una presencia imponente; no había centinelas guardándolos, así que, lentamente y después de haber realizado la señal correspondiente al otro grupo para que supieran que habíamos cumplido el primer objetivo, abrimos con cuidado el portón y fuimos conduciendo fuera a los animales; cuando los tuvimos a una distancia suficiente, los compañeros elegidos marcharon, lo más silenciosamente posible, en dirección a nuestro antiguo asentamiento; ya se vería, si todo salía bien, qué hacíamos con ellos, nos quedamos con los justos para que cada uno de nosotros tuviera su montura, pues eso era parte del plan.
          A poco llegaron Martín y los suyos, con gesto alegre al ver que, por ahora, todo había salido a pedir de boca. Esperamos un rato para que, los que se habían llevado los caballos, estuvieran a una distancia prudencial y, después, montamos cada uno en uno de aquellos animales tan bellos y fuertes.
          Nos reagrupamos a poca distancia del campamento enemigo; procurando no hacer demasiado ruido, fuimos encendiendo ramas de árbol que nos pasamos de mano en mano; a una señal, galopamos en nuestras nuevas monturas irrumpiendo por medio del campamento; arrojábamos las ramas ardientes a las tiendas mientras, pegando gritos, volcábamos las ollas donde preparaban su comida o destrozábamos cualquier cosa que hubiese por medio; para los moros fue como si una muchedumbre de demonios se hubiera arrojado sobre ellos, estaban tan sorprendidos y espantados que no les dio tiempo de echar mano a las armas; arrasamos cuanto pudimos y luego, reagrupados de nuevo en un extremo de aquella explanada disparamos sobre ellos una lluvia de flechas que terminó por desmoralizarles completamente; corrieron hacia la cerca donde suponían que estarían sus caballos y, al encontrarla vacía, se volvieron en medio de gran confusión intentando huir, lo más deprisa que podían, en dirección a Abila, abandonando armas y bagajes, entonces galopamos de nuevo sobre ellos, esta vez con nuestras espadas y lanzas y atropellamos y matamos a cuantos enemigos se nos pusieron delante.
          Después, Martín dio una señal y nos agrupamos y marchamos en dirección a la iglesia; dejamos a algunos compañeros de vigías por si los moros se atrevían a volver y dando vítores y llamando a nuestros familiares descabalgamos al pie de los muros mientras nos abrazábamos riendo y llorando, no sabíamos si de felicidad, de victoria, de puro nerviosismo o… ¡yo qué se…!
          La noche pasó, tensa y alegre a la vez y, al amanecer, volvimos hacia la explanada donde estuvo el campamento sarraceno; los vigías que dejamos nos dijeron que no se había oído ni visto movimiento alguno; con la luz de la mañana, mandamos una patrulla para que, a caballo, inspeccionase la ruta hacia Abila y nos informase, después, de lo que hubiera visto.
          Contamos más de cien cadáveres tendidos sobre la tierra, a los que había que añadir los que habían caído cuando ellos nos atacaron el día anterior; más de la mitad de nuestros enemigos habían muerto o estaban desangrándose ante nosotros; casi no nos podíamos creer que hubiéramos salido con bien de aquel peligro; cuando regresaron los compañeros que habían marchado de reconocimiento nos contaron que toda la ruta hacia la ciudad se encontraba sembrada de cadáveres; por lo visto, los de Ojos Albos y Blasconceles habían visto las llamas y alertados, salieron hacia la zona de Sillas Jineta y del río Voltoya donde dieron buena cuenta de aquella tropa que tanto nos había aterrorizado.
          Busqué con la mirada al bueno de Martín, pero por más que miré no le vi por lado alguno; pregunté por él, nadie lo había visto desde que regresamos a la iglesia, por la noche, después de haber saqueado el campamento moro; no me gustaba aquello y, al galope, volví hacia la iglesia, allí tampoco estaba, nadie lo había visto; miré en la sacristía,  le llamé a voces, corrí de un lado para otro… pero nada; ni rastro de fraile…
          Había desaparecido… como había venido, se había ido, ¿dónde?
          No encontramos nunca señales de él, ni oímos noticias referentes a su persona; lo cierto es que no tuvimos, nunca más, que hacer frente a ningún otro ataque de los moros; poco años después, hacia el año de Nuestro Señor de 1085, nuestro rey, Alfonso VI conquistaba Toledo, alejando el peligro moro de nosotros, para siempre; a partir de ahora otros peligros nos acecharían, pero nunca más nos tendríamos que enfrentar al Islam.

