10 de noviembre de 2018

Aldeavieja, Leyendas: La Cruz del Majano


          La Cruz del Majano… ¿quién no ha oído hablar de ella? hay, todavía, una zona, allá en la linde con Blascoeles, que se denomina así: Cruz del Majano; ¿por qué ese nombre? Majano es un montón de piedras que se ha ido formando al apilar en un sitio determinado las que se quitan de los campos, y sirve para delimitar, normalmente, las lindes de un municipio o de una provincia; eso es un majano; y allí, en aquel sitio se colocó, allá por el siglo XVII, una cruz y, alrededor de ella, se fueron amontonando las piedras que se quitaban de los campos de labor.


          ¿Qué fue de la cruz?, parece ser que, en algún momento, estando medio en ruinas, fue llevada a Blascoeles y allí se conserva en la zona ajardinada que rodea su iglesia parroquial.
          Lo que se conoce menos es una historia, una historia de tragedia y desamores, que está relacionada con aquel lugar, allá en el camino que desde Aldeavieja va hacia la antigua ermita de san Miguel de Cardeña.
          Había un labrador, llamémosle Ramón, que vivía en la calle Amargura, en una de las casas últimas del pueblo por aquella zona; era una vivienda humilde, de una planta, hundida, como lo eran entonces casi todas, en la tierra, con las ventanas a ras de suelo y un pequeño corral con una cuadra, donde pasaba las noches una pareja de asnos y una pocilga donde, en la primavera, un par de gorrinos se cebaban para servir de matanza a finales del año.
          Ramón tenía una esposa, Juana, y una hija, Herminia y, ambas, le ayudaban en los quehaceres de la recolección y en el cuidado de los animales; no tenían mucho pero, lo que tenían, les sobraba y bastaba para vivir de una manera honesta y suficiente.
          Una mañana, allá por el mes de julio, Ramón despertó a su hija y los dos marcharon, con el sueño aún en los ojos, hacia una tierra que tenían en el camino al Cardeña, pues ya los trigos estaban dorados y había que segarla; casi justo cuando el sol asomaba por las cumbres de Guadarrama ellos empezaban, surco a surco, a cortar la mies ya madura; iban dejando los manojos en tierra para luego ir formando los haces y no pararon más que para secarse el sudor y beber un trago del botijo rojo que habían traído con ellos hasta que, a lo lejos, sonaron las campanadas del Ángelus, que señalaba el mediodía.
          -Parece que madre tarda con el almuerzo.
          -Estará al caer, ya sabes que es puntual como la noche; siempre llega… y a su hora.
          -Creo que allá se la ve, ¿no es ella, padre?
          -Creo que sí, esos andares sólo pueden ser suyos.
          Y allí, de pie, cansados de la dura faena de toda la mañana, Ramón y su hija, esperaron a que la mujer llegase con el capacho en el que les traía el almuerzo.
          A la sombra de una zarza que crecía junto al camino dieron buena cuenta de lo que Juana les había llevado: pan, torreznos, queso y una botella de clarete para ayudar a que la comida bajase bien; como postre unas manzanas, pequeñas y amarillas recién cogidas del arbolillo que crecía en un rincón del corral.
          Y así un día y otro; la tierra se iba aclarando y los haces de mies se agrupaban junto al borde del camino para, después, ir a recogerlos con el carro; pero, por la noche, había que vigilar, estar atentos, dormir junto a lo segado, no fuera que llegase alguien a “cosechar” aquello que tanto esfuerzo les había costado.
          Herminia recordaba aquellos días con un cierto cariño y nostalgia, pues, desde muy pequeña, había acompañado a su padre a las tierras para ayudarle, bien espigando, o llevando ella el almuerzo que su madre preparaba o, como ahora, en la dura faena de la siega; pero, era en la época de la roturación, cuando araban las tierras, a la que más se iba la cabeza de Herminia cuando se introducía en aquella ensoñación en la que recordaba sus momentos más felices, cómo iba detrás de su padre y del borriquillo cuando abrían la tierra con la reja y cómo, ella, iba recogiendo las piedras que salían en el surco y las iba llevando fuera, a la linde, a aquel montón ingente que se había ido formado a lo largo de loa años, en aquel lugar donde se dividía el término y las tierras pasaban a ser de Blascoeles.
          Aquel montón que había ido creciendo y creciendo y que ahora se formaba alrededor de una cruz de madera formada por dos gruesos troncos clavados y atados que había sido colocada allí, según decía su padre, por el abuelo Teófilo y a la que miraban cuando empezaban la faena santiguándose con la cabeza baja.