          Recordaréis que había otro fray Martín en San Mikel y otro en Ojos Albos, como lo hubo también en Blasconceles; les pasó como a nosotros; en un momento dado, cuando el pueblo se asentó definitivamente y dejó de peligrar su existencia… desaparecieron; fue un gran misterio para nosotros del que nunca pudimos hallar la causa; pero jamás lo olvidamos y siempre, en nuestros rezos, nos acordamos de él y agradecemos al Señor su presencia entre nosotros, aunque fuese corta.

27 de julio de 2017

Tierras del Cardeña. 12.

          El miedo se apoderó de los hombres que habían quedado fuera y, prestamente, se levantaron aporreando la puerta para que les permitiéramos franquearla; así se hizo, rápidamente, sin preguntarles nada ni afearles su conducta; ¡a ver quién era el valiente que aguantaba una carga de caballería armado sólo con un arco y diez flechas!.
          No bien estuvimos todos dentro de la iglesia, los jinetes llegaron hasta los muros y comenzaron a lanzar flechas hacia las troneras esperando herir o matar a alguno de nosotros, tuvimos suerte, pues todos nos retiramos prontamente con el miedo pintado en los rostros; ninguno éramos hombre de guerra y aunque habíamos batallado en muchas escaramuzas, nunca habíamos sido confrontados por tal cantidad de guerreros, y menos montados en aquellos caballos enormes y fieros que daban casi más miedo que sus jinetes; tardamos un rato en volver a asomarnos, el enemigo se había retirado a una mediana distancia y se les veía hablar entre ellos como discutiendo la mejor manera de acabar con nosotros.


          Pronto vimos claras sus intenciones cuando volvieron grupas y comenzaon a incendiar nuestras casas; los techos de paja o de retamas, resecos por el aire y el sol, ardieron como yesca en cuando lanzaron teas encendidas sobre ellos; el humo comenzó a levantarse hacia el cielo mientras nuestros ojos de llenaban de lágrimas al ver desaparecer aquello que tanto nos había costado levantar.
          Se oyó más de un juramento y alguna maldición al tiempo que, por los ventanucos, se lanzaban flechas que caían inocentemente lejos de aquellos a los que iban dirigidas.
          -¡Callaos! –se oyó de pronto la voz de Martín- ¡Tened vuestras sucias lenguas en el templo del Señor!, ¡dad gracias, más bien, porque son casas las que arden y no vuestros cuerpos!. ¿Así os portáis en la primera dificultad?; ¡tened más confianza en vosotros, hombres, y mucha más en la voluntad de Dios, que no permitirá que nada malo os pase!
          Los murmullos fueron bajando de tono y todos se volvieron hacia Martín que, subido al altar mayor, les miraba con su cara sonrosada y redonda como un pan y en la que asomaba aquella sonrisa que nunca se desprendía de su rostro.
          -Las casas las van a quemar y no podemos hacer nada por evitarlo; pero sí que podemos evitar que nos maten a nosotros y a nuestras familias; hay que organizarse; pronto querrán incendiar, también, la techumbre de esta iglesia y eso no hay que permitirlo, pues sería nuestro fin; hay que hacer más aspilleras en los muros para poder lanzar más flechas; preparad mantas y trapos, además de baldes de agua, para sofocar un posible incendio y, si resistimos hasta la noche… ¡yo os prometo que hemos de vencerlos y echarlos de aquí como perros que son!
          Me quedé mirándole con la misma cara con que le mirábamos todos, con respeto y algo de temor; pero tenía toda la razón y parecía que tenía las cosas claras, cosa que ninguno de nosotros tenía; necesitábamos un líder y allí estaba: Martín, como siempre, era el ángel que velaba por nosotros…
          -¡Ya le habéis oído! –grité como para hacer notar que aún era yo el jefe- preparad todo, las mujeres que tengan listas las cobijas y los trapos, vosotros, arrancad piedras, haced más agujeros en las paredes. Vamos a quitar esta parte del tejado para poder disparar sobre las vigas y poder trabajar mejor si nos intentan prender fuego. ¡Venga, deprisa!
          Martín me miró y me sonrió como dando a entender que estaba de acuerdo; yo era el jefe y yo debía ordenar; él… era simplemente un pobre fraile… le sonreí a mi vez y él entendió aquella sonrisa como mi forma de darle las gracias; desde la distancia me bendijo haciendo una cruz en el aire e, inmediatamente, se bajó del altar para ayudar a todos y a todo.
          ¡Bendito fraile motilón!
          No tardaron en volver al ataque; esta vez, como habíamos previsto, galopaban velozmente hacía nosotros y al pasar arrojaban antorchas encendidas sobre nuestro tejado…. A la vez, en la distancia, sus arqueros lanzaban flechas incendiarias en nuestra dirección; lo distinto fue que, nosotros, les recibimos con una lluvia de flechas que salían por todas las troneras que habíamos abierto y por las jabalinas que les mandábamos por el agujero del tejado que habíamos desmontado para tal fin…. Eso no se lo esperaban, habían ido tan confiados en su fuerza y en nuestra debilidad que su galope se paró en seco mientras caían de sus monturas heridos o muertos sin darles tiempo a ver de dónde habían salido aquellos venablos que los traspasaban.
          Ya no se lanzaron más, alegremente, a un galope desenfrenado para lanzarnos antorchas; no, se habían dado cuenta de que teníamos dientes y los sabíamos utilizar; la ladera del cerro estaba llena de cuerpos tendidos, unos muertos y otros heridos que gritaban lastimeramente pidiendo ayuda a los suyos, pero… ¡ay del que intentaba acercarse! Era inmediatamente atravesado por las certeras saetas de nuestros compañeros.
          A nuestro alrededor todo el poblado ardía, nuestras cosas, pobres muebles y camastros, taburetes, adornos… todo ardía en una gran hoguera; pero, como dijo Martín, lo que unos hombres podían destruir otros lo podrían volver a hacer, sólo había que conservar la vida... y la esperanza.
          También sus flechas nos llegaban y aunque habían logrado hacer que nuestro tejado ardiera, sólo lo fue parcial y tímidamente gracias a nuestros esfuerzos, lo cual no quitaba que también tuviéramos bajas a los que llorábamos en silencio y con rabia.
          Habían incendiado nuestra puerta, también, pero otra de piedra había surgido en su lugar levantada con las que habíamos arrancado para abrir las troneras; no podrían vencernos fácilmente.
          Pasaban las horas y el asedio no cedía; no sé si nos querían rendir por hambre y sed, o todavía pensaban que quemando nuestro tejado nos rendiríamos o, quizás, creían que nuestros proyectiles se acabarían pronto, el caso es que allí permanecían, lanzando de tanto en tanto una lluvia de flechas ardiendo que intentaban doblegarnos.
          Lo cierto es que el número de dardos con que contábamos iba disminuyendo rápidamente, a pesar de que intentábamos reutilizar las que ellos nos mandaban, pero muchas estaban quemadas o se rompían al chocar contra los muros interiores; en fin, poco nos quedaba por hacer sino esperar a que llegara la noche, como nos había dicho el fraile y ver que plan había urdido.

          El sol se iba escondiendo tras el cerrete que formaba La Barrera y teñía de sangre los muros de nuestra iglesia como una premonición; nuestras chozas no eran ya más que humeantes ruinas que llenaban el atardecer de brumas grises y pesadas; a pesar de todo resistíamos ¿cuánto tiempo más? Martín hizo sonar su voz pidiendo silencio y, luego, nos llamó a los hombres para comunicarnos el plan que había pensado.

20 de julio de 2017

Tierras del Cardeña. 11

          Con el verano nuestra situación no cambió demasiado; vimos pasar partidas, pequeñas partidas es la verdad, de moros que se dirigían hacia tierras de Abila o hacia el Duero para realizar sus razzias de verano, pero nosotros no fuimos molestados; no sé si habría sido por nuestra decidida respuesta a aquel primer ataque serio o porque, en realidad, no representábamos ni peligro para ellos ni teníamos nada que codiciaran; ciertamente, nuestras “riquezas” no eran para que nadie tuviera tentación de asaltarnos para conseguirlas.
          Nuestra población había aumentado, las noticias de nuestra victoria sobre las partidas agarenas y la situación ventajosa que teníamos había incitado a muchos antiguos habitantes de San Mikel a unirse a nosotros; también de otras poblaciones allende el Duero y de nuestras tierras de origen, allá en el norte, vinieron nuevos colonos a reunirse con nosotros, éramos casi dos centenares y, además, cerca de nuestra aldea, se fundó otro núcleo por un tal Blas , procedente de San Mikel y cuyas raíces venían de la tierra de los gallegos; aquella otra aldea se llamó Blasconceles; y como provenientes de la misma raíz, pronto tuvimos contactos, buenos y malos, como con todo vecino.
          Para asegurar nuestra situación ante posibles ataques, construimos una especie de torre de vigilancia en un monte que, por su forma, llamamos “silla jineta”, y desde la que podíamos ver si alguien procedente de la zona de Abila se acercaba a nuestras tierras; aquellas seguridades hicieron que el pueblo se expandiera en esa dirección, bajo una pequeña loma que hacía las veces de barrera de los fríos vientos del norte, por lo que la denominamos “la barrera” y donde el terreno era más llano y más adecuado para construir nuestras casas.
          Al año siguiente de lo que acabo de relatar, tuvimos la ocasión de darnos cuenta de la importancia de lo que acabábamos de hacer y también, como no, de la importancia de las previsiones del buen Martín que, una vez más, acabó por salvarnos la vida a todos y asegurar la continuidad de nuestra aldea.