          Una de aquellas noches de verano en que el aire huele a vida y la luna ilumina con esa claridad blanca y perfecta todas y cada una de las hojas de un árbol o las tejas de una casa o los pensamientos de una muchacha… Herminia salió de su casa rumbo a la tierra del Majano; iba a quedarse aquella noche guardando la cosecha recién segada mientras su padre volvía al pueblo y cenaba; más tarde él mismo volvería y la zagala retornaría a casa con su madre.
          -Buenas noches, padre, ya se puede ir usted, que la cena le está esperando.
          -Buenas noches, hija…. ¿no te da reparo quedarte sola?
          -Hay buena luna; es como si fuera de día; marche usted sin cuidado.
          -Vale, procuraré no entretenerme demasiado.
          -¡Vaya con Dios, padre, y no se preocupe!
          Y allí quedó Herminia, sola, sentada sobre el montón de piedras, bajo la sombra que la luna llena había formado de la cruz de madera; vio alejarse a su padre por el camino que, aquella noche, parecía de plata; las chicharras habían comenzado su concierto nocturno y, de vez en cuando, el ulular de las lechuzas llegaba desde algún árbol lejano.
          -¿Qué sería de su vida?- se preguntaba la muchacha recordando el último domingo en el que, a los sones del tambor y de la dulzaina, había bailado con Antonio, el de la Milagros, y se habían mirado a los ojos en una muda promesa de amor; ¿sería él su futuro?, comentándoselo a la Tere, su amiga le había asegurado que también a él se le iban los ojos, y las manos, tras ella; que no se apurase, que aquello era seguro, que Antonio bebía los vientos por ella.
          Pensando en estas cosas miraba a la luna, grande, hermosa, que parecía que, desde allá arriba, le sonreía y le aseguraba todos y cada uno de los sueños que se iban formando en su cabeza…
          De pronto le pareció oir un ruido, como de pisadas cautas, como si alguien se acercase despacio, parándose, volviendo a echar a andar y… sí, se acercaban; con el corazón en un puño bajó de su asiento y se escondió tras la cruz… ¿sería Antonio, que sabía que estaba allí sola e iba a hacerle compañía? ¿quizás algún animal extraviado?. Forzó la vista en el camino, un bulto se acercaba y, efectivamente, era una persona… un hombre… bajo una camisa blanca que resplandecía a la luz de la luna dos piernas oscuras se movían en su dirección….
          -¿Antonio? – susurró con voz queda mientras el corazón le latía con fuerza.
          Herminia sólo escuchó una risa ahogada antes de sentir como unos brazos fuertes la sujetaban y la tendían en el suelo; después….nada más que oscuridad…
……….
          Ramón caminaba despacio, sin prisa, la noche era cálida y el aire traía aromas de tomillos y de mejorana; sentía en la boca el sabor del café de puchero que había tomado antes de salir de casa, acompañado de una copita de aguardiente; Herminia le estaría esperando para volverse a la casa y dormir; no sabía que habría hecho con la cosecha si la chica no le hubiera ayudado como lo había hecho; era casi tan buena como un hombre… -si hubiera sido un chico….-, se decía, -no habría habido otro como él-.
          Cuando llegó a la altura de la cruz, llamó:
          -¡Herminia, Herminia! ¿dónde te has metido, chica? ¡venga! ¡que madre te está esperando para acostarse….!
          Ni rastro de la muchacha, por más que llamó y llamó no obtuvo respuesta.
……….
          No se volvió a saber nada de la joven, no apareció por ningún lado, ni viva ni muerta; Ramón y su mujer revolvieron el cielo con la tierra, pero nada ni nadie les supo dar respuesta a sus preguntas, a sus lamentos, a sus lágrimas… algo la tenía que haber pasado, ella no se iba a haber ido así, sin más ni más, sin decirles nada.
……….
          Años después, cuando los vecinos del pueblo decidieron cambiar aquella cruz de madera por una de piedra y retiraron las piedras que formaban el majano, vieron, con horror y espanto, unos huesos cubiertos por unas destrozadas ropas de mujer y alguien, de entre los más viejos, recordó la historia de aquella muchacha, Herminia, que desapareció una noche de verano junto a aquellas piedras.
……….
          Durante muchos años, algunos dicen que aún ocurre, se oyó (o puede que se sigan oyendo),  ruidos como de gemidos, de sollozos al pasar, de anochecida, por el lugar donde estuvo la cruz; allí donde una muchacha soñó con su futuro porque no sabía que no tendría ninguno.