          Sería por el año de 1040 de Nuestro Señor cuando, ya avanzado el mes de mayo, los vigías que siempre estaban destacados en la torre de Silla Jineta, nos avisaron, mediante señales de humo, que una gran hueste se acercaba hacia nosotros desde la ciudad de Abila; tocamos a rebato la campana de la iglesia para que todos abandonaran sus casas y labores y se refugiaran entre sus muros que, ya en otras ocasiones, habían demostrado su fortaleza.
          Mientras los aldeanos cogían apresuradamente sus bienes más valiosos, armas, comida y bebida, alejábamos a los pastores con sus rebaños para que, en medio de la espesura de los bosques, se ocultaran con nuestra única riqueza real: el ganado y nuestros hijos pequeños.
          A poco llegaron los vigías, que habían abandonado la torre ante su imposible defensa y que no querían permanecer alejados ni de sus familias ni de nosotros, sus compañeros. Nos relataron que, en la otra orilla del Voltoya, a la altura del puente antiguo, se habían divisado fuertes y numerosos contingentes de moros, con mucho acompañamiento de banderas y alharacas, quizás quinientos jinetes… o más.
          Ante estas noticias hicimos buen acopio de dardos y flechas, venablos y todo tipo de armas arrojadizas que nos pudieran dar un poco de ventaja en el primer momento del combate que, con toda seguridad, habríamos de libras contra las huestes sarracenas y después… confiar en el buen Dios y en los fuertes muros de la iglesia de san Cristóbal; fray Martín nos alentaba de mil modos, dando palabras de esperanza a las mujeres y de valor y gallardía a los hombres; nunca una persona se movió tanto en tan poco tiempo y espacio para insuflarnos a todos un soplo más de coraje.
          Poco después de una hora, o algo así, pudimos ver, entre las arboledas que bajaban de la sierra, a una avanzadilla de árabes que, al vislumbrar la iglesia en lo alto del cerro y la cerca que rodeaba nuestras pocas casas, hicieron alto para poder valorar nuestras defensas o nuestras posibles fuerzas mientras esperaban al grueso de su ejército.
          Yo había mandado colocar tras la cerca de piedra a unos diez arqueros para que diesen la bienvenida a los posibles atacantes y volver luego rápidamente al refugio de los muros de la iglesia, eso les daría que pensar y les dificultaría conocer nuestro número y disposición; dos o tres de aquellos jinetes se acercaron con gran cuidado a la aldea, prestos a huir o a llamar en su auxilio al resto; tenía yo ordenado que no se les molestase, para que se confiaran o para que pasaran de largo, cosa esta última algo improbable, pues solían arrasar cualquier agrupación de casas que encontraran en su camino; éstos miraron, gritaron insultos en nuestra dirección llamándonos perros y porquerizos para que molestos diéramos la cara, pero al ver nuestro silencio se frenaron antes de llegar a la cerca, intuyendo alguna trampa o algo así.
          Volvieron sobre sus pasos y se pusieron a hablar con el resto de sus tropas, señalaban mucho en dirección a la iglesia e indicaban el poco humo que aun salía de los tejados de algunas de las chozas que habíamos abandonado a toda prisa; sospechaban que estábamos escondidos esperando su ataque, pero no sabían ni cuántos ni dónde estábamos, lo que les hacía dudar sobre la dirección que debían tomar para caer sobre nosotros; todo esto lo espiábamos a través de las arpilleras abiertas en los muros  de piedra, procurando hacer el menor ruido posible para mantenerlos dubitativos el mayor tiempo posible.
          Al fin, confiando en su número y, por supuesto, en su valentía y conocimiento de las tácticas militares, lanzaron a unos cincuenta de ellos hacia la cerca con intención de saltar sobre ella y atraer nuestros tiros si los hacíamos y saber a qué atenerse; vimos cómo se lanzaban al galope  entre los árboles, con la desventaja que tenían al tener que hacerlo cuesta arriba y, cuando parecía que iban a saltar sobre ella, nuestros arqueros armaron sus armas y les lanzaron un chaparrón de flechas que dieron con toda su vanguardia en el suelo; ante aquel ataque imprevisto volvieron grupas y se reagruparon para hablar entre ellos sobre qué hacer.
          Nuestros arqueros aprovecharon su huida para correr sin ser vistos hasta la iglesia, tendiéndose en el suelo, tras unos matorrales, para volver a repeler otro ataque si este se repetía, antes de entrar en la iglesia.

          Y, por supuesto, el ataque se repitió; pero esta vez no fueron cincuenta ni cien los jinetes que se lanzaron hacia nosotros, todo el contingente, los quinientos o seiscientos jinetes, se lanzaron al galope, lanzando terribles alaridos y manejando, también ellos, sus arcos, que disparaban con mortal deseo en nuestra dirección.

29 de junio de 2017

Tierras del Cardeña. 10.

          Llegó el invierno, la nieve empezó a caer a finales de octubre y ya no paró hasta finales de noviembre; había dado tiempo, sin embargo, para levantar seis o siete chozas más, techarlas y darlas de barro exteriormente para que el frío no se colara entre el ramaje que conformaba sus paredes; la vida comunal se hacía dentro de la iglesia, como era lo normal en aquellas épocas y las reuniones comunitarias, las comidas conjuntas y toda suerte de actos participativos se realizaban dentro de sus paredes.
          Allí se preparaban las expediciones de recogida de leñas o las batidas de caza para surtir la despensa de la aldea; como había predicho Martín, la posesión de una buena ermita de piedra, bien techada y protegida les estaba siendo de una enorme utilidad.



          En diciembre las nieves y las heladas arreciaron y la aldea se convirtió en un lugar blanco y cerrado envuelto en nubes de humo que salían por los techados de las cabañas. Aquello les llevó a convencerse de que en la próxima primavera aquellas cabañas deberían convertirse en casas de adobe y piedra que pudieran aguantar aquel clima extremo.
          En otro orden de cosas nacieron tres nuevos vecinos en la localidad, los primeros realmente originarios de Aldea Vieja y aquello dio lugar a una gran alegría que confirmó la confianza de sus habitantes y los envolvió en una bruma de esperanza para el futuro.
          Llegó, como no, la primavera; y fue una época revuelta, peligrosa y que acabó por unir todos los hilos sueltos que pudiera tener la nueva comunidad.
          Hacia marzo se empezaron a ver partidas de moros que, como avanzadillas, tanteaban las fuerzas de los cristianos y las riquezas que hubieran podido acumular; si eran pocos se les despachaba con premura y se añadían nuevas armas y monturas al arsenal comunal; si eran muchos, se refugiaba todo el mundo en la iglesia y desde sus ventanucos se disparaba, con buena puntería, sobre los enemigos que preferían pasar corriendo por la zona que intentar un asedio que les podía costar muy caro, sin ganancia visible, o atrasar sus intenciones para con otros lugares.
          Una mañana de abril nuestros vigías anunciaron que, de la parte de Segovia, venía una gran partida de árabes bien armados y caballeros en aquellos corceles blancos y rápidos que habían conseguido criar a orillas de los grandes ríos de Al Andalus.
          Se mandó noticia de ello a las poblaciones cercanas para que estuvieran sobre aviso y nos guarnecimos, con alimentos y agua suficiente entre las piedras de la iglesia por si teníamos que resistir un asedio.
          Llegaron las avanzadillas y al ver el tamaño de nuestro poblado pensaron que sería fácil arrasarlo y dar, así, una lección, a los que pudieran encontrar en su camino a Abila.
          Galoparon hacia nuestras casas, con aquella algarabía ululante que los hacía tan temibles y fueron recibidos por una lluvia de flechas que salió de los arcos de nuestros hombres que los echó por tierra mucho antes de que se hubieran ni siquiera aproximado; abríamos la puerta para poder salir y disparar rápidamente y así una y otra vez hasta que dieron la vuelta sin haber logrado su objetivo de destruir nuestras posesiones. La altura desde donde les disparábamos era ventaja más que suficiente para no tener que preocuparnos de nuestra seguridad; al verlos huir descendimos y, mientras algunos vigilaban, los demás hicimos rápido acopio de las armas y armaduras que portaban, así como cuanto de valor llevaban en sus alforjas; no nos dio tiempo a hacernos con sus caballos que huyeron  con los pocos supervivientes.
          Aquello se estaba poniendo serio y aunque hasta ahora todo nos había ido bien, dudábamos mucho que pudiéramos resistir un asedio o el ataque de una fuerza mayor que las que habíamos visto hasta entonces.
          Recibimos noticias, por parte de Ojos Albos, de que grandes fuerzas, mandadas por un tal Almudafar, habían asaltado otra vez Abila, destrozando los pocos lienzos de muralla que se habían podido levantar y llevándose, como cautivos, a gran parte de los artesanos que allí trabajaban.
          Pasaba la primavera y vimos cómo había tenido razón nuestro buen fraile: los muros pétreos de nuestra iglesia nos habían ayudado a soportar los ocasionales ataques de los moros y habíamos podido salvaguardar nuestras pocas posesiones, aumentándolas gracias a lo cogido a nuestros atacantes. Pero no siempre iba a ser así, o tal vez sí, nunca se sabía; pero aquellos ataques nos indujeron a fortalecer más nuestras viviendas y  a levantar una cerca alrededor de las mismas; a la vez intentábamos vivir nuestra vida normal, llevando nuestros rebaños a pastar a lo más profundo del bosque y cultivando pequeñas parcelas junto al río, al resguardo de los fuertes vientos del norte.

………………..

          Una de esas tardes en que me ocupaba del ganado que teníamos suelto por el monte, se vino conmigo Martín, y así empezamos una de esas conversaciones nuestras que tanto nos agradaban.
          -¿Hoy toca hacer ejercicio? Os vendrá bien, hermano, parece que vais echando barriga y si vuelven otra vez los moros no vais a caber por la puerta de la iglesia.
          -¿Cuándo habéis conocido un fraile delgado, Íñigo?. No está en nuestra naturaleza  enseñar los huesos y poco más; debemos mostraros el camino hacia la perfección, y esa tal no es otra que el redondeamiento del cuerpo a mayor gloria del Altísimo.
          -Hablando de la iglesia y ya que sois tan versado en todo que nos habéis quitado hasta la gracia de ponerle nombre a las cosas. ¿por qué San Cristóbal? ¿tenéis alguna deuda con ese santo o sólo es capricho?
          -Mirad, Íñigo, ahora que lo decís; sí, tengo una especial devoción hacia ese santo que, como sabréis, era un gigante que se dedicaba a transportar viajeros de una orilla a otra de un anchísimo río, siendo ese su medio de vida.
          -¡Ah, no lo sabía!
          -Pues sí, como os contaba, vivía allá por donde dicen que estaba antes el jardín del Edén, cerca de esos ríos famosos llamados Tígris y Éufrates y en eso que un día, se le presentó un niño y le pidió de pasar a la otra orilla; el gigante sonrió y le dijo “en un meñique te llevo” y así hizo, lo sentó en el dedo pequeño de su mano izquierda y se metió en el agua; a los dos pasos le pareció que se le iba a doblar el dedo y pasó al niño al dedo corazón; pero tres pasos más allá lo tuvo que poner sobre la mano entera y así la cosa, no estaba ni a la mitad del río cuando lo aguantaba sobre los hombros e iba todo agachado por el tremendo peso que tenía que soportar, así es que se paró a descansar un rato y le dijo al crío: “tu figura engaña, ¿cual es la brujería que usas para que a cada paso que doy tú peses más y más?”. Es claro que el muchacho era el Divino Niño que quería demostrar al gigante que las cosas no eran como parecían, sino que hay que ahondar en ellas para comprenderlas bien; y por eso le puse ese nombre a la iglesia, San Cristóbal, porque parece una ermita chiquita, pobre, sin adornos ni torres y en  cambio, en realidad es fuerte y suficiente y sirve de cobijo y defensa a nuestra gente, como has podido comprobar estos meses atrás.
          -Y pienso –añadió el fraile-, que así como es la iglesia va a ser también nuestro pueblo, que se llama Aldea Vieja y, casualmente, es la más nueva de la zona y, con el tiempo, ya veremos si no se hace famosa por alguna causa.

          Dejóme el buen Martín pensativo, pues tenía razón en todas y cada una de las cosas que decía o hacía y no pude menos que alegrarme en mi corazón al pensar que estaba con nosotros.